El Arzobispo presidió la Misa de acción de gracias por la beatificación de nueve monjas Mínimas

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«La Eucaristía que estamos celebrando es un aldabonazo que nos recuerda a nosotros cristianos, tal vez demasiado tibios, adormecidos e instalados en un cierto aburguesamiento espiritual, la llamada universal a la santidad».

En estos términos se refirió el Arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo, a la necesidad que tienen nuestra sociedad y la Iglesia de «santos, héroes de lo pequeño, santos de lo cotidiano, como escribiera el Papa Pablo VI, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, padres y madres de familia, santos de lo sencillo, que encuentran su camino de santificación en la oración y la escucha de la Palabra de Dios, en la participación en los sacramentos, en el trabajo, la educación de sus hijos, la identificación de la propia voluntad con el querer de Dios, y en la ofrenda de la propia vida, abierta a las necesidades de los que sufren y comprometida en el apostolado y en la construcción de la nueva civilización del amor». Esta reflexión la hizo el prelado sevillano en el curso de la homilía de la Eucaristía celebrada la tarde del martes en acción de gracias por la beatificación de nueve monjas Mínimas de Barcelona, elevadas a los altares el pasado 13 de octubre en Tarragona.

«Vida consagrada ejemplar»

Mons. Asenjo destacó «su vida consagrada ejemplar, su fortaleza en el martirio y el testimonio de su santidad». En esta línea, destacó que «en sus vidas admirables se manifiesta el triunfo de la gracia sobre la debilidad que ellas seguramente sintieron, experimentando al mismo tiempo el poder de Dios». Las nueve monjas fueron asesinadas el 23 de julio de 1936 y, en palabras del arzobispo de Sevilla, son para su familia religiosa, las Monjas Mínimas, «un auténtico patrimonio de santidad. Las nueve –añadió- murieron proclamando su amor a Jesucristo y a la Santísima Virgen, sin una queja, con infinita paciencia y alegría, y perdonando a sus verdugos. Vivieron los instantes finales de su vida con serenidad y alegría admirables, alabando a Dios y proclamando que Jesucristo era el único Rey y Señor de sus vidas».

«La santidad es la primera necesidad de la Iglesia»

«En realidad, la santidad es la primera necesidad de la Iglesia y del mundo en esta hora crucial», afirmó Mons. Asenjo Pelegrina. Más adelante, hizo hincapié en el hecho de que los santos han sido quienes han marcado «las sendas de la verdadera renovación» en los momentos de crisis en la vida de la Iglesia.

El Arzobispo dedicó la segunda parte de su homilía al análisis de la crisis moral que sufre nuestra sociedad, y la consiguiente necesidad de una «revolución silenciosa de la santidad y del amor»: «Hoy vivimos en una especie de apostasía silenciosa y de desertización espiritual. El hombre se cree autosuficiente y vive como si Dios no existiera. Él es el gran ausente en la vida personal, familiar y social. Por todo ello, la religión ocupa uno de los últimos lugares en la escala de valores de la sociedad occidental. Sus intereses fundamentales son el consumismo, el hedonismo, el placer y el disfrutar, mientras crece el número de los que se adhieren a las llamadas ‘religiones civiles’, la ecología, el deporte, el culto al cuerpo, etc., que son para muchos como un sustitutivo de Dios», señaló. Seguidamente, afirmó que «para nadie es un secreto que en los últimos decenios una honda crisis moral corroe a las sociedades occidentales, sumidas en el nihilismo, la insolidaridad con los países pobres, la angustia y la desesperanza, como consecuencia de la secularización, que trata de expulsar a Dios de la vida social e, incluso, de la conciencia de nuestros contemporáneos».

Finalizó afirmando su convencimiento de que nuestro mundo, «desequilibrado por el egoísmo y la injusticia, y herido por la desesperanza», no curará sus heridas desde las «soluciones técnicas o políticas o desde el mero servicio asistencial, que no sanan el corazón del hombre», sino desde la «revolución silenciosa de la santidad y del amor», concluyó.

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