La aparición, en 1780, de la célebre edición de la Academia Española del Quijote, marcó un auténtico hito en la historia del libro ilustrado español. Se considera una de las cumbres del arte tipográfico del Siglo de las luces en nuestro país.
Esta joya bibliográfica en cuatro volúmenes, que forma parta del fondo de la Biblioteca Capitular Colombina, nació bajo el apoyo de Carlos III, lo que permitió a la Academia Española embarcarse en un proyecto sin escatimar medios: un Quijote que no sólo se leyera, sino que se contemplara como una pieza de arte.
El taller elegido para llevar a cabo dicha empresa fue el de Joaquín Ibarra, impresor de Cámara del rey y el más prestigioso del momento, un artesano capaz de convertir una página en un pequeño escenario de equilibrio y claridad. La Academia revisó cuidadosamente el texto, mientras que Ibarra dirigió la producción: se fabricó un papel de hilo especial para la ocasión, la tinta se debió a una fórmula propia del impresor y la tipografía se diseñó para que la lectura fluyera de manera elegante.
Pero lo que realmente hace única a esta edición son sus ilustraciones. Se creó una comisión que estudió y seleccionó aquellos pasajes susceptibles de ilustrarse. En total se encargaron 33 láminas, incluidos los dos frontispicios, el retrato de Cervantes, viñetas y cabeceras, así como un mapa trazado por Tomás López, geógrafo del rey, con los lugares recorridos por don Quijote.
Las láminas fueron dibujadas por artistas de primera fila: Antonio Carnicero, José del Castillo, Pedro Antonio Arnal, Bernardo Barranco… y grabadas por Manuel Salvador Carmona, Fernando Selma, Jerónimo Antonio Gil, Joaquín Fabregat, entre otros. Estos artistas no buscaban reproducir cada detalle del texto, sino capturar su espíritu: la dignidad de don Quijote, la humanidad de Sancho, la mezcla de sueño y realidad…
Los trazos finos y limpios, grabados al cobre, las composiciones equilibradas y la cuidada expresividad de los personajes añadían una lectura paralela que guiaba la interpretación del texto. Cada lámina se imprimió por separado, intercalándose en los tomos con un respeto absoluto por la simetría y la composición general. Para mantener la imagen de los personajes, los dibujantes se sirvieron de unos pequeños modelos de barro cocido que se conservan en la Real Academia Española. Los trajes que figuraban en los dibujos debían seguir la moda de los siglos XV y XVI, por lo que se inspiraron en las pinturas que existían en el Palacio Real y en el del Buen Retiro, y para las armaduras copiaron las existentes en la Armería Real.
En esta magna edición de Ibarra, texto, tipografía y grabados se combinan para mostrarnos cómo la cultura, la técnica y la imaginación pueden dar nueva vida a un clásico inmortal, gracias a la visión de un impresor que convirtió la imprenta en arte y a don Quijote en héroe universal y eterno.
Virtudes de la Riva Pérez
Técnico Superior de Bibliotecas de la Institución Colombina
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