Conferencia en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río

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Conferencia en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río

La búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino: razón, fe y vida académica

 

+José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

Universidad de Sevilla, 28-01-2026

 

Introducción: tres aniversarios y una interpelación actual

 

  • Rectora Magnifica,
  • Vicerrector de Relaciones Institucionales.
  • Director del SARUS y delegado diocesano para la pastoral universitaria
  • Director de la cátedra D. Juan del Río
  • Autoridades académicas, Profesores, Personal investigador, Personal de Administración y Servicios, sacerdotes, estudiantes.
  • Ilustrísimo Sr. Alcalde de Ayamonte,
  • Teniente Alcalde de Ayamonte.
  • Teniente Alcalde de Pilas.
  • Secretario General Ayuntamiento de Sevilla
  • Director Territorial de CaixaBank en Andalucía,
  • Responsable de Acción Social de la Fundación de CaixaBank Andalucía Occidental y Extremadura.
  • Director de la Fundación Persán.
  • Director de Cope Sevilla.
  • Hermanos Mayores y miembros de Juntas Gobiernos de Hermandades y Cofradías,

 

  • Señoras y señores.

 

La inauguración de la Cátedra Monseñor Juan del Río en la Universidad de Sevilla constituye ciertamente un acontecimiento de singular transcendencia universitaria, cultural y también eclesial. La dispersión, tan característica en nuestro tiempo, ya se trate de los lenguajes como de las concepciones antropológicas, supone una dificultad añadida para articular una visión unitaria del ser humano y de la sociedad. Por ello, en este marco, la creación de una cátedra que lleva el nombre de quien fue fundador y primer director del SARUS —servicio universitario orientado a la presencia intelectual y pastoral de la fe en la universidad— adquiere un valor que trasciende el mero homenaje biográfico, ya que se convierte en un gesto institucional que afirma la posibilidad y la necesidad de una promoción cultural de la fe, del hecho religioso, dentro del espacio académico de la razón.

El arzobispo Juan del Río Martín fue reconocido por su compromiso sostenido en la formación universitaria y la proyección cultural del cristianismo, articulado mediante programas estructurados de formación, congresos especializados y múltiples iniciativas pastorales. En esa rica constelación de ideas, proyectos y acciones latía una intuición de fondo: la convicción de que la fe no puede permanecer confinada al ámbito de lo privado, sino que está llamada a convertirse en inteligencia compartida, en diálogo con la cultura y en servicio al bien común. Pues donde el pensamiento se encuentra con la existencia concreta —ya sea en la universidad, en la sociedad, o la vida pública—, la fe ilumina a la razón y la eleva a alcanzar su verdadera dignidad, y dota al lenguaje de capacidad para construir, proponer y discernir.

La conmemoración sucesiva del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, que tuvo lugar el 18 de julio de 1323, por el Papa Juan XXII; del 750 aniversario de su muerte, acaecida el 7 de marzo de 1274, en la Abadía de Fossanova, Italia; y del 800 aniversario de su nacimiento, en 1225, en el castillo de Rocaseca, junto a Aquino, ha supuesto una ocasión privilegiada para volver la mirada hacia quien la tradición eclesial ha reconocido como “Doctor Communis”[1], Doctor Común o Universal, y también “Doctor Angélico”. Su enseñanza integra y armoniza la filosofía aristotélica con la fe cristiana. Su obra es considerada un compendio de la doctrina católica y una síntesis de la sabiduría filosófica, abarcando todas las áreas del conocimiento humano; fue capaz de unir el pensamiento de Aristóteles con la fe cristiana, integrando las verdades encontradas en filósofos paganos con la revelación divina; se le considera un maestro para todos los doctores y pensadores, un lazo de unión entre todas las especulaciones filosóficas y teológicas, de ahí su carácter «común» o universal. A la vez, es llamado Doctor Angélico por su profunda sabiduría y elevación espiritual, destacando sobre todo en la teología.

