«Pasión por el Evangelio»

Carta pastoral del Arzobispo de Sevilla con motivo del Día del Seminario

“PASIÓN POR EL EVANGELIO”

Carta pastoral del Arzobispo de Sevilla

 con motivo del Día del Seminario

 

A los sacerdotes, consagrados, diáconos, seminaristas y laicos

de nuestra Archidiócesis

 Queridos hermanos y hermanas:

             Os saludo con mucho afecto en el corazón de la Cuaresma, que a todos os deseo muy santa y fecunda. Os escribo con ocasión del Día del Seminario, que tradicionalmente se ha celebrado en la solemnidad de San José y que desde hace unos años se celebra en el domingo más próximo, en este año  el cuarto domingo de Cuaresma.

 

1.- El Seminario, una mirada agradecida al Señor.

            El Día del Seminario nos ofrece la ocasión de detener la mirada sobre nuestros Seminarios Diocesanos Mayor y Menor para caer en la cuenta del bien y la esperanza que significan para la Iglesia de Sevilla las vocaciones sacerdotales que en ellos se forman. Sí,  debemos dar gracias a Dios por cada uno de nuestros seminaristas, desde los 16 adolescentes que ingresaron en el pasado mes de septiembre en el recién inaugurado Seminario Menor, al grupo que recibirá la ordenación sacerdotal el próximo 24 de junio, si Dios quiere. La vocación sacerdotal es siempre un don inmerecido que Dios concede a aquellos jóvenes a los que llama para que estén con Él, para que gocen de su intimidad y de su amistad y para que compartan con Él su misión redentora. La vocación sacerdotal es un don para ellos y para toda la Iglesia. A todos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos quisiera invitar a que vivan con alegría este Día del Seminario, y a dar gracias a Dios por la hermosa realidad de nuestros Seminarios Diocesanos, Mayor y Menor, en los que se forman sesenta jóvenes, con en el vivo deseo de ser algún día pastores según el Corazón de Jesucristo Buen Pastor para bien de nuestra Iglesia diocesana y de la Iglesia universal. Al mismo tiempo que damos gracias a Dios, quiero invitaros a que acompañéis con vuestra oración cotidiana a nuestros seminaristas, para que perseveren y sean fieles a la hermosísima vocación que el Señor les ha regalado. 

2.- Pasión por el Evangelio.

            El lema de este año, Pasión por el Evangelio, nos habla del ardor que debe mover el corazón de todo cristiano, particularmente de los que han sido llamados por el Señor para seguir a  Jesucristo, Buen Pastor. Sentir pasión es propio de un corazón enamorado, vivo y despierto, donde no cabe la apatía o la abulia, sino la entrega total, generosa y de buen grado a quien amamos. Por otra parte, hablar de pasión por el Evangelio quiere expresar la radicalidad que  debe darse en el corazón de todo discípulo del Señor, pues al Dios que ha sido absolutamente generoso y misericordioso al darnos a su propio Hijo, no podemos corresponder mezquinamente. Así nos lo enseña el ya cercano Doctor de la Iglesia, San Juan de Ávila: «No solamente la cruz, sino la misma figura que en ella tienes, Señor, nos llama dulcemente a amor.La cabeza tienes inclinada para oírnos y darnos besos de paz… los brazos tendidos, para abrazarnos; las manos agujereadas, para darnos tus bienes; el costado abierto, para recibirnos en tus entrañas, los pies clavados, para esperarnos y nunca te poder apartar de nosotros. Si se mira con atención, la cruz, los clavos, las heridas, y toda su figura es una invitación a amarle. Pero, sobre todo, es el amor interior el que me da voces que te ame y que nunca te olvide de mi corazón» (Tratado del Amor de Dios nº 11). Quien ha probado las delicias del Amor Divino en Cristo Jesús ya no puede imaginar una vida si no es junto a Aquel que con amor tan tierno y gratuito se le ha entregado. Este amor es el que estimula la fidelidad del sacerdote a lo largo de su vida para gastarse y desgastarse con pasión por la causa del Evangelio, y esta fidelidad es la que conduce la vocación hasta la santidad. Contando, pues, con la llamada y la entrega del mismo Cristo, el sacerdote no puede menos que darse por entero.

