«El sacerdote, un regalo de Dios para el mundo»

Carta pastoral de Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla, con motivo del Día del Seminario.

Queridos hermanos y hermanas:

El próximo día 20 de marzo, segundo domingo de Cuaresma, el más próximo a la solemnidad de San José, celebraremos el Día del Seminario, una jornada eclesial de mucha raigambre en las Diócesis de España y también en nuestra Archidiócesis.

1. El sacerdote, don de Dios para nuestro pueblo. 

El lema propuesto en este año, El sacerdote, un regalo de Dios para el mundo, expresa de modo muy gráfico el origen del sacerdocio, quién es su artífice, y cuál es su carácter propio. En efecto, sólo a la luz del misterio divino y de su irrevocable designio de salvación para todos los hombres, es posible comprender adecuadamente el sacerdocio católico en su verdad más profunda, ser don de Dios para la humanidad, prolongando en el tiempo el único sacerdocio de Jesucristo. Sólo en el manantial insondable del sacerdocio de Jesucristo, la vida sacerdotal encuentra su originaria hermosura. Por ello, no se comprende de modo adecuado el sacerdocio cuando nos acercamos a él con categorías humanas, con prejuicios u opciones ideológicas previas, porque su verdad más íntima es Dios, hontanar inagotable de nuestro sacerdocio.

2. El sacerdote, hombre Dios.

El sacerdote, elegido por Dios de entre los hombres, ha de ser ante todo y por entero un hombre de Dios. Nos lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI en su reciente Carta a los Seminaristas del mundo: “Quien quiera ser sacerdote debe ser sobre todo un hombre de Dios”. Al secundar la llamada del Señor a estar con Él, abandonándolo todo, el sacerdote se expropia de sí mismo y adquiere, por la eficacia del sacramento del orden, una nueva condición, un modo nuevo de ser y de estar en el mundo, desde Dios y en favor de todos los hombres. Su corazón entregado se torna posesión de Dios, configurando de modo definitivo su identidad personal, su presente y su futuro. El sacerdote ya no se pertenece a sí mismo, sino a Cristo, con quien ha fundido su vida en amor, para perpetuar en el tiempo la obra del Redentor. Todo en él está enteramente referido a Cristo; y por tanto, sólo a la luz de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, el sacerdocio adquiere su pleno significado. Esta comprensión del sacerdocio desde su fuente, que es Dios, alienta nuestra confianza en la presente coyuntura, pues a pesar del invierno vocacional que nos impide atender como quisiéramos las constantes demandas pastorales, tenemos la certeza de que “Dios no permitirá que su Iglesia carezca de ministros” (OT 6).

3. El sacerdote, presencia de Cristo en su Iglesia.

Como expresa el lema de este año, el sacerdocio es un verdadero don de Dios para el mundo. El servicio ministerial del sacerdote es un destello del amor de Dios por el hombre, y de la irrevocable voluntad del Señor “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2, 4). El sacerdote es presencia de Cristo en su Iglesia; pregonero infatigable del Evangelio y maestro de vida cristiana, por la predicación constante de la Palabra de Dios y su testimonio de vida. Es también padre fecundo del hombre nuevo que brota del bautismo; vehículo del consuelo divino para los enfermos; y expresión de la solicitud de Dios por los pobres y desvalidos. De sus manos consagradas recibimos los beneficios de la divina misericordia, capaces de levantar al hombre de la postración del pecado y liberarle de su esclavitud. Los sacerdotes, extendiendo sus manos sobre el pan y el vino y pronunciando las palabras sacrosantas de la consagración, perpetúan la presencia real y verdadera de Jesucristo sobre el altar de nuestro mundo, y nos brindan el alimento del caminante, el viático del peregrino y el sustento que hoy necesitamos más que nunca para vivir fielmente en los tiempos recios que nos ha tocado vivir. Al mismo tiempo, hacen posible que en cada sagrario se cumpla la promesa del Señor de no dejarnos huérfanos y de estar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

4. Gratitud a los sacerdotes de la Archidiócesis.

Por todo ello, hago mías las palabras del Cura de Ars, San Juan María Vianne y, cuando afirma que "un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina". Donde quiera que haya un sacerdote, mediante el testimonio de su vida sencilla y entregada, se está afirmando la presencia amorosa de Dios y su fidelidad a los hombres de todo tiempo y lugar. Por esta razón, no quiero dejar pasar esta ocasión para dar gracias a Dios por la vida entregada de tantos sacerdotes de nuestra Archidiócesis, que obedeciendo al encargo recibido del Señor, sirven fiel y ejemplarmente a la Iglesia, ofrendando su vida, con generosidad y de buena gana, por amor a Dios y en favor de nuestro pueblo. Recibid, queridos sacerdotes, el afecto, la amistad y el aprecio sincero de vuestro Obispo, y la certeza de que mi oración os acompaña.