Esta vuelta a santo Tomás no ha consistido en un simple ejercicio de erudición retrospectiva o una evocación histórica. Al contrario, este retorno ha implicado una verdadera interpelación intelectual y espiritual dirigida al presente de la Iglesia, pero también, de modo particular, al ámbito universitario. No es casual que el papa Francisco describiera a santo Tomás como un “recurso” para la Iglesia de hoy y de mañana, subrayando de esta manera la permanente fecundidad de su pensamiento y de su testimonio vital[2]. La actualidad del Aquinate reside, más que en la repetición literal de sus tesis, en el modo en que llevó a cabo una búsqueda audaz de la verdad: con rigor intelectual, humildad espiritual y, sobre todo, apertura confiada a la Revelación de Dios.

Por ello, abordar hoy la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino no es una elección temática erudita, sino una opción programática para una cátedra que desea situarse en el corazón mismo de la universidad: allí donde se fragua la responsabilidad de pensar, de formar y de orientar la cultura. Si santo Tomás enseñó que el intelecto se perfecciona cuando se abre a la verdad y finalmente reconoce su fuente en Dios, y si monseñor Juan del Río encarnó —en el ámbito universitario y en su mismo ministerio episcopal— el compromiso de promover una cultura de la fe capaz de dialogar con los lenguajes contemporáneos, la convergencia entre ambos sugiere un modelo fecundo para el presente: una comunidad académica llamada a unir claridad argumentativa, humildad ante lo real, sentido eclesial y vocación de servicio.

La presente disertación, con la que se inaugura esta institución, se propone, por tanto, recorrer la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino como paradigma intelectual y espiritual para la misión universitaria: verdad como vocación, fe y razón como alianza, teología como escucha, virtud como forma de vida, y comunidad académica como communio de discernimiento. De este modo, la cátedra que hoy echa a andar al honrar una figura relevante de la historia reciente de la Iglesia en España, se sitúa —con esperanza y responsabilidad— en una tradición mayor: la de aquellos que, como el propio don Juan del Río, han comprendido que la universidad y la fe no son mundos contrarios ni paralelos, sino dos ámbitos llamados a encontrarse en el mismo punto decisivo donde nace toda verdadera cultura: el amor a la verdad y la obediencia a su luz. La pregunta que orienta esta reflexión es, por tanto, la siguiente: qué significa buscar la verdad según santo Tomás de Aquino, y qué implica hoy asumir su modelo en la vida y para la investigación de esta cátedra universitaria que hoy arranca.

 

  1. La verdad como vocación: el horizonte vital del Aquinate

Es evidente entonces que, en santo Tomás de Aquino, la búsqueda de la verdad fue puesta en práctica en el desarrollo de una vocación que dio sentido a la totalidad de su existencia. Su itinerario intelectual se comprende únicamente desde la convicción fundamental de que toda verdad procede de Dios, Aquel que es “ipsa veritas subsistens”[3]. Esta convicción confiere a su trabajo intelectual una densidad espiritual singular, puesto que investigar la verdad equivale, en última instancia, a orientarse hacia Dios mismo, origen y fin del intelecto humano. De ahí que el estudio, lejos de ser una actividad autosuficiente, se configure como un acto de obediencia a la verdad y, por ello mismo, como una forma de culto espiritual (cf. Rm 12,1).

La temprana canonización del Aquinate —menos de cincuenta años después de su muerte— puso de manifiesto que la Iglesia reconoció en él a un pensador eminente y un testigo de la fe cuya santidad se expresó en el ejercicio de la actividad intelectual. De ahí que el papa Juan XXII afirmaba en la bula de canonización que santo Tomás “iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores” y que “se aprende más en sus libros en un año que en toda la vida en los libros de los demás”[4].

El papa san Juan Pablo II subrayó también que santo Tomás amó la verdad de manera desinteresada, es decir, sin someterla a intereses ideológicos, de escuela o personales[5]. Este rasgo resulta especialmente significativo en el contexto cultural contemporáneo, en el que aflora con frecuencia la tentación de instrumentalizar el saber y de fragmentar el conocimiento.

