Reavivar nuestra fe

Segunda catequesis cuaresmal del Arzobispo de Sevilla, el martes 13 de marzo de 2012.

Comienzo mi segunda catequesis cuaresmal, queridos hermanos y hermanas, saludándoos con mucho afecto y deseándoos que la Cuaresma que ha alcanzado ya su ecuador, sea para todos una verdadera gracia de Dios, un encuentro cálido y vital con el Señor, que transforme nuestra vida y la llene de plenitud, de esperanza  y alegría. El título de esta segunda conferencia cuaresmal es “Reavivar nuestra fe”.

No descubro ningún misterio si afirmo que los cristianos vivimos nuestra fe en Jesucristo en un contexto social de “olvido de Dios”. Para el Papa Benedicto XVI, en las sociedades europeas se ha producido una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia de nuestras raíces cristianas, un abandono del tesoro de la fe recibida, que ha sido el alma de Europa, y que ha producido una cultura exuberante, la cultura cristiana.  El Papa Juan Pablo II nos dejo escrito que la actual cultura europea vive en una especie de apostasía silenciosa. El hombre se cree autosuficiente y vive como si Dios no existiera. Este fenómeno se da en los adultos y se da también en los jóvenes, como consecuencia en parte de la dimisión de la transmisión de la fe en las familias, en muchas de las cuales Dios es el gran ausente.

En el plano religioso la sociedad española actual puede dividirse en cuatro cuartos: un 25 % es creyente y practicante; otro 25 % es creyente y practicante ocasionalmente; otro 25 % es decididamente no creyente; y un último 25 % pertenece al grupo de los no creyentes indefinidos. De esta forma, la sociedad española queda dividida en dos mitades casi iguales: una de creyentes con sus variantes; y otra de no creyentes también con sus diferentes acentos. El caso es que en España, la religión ocupa uno de los últimos lugares en una escala de valoración de nuestros jóvenes entre 15 y 24 años. Sus valores fundamentales son el consumismo, el hedonismo, el placer y el disfrutar. Según un estudio publicado el año pasado por Fundación SM, entre los 15 y los 35 años, se consideran católicos el 53%. El resto se definen  como indiferentes (16%), agnosticos (9,3%), ateos (17,1%),  y el 2%  como creyentes de otras religiones. Llama la atención  que no pocos jovenes se adhieren a lo que hoy llaman los sociólogos "religiones civiles", la ecología, el deporte, el culto al cuerpo, etc., que son para muchos como un sustitutivo de Dios.

Otro dato sobre la evolución de la sociedad espeñola: De cada 100 niños, 80 reciben el bautismo; 60 reciben la primera comunión; 20 reciben la confirmación y 8 perseveran como cristianos practicantes. No exagero si afirmo que para muchos españoles, adultos y jóvenes se está haciendo normal el olvido de Dios y la relación personal con Él. Pero si Dios es la fuente de la vida, el ser humano, sin una referencia consciente a su Creador, pierde su dignidad e identidad. El olvido de Dios es el origen de todos los problemas de la sociedad, de la insolidaridad y la pobreza, del terrorismo, de las crisis familiares, de la violencia doméstica, de las desigualdades irritantes entre el hemisferio norte y el hemisferio sur, del hambre de nuestros hermanos somalíes, de la soledad y la angustia de tantos hermanos nuestros, del nihilismo de tantos jóvenes sin rumbo y sin esperanza. Podríamos referir muchos sucesos de los que nos dan cuenta a diario los medios de comunicación.

A mí me impresionó mucho uno acaecido en Barcelona hace unos años. La protagonista fue una pobre mujer, llamada María Rosario. Tenía cincuenta años. Pertenecía a una familia de emigrantes castellanos afincada en Barcelona. Había sido secretaria de dirección, con una buena posición económica y social. Tuvo la desgracia de caer en el mundo de la droga. A pesar de los esfuerzos de su familia, no fue capaz de rehabilitarse. Vivía en la calle y dormía en el cajero de una conocida entidad  de ahorros. Allí la sorprendieron tres mozalbetes, de entre 16 y 18 años, en una noche de diciembre de 2005. Después de mofarse de ella, vejarla  y golpearla, le arrojaron un líquido inflamable al que prendieron fuego. Según ellos, lo hicieron para divertirse, aunque se les fue la mano. Lo cierto es que María Rosario murió dos días después en un hospital de Barcelona a consecuencia de gravísimas quemaduras. Imaginad el horror vivido por estapobre mujer, su impotencia y desesperación y el dolor inaudito de aquellos instantes fatales en que su cuerpo se convirtió en una enorme tea, no como consecuencia de un accidente fortuito, sino como fruto de la voluntaria impiedad de tres semejantes desnortados, carentes de sentimientos de humanidad, de principios seguros sobre los que edificar la propia vida.

