Homilía en el Viernes Santo

29 de marzo de 2024. Catedral de Sevilla

  1. Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Arzobispos, Deán y Cabildo catedral, dignísimas autoridades, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado; queridos todos en el Señor.
  2. Hoy contemplamos la pasión y muerte de Jesús en la cruz. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tal como proclama el texto del profeta Isaías que hemos escuchado: “fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53, 5). Su muerte en cruz es un misterio de amor. El Hijo se entrega hasta la muerte por amor al Padre, -“se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8)- y por la redención de todos, y el Padre entrega al Hijo por amor a los hombres. Contemplamos en la pasión y muerte de Jesús este amor hasta el extremo.
  3. Fijémonos en la última palabra de Jesús del relato de la pasión que hemos escuchado: “Está cumplido” (Jn 19, 30). ¿Qué significa esta expresión? Significa que todo ha llegado a su término, a su total cumplimiento. La misión que el Padre le confió ha sido llevada a término: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1); “siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna (Heb 5, 8-9). Se ha llevado a cabo la prueba suprema de su amor, un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras fragilidades y pecados. No se trata de la muerte de alguien que ha caído en manos de sus enemigos; al contrario, “este extremo cumplimiento del amor, se cumple ahora, en el momento de la muerte. Él ha ido realmente hasta el final, hasta el límite y más allá del límite. Él ha realizado la totalidad del amor, se ha dado a sí mismo” (Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 260). Se han cumplido plenamente las Escrituras.
  4. “Está cumplido”. En esta palabra de Jesús podemos percibir también como una especie de sensación de victoria, porque ha llevado a cabo el encargo recibido del Padre. Con el amor del Padre ha podido recorrer el camino desde Getsemaní, momento en el que pidió: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26,39), hasta dar la vida en la cruz. Ha cumplido la misión que el Padre le había confiado, que en la hora culminante ha consumado. Jesús ha vivido su misión en la tierra en el dinamismo del amor del Padre y en la culminación de la historia de la salvación. Si el misterio de la Eucaristía que contemplábamos ayer nos sobrepasa absolutamente, del mismo modo nos supera este misterio del amor de Dios que se expresa en el dolor y la muerte de Jesús en cruz.
  5. La culminación de la obra realizada por Jesús no es solo la victoria de una persona extraordinaria que resistió todas las pruebas y torturas sin flaquear ni desdecirse de lo que había enseñado. La plenitud de su obra de salvación nos incluye a todos, nos incorpora a todos, porque tiene un valor infinito por el hecho que Jesús no es simplemente una persona excepcional, un hombre extraordinario; es el Hijo de Dios hecho hombre, y su muerte redentora tiene un valor infinito. En la muerte de Jesús admiramos su firmeza inquebrantable, y sobre todo que su costado traspasado por la lanza del soldado se ha convertido en fuente de salvación, de vida y esperanza.
  6. En este Viernes Santo, vamos a adorar la cruz una vez más. Hagámoslo con todo el amor, con todo el fervor, con todo el agradecimiento de que seamos capaces. El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, y, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre sobre todo nombre” (cf. Flp 2,2 8-9). Por su cruz hemos sido salvados. El instrumento de suplicio que mostró aquel Viernes Santo el juicio de Dios sobre el mundo, se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, en signo de reconciliación y de paz. Fijemos la mirada en Cristo crucificado. Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna.
  7. “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. La Iglesia nos invita a adorar la cruz gloriosa y a llevarla con firmeza, sin miedo, sin complejos, para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por nosotros, por todos los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol que portaba la muerte, ha surgido de nuevo la vida. “Venid a adorarlo”, porque en medio de nosotros se encuentra Aquel que nos ha amado hasta dar su vida por nuestra salvación, derramando hasta la última gota de su sangre. Acerquémonos con confianza y entreguémosle nuestro corazón.
  8. María santísima se mantuvo firme al pie de la cruz; participó en el misterio desconcertante de la humillación de Jesús, de su despojamiento total; participó en la muerte del Hijo que tanto quería, en su muerte redentora. Ella es maestra de fidelidad y fortaleza; ella nos enseña y nos acompaña tanto en los gozos como en las pruebas de la vida. Madre querida, enséñanos a mantenernos firmes en nuestra peregrinación de fe, enséñanos a creer, a esperar y a amar como tu; llévanos de la mano en el camino que nos conduce a tu Hijo Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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