3.- El amor a Jesucristo, motor de todo apostolado y fuente de vocaciones.

            Estar hondamente enamorado de Jesucristo es el motor de todo apostolado y la fuente fecunda de vocaciones al servicio del Evangelio. Es en el coloquio íntimo con Jesucristo, en la oración asidua y en la recepción  de los sacramentos, donde cada cristiano crece en amistad con Él, donde la persona descubre cuál es la voluntad de Dios, y donde el mismo Señor va robusteciendo el vigor apostólico de los sacerdotes actuales y futuros. En la familiaridad con la Palabra de Dios el cristiano fortalece su amistad con Jesucristo, crece espiritualmente gracias a la luz de la Verdad, y orienta su vida para corresponder a la Gracia divina. Un corazón que ama a Jesucristo es un alma apasionada por el Evangelio. El corazón que es movido por el Evangelio es un corazón repleto de esperanza porque conoce el amor y la misericordia divina. Vivir el Evangelio es hacerse a sí mismo evangelio vivo, testimonio elocuente y confesante de la buena noticia de Jesucristo. En el corazón del llamado y abrasado por el amor de Cristo se encuentra el origen y la raíz de toda vocación sacerdotal. Y para testimoniar el Evangelio de Jesucristo el apóstol deja familia y hacienda, seguridades y comodidades humanas, para hacer de su vida una existencia centrada en Dios y en el bien de los hombres. De esta manera, con la renuncia a lo que el mundo considera ganancia, en realidad el apóstol alcanza la verdadera dicha evangélica: el ciento por uno con la medida de la generosidad del Corazón de Dios.

4.- Nuestro mundo necesita a Jesucristo; hacen falta apóstoles.

            El mundo de hoy, dolorido e inseguro en la coyuntura difícil que estamos viviendo, necesita palabras verdaderas que iluminen su caminar. Ante la incertidumbre del futuro, la Iglesia alza su humilde voz para asegurar que sólo Jesucristo, Palabra de vida eterna, puede satisfacer plenamente las ansias de felicidad del corazón humano, y dar respuesta a los interrogantes últimos de la persona. En el Evangelio, los hombres y mujeres de hoy encontrarán aliento, consuelo y esperanza, pues la Palabra del Señor es brújula segura para la existencia y luz que ilumina la vida de los hombres. La pasión por el Evangelio genera esperanza para el presente y para el futuro porque es Dios quien pronuncia su Palabra. Sí, necesitamos del Evangelio para vivir plenamente. Por ello, hacen falta apóstoles audaces y valientes de Cristo para que el Evangelio resuene en el mundo y sea a cogido en el corazón de los hombres. Es el amor de Cristo el que nos apremia a entregar la vida por Él y por la causa del Evangelio.

            El trabajo apostólico no admite titubeos ni demoras. El Evangelio no entiende de tibiezas, ni mediocridades en la entrega. El momento actual de la Iglesia, abierta al reto de la Nueva Evangelización, pide un compromiso integro del conjunto del pueblo cristiano, y singularmente de sus pastores. Como dice Benedicto XVI, “no hay prioridad más grande que ésta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (Cf. Jn. 10, 10)” (Verbum Domini 2). Hacen falta, pues, apóstoles, jóvenes generosos y valientes, crecidos en la intimidad con la Palabra de
Dios y en el trato de amistad con Jesús Eucaristía, que vengan a ser testigos creíbles del Evangelio, verdaderos hombres de Dios en medio de nuestro pueblo, capaces de mostrar con vigor y audacia a Jesucristo como fuente de sentido y esperanza para el mundo. Necesitamos jóvenes entregados totalmente a Jesucristo y a su obra de salvación, que afirmen con el testimonio de sus vidas consagradas que entre las sombras del mundo emerge la esperanza que nace del Evangelio, que es capaz de trasformar la vida dándole sentido y belleza. Trabajar para que sean cada vez más los hombres y mujeres que puedan experimentar la alegría y la esperanza que brotan del encuentro con el Señor, es la vida propia de la Iglesia, su principal tarea y casi la única misión que ha recibido de su Señor.

