Homilía de la Vigilia de Pentecostés (18-05-2024)

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Homilía de la Vigilia de Pentecostés (18-05-2024)

Catedral de Sevilla, 18 de mayo de 2024.

Gn 11,1-9; Rom 8,22-27; Jn 7, 37-39.

Celebramos la Vigilia de Pentecostés, en la que renovaremos las promesas de nuestra Confirmación; celebramos el día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Nuestra Vigilia también será expresión de vida diocesana sinodal ya que compartiremos el Informe de Síntesis de la Archidiócesis de Sevilla para el Sínodo. Seguimos caminando en la senda de la participación, comunión y misión.

El día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles la tarde del día de Pascua, y culmina el Misterio Pascual. “De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos” (Hch 2, 2-3). Este viento recio, impresionante, simboliza una plenitud del don de Dios que se otorga, el ímpetu de la grandeza y del amor de Dios. El fuego representa la purificación que el Espíritu produce en el alma del apóstol, la luz para guiar sus pasos, y la pasión de su palabra.

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían ni la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. Después de la predicación de Pedro se constituye la primera comunidad. A partir de entonces, todas las comunidades cristianas son vivificadas por el Espíritu Santo, que crea la unidad y hace de todos los miembros un solo corazón y una sola alma. Los discípulos comparten la fe, perseveran en la enseñanza de los apóstoles, en la oración y en la fracción del pan, haciendo de la Eucaristía el centro de la vida personal y comunitaria, y viven la fraternidad en torno al Señor resucitado hasta el punto de poner en común los bienes materiales para que no haya pobres entre ellos.

Antes del día de Pentecostés, los apóstoles “perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1, 14). ¿Cuál es la función de María en esta escena? El Concilio Vaticano II subraya la presencia de María en el Cenáculo en oración, implorando el don del Espíritu Santo. Ella, que en la Anunciación ya había sido cubierta con su sombra, obrándose así la encarnación del Verbo, ahora invoca el don del Espíritu Santo y ayuda a los apóstoles a recibirlo del mejor modo posible.

El título de Madre de Jesús nos recuerda la relación con su Hijo durante su vida terrena y también nos sitúa en su misión de madre de los discípulos, de madre de la Iglesia. En el Cenáculo ejerce ya sus funciones de madre de la Iglesia manteniendo unánimes a los apóstoles. Esta escena nos sugiere también la función de María como Madre y maestra de unidad, enseñando a los discípulos a vivir en comunión con Dios y en comunión fraterna. En medio de nuestras vicisitudes diarias, de nuestros pequeños o grandes problemas, de nuestras divisiones y discordias, dejémonos guiar por María, acudamos a ella para que nos mantenga unánimes y concordes.

En la solemnidad de Pentecostés celebramos el día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Este año destacamos el hecho de que los laicos, desde el bautismo, han recibido una vocación que los hace corresponsables en la vida y en la misión de la Iglesia. El mandato misionero del Señor resucitado a los discípulos tiene el fundamento último en el amor eterno de la Santísima Trinidad y en la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre. El Señor Jesús, después de completar con su muerte y resurrección los misterios de nuestra salvación, fundó su Iglesia y envió a los Apóstoles por todo el mundo, como Él había sido enviado por el Padre (cf. Jn 20, 21).

La misión de la Iglesia continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión misma de Cristo, que quiere conducir a todos los hombres y las mujeres a la fe, a la vida nueva, a la plena participación en el misterio de Dios. En el seno de la Iglesia, laicos son todos los fieles incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados en el Pueblo de Dios, que ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que les corresponde. Los fieles laicos participan, de la manera que les es propia, en el triple oficio profético, sacerdotal y real de Jesucristo. Esta participación tiene su raíz primera en el Bautismo, se desarrolla en la Confirmación y se alimenta en la Eucaristía. En virtud de su realidad bautismal, el laico es corresponsable en la misión de la Iglesia. Pero esta misión adquiere en el fiel laico una modalidad que lo distingue, la índole secular. El carácter secular es propio y peculiar de los laicos.

Los fieles laicos viven en el mundo, implicados en sus trabajos y ocupaciones y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social: estudian, trabajan, establecen relaciones sociales, de amistad, culturales, profesionales, etc. De esta manera, el mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, que contribuyen a la transformación del mundo desde dentro, como el fermento, mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, manifestando a Cristo delante de los demás con su palabra y testimonio, con su fe, esperanza y caridad. Las imágenes de la sal, la luz y la levadura expresan la inserción y la participación de los laicos en el mundo, en la sociedad, y expresan la originalidad de esta participación.

Los laicos aportan nuevas energías de participación y renovación y propician una nueva colaboración. Colaboran con diversos tipos de servicios, unos dentro de la Iglesia como animadores de la oración, del canto y de la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y la catequesis, como responsables de comunidades eclesiales y de grupos de estudio y de revisión de vida, como encargados de las obras caritativas, como administradores de los bienes de la Iglesia, como dirigentes de los diversos movimientos, realidades eclesiales, grupos y asociaciones apostólicas. Otros en las familias, en las escuelas, en la vida política, económica, social y cultural.

Queridos hermanos laicos y laicas: gracias por vuestro sentido y conciencia eclesial, porque os sentís miembros vivos y corresponsables en nuestra Iglesia local. En un mundo en cambio constante en el que hace falta afrontar y dar respuesta a tantos desafíos en la Iglesia y en la sociedad, en la economía y en la política, en la cultura, la ciencia y la investigación, es fundamental e imprescindible vuestro compromiso en la acción pastoral y en la fermentación evangélica de los ambientes y las estructuras.

El Espíritu Santo llenó con sus dones a los apóstoles y obró en ellos una profunda transformación, capacitándolos para llevar a cabo la misión de ser testigos de Cristo resucitado y anunciar el evangelio. Nuestro tiempo es tiempo para la misión, para proponer de nuevo a Jesucristo, el centro del evangelio. María Santísima es Estrella y Madre de la Evangelización. Ella nos enseña y nos ayuda a ser profundamente contemplativos, y a la vez entregados sin reservas en la misión evangelizadora, audaces y creativos para encontrar caminos nuevos en el anuncio de Cristo. Así sea.

 

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