Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo IV de Pascua, que hoy celebramos, es conocido como el domingo
del Buen Pastor. El evangelio nos presenta a Jesucristo como el pastor que llama y
reúne a sus ovejas, las conoce por su nombre, las cuida, guía y conduce a frescos
pastizales, busca a la oveja perdida y, en su inmolación pascual, da la vida por sus
ovejas, siendo al mismo tiempo modelo y espejo de los pastores de la grey que Él
adquirió con su sangre.

En este domingo celebramos también la Jornada Mundial de Oración por las
Vocaciones. En ella se nos recuerda que, en la tarea salvadora que nace del misterio
pascual, el Buen Pastor necesita colaboradores. A través de humildes instrumentos
humanos, el Señor ha de seguir predicando, santificando, perdonando los pecados,
sanando las heridas físicas y morales, consolando a los tristes, enseñando a los
ignorantes y acompañando a quien se siente solo y abandonado. Son las distintas
vocaciones que el Espíritu suscita en su Iglesia para seguir cumpliendo la misión del
Buen Pastor, viviendo como Él en castidad, pobreza y obediencia, al servicio del
Pueblo de Dios.

En esta Jornada damos gracias a Dios por la vida y el testimonio de tantos
sacerdotes y consagrados, que en el ministerio pastoral, en la oración, el trabajo y el
silencio del claustro, en el servicio a los pobres y marginados, en el acompañamiento
a los enfermos y ancianos y en la escuela católica están gastando generosamente su
vida al servicio de Dios y de sus hermanos. Es incalculable la riqueza que aporta a
la Iglesia el don del ministerio sacerdotal y de la vida consagrada en sus múltiples
carismas e instituciones. Que en esta Jornada y siempre les acompañemos con el
afecto y la oración para que sean fieles a la llamada recibida y el Señor nos conceda
muchas, santas y generosas vocaciones para gloria de Dios y bien de la Iglesia.
Consciente de que la oración es el alma de la pastoral vocacional, invito a
todos los fieles de la Archidiócesis a pedir insistentemente, hoy y todos los días, “al
Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Os pido también que os impliquéis
en esta pastoral, que es tarea de toda la comunidad cristiana, especialmente de los
sacerdotes, consagrados, catequistas, educadores y padres. Las familias cristianas
han sido siempre el manantial del que han surgido las vocaciones. Un clima familiar
sereno, alegre y piadoso, iluminado por la fe, en el que se acoge y celebra el don de
la vida, y en el que se vive la comunión y la unidad entre sus miembros, favorece el
florecimiento vocacional. De ahí la relación estrecha entre la pastoral vocacional y
la pastoral familiar.

Me dirijo ahora a los sacerdotes y consagrados de nuestra Archidiócesis, a
quienes urge antes que a nadie esta pastoral preciosa. Invitad a los jóvenes a
plantearse su futuro vocacional, orad con vuestras comunidades por las vocaciones,
y sobre todo, procurad que vuestra vida sencilla, entregada, pobre, casta y alegre,
suponga una invitación tácita para que muchos jóvenes se decidan a seguir nuestra
vocación.

No puedo concluir sin decir una palabra a los jóvenes de nuestra
Archidiócesis. Queridos jóvenes: Estáis viviendo una etapa trascendental, en la que
tratáis de diseñar vuestro futuro. Yo os propongo un camino apasionante y fecundo
para vuestra realización personal: seguir a Jesús en el sacerdocio o en la vida
consagrada. Como san Pablo después de su conversión, preguntad también vosotros
al Señor: “¿Qué quieres que haga?”, ¿qué quieres que haga con la vida que me has
regalado?, ¿qué quieres que haga por Ti?, y mostradle vuestra entera disponibilidad,
sin planes previos y con una gran confianza.

Un amigo de Jesús no organiza su existencia sin contar con el Señor. Las
grandes decisiones sobre nuestro futuro hemos de tomarlas con Él, con espíritu de
fe, obediencia y amor, arriesgándonos a ponernos a su alcance para que Él tome y
conquiste nuestra vida, la convierta, posea y oriente al servicio del Evangelio, de la
Iglesia y de los hermanos. Esta es la única forma de no equivocarse y acertar en un
asunto tan importante. Esta es la puerta estrecha que da acceso a la felicidad, de la
mano del Señor y guiados por su Espíritu. Es la mejor forma de emplear la vida,
dignificada por la llamada del Señor, guiada y poseída por Él, y abierta a los
hermanos con su mismo amor.

Él nos ha dicho que “no hay amor más grande que el de aquel que da la vida
por sus amigos”. Él ha prometido recompensar con el ciento por uno a quien
entregue su vida por Él y por el Evangelio. A Él le pido que os conceda corazón
generoso, oído de discípulo y labios de mensajero para que Cristo sea conocido y
amado.

Para vosotros y para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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