Martes santo, 31 de marzo de 2026. Catedral de Sevilla
Lecturas: Is 61,1-3a.8b-9; Sal 88,21-22.25.27; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21
Nos reunimos un año más en la misa Crismal para renovar el «sí» que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal como respuesta a la llamada de Dios. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: obispos auxiliares, vicario judicial, vicarios episcopales, secretario general, arciprestes, delegados, presbíteros y diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado. Un año más nos reunimos para la bendición de los santos óleos y la consagración del Crisma que utilizaremos como instrumentos de salvación en el bautismo, la confirmación, el orden sagrado y la unción de los enfermos.
La Misa Crismal es una expresión de comunión y sinodalidad, una celebración que nos introduce en el corazón mismo del misterio pascual que vamos a conmemorar en estos días santos. En esta mañana, la Catedral se convierte de modo especialmente visible en la iglesia madre de la Archidiócesis. Aquí se hace presente el presbiterio diocesano, y el pueblo santo de Dios ora por sus sacerdotes; aquí son bendecidos los santos óleos y consagrado el Santo Crisma; aquí los presbíteros renuevan las promesas de su ordenación. Todo habla de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; todo habla de unción, de misión, de comunión, de fidelidad.
Hemos escuchado las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”. Y en el evangelio, Jesucristo aplica a sí mismo ese pasaje: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Cristo es el Ungido del Padre. Él es el Mesías. Él es aquel sobre quien reposa en plenitud el Espíritu Santo. Él ha sido enviado para evangelizar a los pobres, curar los corazones desgarrados, proclamar la libertad a los cautivos y anunciar un año de gracia del Señor. La Misa Crismal sólo se entiende desde ahí: no celebramos nuestra obra, sino la obra de Cristo, la unción de Cristo; no celebramos una identidad sociológica, sino una configuración sacramental con Cristo Sacerdote, Profeta y Rey.
Por eso, nuestra atención se centra en los óleos y el Crisma que hoy serán bendecidos y consagrado. No se trata de un rito accesorio o meramente simbólico. En estos signos la Iglesia reconoce instrumentos escogidos por Dios para comunicar la gracia de Cristo. El óleo de los enfermos llevará el consuelo del Señor a quienes padecen la enfermedad, la debilidad o la ancianidad. El óleo de los catecúmenos fortalecerá a quienes se preparan para el combate espiritual y para nacer a la vida nueva. Y el Santo Crisma quedará vinculado de modo especial a los sacramentos que imprimen carácter y consagran para siempre: el Bautismo, la Confirmación, el Orden sagrado.
De aquí se desprende una lección fundamental para nosotros: La gracia de Dios no actúa al margen de lo visible, de lo concreto, de lo eclesial, de lo litúrgico. Dios no nos salva de manera desencarnada. Nos salva por la humanidad santísima de Jesucristo, y prolonga esa economía de la salvación mediante signos sacramentales confiados a la Iglesia. Por eso la liturgia es acción de Cristo y de la Iglesia, es el ámbito en que la obra de la redención se hace presente y operante. Este aceite llegará a los recién bautizados, a los confirmandos, a los ordenandos, a los enfermos; ungirá la frente, el pecho, las manos, como signo de una consagración interior que sólo el Espíritu Santo puede realizar.
En la oración consecratoria del Crisma pedimos al Padre que santifique este óleo perfumado, para que quienes sean ungidos con él participen de la misión de Cristo Redentor. El Crisma habla de plenitud del Espíritu Santo, de belleza espiritual, de pertenencia estable a Cristo, de misión recibida para el bien de la Iglesia y del mundo. Cuando se unge a un bautizado o a un confirmado, la Iglesia proclama que esa persona pertenece para siempre a Cristo. Cuando se unge las manos del presbítero o la cabeza del obispo, la Iglesia proclama que ese ministerio no nace de una delegación humana, sino de una consagración sacramental. La unción no es un ornamento: es signo de elección, de consagración y de envío.