Os confieso que al día siguiente yo me escandalicé al escuchar las interpretaciones de este hecho en las tertulias radiofónicas. Todos los comentaristas se quedaban en la periferia, que si los padres, que si el colegio, que si el paro juvenil… Ninguno iba a la raíz profunda del problema, que no es otro que el eclipse de Dios, el olvido de Dios y de su santa ley en la vida de estos muchachos, la pérdida de la fe, lo único que nos permite construir nuestra vida sobre fundamentos sólidos. Me acordé yo entonces de la parábola de Jesús, que nos trasmite el evangelista San Mateo, en la que el Señor distingue con gran nitidez dos actitudes frecuentes en la vida humana: la actitud sabia e inteligente de aquel hombre que cuando va a construir su casa, excava en la tierra para encontrar la roca viva sobre la que situar los cimientos, sobre los que levanta a casa. Después vendrán las tormentas y la lluvia, soplarán los huracanes y la casa subsistirá porque estaba construida sobre roca. Muy distinta es la actitud necia e inconsciente  de aquel hombre, que sin reparar en la importancia de los cimientos, edifica su casa sobre arena. Soplarán los vientos y se saldrán los ríos y la casa se hundirá estrepitosamente por estar edificada sobre arena.

En el libro de los Salmos, en el que se contiene la oración comunitaria del pueblo de Israel, se llama a Dios roca. Se le llama así porque los israelitas están convencidos de que es Dios quien da estabilidad, consistencia, firmeza y seguridad a la vida del pueblo y de cada uno de sus miembros. Sin la fe en Dios, carecemos de cimientos y cualquier barbaridad, cualquier desastre, cualquier atropello de la dignidad de los otros es posible. Por ello, es urgente que nuestros adultos y jóvenes se encuentren con Dios, es urgente que nuestros adultos y jóvenes admitan la primacía de Dios en sus vidas y que todos vosotros, cristianos sevillanos, pidáis al Señor en estos días de gracia que es
la santa Cuaresma que aumente y fortalezca vuestra fe. «Todo cambia – afirmó  el Cardenal Ratzinger, en el Jubileo de los catequistas y profesores de religión, Roma, 10 de diciembre de 2000- dependiendo de si Dios existe o no existe».

Efectivamente, la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo ilumina la vida del creyente, la transforma, la  llena de plenitud, de hermosura y de esperanza, porque el hombre está hecho para Dios.“Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”. La frase es de San Agustín, quien a lo largo de su juventud y parte de su madurez buscó ávidamente la felicidad en los sistemas filosóficos y en toda suerte de placeres, y que sólo la halló cuando a los 33 años volvió a la fe de su infancia, que tanto había pedido a Dios su madre Santa Mónica. Desde entonces tuvo claro que el acto de fe es algo humanamente razonable y que, dado que Dios es el creador del mundo visible, no hay oposición entre el conocimiento científico y el de la fe como nos dice el CIC (nn.155-159). En el Catecismo joven, que todos tenéis en la mochila, hay una frase de Max Planch, premio Nobel de física y padre de la teoría cuántica, en la que afirma que “entre Dios y la ciencia  no encontramos jamás una contradicción. No se excluyen, como algunos piensan hoy, se complementan y se condicionan mutuamente”.

¿Y qué es la fe? El CIC 50, nos dice que la fe es ante todo la adhesión personal del hombre a Dios y el asentimiento libre a las verdades que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña. ElCatecismo Joven de la Iglesia Católica, nos dice que la fe es saber y confiar. Esto quiere decir que la fe tiene dos dimensiones: una de orden intelectual y otra de orden afectivo. La primera nos exige creer, aceptar los misterios que Dios nos ha revelado por medio de la Palabra de su Hijo interpretada por la Iglesia, basándonos en la autoridad de Dios. Este aspecto, siendo relevante, es menos importante que el segundo. Muchos de nosotros no tenemos grandes dificultades para admitir las verdades que la Iglesia nos propone: la divinidad de Cristo, la resurrección de la carne y la vida eterna, la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía o la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen.

Pero siendo importante esta dimensión, es decir la adhesión intelectual a un cúmulo de verdades o dogmas, lo es más la segunda: la entrega personal  a quien nos pide esa adhesión, es decir, la donación incondicional, radical, absoluta e irrevocable a Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo. Este es el sentido más pleno de la palabra fe, que tiene mucho que ver con la caridad teologal.

