Con el Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa, la semana más grande del año cristiano. Nuestras calles y plazas se llenan de fieles; muchos niños acuden con sus palmas y ramas de olivo acompañados por sus padres y abuelos; no pocos se acercan movidos por la tradición, por el recuerdo de la infancia o por el deseo sincero de empezar bien estos días santos. Todo ello es hermoso y tiene valor. Pero conviene decirlo con claridad: no basta con quedarnos en lo exterior, en el ambiente, en la emoción del momento o en la estampa entrañable de una mañana festiva. El Domingo de Ramos es una puerta, y una puerta está para atravesarla. La Iglesia nos sitúa hoy ante Cristo, que entra en Jerusalén aclamado por la multitud y, al mismo tiempo, nos hace escuchar ya el relato de su Pasión. La liturgia une el júbilo y el dolor, la aclamación y la cruz, la gloria y el anonadamiento. De este modo nos enseña una verdad decisiva: no hay cristianismo auténtico sin acompañar al Señor hasta el final. No podemos querer a Cristo solo cuando pasa entre palmas; hemos de permanecer con Él también cuando sube al Calvario.
Por eso, al comenzar esta Semana Santa, quisiera dirigir una invitación muy concreta a todos los diocesanos: no os quedéis fuera. Después de la bendición de los ramos, entrad en el templo; después de la emoción del primer momento, adentraos en el misterio; después del gesto tradicional, vivid la fe con hondura. La Semana Santa no es un simple recuerdo piadoso del pasado, es la actualización sacramental del misterio de la redención. Lo que Cristo realizó una vez para siempre en su Pasión, Muerte y Resurrección, la Iglesia lo celebra para que nosotros participemos de sus frutos. Como enseña santo Tomás de Aquino, “Cristo por su pasión nos libró de los pecados” (Suma Teológica, III, q. 49, a. 1). Necesitamos redescubrir esto con nueva profundidad. Hay muchos bautizados que aman sinceramente al Señor, pero viven estos días casi desde fuera: contemplan, observan, acompañan hasta cierto punto, pero no acaban de entrar. Y, sin embargo, la Iglesia nos llama a una participación más plena, más consciente, más interior. La palma bendecida tiene sentido si va unida a un corazón convertido. La emoción religiosa da fruto cuando desemboca en oración, penitencia, caridad y vida sacramental.
El Jueves Santo por la tarde comienza el Triduo Pascual. No es un día más, ni una misa más. La Iglesia celebra la Cena del Señor, y en ella contemplamos tres grandes dones: la institución de la Eucaristía, el nacimiento del sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del amor fraterno, expresado en el lavatorio de los pies. Cristo se queda con nosotros en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. No nos deja solos, no nos abandona a nuestras fuerzas. Permanece en medio de su Iglesia como alimento, sacrificio y presencia real. En una sociedad marcada por tanta prisa, tanta dispersión y tanta superficialidad, volver de verdad a la Eucaristía es volver al centro.
El Viernes Santo nos postramos ante la cruz. Ese día no celebramos la Misa; la Iglesia, en sobriedad y recogimiento, escucha la Pasión del Señor, ora por todos, adora la santa cruz y comulga con el Pan consagrado el día anterior. Es el día del amor llevado hasta el extremo. No hay en la historia palabra más elocuente que la cruz de Jesucristo. Allí contemplamos hasta dónde llega el amor de Dios por el hombre. Allí comprendemos la gravedad del pecado y, al mismo tiempo, la inmensidad de la misericordia. Allí aprendemos que el sufrimiento unido a Cristo no es absurdo ni estéril. Santo Tomás escribió que “la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida” (Conferencias sobre el Credo, 6). Es una afirmación recia y luminosa: en la cruz aprendemos a amar, a obedecer, a perdonar, a perseverar y a esperar.
El Sábado Santo es día de silencio, de oración y de espera. María sostiene la esperanza de la Iglesia en la hora más oscura. Junto al sepulcro del Señor, el pueblo cristiano aprende a velar, a no desesperar, a esperar contra toda esperanza. Nuestro tiempo necesita esta lección. Vivimos rodeados de ruido, de mensajes inmediatos, de opiniones incesantes; cuesta guardar silencio, cuesta esperar, cuesta permanecer. Pero sin silencio no hay hondura; sin espera no hay esperanza; sin interioridad no hay vida espiritual sólida. Y, finalmente, la noche santa de la Vigilia Pascual nos abre al gozo sin ocaso. La Iglesia proclama exultante que esta es la noche “en que Cristo, rotas las cadenas de la muerte, asciende victorioso del abismo”, como canta el Pregón pascual. San Agustín expresó esta certeza con palabras admirables: “La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es la vida nueva de los creyentes en Jesús” (Sermón 272). Esta es la gran noticia de la Pascua: Cristo ha vencido, y con Él puede renacer también nuestra vida cansada, tibia o herida.
Queridos hermanos, Sevilla ama profundamente la Semana Santa. Demos gracias a Dios por ello. Pero no permitamos que la costumbre vacíe el misterio, ni que lo externo eclipse lo esencial. Vayamos con fe a nuestras celebraciones, confesémonos bien, participemos en la liturgia, acompañemos al Señor con recogimiento, entremos en la iglesia, adentrémonos en el misterio, en el misterio pascual. No somos extraños en la casa de Dios, somos hijos. Somos miembros de la Iglesia por el bautismo, y Cristo nos espera. María Santísima, la Virgen fiel, nos acompaña. Pidámosle que nos ayude a vivir estos días santos en íntima unión con su Hijo, para que, pasando con Él por la cruz, lleguemos también a la alegría de la Resurrección.
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

