Homilía de monseñor José Ángel Saiz Meneses para la Epifanía 2023 en la Basílica del Gran poder (06-01-2023)

“¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!” (Is 60, 1). La luz que brilló en la noche de Navidad iluminando el portal de Belén, hoy resplandece y se manifiesta a todos como salvación. En la primera lectura hemos escuchado como el profeta Isaías anuncia a Jerusalén una futura manifestación de Dios. La gloria del Señor resplandecerá sobre la ciudad santa y atraerá a sus hijos deportados y dispersos y, al mismo tiempo, también a las naciones paganas, que de todas las partes acuden y la enriquecen con sus bienes. Los pueblos que yacían en tinieblas y oscuridad se levantan y emprenden la marcha bajo la nueva luz.

El evangelio nos presenta al niño que ha nacido en Belén no sólo como el rey de los judíos sino como el salvador del mundo, tanto de judíos como de gentiles; ha venido a iluminar a todos los pueblos de la tierra. La luz de Cristo se irradia en primer lugar sobre la Virgen María y san José, después se manifiesta a los pastores de Belén, y por último alcanza a los Magos, que vienen a ser las primicias de los pueblos paganos. La liberación que trae es universal, porque Dios sale al encuentro de todo ser humano que lo busca con sincero corazón.

La segunda lectura proclamaba el mensaje dirigido por san Pablo a los Efesios, el anuncio de la universalidad del designio salvador de Dios por la fe en Cristo. Este es el misterio manifestado en la plenitud de los tiempos, la iniciativa amorosa de Dios que incluye también los gentiles como coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, llamados a la única Iglesia de Cristo. Este es el plan de salvación que estaba escondido desde la eternidad en Dios.

Han transcurrido veinte siglos desde que ese misterio fue revelado y realizado en Cristo, pero aún no se ha cumplido en toda la humanidad. Como recordó san Juan Pablo II en su encíclica sobre la misión de la Iglesia, “a finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos” (Redemptoris missio. 1). El misterio de nuestro Señor Jesucristo es la clave fundamental para comprender la voluntad de Dios sobre el sentido y el devenir de la historia de la humanidad y para comprender el sentido y el alcance de nuestra misión.

La misión esencial de la Iglesia consiste en la evangelización de todos los hombres y mujeres, de todos lugares, de todos los tiempos. Comunicar su luz, su amor, su verdad, su palabra. Evangelizar constituye su vocación propia y su identidad más profunda. La existencia de la Iglesia tiene sentido en la medida que anuncia, predica y enseña el Evangelio, en la medida en que comunica la gracia de Dios, reconciliando a los pecadores con Él, perpetuando el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa. Estamos llamados a ser transparencia de Cristo, luz del mundo, salvador del mundo.

La esencia del cristianismo, su centro, es la persona de Cristo, y la vida cristiana arranca de un encuentro con Él, tal como nos enseñó y expresó tan bellamente el papa Benedicto XVI: «No se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». La centralidad de Cristo crea un modo de ser y actuar que ilumina todos los ámbitos de nuestra vida.

Por eso hemos de enseñar a rezar, a descubrir el sentido de la existencia, a vivir la relación con Dios y a recordar la verdad más esencial del ser humano: su condición de criatura, su dependencia de Otro, que lo ha creado y lo mantiene en la existencia; ayudar a que cada persona descubra que está llamada a vivir la unión con Dios, el diálogo con Él; sin este diálogo que es la oración, difícilmente se puede llegar a descubrir la verdad sobre nosotros mismos. Cuidar con esmero la oración, los cultos, las celebraciones. Estamos llamados, también, a proponer una moral firme y sencilla, que se fundamenta en el amor a Dios y el respeto absoluto a la persona y a la vida humana, especialmente cuando esa vida es más débil e indefensa.

El mandamiento del amor a Dios y al prójimo nos lleva a tomar conciencia de los demás, a vivir en fraternidad, en familia, y eso se traduce en justicia y solidaridad. La actividad de la Iglesia en todos sus miembros ha de ser una expresión del amor de Dios, recibido, compartido y proyectado, que busca el bien de la Iglesia y el bien de toda persona que se cruza en nuestro camino. El papa Francisco nos pide que vivamos como una Iglesia que sale a las periferias al encuentro del pobre, del más débil; una Iglesia que se conmueve, que se compadece y se acerca, que afronta las situaciones y aplica los remedios adecuados, que cura las heridas y aporta calidez al corazón, que acoge en casa. Ser creativos en nuestra obra caritativa y social, mantener viva la llama de la Misión del Gran Poder.

 Somos transparencia de Cristo ofreciendo un testimonio de vida coherente en un mundo en el que no abunda el interés por la verdad; una existencia que se caracteriza por la bondad y la paciencia, la humildad y el espíritu de servicio, la alegría y la esperanza. Para poder aportar ese testimonio es necesario vivir una espiritualidad recia y profunda: una vida de oración intensa, que se alimenta de la Palabra de Dios y de los sacramentos; descubrir la Eucaristía como la fuente y la cumbre de la vida cristiana y de la vida de la Iglesia, y el sacramento de la Reconciliación como el encuentro con Cristo que libera del pecado; descubrir la liturgia de la Iglesia como la escuela donde se aprenden los aspectos más esenciales de la espiritualidad católica.

Para ser auténtico testigo de Jesucristo en la sociedad actual es necesaria una sólida formación, porque nos movemos en un desafío cultural continuo; de ahí la importancia de la formación. Es preciso, en primer lugar, ser competente en el ámbito profesional, y adquirir también una formación integral, una síntesis entre fe, cultura y vida. La formación fortalece las convicciones y alimenta la vida en Cristo. Por último, seremos transparencia de Cristo si damos un testimonio coherente a través de nuestra vida, de nuestra acción, actuando como lo que somos, hijos de Dios llamados a la santidad y al apostolado. Cristianos evangelizadores de sus contemporáneos, viviendo en medio de ellos, en las condiciones ordinarias de la vida familiar, laboral y social, dando respuesta a las nuevas situaciones, renovando las estructuras y los ambientes con el fermento nuevo del Evangelio. Nuestra protestación de fe nos compromete a vivir como testigos del Señor en medio del mundo.

Celebramos hoy la Epifanía de Jesucristo, celebramos el Gran Poder de un Dios que se hace hombre para salvar a los hombres naciendo pobre en Belén y muriendo en la Cruz. Celebramos el poder de la Cruz, celebramos el poder del Amor. Hoy le damos gracias por su amor, porque nos acompaña en cada momento de la vida; también por los frutos de su misión en Sevilla; Hoy le damos gracias porque el Niño Dios, el Señor del Gran Poder, camina con nosotros y nos da la fuerza para seguir sus pasos, y porque María Santísima del mayor Dolor y Traspaso nos guía en el camino. Hoy, como los Magos, al Niño Dios que ha nacido en Belén, al Jesús del Gran Poder, le ofrecemos lo mejor que tenemos: nuestro corazón, nuestros proyectos y trabajos, nuestros anhelos y esperanzas, nuestras penas y alegrías, nuestra vida entera. Así sea.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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