Pues bien, sólo por medio de una fe así, por la que el hombre entra en comunión con Dios y con su Hijo Jesucristo, estableciendo un vínculo de confianza y de amistad con Él, nuestra vida encuentra su verdadero sentido, su más verdadera y auténtica plenitud. Como nos ha dicho el Papa Benedicto XVI en su mensaje para los JMJ, “Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el Creador la criatura se diluye»” (GS 36). Así se explican los sucesos desgraciados a los que me refería hace un momento.

La fe es un don de Dios, un don gratuito que cada día debemos pedir a Dios. Necesitamos pedirla como los Apóstoles, que mediada la vida pública, piden a Jesús: “Señor, auméntanos la fe” (Luc 17, 5), o como el padre del muchacho epiléptico que dice a Jesús: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24). Necesitamos la fe de Tomás, que arrodillado ante Jesús, exclama: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). Necesitamos la fe de la hemorroísa, aquella mujer que sufría flujos de sangre desde hacía cuarenta años y que no atreviéndose a pedir a Jesús que la cure, trata de tocar siquiera el borde de su manto, y a la que Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y que se te cure todo mal” (Mc 5,34). Necesitamos la fe de Pedro, que confesa a Jesús como el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo (Mt 16,16) y que dice a Jesús: “Señor, a quién iremos. Solo tú tienes palabras de vida eterna”  (Jn 6,68).

La fe aumenta, crece y se despliega en la oración, que es una auténtica necesidad en nuestra vida. San Ignacio de Loyola, en sus dialogos con San Francisco Javier antes de que éste se decida de una vez a seguir a Jesucristo, le dice que un alma sin oración es como una fuente sin agua, como una fragua sin fuego, como una nave sin timón. En la oración diaria crece nuestra amistad y nuestra intimidad con Jesucristo y crece también nuestra fe y nuestra fidelidad. En la oración, por una especie de ósmosis transformante, nos vamos pareciendo a Él. Él va grabando a fuego en nuestra alma sus propios sentimientos, sus virtudes y su estilo de vida; y al mismo tiempo va derramando en nuestros corazones, con el poder de su Espíritu, una especie de connaturaralidad o afinidad con la verdad revelada, es decir, nos va ayudando a adquirir una fe madura, sólida, que no se fundamenta únicamente en el sentimiento o en un vago recuerdo del catecismo aprendido en la infancia.

Todas las grandes conversiones han tenido como punto de partida la nostalgia de Dios y la oración. Os refiero el caso de tres grandes convertidos de la edad contemporánea: el primero es Paul Claudel, el gran poeta frances, convertido en su juventud en la tarde de Navidad de 1886. Como él mismo nos confiesa, llevaba tiempo sintiendo en su corazón joven la nostalgia de la fe de su infancia, perdida en su adolescencia; y pedía a Dios que le concediera el don de la fe. En esa tarde, entró  en Notre Dame, la Catedral de París. Se estaban celebrando las Vísperas. Un coro de niños y de seminaristas cantaba el Magníficat. Sobrecogido por la belleza del gótico catedralicio, del canto gregoriano y de los acordes del órgano, sintió en su corazón que renacía el don de la fe: “¡Es verdad! –se dijo a sí mismo entre sollozos mientras sonaba en la catedral el Adeste fideles- ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Entonces se persuadió de Dios era alguien real, tan real como él mismo, y que su verdadero hogar era la Iglesia católica.

Un caso semejante es el del gran filósofo español Manuel García Morente, ateo convencido y profesor de metafísica en la Universidad de Madrid. Vivía exiliado en París en una humilde pensión, solo y sin familia, como consecuencia de la Guerra civil española. Allí le llegó la noticia del asesinato en Madrid de uno de sus yernos. La conmoción interior que
le produjo esta noticia, provocó en él un deseo inefable de Dios, como él mismo confiesa. El hecho es que en la noche del 29 de abril de 1937, mientras escuchaba en una vieja radio una composición musical, laInfancia de Jesús de H. Berlioz, experimentó que el Señor se acercaba a su vida para transformarla y recrearla. Algo parecido le ocurrió en 1935, cuando tenía 20 años a André Frossard, aquel comunista francés, hijo del primer Secretario del partido comunista francés, educado en el más crudo ateísmo, que encontró la fe cuando, en una tarde de julio, entró en una iglesia del barrio latino de París buscando a un amigo y se encontró inesperadamente con Dios, experimentando una alegría indescriptible, “una alegría –escribirá él después- que no es sino la exultación del salvado, la alegría del náufrago recogido a tiempo". Es el júbilo que experimentan todos los que se encuentran con Cristo Salvador y que yo deseo a cuantos estáis participando en estas conferencias cuaresmales.

