Inauguración de la nueva Casa Sacerdotal en Córdoba

Saludo y alocución de Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla.

Comienzo mi breve intervención saludando fraternalmente al Excmo. y Rvdmo. Sr. Nuncio Apostólico, al Sr. Obispo de Córdoba, D. Demetrio, al Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, D. José Mazuelos, al Sr. Obispo auxiliar electo de Sevilla, D. Santiago; a los queridos sacerdotes cordobeses, a las Religiosas Mercedarias, a los seminaristas, y a todos ustedes, hermanos y amigos.

Agradezco al Sr. Obispo D. Demetrio su cálida invitación a participar y dirigirles la palabra en este acto gozoso y largamente esperado por todos, también por mí, en el que damos gracias a Dios por el final feliz de esta obra magnífica, la nueva Casa Sacerdotal que los sacerdotes cordobeses, especialmente los ancianos y enfermos y quienes les han acompañado y servido a lo largo de su ministerio, tanto necesitaban. Fue el Señor quien nos inspiró esta obra buena. Él es quien nos regala siempre el querer y el obrar por medio de su Espíritu, y ha sido Él quien nos ha mantenido en el esfuerzo y nos ha acompañado con su gracia en estos cinco años largos, pues como nos dice el salmo, “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. Es justo, pues, que en esta mañana en que inauguramos sus instalaciones, demos las más rendidas gracias a Dios, autor de todo bien.

La nueva Casa Sacerdotal era una verdadera necesidad. Les confieso que soñé muchas veces verla iniciada y concluida. La anterior, que databa de los años sesenta, a pesar de ser una obra muy meritoria y que ha servido eficazmente durante cerca de cincuenta años a muchos sacerdotes cordobeses, se había quedado pequeña y un tanto anticuada. Por ello, el Obispo, con su Consejo Episcopal, pensamos que era necesario intentar por lo menos esta pequeña utopía, ciertamente inabarcable para las posibilidades de la Diócesis. Las dificultades eran muchas. Había que trasladar la Escuela Universitaria de Magisterio, aquí ubicada, a otro emplazamiento, para lo que contamos con el concurso inestimable de D. Juan Moreno Gutiérrez, para el que pido al Señor que premie su resolutiva intervención consolidando y fortaleciendo su salud. Era necesario después buscar fórmulas imaginativas para financiar la obra, y fue Mons. Miguel Castillejo, Presidente de Vimpica, quien guiado por el amor a su Diócesis y a sus hermanos sacerdotes, nos abrió el camino para la financiación de la obra a través de esta Entidad benéfica de construcción, que tanto bien ha hecho a centenares de familias cordobesas. A D. Miguel, a los patronos de Vimpica, a D. Jesús Álvarez de Sotomayor, gerente de la Entidad, que tantos escollos administrativos ha ido sorteando a lo largo de estos años para que llegara este día, mi gratitud personal, pues estoy convencido de que sin Vimpica esta obra, que ha deparado a la Diócesis seguramente la mejor Casa Sacerdotal de España, hubiera sido sencillamente imposible. Que Dios, nuestro Señor, que es el mejor pagador, recompense a todos su amor a la Diócesis.

Quiero dar las gracias también al arquitecto D. Rafael Toscano y a su equipo. Recuerdo como si fuera hoy su presentación del proyecto, todavía en fase embrionaria, al Consejo del Presbiterio en febrero de 2005, que tan buena impresión nos causó. Después vinieron miles de puntadas hasta que este proyecto excelente quedó definitivamente concluido. Mi gratitud también, no pequeña, a la empresa Construalia, a sus directivos y técnicos, a los profesionales de los distintos oficios que han intervenido. Me consta que han considerado esta obra como si se tratara de la construcción de su propia casa, poniendo en este empeño lo mejor de sí mismos. No quiero dejar de mencionar a dos personas que han estado pendientes constantemente de la obra, al Vicario General, D. Fernando Cruz-Conde, allanando las dificultades urbanísticas ante las distintas administraciones, y a D. Rafael Prados, que con gran interés y buen criterio ha representado a la Diócesis en el desarrollo de la obra. Gracias a los dos de corazón.

Termino felicitando a todos, y muy especialmente a los sacerdotes residentes, que en los próximos días se trasladarán a las nuevas instalaciones, y a todo el Presbiterio diocesano. Felicito al Seminario, que se va a beneficiar de algunas de las nuevas instalaciones y que va a contar a partir de ahora de nuevos espacios para llevar a cabo con mayor holgura su importante tarea formativa. Otro tanto sucederá con la Biblioteca diocesana y el Archivo, que junto con el Museo diocesano, cuyas obras están a punto de comenzar, va a constituir un enclave cultural de primerísima magnitud. No puedo olvidar en mi intervención a las queridas Hermanas Mercedarias de la Caridad, con las que tengo tantas deudas de gratitud, y que tan humilde, eficaz y discretamente sirven a los sacerdotes y seminaristas. Dios quiera que nunca falte su presencia en esta casa y que como premio a su servicio abnegado, el Señor les conceda muchas y generosas vocaciones que permitan mirar con esperanza el futuro de su Instituto.

Pido al Señor que esta nueva Residencia sea hogar de paz, de caridad, de plegaria y de fraternidad sacerdotal, de ayuda mutua entre quienes participan del mismo y único sacerdocio de Jesucristo. Que todos busquen la mutua edificación y que quienes visiten a los sacerdotes ancianos y enfermos perciban al instante el buen olor de Cristo. Muchas gracias y felicidades de nuevo a todos.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla    

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