Para el Aquinate, la verdad no es una construcción del sujeto ni un producto del consenso, sino una adecuación del intelecto a la realidad (“adaequatio intellectus et rei”), que remite siempre a un orden del ser recibido y no producido[6]. Sólo desde esta concepción, la verdad afecta a la decisión de la libertad, hasta el punto de fundar una auténtica ética del conocimiento caracterizada por la humildad, la paciencia y la apertura al diálogo.

 

  1. Fe y razón: una síntesis ordenada a la verdad

Una de las contribuciones más decisivas de santo Tomás de Aquino consiste en haber articulado de manera sistemática la relación entre fe y razón, evitando tanto su separación como su confusión o su confrontación. Los últimos papas han querido poner de relieve la tentación continua de oscilar entre el fideísmo y el racionalismo. En este marco, la síntesis tomista sigue manifestando una fuerza paradigmática. La razón humana posee una auténtica capacidad para conocer la verdad, incluida la verdad acerca de Dios, pero esta capacidad se ve plenificada por la fe, que no anula la razón, sino que la eleva y la orienta hacia su cumplimiento último[7]. De ahí el principio clásico: “gratia non tollit naturam, sed perficit”[8].

El Aquinate muestra que la fe no es un obstáculo para el pensamiento riguroso, sino su fundamento más profundo, pues abre el horizonte del intelecto hacia una verdad que lo supera sin violentarlo. La búsqueda de la verdad se encuentra intrínsecamente vinculada, en santo Tomás, a la cuestión de la felicidad humana. El intelecto se complace en su fin propio cuando alcanza la verdad suprema, que no es otra que Dios mismo. Por ello afirma: “para la perfecta bienaventuranza se requiere que el intelecto alcance a la misma esencia de la causa primera”[9]. La verdad es, por tanto, el camino hacia la comunión con Dios. En esta perspectiva, la investigación intelectual adquiere una dimensión escatológica, porque anticipa, de modo imperfecto, la visión beatífica.

El papa Benedicto XVI formuló con particular profundidad una intuición nuclear del pensamiento tomista: en la teología, Dios no es el objeto del que se habla, sino el sujeto que habla. Dios es el sujeto, Él es quien toma la iniciativa de revelarse y hablar al hombre. El teólogo no «descubre» a Dios como quien descubre una ley física; más bien, el teólogo escucha lo que Dios ya ha comunicado. La Teología es instrumento, ya que el pensamiento y las palabras del teólogo deben servir solo para que la Palabra de Dios encuentre espacio en el mundo. En consecuencia, es necesario el encuentro personal: Al ser Dios un «sujeto que habla», la fe no es una adhesión a un sistema de ideas, sino el encuentro con un «Tú» personal que se ofrece al hombre [10]. Esta afirmación introduce una corrección decisiva en la comprensión del quehacer teológico. La teología no consiste primariamente en un discurso humano sobre Dios, sino en un dejar hablar a Dios, permitiendo que su Palabra encuentre espacio en el lenguaje y en el pensamiento humanos. De ahí la exigencia de una constante purificación del discurso teológico, llamado a renunciar a la autosuficiencia para convertirse en instrumento. Esta concepción preserva a la teología de dos peligros recurrentes: el tecnicismo autorreferencial y la reducción ideológica del misterio.

La conocida experiencia mística de santo Tomás de Aquino al final de su vida —tras la cual afirmó que todo lo que había escrito le parecía “paja” comparado con lo que había visto— no invalida su obra, sino que la contextualiza y, al mismo tiempo, la confirma. La paja no es la nada: contiene el grano. Del mismo modo, el lenguaje teológico, aun siendo insuficiente, puede portar el conocimiento verdadero de Dios. Esta conciencia introduce una sana tensión entre el rigor del trabajo académico y la primacía de la experiencia de Dios, evitando tanto el intelectualismo como el antiintelectualismo.

