Miércoles de la quinta semana de Pascua

Palabras del Arzobispo.

Todos tenemos alguna experiencia de momentos, a veces temporadas, en que parece que el Señor se ha olvidado de nosotros; cuando la tiniebla nos rodea, el dolor y la enfermedad nos visitan y el sufrimiento, como consecuencia de problemas profesionales, económicos o familiares, nos hace sentir el silencio de Dios, como si el Señor nos hubiera dejado de su mano y la barca de nuestra vida estuviera a punto de hundirse. Es la sensación que podemos tener en estos momentos cercados por la epidemia terrible que abarca al mundo entero.

El evangelio de la tempestad calmada que ayer recordaba nos invita a la esperanza y a la confianza en Jesús. Los Apóstoles tienen miedo porque no reconocen todavía su divinidad. Y es necesario el milagro para que, admirados, se digan unos a otros: “¿Quién es éste? Hasta el viento y el mar le obedecen.”

En la coyuntura que estamos viviendo en estas semanas y en las situaciones personales a las que acabo de aludir, el Señor nos invita a avivar nuestra fe en Él, sobre todo en los momentos en los que la barca de nuestro mundo o la propia barquilla de nuestra vida es zarandeada y sacudida por el sufrimiento y el dolor. También entonces el Señor nos sigue queriendo y sigue velando sobre nosotros con su Providencia amorosa. Confiemos, pues, en Él, que no permitirá que seamos probados por encima de nuestras fuerzas. Él permite que el mal nos visite para nuestro bien, para nuestra purificación. Él nunca nos abandona, pues incluso en el momento de la muerte, nos está esperando para acogernos y abrazarnos.

En esta hora, los cristianos debemos ser hombres y mujeres de esperanza, sembradores de esperanza, confiando en las promesas de Dios y en su amor, pues no se ha olvidado de nosotros.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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