5. Llamada a los jóvenes.

Pero siendo cierto que el sacerdocio constituye un verdadero regalo de Dios para cuantos por su mediación reciben la gracia y los dones de la salvación, no lo es menos para quienes han sido llamados por el Señor para este ministerio. Por ello, me dirijo ahora a los jóvenes de nuestra Archidiócesis, para asegurarles que los primeros beneficiados por el don del sacerdocio son aquellos a los que el Señor distingue con un amor de predilección, llamándolos a vivir en su compañía, haciéndoles partícipes de su misión salvadora y sumergiéndolos en las profundidades de su Corazón. Queridos jóvenes: cuando Dios llama, Él nos garantiza una vida en plenitud, pues nos convoca a compartir la vida y la misión de su Hijo, el único que puede saciar las ansias infinitas de felicidad que laten en vuestros corazones juveniles. Así lo reconoce San Agustín en sus Confesiones cuando nos dice: “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”. Hoy igual que ayer, como hiciera el Señor al llamar a los Doce junto al lago de Galilea, Jesucristo no cesa de invitar a los jóvenes a abandonar los afanes de este mundo e iniciar su seguimiento. Por ello, “si hoy escucháis su voz”, como nos dice el salmo 94, yo os ruego en nombre de la Iglesia y de tantos hermanos que os necesitan, que no cerréis vuestro corazón, que entreguéis vuestra vida al Señor y pronunciéis un sí generoso imitando a la Virgen María. La paga será la felicidad en esta vida, una felicidad que el mundo no puede dar, y el ciento por uno en la
vida futura.

6. La misión de las familias cristianas.

Después de evocar el don hermosísimo que supone la vocación sacerdotal para el mundo y para quien entrega su vida al servicio del Señor, de la Iglesia y de sus hermanos, quisiera dirigirme también y muy especialmente a las familias cristianas de nuestra Archidiócesis para asegurarles que una de las mayores bendiciones que Dios puede derramar sobre los padres cristianos es el don de la vocación de alguno de sus hijos. Si Él os concediera este don, queridas familias, os aseguro que pocos regalos de Dios son tan hermosos como éste. Al extraordinario privilegio que os ha concedido de colaborar con el Creador en la generación de nuevas vidas, a las que además transmitís la fe y la educación cristiana, se añade el don y el misterio de recrear en vuestra casa el ambiente y el estilo del hogar de Nazaret, a imitación de la Santísima Virgen y de San José, custodiando el despertar vocacional de vuestros hijos y acompañando sus pasos hasta el altar de Dios. De este modo, os convertís en colaboradores íntimos y cercanos del corazón sacerdotal de Cristo, que sabrá recompensar con creces vuestra generosidad.

7. El futuro Seminario Menor.

Pensando en vosotros, padres y madres, y en el cuidado de la vocación de vuestros hijos, después de invocar la luz del Espíritu y tras prolongada maduración y consulta, hace algunas semanas, he procedido a erigir en nuestra Archidiócesis el Seminario Menor de Santa María del Buen Aire y San Isidoro de Sevilla, que abrirá sus puertas en el próximo mes de septiembre y donde podrán cursar estudios de Secundaria Obligatoria y Bachillerato aquellos adolescentes que muestren, desde temprana edad, un deseo sincero y noble de ser sacerdotes. El Seminario Menor es la respuesta a la petición de numerosos padres que, en mis visitas a las parroquias, colegios y hermandades, han expresado su interés por ser acompañados en la inquietud sacerdotal de sus hijos. Responde también a un dato comprobable: las Diócesis que tiene abiertos Seminarios Menores nos dicen que aproximadamente la mitad de los sacerdotes que se ordenan cada año proceden del Seminario Menor.

