Homilía del Arzobispo en la Eucaristía del jueves de Corpus Christi

Texto íntegro de la homilía del arzobispo de Sevilla, mons. Juan José Asenjo Pelegrina, en la Eucaristía celebrada la mañana del jueves 30 de mayo de 2013 en la Catedral, antes de la salida de la Custodia del Corpus Christi.

1. «Glorifica al Señor Jerusalén, alaba a tu Dios Sión; que ha puesto paz en tus fronteras y te sacia con flor de harina». Estas palabras del salmo 147, con las que el pueblo de Israel bendecía a Dios después de haberle librado del hambre en época de sequía, nos señalan las actitudes con las que la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, extendida por todo el orbe, celebra hoy la solemnidad del Corpus Christi: proclamando públicamente en nuestras calles la verdad salvadora de la Eucaristía, y bendiciendo, adorando y aclamando al Señor que sacia nuestra hambre espiritual con flor de harina, con el sacramento santísimo de su cuerpo y de su sangre. La celebración de la solemnidad del Corpus Christi en el año de la Fe debe ser una ocasión propicia para tomar conciencia renovada del tesoro incomparable que Cristo ha encomendado a su Iglesia y, al mismo tiempo, una llamada para vivir con fervor renovado la celebración de la Eucaristía por parte de los sacerdotes y la participación viva y sentida por parte de los fieles.

2. La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua. Ella es el compendio y suma de nuestra fe. Todos los demás sacramentos, los ministerios eclesiales y obras de apostolado están ordenados a ella. Brotan de ella como de su fuente y a ella tienden como a su fin. Ante este admirable misterio no cabe otra actitud que el asombro, la gratitud y la contemplación silenciosa, huyendo de la tentación de reducirlo a alguna de sus dimensiones o significados. «La Eucaristía -nos decía Juan Pablo II- es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones».

3. La Eucaristía es en primer lugar sacrificio y memorial. En ella se actualiza y perpetúa el único sacrificio de la cruz. Allí donde se celebra la Eucaristía, se renueva la ofrenda sacrificial de Cristo al Padre y se renueva la obra de nuestra redención. La Eucaristía es además presencia real y substancial de Cristo en los dones eucarísticos. En ella está Cristo entero, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Por ello, es la fuente y cima de toda la vida cristiana, el sacramento y el don por excelencia. La Eucaristía no es simplemente un símbolo o el recuerdo del acontecimiento acaecido en el Cenáculo en la noche de Jueves Santo. Jesús se queda en ella real y verdaderamente hasta su vuelta. ¡Este es el misterio de nuestra fe!, proclamamos después de la consagración. Los sentidos nos ocultan su grandeza; pero la fe, como canta Santo Tomás de Aquino, está segura de las palabras del Señor.

4. Gracias a esta presencia misteriosa, el Señor se hace nuestro contemporáneo. Se hace nuestro vecino, pues vive en cada una de las iglesias de nuestros barrios. Es el compañero que camina con nosotros, que sale a nuestro encuentro para iluminar nuestros ojos y caldear nuestro corazón con su presencia (Lc 24,13-35). De ahí el valor inestimable del culto eucarístico en la Tradición y vida de la Iglesia. De ahí que el Magisterio de la Iglesia nos invite a pasar largos ratos ante esta compañía estimulante y alentadora, en adoración silenciosa, en conversación cálida, íntima y amorosa. En una época de prisas y activismo, también en la pastoral y en la vida de la Iglesia, es necesario ganar espacios para la contemplación y la gratuidad, para la adoración larga y serena ante este Sacramento admirable. No nos cansemos de acudir cada día a visitarlo, de doblar las rodillas para adorarlo, de pasar largas horas ante esta presencia estimulante y bienhechora, que además abre nuestra vida a una perspectiva de eternidad, porque la Eucaristía es prenda y anticipo de la gloria, en la que estaremos eternamente con el Señor.

5. La Eucaristía es también banquete de comunión con Cristo y con los hermanos, fuente y epifanía de comunión, como nos dijera el Papa Juan Pablo II. Al comulgar el Cuerpo de Cristo, alimento del pueblo de Dios peregrinante, nos cristificamos y el Señor nos concede, por la fuerza de su Espíritu, el dinamismo sobrenatural que nos permite vivir nuestros compromisos cristianos con coherencia y valentía, con el estilo de los mejores amigos de Cristo que son los santos de todas las épocas. Comulgando el Cuerpo de Cristo se robustece nuestra unión con Él y crecen también los vínculos de unión con los demás miembros de la Iglesia. Por ello, la Eucaristía no es sólo fuente sino también exigencia de comunión con los hermanos, con los más pobres y necesitados, los parados, inmigrantes, ancianos y enfermos Nuestra participación en la Eucaristía exige de nosotros un compromiso de fraternidad, de perdón, de servicio y de amor gratuito, y es una llamada apremiante a ser humildes artesanos de la reconciliación y de la paz. Que en este día del Corpus Christi, día nacional de la Caridad, seamos generosos en la colecta, que tiene como destinatarios a nuestra Cáritas, es decir, a las víctimas de la crisis y a los más pobres de nuestros hermanos.

