Laicos llamados a la misión

En la solemnidad de Pentecostés celebramos el día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Este año destacamos el hecho de que los laicos, desde el bautismo, han recibido una vocación que los hace corresponsables en la vida y en la misión de la Iglesia. El mandato misionero del Señor resucitado a los discípulos tiene el fundamento último en el amor eterno de la Santísima Trinidad y en la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre.  El Señor Jesús, después de completar con su Muerte y Resurrección los misterios de nuestra salvación, fundó su Iglesia y envió a los apóstoles por todo el mundo, como Él había sido enviado por el Padre (cf. Jn 20, 21).

La misión de la Iglesia continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión misma de Cristo, que quiere conducir a todos los hombres y las mujeres a la fe, a la libertad y a la paz, de manera que descubran el camino para la plena participación en el misterio de Dios. La Iglesia tiene que ir por el mismo camino que Cristo siguió, es decir, por el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la entrega total. En el seno de la Iglesia, laicos son todos los fieles incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados en el Pueblo de Dios, que ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que les corresponde. Los fieles laicos participan, de la manera que les es propia, en el triple oficio profético, sacerdotal y real de Jesucristo. Esta participación tiene su raíz primera en el Bautismo, se desarrolla en la Confirmación y se alimenta en la Eucaristía. En virtud de su realidad bautismal, el laico es corresponsable en la misión de la Iglesia. Pero esta realidad asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, la índole secular. El carácter secular es propio y peculiar de los laicos.

Los fieles laicos viven en el mundo, implicados en sus trabajos y ocupaciones y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social: estudian, trabajan, establecen relaciones sociales, de amistad, culturales, profesionales, etc. De esta manera, el mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos. Los laicos contribuyen a la transformación del mundo desde dentro, como el fermento, mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, manifestando a Cristo delante de los otros con su palabra y testimonio, con su fe, esperanza y caridad. Las imágenes de la sal, la luz y la levadura expresan la inserción y la participación de los laicos en el mundo, en la sociedad, y expresan la originalidad de esta participación.

Los laicos aportan nuevas energías de participación y renovación y propician una nueva colaboración. Colaboran con diversos tipos de servicios, unos dentro de la Iglesia como animadores de la oración, del canto y de la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y la catequesis, como responsables de comunidades eclesiales y de grupos de estudio y de revisión de vida, como encargados de las obras caritativas, como administradores de los bienes de la Iglesia, como dirigentes de los diversos movimientos, grupos y asociaciones apostólicas. Otros en las familias, en las escuelas, en la vida política, económica, social y cultural.

Queridos hermanos laicos y laicas: gracias por vuestra conciencia eclesial, porque os sentís miembros vivos y corresponsables en nuestra Iglesia local. En un mundo en cambio constante en el que hace falta afrontar y dar respuesta a las nuevas situaciones en la Iglesia y en la sociedad, en la economía y en la política, en la cultura, la ciencia y la investigación, es fundamental e imprescindible vuestro compromiso en la acción pastoral y en la fermentación evangélica de los ambientes y las estructuras. ¡Santo y fructífero Pentecostés!

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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