En el prefacio de la Misa Crismal, la Iglesia da gracias al Padre porque Cristo no sólo ha conferido a todo el pueblo santo la dignidad del sacerdocio real, sino que también elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ahí está la identidad del presbítero. No somos funcionarios de lo sagrado, ni gestores religiosos, ni animadores de una comunidad meramente humana. Somos, por pura gracia, ministros de Cristo para el servicio del pueblo santo de Dios.
Y aquí aparece con fuerza el segundo gran acento de esta celebración: la comunión entre el obispo y el presbiterio diocesano, manifestada hoy de modo eminente en la renovación de las promesas sacerdotales. Hoy volvemos a decirle al Señor: sí, quiero unirme más fuertemente a ti; quiero configurarme contigo; quiero ser fiel dispensador de los misterios de Dios; quiero enseñar, santificar y regir no según mi criterio, sino en comunión con la Iglesia; quiero vivir con entrega y caridad pastoral. En esta mañana, el clero de Sevilla se pone ante el Señor con el corazón abierto. Traemos nuestras fatigas y nuestras alegrías, nuestras pobrezas y nuestras esperanzas, los frutos apostólicos y también las heridas del camino. Pero lo decisivo es la fidelidad de Cristo, que no retira sus dones y que sostiene a sus ministros con la gracia del Espíritu Santo.
Al renovar nuestras promesas comprendemos que el sacerdocio sólo se mantiene firme cuando vive de la adoración, de la obediencia de la fe, de la caridad pastoral y de la comunión eclesial. Un sacerdote separado interiormente de la liturgia viva de la Iglesia termina vaciándose. Un sacerdote separado de la oración, de la Eucaristía celebrada con fe, de la Liturgia de las Horas rezada con amor, del sacramento de la Penitencia recibido con humildad, de la piedad sacerdotal seria y sobria, termina debilitando también su ministerio. La Misa Crismal nos llama a volver a las fuentes.
Permitidme añadir una palabra a los fieles laicos que participáis en esta celebración. Rezad por vuestros sacerdotes, queredlos con realismo y con fe. Son hombres tomados de entre los hombres y puestos en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios. Necesitan vuestra oración, vuestra cercanía y vuestro afecto eclesial. Es muy importante acompañar con vuestra oración a los sacerdotes en esta jornada en que renuevan los compromisos de su ordenación, y tenerlos presentes en la oración todo el año. Una diócesis florece cuando ora por sus sacerdotes, cuando cuida sus vocaciones y cuando valora el don inmenso del ministerio ordenado.
Y a vosotros, queridos hermanos presbíteros, os digo con afecto de padre y hermano: permanezcamos en la unidad, cuidemos los unos de los otros. Nada puede dañar tanto el alma del sacerdote como el aislamiento orgulloso, la autosuficiencia, la crítica amarga, la rutina sin vida interior o la pérdida del fervor litúrgico. La comunión presbiteral nace del sacramento del Orden, se expresa en la concelebración, se robustece en la caridad fraterna y se prueba en la obediencia eclesial. En este momento también quiero agradeceros vuestra labor pastoral, la ofrenda generosa de vuestra vida al servicio de Dios y de los hermanos, en estos tiempos plagados de nuevos desafíos, que requieren fidelidad creativa y una entrega sin límites.
Pidamos al Señor que el óleo de los catecúmenos fortalezca a quienes se preparan para el bautismo, que el Santo Crisma consagre abundantemente a quienes serán ungidos en los sacramentos; que nuestros sacerdotes renueven hoy sus promesas con humildad, verdad y alegría; que el obispo y su presbiterio caminen de verdad con un solo corazón y una sola alma al servicio del Evangelio. María Santísima, Madre de los sacerdotes, nos acompaña en esta Semana Santa, y nos enseña a permanecer junto a la cruz, a recibir con fe la misión que Dios nos confía y a guardar en el corazón el fuego de la unción recibida. Así sea.
Monseñor José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