8. El Seminario, corazón de la Diócesis.

El futuro Seminario Menor, junto con el Seminario Mayor, donde en este curso se forman 35 seminaristas, constituyen el “corazón de la diócesis”, según expresión feliz del Concilio Vaticano II (OT 5). De él habrán de salir los futuros pastores de nuestro pueblo, singulares servidores de la Palabra de Dios y de los sacramentos, quienes habrán de ejercer el ministerio de la presidencia de la comunidad cristiana in persona Christi, es decir, representando a Cristo, siendo al mismo tiempo solícitos administradores de la caridad en favor de los más necesitados. De ahí que con toda verdad, el Seminario venga a ser la esperanza de una Diócesis y uno de sus bienes más preciados, como nos dice la Exhortación Apostólica Pastores gregis (n. 48). Por lo que a mí respecta, trato de que sea objeto de una especial cercanía y predilección, pues como escribiera hace casi ochenta años el Papa Pío XI, el Seminario tiene que ser la niña de los ojos del Obispo (pupilla oculi episcopi). Y porque el Seminario es el corazón de la Diócesis, todos lo debemos mirar como algo propio y muy querido.

9. Exhortación a los seminaristas.

Con ocasión del Día del Seminario, quisiera hacer llegar el calor y el afecto de Padre y Pastor a nuestros queridos seminaristas, a quienes animo a vivir con generosidad su vocación, buscando cada vez con mayor ahínco en su vida joven la voluntad de Dios y la belleza de la santidad. Vuestro testimonio alegre y entusiasta, propio de un corazón enamorado de Jesucristo, estimulará a otros muchos jóvenes a dar una respuesta decidida y generosa al Señor que les llama, como a vosotros, a vivir en sus cercanías y les invita a su seguimiento en el ministerio sacerdotal. Como os escribía el Santo Padre en su Carta ya citada, “también ahora hay mucha gente que, de una u otra forma, piensa que el sacerdocio católico no es una “profesión” con futuro, sino que pertenece más bien al pasado. Vosotros, queridos amigos, habéis decidido entrar en el Seminario y, por tanto, os habéis puesto en camino hacia el ministerio sacerdotal en la Iglesia católica, en contra de estas objeciones y opiniones. Habéis hecho bien. (…) Dios está vivo, y necesita hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás. Sí, tiene sentido ser sacerdote: el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre”. Secundando estas hermosas y estimulantes palabras del Santo Padre, yo también quisiera alentaros, queridos seminaristas, a prepararos para vivir la belleza de una vida sacerdotal fiel. Estimad grandemente el don inmerecido de la vocación que Dios os ha regalado. Pedidle a la Virgen cada día que os custodie este tesoro con su solicitud maternal. Por mi parte, os aseguro mi oración diaria por vuestra perseverancia y os invito a corresponder a la predilección del todo especial que el Señor ha tenido con vosotros, respondiendo cada día con generosidad y prontitud.

10. Necesitamos sacerdotes para nosotros y para la Iglesia universal.

Como tuve ocasión de reiterar al principio de este curso pastoral en mi visita alas distintas Vicarias de la Archidiócesis, la pastoral de las vocaciones, su promoción y el acompañamiento de los jóvenes en su discernimiento vocacional, es una de las primeras urgencias que tenemos planteadas en nuestra Iglesia diocesana. No os oculto que es también una de mis primeras preocupaciones. En el corto espacio de tiempo que llevo sirviendo a nuestra Diócesis observo que la mayor parte de los sacerdotes están sobrecargados de trabajo y que hay muchos flancos de la vida pastoral al descubierto. Necesitamos más sacerdotes, y sacerdotes santos, para cubrir adecuadamente las múltiples necesidades pastorales de nuestra Iglesia. También los requieren otras Diócesis más necesitadas, con las que debemos sentirnos solidarios compartiendo nuestros dones. En el pasado mes de octubre, enviábamos dos sacerdotes a la Prelatura de Moyobamba en la selva peruana, a pesar de nuestras estrecheces. Me movió a ello la petición espontánea de nuestros hermanos José Antonio y Diego y mi conciencia de que la pertenencia al Colegio Episcopal obliga al Obispo y a la Diócesis a la que sirve a sentir muy a lo vivo la solicitud por la Iglesia universal y la ayuda eficaz a las misiones. Dios quiera que llegue el día en que nuestra ayuda a otras Iglesia, cercanas o lejanas, pueda ser más intensa.

