En vísperas de la fiesta de la Presentación del Señor, la Iglesia nos convoca a dar gracias por el don inmenso de la vida consagrada. Es una ocasión para mirar con fe y con gratitud a tantos hombres y mujeres que han entregado la vida al Señor “para” los demás, como lámparas encendidas en medio del pueblo. El lema de este año es directo, sobrio y, a la vez, exigente: “Vida consagrada, ¿para quién eres?”. No es una pregunta teórica. Es una llamada a purificar la mirada, a evitar la autorreferencialidad y a volver a lo esencial: la identidad se comprende plenamente cuando se vive como misión. De hecho, la pregunta por el “quién soy” es importante, pero puede volverse estéril si no nos abre al horizonte de Aquel y de aquellos “para quienes” vivimos. Por eso se nos invita a sostener a la vez las raíces y las alas: raíces hondas en Dios, alas abiertas para el servicio.
Esta pregunta se despliega en tres interrogantes. En primer lugar, “vida consagrada, ¿a quién llamas?”. La vida consagrada es “para” aquellos a los que es capaz de convocar: no por propaganda, sino por irradiación; no por estrategia, sino por testimonio. La vida consagrada es para quienes reciben la llamada de Dios, con voz “siempre antigua y siempre nueva”, abriendo “una puerta de esperanza”. Aquí nos hemos de aplicar en la pastoral vocacional y en la cultura vocacional. El Señor no ha dejado de llamar. Lo que quizá falta es el silencio interior, la valentía para responder, el acompañamiento serio, la alegría contagiosa de una entrega total. Y, en esto, la vida consagrada presta a toda la Iglesia un servicio decisivo: cuando se vive con autenticidad, se convierte en un “sí” público y luminoso que despierta preguntas, abre caminos y sostiene a los jóvenes para no contentarse con lo mínimo.
En segundo lugar, “vida consagrada, ¿a quién buscas?”. La vida consagrada es “para Dios”: para buscarle, para ponerle en el centro. El material de la Jornada lo dice con claridad: no hay nada más importante que Aquél a quien cada consagrado busca; de esa búsqueda nace la verdad última de la consagración y la tarea cotidiana. En el pasado Jubileo de la Esperanza, el papa León XIV ha querido subrayar precisamente estas actitudes del corazón creyente con los tres verbos evangélicos: pedir, buscar, llamar. En la homilía del Jubileo de la Vida Consagrada afirmaba: “‘Pedir’ es reconocer, en la pobreza, que todo es don del Señor y dar gracias por todo; ‘buscar’ es abrirse, en la obediencia, a descubrir cada día el camino…; ‘llamar’ es pedir y ofrecer a los hermanos los dones recibidos… esforzándose en amar a todos con respeto y gratuidad” (9 de octubre de 2025).
Estas palabras tienen un peso espiritual enorme, y nos proyectan al tercer interrogante: “Vida consagrada, ¿a quién sirves?”. La vida consagrada es “para los pobres”: para el que sufre, para el olvidado, para el que ha sido herido por la vida y necesita la ternura de Dios. En un mundo de fracturas y tensiones, la fraternidad no es un adorno: es un mandato evangélico. Cuánto necesita nuestro tiempo este “cuidar, preocuparse, apoyar y sustentar”. Cuánto necesita Sevilla —nuestras familias, nuestros barrios, nuestras periferias— la presencia discreta y fiel de quienes sostienen obras educativas, sanitarias y sociales; y, más aún, de quienes sostienen el mundo desde el silencio de la clausura, con el incienso de la intercesión.
Por todo ello, os invito a uniros a la Eucaristía diocesana en la Catedral. Que sepamos decir “gracias” por los carismas que el Espíritu ha derramado en la Iglesia; gracias por la fidelidad escondida; gracias por la vida entregada; gracias por tantas comunidades que, con humildad, mantienen encendida la lámpara. Que la Virgen María, que presentó a su Hijo en el templo, nos enseñe a presentar al Señor lo mejor de nosotros mismos: la vida, el corazón, la fe. Y que, por su intercesión, conceda a toda la Iglesia la alegría de la santidad.
+José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla

