«En camino con Abrahán, a la luz del Tabor»

En la Sagrada Escritura descubrimos una constante: es Dios quien llama, quien abre caminos y quien conduce la historia de salvación. En este horizonte se comprende la figura de Abrahán, padre de los creyentes, modelo del discípulo. Dios le pide que deje su tierra, su ambiente, sus seguridades; le pide salir, desinstalarse, confiar. Y Abrahán “se pone en camino”: confía en Dios cuando todavía no ve; obedece cuando no domina el mapa; avanza cuando el futuro parece incierto. La Carta a los Hebreos lo expresa con fuerza: salió “sin saber adónde iba”, viviendo como extranjero, esperando “la ciudad de sólidos cimientos” cuyo arquitecto es Dios (cf. Heb 11,8-10). La fe auténtica, cuando es recia, no se limita a mantener algunas prácticas: configura la vida entera y la orienta hacia la promesa.

Pero la promesa no llega sin paradojas. Abrahán y Sara son ancianos; Sara es estéril; la tierra prometida se habita como forastero. Precisamente ahí se purifica la fe, cuando se apoya más en Dios que en las propias fuerzas, más en la fidelidad divina que en el cálculo humano. La fe que madura aprende la pobreza del corazón, es decir, vivir sin ansias de posesión, sin ambición de poder, reconociendo que la existencia es don. Y esa pobreza libera, porque el creyente deja de absolutizar lo pasajero y se abre a lo definitivo.

Esta lógica del camino atraviesa toda la historia santa: el pueblo peregrino hacia la Tierra Prometida y el regreso del exilio; y, en los Evangelios, la peregrinación de Jesús que culmina en el misterio pascual. También nosotros, cristianos del siglo XXI, hemos de dar respuesta cuando somos llamados a ponernos en camino. La fe no puede ser un elemento más dentro de un ritmo de vida frenético, ni una afición a la dimensión religiosa entre otros muchos centros de interés. La fe es principio y fundamento de una vida según el Evangelio, y no la podemos vivir a medias. La Cuaresma, precisamente, nos saca de la superficialidad para dirigirnos a lo esencial: conversión, oración, penitencia, caridad, retorno a Dios con todo el corazón.

En este II Domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el Evangelio de la Transfiguración. Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan, se muestra en su gloria, conversa con Moisés y Elías, y resuena la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado…, escuchadlo”. No es un espectáculo piadoso, es encuentro con el Misterio de Dios. El Señor fortalece a los discípulos antes del escándalo de la cruz. Les concede una luz para atravesar la noche. La gloria del Tabor no elimina el Calvario, pero lo hace comprensible. Benedicto XVI subrayó que la Transfiguración nos enseña que los consuelos y alegrías que Dios siembra en la vida “no son puntos de llegada, sino luces” dadas en la peregrinación terrena, para que Jesús sea nuestra ley y su Palabra el criterio que guíe la existencia (Ángelus, Domingo 28 de febrero de 2010). Así, el Tabor se convierte en una catequesis sobre la esperanza: no caminamos hacia la nada, sino hacia Cristo; no avanzamos a oscuras, sino con su luz; no vivimos para construir un paraíso de mentira, sino para acoger la gracia que transforma.

Os invito a vivir estos días como una peregrinación interior, saliendo de la propia tierra —del egoísmo, de la tibieza, del pecado tolerado— y caminando hacia la tierra que Dios nos muestra: la Pascua del Señor, la vida nueva, la alegría de la comunión. Subamos al monte con Jesús: busquemos espacios de silencio y oración; frecuentemos el sacramento de la Reconciliación; cuidemos la Eucaristía dominical; practiquemos una austeridad concreta que beneficie a los pobres y a los que sufren. Entonces se cumplirá lo que el Evangelio promete: la luz de Cristo no solo se contempla; se recibe y se refleja. Que María Santísima, mujer creyente y peregrina de esperanza, nos enseñe a escuchar al Hijo y a seguirlo con todas las consecuencias, para llegar, con Él, a la Pascua.

† José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

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