6.- Volcarnos en la pastoral juvenil.

            Me dirijo ahora especialmente a los sacerdotes y a las personas implicadas en la pastoral juvenil. Os recuerdo el gran acontecimiento eclesial vivido el pasado mes de agosto en Madrid, la Jornada Mundial de la Juventud. El número de jóvenes que participaron junto al Santo Padre fue extraordinario. No podemos olvidar ni echar en saco roto este auténtico acontecimiento de gracia para el presente y para el futuro de nuestra pastora juvenil. Nada necesitan nuestros jóvenes con más urgencia que a Jesucristo. Por ello, encomiendo a los sacerdotes, catequistas y educadores de los jóvenes que sepan dirigir y encauzar la inquietud que Dios ha sembrado en las JMJ, estimulado su vida cristiana, interrogando a los jóvenes sobre su futuro, y exhortándolos a que vivan cada día respondiendo con fidelidad al Señor. Ellos constituyen un germen vivísimo de esperanza, pero deben ser cuidadosamente cultivados y acompañados personalmente por vosotros.

            El llamado invierno vocacional tiene como causa principal un déficit de pasión, una crisis de amor en nuestra relación con Jesucristo. La mengua de vitalidad y de entusiasmo en la vivencia de nuestra vocación sacerdotal es la causa que oscurece el camino de muchos jóvenes que sienten en su interior el brotar de esta llamada. El sacerdote es el primer convocante. También lo son los seminaristas. Como escribiera el Papa Juan Pablo II en su mensaje para la Jornada Mundial de las Vocaciones del año 2000, “nada es más sublime que un testimonio apasionado de la propia vocación. Quien vive con gozo este don y lo alimenta diariamente… sabrá derramar en el corazón de tantos jóvenes la semilla de la fiel adhesión a la llamada divina». La entrega absoluta de nuestra propia vida por la causa del Evangelio y la felicidad que trasluce en nuestro rostro hará vibrar las cuerdas del alma de los jóvenes que se relacionan con nosotros. 

7.- Volcarnos también en la pastoral vocacional

            Es evidente que la vocación se trasmite por contagio, el contagio saludable de los jóvenes con los sacerdotes y seminaristas que siguen a Jesucristo con alegría y fidelidad. Por ello, el Equipo de formadores de ambos Seminarios, junto a los propios seminaristas, recorren nuestra Archidiócesis a lo largo del año y muy especialmente en estos días, para acercar a los jóvenes el testimonio alegre y sincero de quienes han sido llamados. En ese contacto, el joven se encuentra con otro de carne y hueso, que ha vivido y vive una experiencia similar, hecha de interrogantes y claroscuros, pero que ha dado un paso adelante. Es necesario proponer abiertamente a los jóvenes la búsqueda de la voluntad de Dios en sus vidas, sin excluir la invitación a la vocación sacerdotal. El testimonio de la decisión de otros es muy necesario para los jóvenes de hoy que suelen caracterizarse por la indecisión. Por eso es oportuno celebrar vigilias de jóvenes y encuentros formativos para favorecer una mayor comunicación entre las parroquias y el Seminario. Pero además de los encuentros extraordinarios, los pastores tienen la misión preciosa de enseñar a nuestros jóvenes a rezar e iniciarles en el trato personal con Jesucristo. Deben tratar además de formarles doctrinalmente. Otro camino concreto, fecundo y esperanzado para la pastoral de las vocaciones es iniciar a los jóvenes en la experiencia de la generosidad y del servicio gratuito, en las visitas a enfermos y ancianos y en la atención a los marginados. De este modo, el ejercicio de la caridad cristiana desarrolla en ellos su capacidad de generosidad y es un ámbito privilegiado para escuchar la voz de Dios.