Para santo Tomás, la verdad reclama una conversión del corazón. La verdadera sabiduría transforma la existencia, orientándola hacia el bien y configurándola según Cristo. La virtud no es concebida como un mero cumplimiento normativo, sino como una disposición estable hacia el bien, que ordena las potencias humanas y las hace dóciles a la verdad[11]. La adhesión a la humanidad de Cristo constituye, en este sentido, una auténtica pedagogía espiritual, ya que Cristo conduce al ser humano hacia Dios como un maestro, un guía bueno que lo toma de la mano.

El legado de santo Tomás continúa siendo hoy un verdadero desafío, una llamada a la comunidad académica a asumir una responsabilidad testimonial. Como recordaba el papa Francisco, su grandeza radica en una santidad capaz de dejarse provocar por los problemas inéditos de la historia, discerniendo en ellos las huellas del Reino[12]. La verdad cristiana no se impone por la fuerza, sino que se propone mediante una vida transformada, en la que la coherencia entre conocimiento y existencia se convierte en criterio de credibilidad.

 

  1. El modelo de santo Tomás para la vida y la investigación de la cátedra

A la luz de lo expuesto, el modelo de santo Tomás de Aquino puede articularse, para la vida y para la investigación de esta nueva cátedra universitaria Monseñor Juan del Río, en cinco principios fundamentales:

Primero. Dimensión comunitaria del saber: la cátedra como communio de búsqueda, de discernimiento y servicio.

En el horizonte del desarrollo intelectual de santo Tomás, la verdad no es un producto privado del sujeto, ni una construcción de escuela cerrada, sino una realidad que se recibe (del ser y, en teología, de la Revelación), se discierne con las mediaciones racionales adecuadas y se confiesa en el espacio público de la Iglesia y de la razón. Por ello, el trabajo intelectual no puede comprenderse como mera empresa individual; al contrario, la investigación verdadera se despliega en un tejido de tradición, maestros, interlocutores, objeciones, correcciones y consensos argumentados.

Esta estructura comunitaria no es un añadido sociológico, sino una exigencia interna del conocer humano: el intelecto es finito, situado, susceptible de sesgos; y el acceso a la verdad requiere contraste, corrección y complementariedad. En términos tomistas: el acto de entender pertenece al individuo, pero su perfección se acrecienta mediante la comunicación del conocimiento, que permite ordenar lo sabido, clarificar distinciones y superar errores[13]. La cátedra no se puede reducir, por ello, a una “plaza docente”, sino que se configura como comunidad de conocimiento donde la verdad se busca de modo corresponsable, con reglas, virtudes y finalidades comunes.

Segundo. Modelo metodológico tomista: lectio, quaestio y disputatio como arquitectura de una comunidad investigadora.

La forma de proceder de santo Tomás manifiesta un rasgo decisivo: el pensamiento avanza de manera dialógica. La estructura misma de la Summa theologiae —objeciones, sed contra, respondeo, réplicas— constituye un método de justicia intelectual: dar al otro lo que le corresponde, formular lo mejor posible la dificultad y responder con distinciones proporcionadas.

En él, la lectio supone escucha y recepción: la comunidad se constituye reconociendo que el saber nace de fuentes. En teología, esto implica primacía de la Escritura, lectura eclesial de los Padres, y atención a los grandes autores. En segundo lugar, la quaestio representa el paso crítico: la tradición no se repite; se interroga. La pregunta ordena el campo, distingue niveles, separa lo esencial de lo accesorio. Mientras, que finalmente, en tercer lugar, la disputatio expresa el carácter comunitario pleno: el saber se contrasta en presencia de objeciones reales; la verdad se depura por el choque con alternativas apropiadas.

En contexto universitario contemporáneo, este trípode puede traducirse en prácticas institucionales concretas como seminarios de lectura común (textos-fuente y bibliografía crítica), encuentros de formulación de cuestiones (preguntas de investigación bien delimitadas, hipótesis, estado de la cuestión); o debates académicos periódicos (presentación de tesis, discusión estructurada, actas publicables). De esta manera, la comunidad se robustece cuando existe un talante compartido: objeciones formuladas con lealtad; respuestas sin evasión; voluntad de dejarse corregir cuando la razón y la evidencia lo exigen. El Aquinate enseña que el adversario puede ser, de hecho, un cooperador de la verdad, porque fuerza a precisar lo que estaba confuso y a distinguir lo que se mezclaba indebidamente[14].