11. La pastoral vocacional, compromiso de toda la Iglesia diocesana.

Antes de concluir, quiero dirigirme a todos los sacerdotes, consagrados, catequistas, profesores de Religión,
educadores y padres cristianos, llamados todos ellos a colaborar con el Señor en la hermosa tarea de suscitar vocaciones como mediadores entre Dios que llama y los niños y jóvenes que reciben la llamada. Queridos amigos: no tengáis miedo ni vergüenza de prestar esta preciosa colaboración. Hablad a los jóvenes y adolescentes de la hermosura de la vocación en las clases, en la catequesis, en el hogar, en la homilía y en las reuniones de formación. Encarezco especialmente este encargo a los responsables de la Pastoral Juvenil, de la Pastoral Universitaria, de los grupos juveniles de los Religiosos y de las Hermandades y Cofradías. Ayudaos de los seminaristas, que en los próximos días saldrán un año más a nuestras parroquias a ofrecer su testimonio vocacional. 12. La prioridad absoluta de la oración por las vocaciones. A todos os pido la caridad de vuestra oración al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies (Mt 9,37-38). Encomiendo especialmente esta intención a las comunidades de vida contemplativa, a los ancianos y enfermos y a los niños de nuestras catequesis, pues Dios nuestro Señor escucha especialmente la oración limpia e inocente de los niños. Encomendad esta intención, verdaderamente mayor, cada jueves ante el Santísimo Sacramento en vuestras parroquias y comunidades y ofreced vuestras obras, vuestros dolores y sufrimientos, vuestros padecimientos y enfermedades, vuestra vida entera, por las vocaciones sacerdotales. Pedid al Señor que toque el corazón de muchos jóvenes alegres, limpios, valientes y generosos, que estén dispuestos a ofrecerle sus vidas al servicio del anuncio del Evangelio, al servicio de la iglesia y de sus hermanos. Orad con insistencia al Señor por la perseverancia y fidelidad de nuestros seminaristas, así como por los frutos de santidad de nuestro Seminario. La crisis vocacional que asola a nuestra vieja Europa no es crisis de llamada, sino de respuestas. De ahí nuestra responsabilidad a la hora de suscitar vocaciones, sostenerlas y acompañarlas con nuestra plegaria.

13. Acoger y colaborar en la Campaña Pro Seminario.

Concluyo esta carta pastoral invitando a todos los sacerdotes, religiosos, laicos consagrados y fieles de nuestra Iglesia Diocesana a vivir con ilusión y verdadero compromiso el Día del Seminario. Pido a los sacerdotes y religiosos con cura de almas que expliquen a los fieles en la homilía del domingo 20 de marzo la belleza de la vocación sacerdotal y el don de Dios que supone para nuestro pueblo. Otro tanto pido a los catequistas, profesores de Religión y responsables de grupos juveniles. Acoged con interés a los seminaristas que en estos días visitarán las parroquias y colegios en el marco de la Campaña vocacional. Aunque no sea éste el aspecto más decisivo, sí quiero recordar a todos que el Seminario necesita medios económicos para asegurar la mejor formación posible de nuestros seminaristas, sin lujos que están fuera de lugar, y sí con la sencilla austeridad con que deberán vivir cuando sean sacerdotes. Los necesita especialmente el Seminario Menor que estamos preparando y que inauguraremos en el próximo mes de septiembre. Por ello, pido a los sacerdotes y religiosos con cura de almas que hagan con todo interés la colecta a favor del Seminario, al mismo tiempo que pido a todos que sean generosos con sus aportaciones económicas.

14. Conclusión.

Pongo todas estas intenciones en las manos maternales de la Santísima Virgen, en sus títulos de los Reyes y del Buen Aire, y en tantos títulos bellísimos como esta tierra de María Santísima honra a nuestra Señora. Invoco también la mediación de San Isidoro y San Leandro, de los Beatos Obispos Marcelo Spinola y Manuel González y de todos los santos de la Archidiócesis. Que ellos bendigan a nuestro Seminario y que su intercesión ante el Señor nos consiga las vocaciones que tanto necesitamos, fortalezca la fidelidad y la perseverancia de nuestros seminaristas y ayude a los sacerdotes a vivir fiel y santamente su sacerdocio. Para todos, y muy especialmente para los seminaristas y los jóvenes, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla  

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