6. Porque la Eucaristía es misterio admirable y «fuente y cima de toda la vida cristiana», no es extraño que a lo largo de los siglos la Iglesia le haya dedicado las mejores alhajas y la orfebrería más exquisita, pues el Señor merece siempre lo mejor. Así ha ocurrido en Sevilla, ciudad en la que las filigranas de sus orfebres rivalizan con la belleza sin igual de sus calles y monumentos. En este sentido, la nuestra es una Diócesis privilegiadamente eucarística. Para comprobarlo, basta contemplar la orfebrería eucarística de nuestra Catedral y de tantas parroquias del extenso territorio diocesano, la más hermosa que cabe imaginar en España, signo de las profundas raíces eucarísticas de Sevilla, que todos debemos procurar alimentar y cultivar, con un estilo de vida inspirado y configurado por la Eucaristía, para estar en sintonía con nuestra mejor historia.

7. Queridos hermanos y hermanas, ante el espeso silencio sobre Dios que impone la cultura actual, nuestra historia eucarística nos alienta a no esconder nuestro mejor tesoro. En este Año de la Fe los cristianos sevillanos nos hemos de comprometer más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni a mostrar la Eucaristía como el mayor tesoro de la Iglesia.

– Ante el obscurecimiento de la esperanza en la vida eterna y en las promesas de Dios en que vive sumida la cultura europea, como advirtiera el Papa Juan Pablo II en la Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, mostremos la Eucaristía como fuente de esperanza y prenda de la vida futura.

– Ante una cultura que está perdiendo la memoria de sus raíces y de la herencia cristiana, hagamos memoria del misterio del amor de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección, misterios que se actualizan en cada celebración eucarística.

– Ante una cultura que tiene miedo a afrontar el futuro, mirándolo con más temor que deseo; frente a tantos hombres y mujeres que viven la experiencia del vacío interior, de la angustia existencial, del nihilismo y de la falta del sentido de la vida, favorezcamos un estilo de vida inspirado en la Eucaristía, en la que está presente Aquél que es el camino, la verdad y la vida de los hombres, Aquél que nos dice «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré» (Mt 11,28).

– Ante una cultura en la que el hombre vive cada vez más sumido en una profunda soledad, mostremos la verdad consoladora de la Eucaristía, en la que Cristo se hace nuestro «eterno contemporáneo, peregrino y compañero, alentándonos con la certeza de su presencia: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

– Ante una cultura en la que la existencia aparece cada vez más fragmentada y dividida, mult
iplicándose las crisis familiares, la violencia doméstica, el terrorismo y los conflictos entre las naciones, anunciemos el misterio sacrosanto de la Eucaristía, misterio de comunión y fuente de unidad y de paz entre las personas y los pueblos.

– Ante la cultura de la globalización que margina a los más pobres; frente a la difusión creciente del individualismo egoísta, vivamos con hondura y verdad las consecuencias sociales que dimanan de la Eucaristía, que nos impulsa a trabajar por la globalización de la caridad y la solidaridad y la implantación de la nueva civilización del amor.

– Ante la cultura de la muerte, en la que se desprecia la vida humana, sobre todo la vida de los más inocentes y débiles de la sociedad, anunciemos sin cansarnos el misterio eucarístico, verdadero pan de vida.

– Ante una cultura que pretende saciar su sed de esperanza y felicidad con sucedáneos, con realidades efímeras y frágiles que no plenifican el corazón del hombre, proclamemos en todas partes a Aquel que, oculto en las especies eucarísticas, nos dice: «El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí jamás tendrá sed» (Jn 6,35).

8. Ante la crisis de la cultura europea, ante el avance creciente de ideologías materialistas, ante el avance del laicismo, de costumbres y leyes alejadas de la moral cristiana, superemos la tentación del pesimismo, el encogimiento y la desesperanza. Pongamos la Eucaristía en el centro de nuestras vidas. En ella encontraremos el verdadero manantial de la esperanza. Junto al Sagrario escucharemos esta palabra alentadora del Señor que nos dice: «No tengáis miedo, hombres de poca fe». En la Eucaristía hallaremos la fuerza para vivir nuestra fe con dinamismo y alegría también en esta coyuntura histórica, en la que sigue resonando la palabra intemporal de Jesucristo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Así sea.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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