Casa María Reina: Testimonios alegres de vida, fe y entrega

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Sede metropolitana de la Iglesia Católica en España, y preside la provincia eclesiástica de Sevilla, con seis diócesis sufragáneas.

En la Avenida de Pino Montano, junto al Colegio de la Milagrosa y la Casa provincial de las Hijas de la Caridad, se encuentra la ‘casa de las mayores’. María Reina no es una residencia de ancianos al uso o una comunidad religiosa que atiende a sus residentes. Es una casa más de la congregación, la Comunidad de Mayores, y viven su vida comunitaria como en cualquier otro centro de la provincia.

En las reuniones que se improvisan cada día en el porche de la casa, aprovechando el clima templado que precede al verano, se desgranan recuerdos de unas trayectorias que han dejado huella. Con otra perspectiva, las suyas son vidas que siguen dando frutos, todas las religiosas se sienten “iguales”, unas más operativas y otras más limitadas, y para estas últimas existe una atención preferente.

La ‘casa de las mayores’ se fundó el 2 de febrero de 1999, y en la actualidad viven en ella unas cuarenta religiosas. Al frente se encuentra, actual superiora de la comunidad, a la que ha llegado tras su paso por diversas comunidades sanitarias y de mayores, y haber sido consejera provincial responsable de las religiosas más mayores de la provincia. Explica que “no todas las mayores están aquí, las que pueden siguen viviendo en sus comunidades correspondientes, y vienen por diversas circunstancias: el cierre de las comunidades, las barreras arquitectónicas que hay en otras casas, la ubicación de las comunidades o por enfermedades que impiden su correcta atención”.

La comunidad cuenta con personal especializado para atender las necesidades de la casa, entre ellos un equipo de auxiliares de clínica y fisioterapeutas, sin olvidar a las religiosas que son enfermeras diplomadas, como es el caso de sor Antonia, que no se siente jubilada “y tampoco necesito aún ser ayudada”. Como en todas las comunidades de las Hijas de la Caridad, en esta casa se lleva adelante un programa de actividades, momentos de oración, convivencia e intercambios, orientadas a todas las religiosas, cada una en función de su disponibilidad. La superiora subraya que todas colaboran según sus posibilidades, y en jornadas señaladas de Navidad, Semana Santa, Santa Luisa o San Vicente –los santos fundadores-, la casa presenta otra cara, se cuidan más los detalles y no faltan las actividades lúdicas que prepara la fisioterapeuta. Las diversas procedencias de las hermanas redunda en beneficio de una comunidad que atesora grandes testimonios de vidas entregadas a la vocación religiosa. Sor Antonia procede del Hospital de San Lázaro, sor Benicia y sor María Castañeda se han entregado casi por entero a la docencia, sor Nieves fue delegada nacional de Misiones y un ambulatorio de Chipiona lleva el nombre de sor María Luisa, en reconocimiento a la labor que desempeñó en esa localidad durante tres décadas.

La ubicación de la comunidad junto al Colegio de la Milagrosa y la Casa provincial contribuye positivamente en el día a día de las hermanas mayores. Además se sirven de las nuevas tecnologías para estar conectadas con la Casa provincial “y seguir las conferencias, ejercicios espirituales y principales actos que se celebran en ‘la Provincial’. “Así, las hermanas que no pueden moverse participan sin salir de casa”, destaca sor Emilia.

Es una casa de puertas abiertas, abierta al barrio y conectada con otras comunidades religiosas y educativas. “Es una alegría, por ejemplo, encontrarse con antiguas compañeras”, subraya la superiora, que se felicita por el buen clima que se genera con las visitas que reciben: “tenemos matrimonios jóvenes que vienen asiduamente con sus hijos a animar la Eucaristía, y los alumnos del colegio visitan o invitan a las hermanas mayores a las actividades que preparan; además, las personas del barrio siempre se interesan mucho por nosotras”.

Los días pasan en esta comunidad con una rutina marcada por la alegría y el sello de unas vidas entregadas a los demás. Nada que resulte extraño a quienes frecuentan cualquiera de las numerosas casas que esta institución tiene repartidas por la geografía diocesana, nacional y mundial. Ellas son, sin duda, un ejemplo y un estímulo para vivir la fe en plenitud. Un tesoro para la Iglesia.

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