‘El poder de saber gobernarse a uno mismo’ | Tribuna en ABC Sevilla (14-10-2026)

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‘El poder de saber gobernarse a uno mismo’  | Tribuna en ABC Sevilla (14-10-2026)

«Con el barro de la tierra, haz una copa / para que beba tu hermano».

En estos dos versos dejó Antonio Machado una advertencia que nuestra civilización técnica haría bien en atender, porque recuerdan que el valor de cuanto somos capaces de construir depende del fin al que lo destinamos. Del mismo barro salen el instrumento con que se somete a otro y la copa que se tiende al sediento, de modo que la diferencia hay que buscarla en la intención que gobierna las manos del alfarero. Nunca habíamos tenido tanto poder sobre el mundo, y pocas veces había urgido tanto preguntarse si sabemos gobernarlo. Quien puede alterar la naturaleza y modificar las condiciones de su propia existencia queda obligado a averiguar si está moralmente preparado para cargar con las consecuencias de lo que hace. El teólogo Romano Guardini advirtió esta desproporción hace más de setenta años en su obre El poder. Un intento de orientación, que Ediciones Cristiandad ha reeditado hace poco y cuya reflexión recoge el papa León XIV en la encíclica Magnifica humanitas. Sostenía Guardini que la modernidad ha visto crecer sus posibilidades técnicas sin que la conciencia moral madurase al mismo paso, y situaba el origen del desajuste en la emancipación progresiva del poder respecto de cualquier instancia superior desde la que juzgar su ejercicio.

Ya Platón había descrito al tirano como aquel que, libre de toda reverencia y de todo límite, acaba esclavo de sus propias pasiones. La modernidad ha llevado esa tentación a una escala desconocida desde que el provecho económico o político y la eficacia técnica pasaron a justificar por sí solos nuestras decisiones. Cuando lo posible se confunde con lo legítimo, el poder deja de preguntarse por sus fines y el éxito hace las veces de absolución. De ahí que, cuanto más capaces somos de transformar la realidad, más nos cueste decir hacia dónde queremos llevarla. La tradición bíblica entiende el poder de otra manera. En el Génesis, el ser humano recibe el encargo de cultivar y custodiar la tierra (cf. Gn 2,15), lo cual significa que su autoridad nace de una encomienda y que, por habérsele confiado el mundo, ha de responder del uso que haga de él. Gobernar supone entonces reconocer que nuestras decisiones recaen sobre una realidad que nos precede y sobre personas cuya dignidad es anterior a nuestra voluntad, y en ese sentido todo ejercicio legítimo del poder lleva consigo una forma de obediencia.

Esta comprensión alcanza su expresión más radical en Jesucristo, que a quienes identifican la autoridad con la capacidad de imponerse les propone una grandeza cifrada en el servicio: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mc 10,43). Guardini ve en esa humildad una fortaleza que desmiente la lógica del dominio, puesto que el poder que sirve alcanza precisamente entonces su dignidad. A esa luz se entiende lo que León XIV opone a los sueños de una técnica sin límites: «El ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite» (MH, 118). La vulnerabilidad y la dependencia de los demás, que esos sueños tratan como defectos pendientes de corrección, pertenecen a una existencia cuya plenitud es de otro orden que la acumulación de capacidades.

Por eso la preparación para el poder empieza, según Guardini, por una tarea tan antigua como exigente, la de aprender a gobernarse a uno mismo. Quien ignora cómo ordenar sus deseos y reconocer sus límites difícilmente administrará con justicia un poder creciente sobre los demás, y así la cuestión técnica desemboca en una cuestión educativa, pues se trata de formar personas capaces de orientar su libertad hacia bienes que merezcan ser perseguidos. León XIV extiende esa responsabilidad a la sociedad entera cuando advierte que de poco sirve diseñar una inteligencia artificial en apariencia más moral «si esa moral la deciden unos pocos» (MH, 107). Ninguna concentración de conocimiento o de recursos otorga por sí misma el derecho a decidir sobre el destino de todos, razón por la cual el futuro técnico reclama un discernimiento compartido.

La encíclica ilustra la alternativa con dos imágenes bíblicas. En Babel los hombres levantan una torre para perpetuar su nombre, y en Jerusalén, bajo la dirección de Nehemías, las familias reconstruyen la muralla repartiéndose los tramos. Ambas obras nacen de la misma capacidad humana de construir, y lo que las separa es su sentido, que en un caso es la exaltación propia y en el otro el compromiso con una comunidad. «A cada uno corresponde su tramo de muralla» (MH, 13), escribe el Papa, de suerte que nadie puede delegar por entero en otros el juicio sobre el mundo que estamos edificando. Tal vez por eso Machado, que podía haber pedido al alfarero una torre más alta, le pidió una copa para su hermano. En la distancia que media entre la torre y la copa se juega buena parte del porvenir de nuestra civilización, cuyo progreso empezará el día en que midamos nuestra grandeza por la capacidad de poner al servicio de los demás el poder que tenemos sobre el mundo.

+José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

 

Imagen: Torre de Babel. Pieter Bruegel, el Viejo. 1563

 

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