Tercero. “Caridad intelectual” como virtud propia de una comunidad universitaria.

El punto comunitario en santo Tomás se comprende a fondo si se inserta en su doctrina de las virtudes. Existe una forma de justicia y de caridad específicamente académica: la disposición estable a buscar el bien de la verdad y el bien del otro en el acto de conocer. La caridad intelectual se entiende, en primer lugar, como benevolencia hacia el interlocutor: interpretar con la máxima empatía la posición ajena, reconocer lo verdadero incluso en quien disiente, y responder a la persona mediante razones, no mediante descalificación. La amabilidad aquí no es cortesía superficial, sino una condición de posibilidad del conocimiento compartido.

Por ello, la caridad intelectual es además una forma de humildad cognoscitiva, ya que el saber propio se ha de considerar siempre perfectible; ni la autoridad sustituye a la razón; ni la pertenencia a una escuela reemplaza el examen de las pruebas[15]. Y, por último, la caridad intelectual exige también docilidad como parte de la prudencia: la comunidad es fecunda cuando existe capacidad de aprender de la experiencia, de los maestros y también del dato novedoso[16]. Esta triada (benevolencia–humildad–docilidad) es hoy particularmente relevante ante los riesgos de polarización académica: identidades intelectuales rígidas, debates performativos, y sustitución de la argumentación por estrategias de reputación.

Cuarto. Tradición viva y trabajo cooperativo: “situar” para poder innovar.

Hemos venido insistiendo en una doble exigencia: situar la obra tomista en su contexto histórico-cultural y, al mismo tiempo, atesorarla como “fuente siempre viva” para responder a desafíos actuales. Esta doble exigencia reclama una comunidad que practique simultáneamente: un ejercicio de filología y contextualización (historia intelectual, fuentes aristotélicas, patrística, debates medievales), pero, sobre todo, una actualización crítica (diálogo con ciencias, filosofía contemporánea, problemas de cultura, ética pública). Ninguno de estos niveles puede ser sostenido por un solo investigador. La fidelidad creativa requiere equipos: quien domina la crítica textual y el latín medieval; quien conoce la recepción moderna; quien puede abrir diálogo con cultura, fenomenología, hermenéutica o filosofía de la ciencia; quien trabaja áreas teológicas concretas (Trinidad, cristología, gracia, moral, eclesiología). La comunidad universitaria permite así un “poliedro” de competencias al servicio de una verdad una.

Aquí se hace especialmente fecunda la intuición resaltada por Benedicto XVI: si Dios es “sujeto” de la teología, el teólogo no habla desde la pura soberanía intelectual. La investigación se vuelve un acto de escucha eclesial y racional a la vez. Esa escucha, para no convertirse en subjetivismo, reclama comunidad: contrastes, revisión por pares, interlocución interdisciplinar.

Quinto. La verdad como bien común: la finalidad social y eclesial del trabajo académico.

En santo Tomás, el bien se entiende de modo difusivo: el bien tiende a comunicarse (“bonum est diffusivum sui”, como principio de la tradición platónica asumido en la teología escolástica). La verdad, en tanto bien del intelecto, tiene también esa dimensión comunicativa. De ahí que el saber universitario no sea una posesión privada, sino un servicio. Este punto señala tres responsabilidades institucionales: en primer lugar, una responsabilidad académica, pues la universidad sirve a la sociedad mediante pensamiento crítico, clarificación de conceptos, análisis moral y antropológico, y contribución al debate público con rigor[17]; en segundo lugar, una responsabilidad formativa: el objetivo no es producir especialistas sin alma, sino formar sujetos capaces de verdad: intelectualmente rigurosos, espiritualmente honestos, moralmente coherentes; y, por último, en tercer lugar, una responsabilidad eclesial: la comprensión de la realidad sólo aspirará a ser verdadera si tiene en cuenta cada uno de sus perfiles y si acoge su horizonte de sentido último.

