Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Homilía del Arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina.

Por concesión especial de la Santa Sede, a petición de la Conferencia Episcopal, la Iglesia en España celebra en su día propio la solemnidad de la Inmaculada Concepción, a pesar de coincidir con el segundo domingo de Adviento, que en este año se viste de azul celeste en una fiesta que no nos distrae en el camino recién iniciado.

La solemnidad de la Inmaculada Concepción, en los inicios del Adviento, es como una cálida invitación a fijar nuestra mirada en María, la llena de gracia y limpia de pecado desde su concepción. Si el camino del Adviento nos prepara para recibir la luz sin ocaso que es y que nos trae el Señor, María es la aurora que anuncia el nacimiento de esa luz. Ella es el modelo acabado del Adviento. Ella esperó y acogió como nadie al Señor prometido y es para nosotros paradigma de la espera y la acogida.

En el pórtico de mi homilía, parece muy oportuno recordar que lo que la Iglesia ha afirmado siempre sobre el culto a los santos, puede aplicarse con más propiedad a la Santísima Virgen. Ella no sustituye al Señor Jesús. No acudimos a ella porque el Evangelio nos sepa a poco o porque Cristo nos parezca lejano e inaccesible. En ella, la Palabra de Jesús y la belleza de su rostro se nos muestran con toda su fuerza y su suprema verdad. Como ha escrito un gran teólogo del siglo XX, María es la mejor exégesis del Evangelio, la más bella explicación hecha vida de la Buena Noticia de Jesús (H.U. von Baltasar).

Celebramos, queridos hermanos y hermanas, una de las fiestas más hondamente enraizadas en la fe del pueblo cristiano, fe que a lo largo de los siglos se hizo piedad, arte y cultura, y que incluso tuvo la osadía de proclamar como cierto que Dios preservó a María de la mancha del pecado original mucho antes de que la liturgia, los teólogos y el mismo Magisterio de la Iglesia sancionasen como dogma de fe lo que tantas generaciones de cristianos venían viviendo con sencillez. Al Papa Pío IX le cupo el privilegio de proclamarlo solemnemente el 8 de diciembre de 1954 con estas palabras: «Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles».

La historia del dogma de la Inmaculada Concepción está estrechamente ligada a la historia de España. Así lo reconocíamos los Obispos españoles en noviembre de 2005, en una breve declaración con ocasión del 150 aniversario de la definición dogmática. «¿Cómo no recordar -decíamos entonces- el extraordinario patrimonio literario, artístico y cultural que la fe en el dogma de la Inmaculada ha producido en nuestra patria?». Por mi parte, quiero añadir que ese patrimonio artístico, cultural y literario es particularmente rico y brillante en Sevilla, que se distinguió muy pronto en España y en toda la Cristiandad por la defensa del privilegio inmaculista. Por ello, en esta mañana al mismo tiempo que damos gracias a Dios por el singular privilegio concedido a la madre de su Hijo, le damos gracias también porque nuestro pueblo ha sabido reconocerlo y expresarlo de forma tan creativa y hermosa para nuestro bien.

En la oración colecta con que hemos iniciado esta Eucaristía hemos confesado esta verdad dirigiéndonos al Padre: «Oh Dios, que por la concepción inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada, y en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado». Pero al mismo tiempo que reconocemos las maravillas obradas por Dios en la Virgen, le pedimos que este privilegio singular revierta en bendición para nosotros, que no habiendo sido preservados del pecado como ella, tenemos la triste experiencia de la inclinación al mal y de los pecados personales. Por eso, hemos terminado la oración con esta plegaria: «concédenos por su intercesión llegar a ti limpios de todas nuestras culpas».

La concepción inmaculada de María significa que el eterno proyecto de Dios, un proyecto de bondad y de belleza como leemos en el relato de la creación del Génesis, no fue del todo truncado con la aparición del tentador y sus malas artes ante las que Eva sucumbe. Los Santos Padres han leído en el relato bíblico del pecado de Eva, que hemos escuchado en la primera lectura (Gén 3,9-15.20), la antítesis de la escena evangélica de la anunciación, de manera que, como nos dice San Ireneo, lo que Eva destruyó negándose a colaborar en el proyecto de Dios, María lo restauró obedeciendo su plan de salvación.

