Homilía en la celebración de la patrona de la Guardia Civil, la Virgen del Pilar

Texto íntegro de la homilía pronunciada por el Arzobispo de Sevilla en la misa celebrada el 12 de octubre de 2015 en la capilla de la Comandancia de la Guardia Civil de Montequinto (Dos Hermanas) con motivo del patronazgo de la Benemérita institución.

Es para mí motivo de gran alegría presidir esta Eucaristía en honor de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad y patrona también de la Guardia Civil, que tantos servicios ha prestado y sigue prestando a nuestro pueblo y a la que tanto debe la sociedad española como garante de nuestra seguridad personal y comunitaria. En esta fiesta correspondemos a estos buenos servicios con nuestra oración por todos vosotros, por vuestras familias, por los compañeros que prestan servicios especialmente delicados o peligrosos y por quienes han muerto en el cumplimiento del deber o como víctimas del terrorismo.

En la fiesta de la Virgen del Pilar, los miembros de la Guardia Civil y vuestras familias, habéis venido a encontraros una vez más con la Virgen. Yo le pido que vuestro encuentro con ella en esta mañana transcienda la dimensión sentimental o tradicional de una fiesta muy querida por todos vosotros. Pido a la Santísima Virgen que vuestro encuentro con ella en esta Eucaristía no se quede en la superficie de los sentimientos, que a poco comprometen, sino que se realice en la hondura de vuestros corazones, que sea un encuentro personal y cálido con ella y, a través de ella, con su Hijo Jesucristo, que transforme vuestras vidas y tenga su reflejo en vuestra existencia cotidiana. Para propiciar ese encuentro, yo os propongo un punto o un ámbito de encuentro: la Iglesia. A Jesús lo encontramos en la Iglesia, que es su cuerpo, sacramento de Jesucristo y madre nuestra.

En los últimos años, por causas diversas, ha ido afianzándose en algunos ambientes un cierto desafecto eclesial, al mismo tiempo que ha ido creciendo una tendencia difusa a prescindir de la Iglesia, a la búsqueda de un cristianismo intimista, individualista y anónimo, sin referencias eclesiales e institucionales. Efectivamente, hoy son muchos los hombres y mujeres que se consideran cristianos y dicen admirar e incluso amar a Jesucristo, pero prescinden de la Iglesia, que para ellos es un atadura o un intermediario engorroso. Como pastor de la Iglesia, tengo el deber de deciros que ésta es una actitud equivocada. Después de la Ascensión, la Iglesia es el medio querido por Jesús para seguir presente entre nosotros y brindarnos su gracia y su salvación. A pesar de todos los fallos de la parte humana de la Iglesia, todos nosotros, ella es el sacramento de Jesucristo, la prolongación del Verbo encarnado. Es Cristo que sigue predicando, acogiendo, enseñando, perdonando, salvando y santificando.

Si esto es así, si amamos a Jesucristo, hemos de amar también a la Iglesia, que es el espacio natural de nuestro encuentro con el Señor. A Cristo salvador, redentor y mediador único sólo podemos encontrarlo en la Iglesia, hasta tal punto de que si, por una hipótesis imposible, el mundo perdiera a la Iglesia, perdería a Cristo y perdería la redención. Es lo mismo que escribiera San Cipriano de Cartago en el siglo IV: «nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre». En efecto, ella es nuestra Madre, la Santa Madre Iglesia.

En esta mañana, junto a la imagen bendita de la Virgen del Pilar, yo invito a los miembros de la Guardia Civil, a sus familias y a las autoridades que nos acompañan, a renovar el orgullo de ser hijos de la Iglesia. El día de nuestro bautismo quedamos incorporados a ella, la porción más valiosa de la humanidad, la Iglesia de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, la Iglesia de los héroes y de los santos, que han dado la vida por Jesús y que nos estimulan en nuestro caminar. La Iglesia es nuestra casa, nuestro hogar, el manantial limpio en el bebemos el agua de la gracia. Sentíos orgullosos de pertenecer a ella, pues si es verdad que en ella hay sombras y arrugas, es también cierto que la luz es más intensa que las sombras y que el heroísmo de muchos hermanos y hermanas nuestros es más fuerte que nuestro pecado y nuestra mediocridad.

En esta mañana, yo os invito a dar gracias al Señor por ser hijos e hijas de la Iglesia. Sin ella, estaríamos condenados a vivir nuestra fe a la intemperie. Gracias a ella, somos sostenidos y ayudados y por una auténtica comunidad de hermanos. Pedid en esta mañana a la Virgen del Pilar que robustezca vuestro amor a la Iglesia, vuestra vinculación con la Iglesia universal, a la que os unís a través de vuestra pertenencia a nuestra archidiócesis y más en concreto a través de vuestras parroquias.

A pesar de los cambios frecuentes de destino que hacen difícil vuestra incorporación en los nuevos ambientes, yo os invito a insertaros en las parroquias, a ser miembros activos y dinámicos de vuestras comunidades parroquiales, colaborando con los sacerdotes en las actividades pastorales, en la catequesis, en la preparación de la liturgia, en las tareas de formación, en la atención a los más pobres, en las visitas a los enfermos o ancianos o en la pastoral familiar. Desde una sólida vida de piedad y desde la convicción profunda de que el Señor se identifica especialmente con los hermanos que sufren, colaborad con la Caritas parroquial o con otras instituciones de Iglesia al servicio de los marginados.

En esta Iglesia que nos anuncia y entrega a Jesucristo, único salvador y redentor, todos estamos llamados al apostolado. El Señor en el Evangelio nos pide a los cristianos que seamos luz y sal. Nos pide además que no escondamos la luz debajo del celemín, sino que la pongamos sobre el candelero para que alumbre a todos los de casa. En los países occidentales va creciendo la tendencia a considerar la vida religiosa como un asunto privado, que afecta únicamente a la vida individual y a la propia intimidad y que no tiene por qué traslucirse en las actuaciones públicas de los cristianos. Esta concepción es una añagaza de la cultura secularizada, que querría ver desterrado el nombre de Dios de la vida pública.

Queridos hermanos y hermanas: no caigáis en esta trampa, no escondáis la luz debajo del celemín. La Iglesia necesita hoy más que nunca hombres y mujeres de una fe honda y de una vida espiritual profunda, que reconozcan a Jesucristo como su único Señor, que sientan a Jesucristo vivo y cercano, que cultiven su amistad y sientan la experiencia de Dios en la escucha de su Palabra, en la oración y en la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la penitencia y de la eucaristía. Pero la Iglesia necesita además, hombres y mujeres confesantes, que lleven su compromiso cristiano al mundo de la cultura y del arte, al mundo universitario, al mundo de los partidos y de la acción política, de la milicia, de la economía, al mundo del trabajo y de la acción sindical, al mundo del ocio y de los MCS para orientar estas realidades temporales según el corazón de Dios.

En este día en que la Guardia Civil celebra la fiesta de su Patrona y España su fiesta nacional, pedimos a la Virgen del Pilar que proteja a los miembros de la Guardia Civil, a sus familias y a las autoridades de nuestra Patria. Le pedimos también la prosperidad temporal, el progreso espiritual de nuestro pueblo y que no pierda nunca sus raíces cristianas. Le pedimos, por fin, que renueve y robustezca nuestro amor a la Iglesia y que nos ayude a vivir con entusiasmo, alegría y dinamismo nuestra vocación cristiana y nuestro compromiso apostólico en el seno de nuestra Santa Madre la Iglesia. Así sea.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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