El corazón de la salvación | Carta pastoral del Arzobispo (09-10-2022)

El próximo 14 de octubre se celebra el Día Mundial de la Donación de Órganos y Tejidos. La donación es una oportunidad para regalar vida, para hacer de nuestro cuerpo, un verdadero quicio para la salvación de otros. La célebre sentencia del gran teólogo de la antigüedad Tertuliano, no está referida a la donación de órganos, pero sí nos hace comprender cómo Dios nos creó corpóreos y puso en el cuerpo de su Hijo la fuente de nuestra salvación. La carne de Cristo es el verdadero quicio de nuestra salud y de nuestra salvación. En la Encarnación, el Hijo de Dios se hizo carne en las entrañas purísimas de la Virgen María, y así asumió la naturaleza humana; sin dejar de ser Dios se hizo en todo igual a nosotros: fue gestado, nació, y hubo de alimentarse, crecer y desarrollarse como cualquiera. Su verdadera condición de hombre le hizo también partícipe de nuestros sufrimientos de un modo nuevo, pues «Cristo aun siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer» (Heb 5, 8). Pero además la Encarnación trajo para los hombres y mujeres un intercambio admirable. Precisamente porque Dios se hace hombre, nosotros estamos llamados a ser como Dios, a participar de su vida divina. La Encarnación del Hijo de Dios nos da la posibilidad de hacer de nuestro cuerpo un instrumento de salvación para nosotros mismos y para nuestros hermanos.

Toda la actividad taumatúrgica de Cristo está mediada por su corporeidad, la mayoría de las veces que devuelve la salud a un enfermo lo hace mediante la imposición de sus manos o tocando a la persona en cuestión. Más aún, el gran acto de nuestra salvación se realiza mediante la donación de su propio cuerpo. En la Pasión, el cuerpo de nuestro Señor es ultrajado, maltratado y finalmente entregado a la muerte para que nosotros recibamos vida nueva. En cumplimiento de la voluntad del Padre –rezamos en la Plegaria Eucarística de san Hipólito- para destruir la muerte y manifestar la resurrección Jesús extendió sus brazos en la Cruz y así adquirió para Dios un pueblo santo. Bien sabemos queridos hermanos que esta donación de sí no concluye en la cruz, sino que se extiende a lo largo de los siglos en el sacramento de la Eucaristía. Momentos antes de su prendimiento, el Señor, en la última cena con sus apóstoles, instituyó el Sacramento donde Él mismo se nos da en alimento que transforma nuestro cuerpo y nos otorga la Vida.

El acto saludable de nuestro Señor no concluye ni en la cruz ni en el sepulcro. En el Símbolo de la Fe proclamamos nuestra creencia en la resurrección de la carne. Así como el cuerpo de nuestro Señor no conoció la corrupción y se vio glorificado el Domingo de Pascua, nosotros, sus discípulos, estamos destinados a participar de esta resurrección al final de los tiempos. La donación de Jesucristo hace posible que ni siquiera la muerte, con su aguijón, sea capaz de impedir que la vida siga adelante de un modo nuevo y más pleno. Ser donantes de órganos y tejidos es además de un acto de gran generosidad y solidaridad, un acto de amor. Un amor que hemos recibido primero de Jesús y no podemos más que repartir en favor de los hermanos usando todo nuestro ser para ponerlo al servicio de la salud y la salvación de aquellos que están más necesitados. La carne es el quicio de la salvación. Nuestro cuerpo es instrumento eficaz para la salud de otros. Mediante la donación de órganos y tejidos nos erigimos en verdaderos agentes de la salvación que Cristo nos otorga, en otros cristos que mediante la ofrenda de sí regalan vida nueva.

A María Santísima, la Virgen de las Angustias, patrona de los donantes de órganos de Sevilla, elevo mi plegaria para que, al igual que Ella hizo, seamos valientes y generosos y no dudemos en estar prestos para ayudar al prójimo. Para todos mi abrazo fraterno y mi bendición.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla  

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