Homilía del Domingo de Ramos (2026)

Con la bendición y la procesión de los ramos entramos hoy, solemnemente, en la Semana Santa. La Iglesia nos ayuda a vivir en una sola celebración dos aspectos inseparables del misterio de Cristo: su entrada mesiánica en Jerusalén y el anuncio de su Pasión. Este domingo comprende por una parte el triunfo real de Cristo, y también el anuncio de la Pasión. La liturgia de este día nos introduce de lleno en el corazón del Evangelio. En la procesión hemos recordado la entrada del Señor en Jerusalén; y en la celebración de la Eucaristía, la Iglesia proclama la Pasión según san Mateo, junto con el canto del Siervo sufriente de Isaías y el himno cristológico de la carta a los Filipenses. No estamos ante un simple recuerdo, estamos ante el misterio central de nuestra redención, que la Iglesia actualiza sacramentalmente para que lo contemplemos, lo agradezcamos y lo vivamos.

Hemos salido con ramos en las manos y con cantos en los labios. Hemos acompañado a Cristo como aquella muchedumbre que gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Pero la liturgia, con una pedagogía sabia y profundamente realista, no nos deja instalarnos en el entusiasmo superficial. Nos conduce enseguida al drama de la Pasión. La misma ciudad que aclama, unos días después rechazará; la misma multitud que acompaña, después abandonará; el mismo pueblo que extiende mantos, posteriormente gritará: “¡Crucifícalo!”. Y esto no sucede solo en Jerusalén hace dos mil años. Esto puede suceder también en nuestro corazón.

Por eso, el Domingo de Ramos es una llamada a la verdad, a la coherencia. No basta aclamar a Cristo un momento, hay que seguirlo hasta el Calvario; no basta llevar un ramo en la mano, hay que dejar que la cruz del Señor entre en la propia vida; no basta conmoverse ante la belleza de la liturgia, hay que convertirse de verdad. En la celebración se unen las aclamaciones de la entrada en Jerusalén y la humillación de Jesús en la cruz, y contemplamos el camino de la humildad y de la obediencia.

La primera lectura, tomada del tercer canto del Siervo del Señor, nos presenta a Cristo obediente, fiel, manso y fuerte a la vez. “No me rebelé, no me eché atrás”. El Siervo escucha, acoge, obedece y se entrega. Tiene espalda para los golpes y rostro firme ante la humillación. Aquí encontramos una primera lección para nuestra vida cristiana: la fidelidad a Dios no consiste en hacer nuestra voluntad con lenguaje religioso, sino en escuchar y obedecer, también cuando cuesta, también cuando duele, también cuando el camino pasa por la incomprensión.

Cuántas veces querríamos un cristianismo sin cruz, una fe sin combate, una caridad sin sacrificio, una Iglesia sin heridas. Pero el Señor no nos engaña. Entra en Jerusalén para dar la vida. No viene a conquistar por la fuerza, sino a vencer amando. No se impone, se entrega. No aplasta a sus enemigos, sino que los redime desde la cruz. San Pablo lo resume admirablemente en la segunda lectura: Cristo Jesús, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo” y “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8).

Éste es el camino del Señor. Y éste es también el camino del discípulo. El seguimiento de Cristo exige escuchar la Palabra y vivirla con fe, esperanza y amor, como peregrinos que se dirigen hacia la Jerusalén definitiva. Qué importante es esto para nosotros hoy. No venimos a la catedral solo a asistir a una ceremonia hermosa; venimos a renovar nuestra condición de discípulos, venimos a decirle al Señor: quiero caminar contigo, no sólo cuando eres aclamado, sino también cuando eres rechazado; no sólo en la gloria, sino también en la cruz.

En el relato de la Pasión según san Mateo, hemos escuchado la traición de Judas, la debilidad de Pedro, el sueño de los discípulos, la injusticia del Sanedrín, el cálculo cobarde de Pilato, la crueldad de los soldados, los insultos al Crucificado, el silencio impresionante de Jesús. Cada personaje nos interpela. En Judas advertimos el peligro de la autosuficiencia, de no abrir el corazón al Señor. Pedro nos muestra que el amor sincero, si no vela y no ora, puede venirse abajo. Pilato representa la conciencia que sabe la verdad, pero no se atreve a defenderla. Y Jesús, en medio de todo, aparece como el inocente que ama hasta el extremo.

Hermanos, no escuchemos la Pasión como espectadores. Escuchémosla como pecadores amados. Porque la Pasión no es solo la historia de lo que otros hicieron a Jesús, es también la revelación de lo que el pecado puede hacer en el corazón del hombre, y de lo que el amor de Dios es capaz de hacer para salvarlo. En la cruz se desenmascara el pecado, pero sobre todo se manifiesta la misericordia. Allí vemos hasta dónde llega el rechazo del hombre; pero allí vemos, sobre todo, hasta dónde llega el amor de Dios.

Ésta es la gran esperanza de la Semana Santa: saber que nuestro pecado no tiene la última palabra, que la última palabra la tiene el amor crucificado de Cristo. Por eso, la Iglesia no se cansa de contemplar la Pasión. No lo hace para recrearse en el dolor, sino para entrar en la hondura del amor redentor. Como enseña el Concilio Vaticano II, en la liturgia “se ejerce la obra de nuestra Redención”; y la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum Concilium, 2 y 10). Lo que celebramos hoy ha de transformar nuestra vida.

Por eso os exhorto a vivir con atención, con intensidad, con hondura, esta Semana Santa. Vividla con fe, con recogimiento, con espíritu de oración. Participad en las celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual; acompañad al Señor, no os quedéis en lo exterior. Que las palmas bendecidas que lleváis a casa no acaben siendo un simple adorno, uh mero recuerdo; que sean un signo de vuestra fe en Cristo Rey y de vuestra voluntad de seguirlo en su victoria pascual. Vivid estos días también con caridad concreta. Junto a Cristo que padece, contemplad a tantos hermanos que sufren: enfermos, ancianos solos, familias heridas, pobres, parados, inmigrantes, personas sin esperanza. El Señor entra en Jerusalén para entregar su vida por todos; nosotros no podemos celebrar su Pasión sin abrir el corazón a los crucificados de nuestro tiempo.

Nos unimos al Papa León XIV en su urgente llamada a la paz, en su promoción de una paz “desarmada y desarmante» que nazca del corazón y se refleje en el fin de los conflictos, especialmente en Medio Oriente y Ucrania. Oremos por la paz y trabajemos en la construcción de un mundo en paz. Que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, que permaneció fiel junto a la cruz de su Hijo, nos enseñe a acompañar a Jesús con amor perseverante. Que ella nos alcance la gracia de no ser cristianos de un momento, sino discípulos fieles. Y que, comenzando hoy con gozo esta Semana Santa, podamos llegar con corazón limpio a la alegría de la Pascua. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

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