La fe necesita ser alimentada en la oración, pero necesita también ser cultivada con la formación continuada. Hoy no basta la fe del carbonero, el creo porque sí. Para poder dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza, necesitamos del estudio y de la formación. En la vida profesional, en un mundo tan competitivo como el nuestro, un médico o un arquitecto necesitan formarse cada día para poder actuar en sus profesiones con solvencia. También nosotros los cristianos necesitamos  conocer en profundidad al Señor, conocer su vida, su doctrina y su misterio. Necesitamos formarnos en las verdades de nuestra fe, puesto que sólo se ama aquello que bien se conoce. Manuel García Morente, recién convertido, lo primero que hizo fue poneerse de rodillas y rezar, balbuceando fragmentos del Padre Nuestro y del Ave María, que practicamente se le habían olvidado. Reconstruyó como pudo ambas oraciones y a continuaciónsólo pensó en formarse. "Lo primero que haré mañana –se dijo-será comprarme un libro devoto y algún buen manual de doctrina cristiana. Aprenderé las oraciones; me instruiré lo mejor que pueda en las verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño… Compraré también los Santos Evangelios y una vida de Jesús”.

Pero la fe necesita ser refrendada por las obras. El Catecismo joven nos dice que “la fe es incompleta mientras no sea efectiva en el amor”. Así es en realidad. La fe sin obras es una fe muerta. Esto quiere decir nuestra fe tiene que reflejarse en la vida diaria. A veces los cristianos somos tan pobres y tan abandonados que se produce en nosotros una especie de divorcio entre la fe y la vida. Pero cuando falta la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive, antes o después la fe se va tornando mortecina hasta apagarse.

Otro aspecto que subraya el Catecismo joven es que vivimos nuestra fe dentro de la comunidad cristiana sostenidos por ella. Nadie puede creer por sí sólo, como nadie puede vivir por sí sólo. La fe es un asunto personal, pero no es un asunto privado. La fe la recibimos de la Iglesia. Ella es la que la ha trasmitido a todas las generaciones, la ha protegido de falsificaciones y la ha hecho brillar a lo largo de los siglos. Esa fe se contiene en el Catecismo de la Iglesia Católica, que debe ser, junto con la Palabra de Dios, la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento, nuestro libro de cabecera y el principal instrumento para nuestra formación.

Quisiera insistiros en que hoy, en una sociedad tan secularizada como la nuestra, es muy difícil perseverar en la fe por libre, en solitario y a la intemperie. Necesitamos el apoyo, la compañía y el arropamiento de la Iglesia, de la comunidad parroquial, del grupo de oración o de estudio de la Palabra de Dios del que formamos parte y de los sacerdotes. La Iglesia nos ha transmitido la fe y nos sostiene, alienta y anima en nuestra vida de fe. De la misma forma, nosotros hemos de transmitirla a nuestros hermanos. Nuestro amor a Jesucristo y a los hombres debe impulsarnos a hablar a los demás de nuestra fe. No podemos esconder la luz de la fe debajo del celemín, porque correríamos el riesgo de que se asfixiara o apagara. Hemos de ponerla sobre el candelero paraque alumbre a todos, cercanos y lejanos. Si estamos convencidos de que nuestra fe es el mayor tesoro que poseemos, si estamos convencidos de que nuestro encuentro con el Señor es con mucho lo mejor que nos ha podido suceder en nuestra vida, hemos de arder en deseos de gritarlo por las plazas y de compartir con los demás este tesoro: la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda.

A la protección maternal de la Santísima Virgen, peregrina de la fe, como la llamó el Papa Juan Pablo II, os encomiendo a todos los que en esta tarde habéis tenido la deferencia y la paciencia de escucharme. Nuestro padre Abraham creyó “esperando conta toda esperanza” (Rom 4,18), a pesar de que Dios le pedía el sacrificio de su hijo único. Asi fue también la fe de María en la Anunciación. Ni por un momento vacila. Acepta amorosamente el plan de Dios sobre ella, a pesar de la aparente antinomía entre su condición de Virgen y la maternidad que se le anuncia.  Y al pie de la Cruz, mientras su Hijo agoniza, cuando lo tiene en sus brazos recién desclavado de la cruz, y en la noche en que permanece en el sepulcro, en lo que Juan Pablo II llamó “la noche de la fe”, no vacila ni duda de las promesa de su Hijo, adivinando ya en lontanzaza la mañana radiante de la Resurección. Que Ella os ayude a todos a robustecer vuestra fe en estos días de gracia que son la Cuareema. Que Ella os aliente y ayude a vivir gozosa y comprometidamente la fe en Jesucristo, nuestro único Señor.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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