De este modo no podría prescindir de la implicación de una teología que se hace, como indicaba santo Tomás, en la Iglesia y para la Iglesia. La cátedra, de este modo, puede colaborar en la inteligencia de la fe, la formación y el discernimiento cultural. La dimensión comunitaria se verifica precisamente aquí: cuando el trabajo del grupo, lejos de agotarse en publicaciones, se traduce en una cultura institucional donde el conocimiento se comparte, se enseña, se acompaña y se orienta al bien común.

 

Conclusión

Volver hoy a santo Tomás de Aquino no significa refugiarse en el pasado, sino aprender a buscar la verdad con la amplitud del intelecto, la humildad del corazón y la radicalidad del Evangelio. Su testimonio recuerda que la verdad, cuando es auténticamente buscada, conduce siempre a Cristo, camino, verdad y vida.

De ahí que la inauguración de esta cátedra, vinculada a la figura de Monseñor Juan del Río Martín, pueda comprenderse como una llamada a retomar el modelo impulsado por santo Tomás de Aquino en una clave contemporánea: la universidad como lugar de búsqueda rigurosa, la fe como fuerza cultural, la teología como disciplina que al hablar de Dios —como recordaba Benedicto XVI a propósito de santo Tomás— aprende a dejar que Él mismo sea el sujeto que habla, purificando el lenguaje humano para que la Palabra se haga audible en el mundo. En este sentido, el impulso cultural promovido por Monseñor Juan del Río en la vida universitaria sevillana, a través del SARUS y de su intensa actividad formativa, así como su rico ministerio episcopal, aparece como una forma concreta de esa misión.

Que su ejemplo de pastor bueno inspire a esta cátedra universitaria para perseverar en una investigación rigurosa, orante y eclesial, en la certeza de que, como repetía santo Tomás de Aquino, toda verdad, venga de donde venga, procede del Espíritu Santo[18]. Cuando san Juan Pablo II creó el Consejo Pontificio para la Cultura, en la Carta por la que se instituye dicho consejo, nos dejó una perla que nos ilumina en este acto, que también es fundacional. Dice así: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe … Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida»[19].

Agradecemos de corazón la presencia de la Rectora Magnífica de la Universidad de Sevilla, y de todas las personas que habéis tenido la amabilidad de compartir este acto; agradecemos la acogida de esta cátedra por parte de la Universidad, y felicitamos al director de la Cátedra Juan del Río por la iniciativa. Pedimos al Señor que la bendiga con frutos abundantes y pueda colaborar a que el diálogo y la síntesis entre la fe cristiana y la cultura iluminen nuestros pasos en la búsqueda y en la vivencia de la verdad y el bien. Muchas gracias.

 

 

[1] La expresión Doctor Communis se consolida a partir del siglo XIV.

[2] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

[3] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.5.

[4] JUAN II, bula Redemptionem misit, 18 de julio de 1323.

[5] Cf. SAN JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Universidad de Santo Tomás, 17 de noviembre de 1979.

[6] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.1.

[7] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.1.

[8] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.8 ad 2.

[9] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.3, a.8.

[10] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros de la Plenaria de la Comisión Teológica Internacional, 3 de diciembre de 2010.

[11]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.55.

[12] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

 

[13]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.109, a.3; De veritate, q.14, a.10.

[14] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae ST I, q.1, a.8; De veritate q.1, a.1.

[15] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.161.

[16] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.49, a.3.

[17] Cf. SAN JUAN PABLO II, Carta Encíclica  Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998.

[18] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.109, a.1.

[19] SAN JUAN PABLO II, Carta por la que se instituye el Consejo Pontificio para la Cultura; Roma 20 de mayo de 1982. Cita del Discurso a los participantes en el congreso nacional de Movimiento eclesial de compromiso cultural, 16 de enero de 1982.

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