8.- La promoción de las vocaciones: tarea de toda la Iglesia.

            Al contemplar nuestro presente y el reto urgentísimo de la Nueva Evangelización a la que ha sido convocada la Iglesia por el Santo Padre, quiero tener un recuerdo agradecido de aquellos sacerdotes beneméritos que han gastado y desgastado su vida apasionados por el Evangelio, escribiendo páginas bellísimas de la historia de nuestra Iglesia diocesana, algunos de ellos en situaciones verdaderamente difíciles. Con su plegaria y su trabajo pastoral, también en el sector de las vocaciones, han sido caudales copiosos de gracia para nuestra Archidiócesis y a ellos debemos nuestro presente esperanzado, al que tanto pueden seguir aportando con su sabiduría acumulada. Es tan grande el bien recibido, tan inmerecido el favor que Dios nos ha hecho y nos sigue haciendo, que la gratitud debe llevarnos a una responsabilidad aun mayor y más comprometida en esta hermosa tarea de forjar pastores, sacerdotes buenos y santos, al servicio de nuestra Iglesia diocesana y abiertos a la solicitud por la Iglesia universal u otras iglesias locales necesitadas de sacerdotes.

            Todos debemos sentirnos invitados a participar en la pastoral vocacional, especialmente a través de la oración al Dueño de la mies (Lc 10,2). Es una urgencia que compromete a toda la comunidad diocesana y es una dimensión permanente de la pastoral ordinaria. La promoción de las vocaciones sacerdotales es un campo a cultivar por toda la comunidad cristiana, sacerdotes, consagrados, padres y madres de familia, educadores, catequistas, profesores de Religión, grupos y movimientos apostólicos, etc. En todos los ámbitos de la pastoral diocesana debe estar presente la preocupación por las vocaciones: en la catequesis, en el apostolado seglar, en la pastoral familiar, en la pastoral juvenil de forma privilegiada, en la celebración litúrgica y en la oración personal, el compromiso y la acción caritativa. Finalmente, quisiera encareceros la gran responsabilidad que tiene toda la Iglesia diocesana de auxiliar, también económicamente, al Seminario para poder garantizar una adecuada formación de los que serán los pastores del mañana. En las actuales circunstancias económicas, muchos de los seminaristas necesitan apoyo para poder hacer frente tanto a la residencia como a los estudios eclesiásticos. Es una necesidad de primer orden al que debe responder nuestra Archidiócesis con una gran generosidad.

            Pongo en las manos maternales de la Santísima Virgen María del Buen Aire y en las de los Santos diocesanos la sacrosanta intención de las vocaciones sacerdotales para el bien del Pueblo de Dios. Encomiendo esta intención especialmente a las luminarias de los grandes modelos sacerdotales de nuestra Archidiócesis, corazones apasionados por Jesucristo y su Evangelio, San Leandro y San Isidoro, los beatos Cardenal Spínola y Manuel González, y singularmente de San Juan de Ávila, en el año de su proclamación como Doctor de la Iglesia Universal.

            Para todos, especialmente para los jóvenes y los seminaristas,  mi afecto frat
erno y mi bendición.

                                   + Juan José Asenjo Pelegrina                                                                                                         Arzobispo de Sevilla

Contenido relacionado

Sevilla recuerda a la Madre Trinidad

La fundadora de La Obra de la Iglesia falleció en Roma...

Remad mar adentro

Domund 2021. La Misión en tiempos de pandemia (24-10-21) El próximo domingo...

Enlaces de interés