Qué bellamente expresa este misterio la bellísima imagen de la Inmaculada, que preside el retablo de la capilla de nuestro Palacio Arzobispal, obra del escultor portugués Cayetano da Costa. En ella aparece la Purísima arrodillada sobre el globo terráqueo, en el que Juan de Espinal dibujó el pecado de Adán y Eva. María es aquí la Nueva Eva, que por su obediencia al plan de Dios, repara el pecado del paraíso y hace posible la Redención de Cristo. Por ello, es el modelo de la vida piadosa y santa, inmaculada e irreprochable a la que nos ha convocado el apóstol San Pablo en la segunda lectura. La santidad, que es en María una feliz realidad obra de la gracia, debe ser en nosotros un anhelo y una llamada incesante al esfuerzo y a la conversión continua confiando en la ayuda de Dios.

En los comienzos de un nuevo Adviento, que nos prepara para acoger al Señor, María es guía y compañera de nuestra peregrinación esperanzada. El relato de la anunciación (Lc 1,26-38), un verdadero diálogo entre la llamada de Dios y la libertad de María, nos muestra cómo los imposibles pueden hacerse posibles. Lo imposible se hace posible cuando aceptamos el plan singular diseñado por Dios para cada uno de nosotros, renunciando a ser como Dios, la vieja y única tentación del hombre. Cada uno de nosotros sabemos cuáles son las frutas prohibidas del árbol de nuestra vida, los sucedáneos con los que tantas veces tratamos de sustituir a Dios. Son nuestras ataduras y apegos, nuestros complejos y miedos cobardes, ante los que podemos sucumbir hasta esclavizarnos y perder la libertad. Pero podemos también abrirnos a Dios para decirle como María: lo que Tú tienes pensado para mí, para mi propia felicidad, deseo con todas mis fuerzas que se cumpla, que se haga en mí según tu Palabra. Importa menos que yo lo entienda íntegramente y al instante. Importa únicamente que yo me deje guiar por Ti, acogiendo tu plan salvador sobre mí.

En la solemnidad de su Inmaculada Concepción, María nos enseña docilidad y acogida a la gracia de Dios. Por ello, esta fiesta no nos distrae en nuestro camino de Adviento. Más bien nos adentra en su verdadero significado: recibir en mi corazón y en mi vida al Dios que viene a dar respuesta a mis preguntas, que viene a vendar mis heridas, a desatar mis ataduras. En la oración sobre las ofrendas vamos a pedir al Señor que así como a ella (a María) la guardó con su gracia limpia de toda mancha, nos guarde también a nosotros, por su poderosa intercesión, limpios de todo pecado. Pedimos en definitiva al Señor que el pecado no sea la palabra final en nuestra vida, sino que haya otra palabra infinitamente más buena y hermosa que todas nuestras huidas y claudicaciones. Si la infidelidad desobediente de Eva nos condujo a la tentación y nos debilitó hasta hacer posible el pecado en nuestras vidas, la fidelidad obediente de María ha permitido que hoy y siempre recibamos el sacramento que robustece nuestra vida y repara en nosotros los efectos de aquel primer pecado del que fue preservada de modo singular en su concepción la Inmaculada Virgen María, como rezaremos en la
oración post-comunión.

En esta mañana, con San Anselmo, reconocemos con admiración y asombro que «el que pudo hacer todas las cosas de la nada no quiso rehacer sin María lo que había sido manchado. Dios es, pues, el Padre de las cosas creadas, y María es la madre de las cosas recreadas. Dios es el padre a quien se debe la constitución del mundo, y María es la madre a quien se debe su restauración. Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada existe y María dio a luz a aquel sin el cual nada subsiste». Y concluye San Anselmo con esta alabanza dirigida a la Virgen: «¡Verdaderamente el Señor está contigo, puesto que ha hecho que toda criatura te debiera tanto como a Él!». En esta mañana, además de reconocer y admirar las maravillas que Dios ha obrado en la Santísima Virgen, nos unimos a la alegría de toda la Iglesia y con el salmo responsorial cantamos al Señor un cántico nuevo y le damos gracias a Dios por el don de María. Al mismo tiempo, nos acogemos a su materna intercesión, pidiéndole que su sí sea también nuestro sí en este Adviento y en toda nuestra vida. Así sea.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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