“Hay que seguir trabajando para que la integración del laicado facilite la eficacia evangelizadora de la Iglesia”

Archidiócesis de Sevilla
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“Hay que seguir trabajando para que la integración del laicado facilite la eficacia evangelizadora de la Iglesia”

La Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla acogió ayer la defensa de la tesis doctoral del sacerdote diocesano Marco Antonio Rubio, dirigida por el profesor Miguel Ángel Núñez.

Para obtener el doctorado en Teología, Rubio hizo una disertación sobre ‘El laico en el camino de la sinodalidad. Un acercamiento desde la experiencia del Sínodo Hispalense de 1973”. Una investigación por la que el tribunal, compuesto por Manuel Palma (Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla), Antonio Jesús Pérez (Instituto Teológico Edith Stein, de Granada), José Leonardo Ruiz (Universidad de Sevilla) y Aurora María López (Universidad de Sevilla), le concedió la máxima calificación sobresaliente cum laude.

Su trabajo se ha presentado en pleno proceso sinodal de la Iglesia Universal, una oportunidad para reflexionar y profundizar en la importancia de la participación del laicado en la vida y misión de la Iglesia

¿Qué le motivó a estudiar el papel del laicado en el camino de la sinodalidad?

Realmente entre las inquietudes que como sacerdote tengo, está latente desde el principio en mi experiencia pastoral la necesidad de que todo el Pueblo de Dios: sacerdotes, consagrados y laicos se conciencie de la urgente labor de todos en la misión de la Iglesia, que no es otra que la de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Para ello, en las diversas comunidades eclesiales es fundamental la vivencia de la comunión, participación y misión de todos. En todas las comunidades por las que he pasado ejerciendo el ministerio he sido consciente del importante papel que en ellas tienen los laicos que viven su fe y desarrollan parte de su vocación específica. Este fue el germen que motivó la necesidad de un estudio acerca del papel del laico para aportar en la vida eclesial un granito de arena que sirva en este camino. Por otra parte, no es nada nuevo en la Iglesia, lo que ahora ha tomado especial relevancia ante el horizonte de la sinodalidad convocada por el Papa Francisco.

Hay investigadores que consideran el Sínodo Hispalense de 1973 como pionero. ¿Qué supuso realmente para la Iglesia diocesana?

Ciertamente el Sínodo Hispalense de 1973 fue pionero no solo porque fue el primero que abordó en España la puesta en práctica de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, sino porque durante su gestación, preparación, desarrollo y documentos mantuvo el espíritu sinodal de forma novedosa hasta la fecha. En el sentido de una plena participación de todo el Pueblo de Dios, motivada y animada desde el principio por el convocante, el cardenal Bueno Monreal. El Sínodo del 73 supuso un hito por la integración que hizo del laicado en todo su proceso como espacio de voz y voto. Sin duda, la Iglesia de Sevilla desde la clausura del Sínodo, en estos cincuenta años que celebramos el 29 de junio pasado, ha estado marcada por una progresiva armonía, convivencia y crecimiento en la fe de todo el Pueblo de Dios que camina en esta porción de la Iglesia. Gran parte de la forma actual de la Archidiócesis Hispalense, estructuras de gobierno e instituciones eclesiales, nacieron del Sínodo del 73 desde donde fueron alentadas o decisivamente orientadas para alcanzar la inclusión activa del laico en la Iglesia diocesana. Por este motivo, podemos afirmar que la Iglesia actual en Sevilla es hija del Sínodo Hispalense de 1973.

¿Cómo ha influido este Sínodo diocesano en la participación de la Archidiócesis de Sevilla en el actual proceso sinodal en el que se ve inmerso la Iglesia Universal a propuesta del papa Francisco?

El Sínodo Hispalense de 1973 constituyó ya, de forma empírica, un ejercicio de sinodalidad bajo la comunión, participación y la misión. Convirtiéndose en un ejemplo claro de experiencia eclesial sinodal. Fue una encarnación real y concreta de la sinodalidad que modeló y reforzó la vida de la Iglesia diocesana en el “caminar juntos”, donde se inició el proceso de revisión de la forma de vivir y obrar a la luz del Concilio Vaticano II. De modo que, sus propuestas y directrices se hacen actuales en el camino sinodal en el que se ve inmersa ahora la Iglesia Universal y en el que ha participado abundantemente en su fase diocesana la Archidiócesis de Sevilla.

Tras su investigación ¿podría dar tres claves de cuál es el papel del laico en este camino de la sinodalidad?

La necesidad primera de la conciencia responsable de inclusión de todo el Pueblo de Dios en la participación de la vida de la Iglesia. Desde la que aportar cada uno sus dones en la misión evangelizadora, pues «todos somos discípulos misioneros» (EG 119).

Para que esta participación sea eficaz es necesaria la formación en todas las áreas y realidades sociales y eclesiales.

Esto hará posible el pleno reconocimiento del laico llamado a adquirir  responsabilidades reales en todos los niveles y estructuras eclesiales. Así como, en todos los estamentos y realidades sociales, laborales y políticos.

La finalidad de un proceso sinodal no es producir documentos, sino abrir horizontes de esperanza para el cumplimiento de la misión de la Iglesia. ¿Cómo se aterriza esto en nuestra Archidiócesis?

Desde luego el legado del Sínodo Hispalense de 1973 y el itinerario en estas décadas de la Iglesia de Sevilla son un poso fundamental para que este proceso sinodal actual se pueda concretar en una participación real del laicado en la vida diocesana. El amplio elenco formativo que se ofrece en la Archidiócesis facilita esta necesidad.

Ciertamente, ya hay laicos que tienen algunas responsabilidades diocesanas. Pero esto es algo que hay que seguir trabajando para que a todos los niveles (parroquial, arciprestal, de zona y diocesano) la mayor integración del laicado facilite la eficacia evangelizadora de la Iglesia.

Con esta esperanza y deseo las aportaciones de esta investigación contribuyan para que todos nos comprometamos en la preciosa misión de anunciar a Jesucristo.

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