‘Deja tus redes… y sígueme’

Celebramos el Día del Seminario 2026 con un lema que es puro Evangelio, y a la vez, una pregunta dirigida hoy a cada uno de nosotros: una pregunta dirigida hoy a cada uno de nosotros: «Deja tus redes… y sígueme». Es la voz del Señor que pasa junto a la orilla de nuestra vida, se detiene, nos mira y llama. Y cuando Cristo llama, no llama para empobrecer, sino para ensanchar el corazón; no llama para quitar libertad, sino para abrir un camino de plenitud y de servicio. En esta jornada, la Iglesia nos pide dos cosas muy concretas, sencillas y exigentes: oración y ayuda económica. No son dos asuntos separados; van unidos. Porque donde se ora, nace la fe; donde se sostiene con generosidad, la vocación puede madurar con serenidad.

La primera responsabilidad de una diócesis es ponerse de rodillas. No por rutina, sino por realismo sobrenatural: las vocaciones son don de Dios. Si miramos con fe, comprendemos que toda vocación es una historia de misericordia: el Señor entra en nuestras vidas, abre lo que parecía cerrado, reaviva lo que estaba apagado, y devuelve esperanza donde nosotros ya la habíamos perdido. Así nace también la vocación sacerdotal: Dios recrea por dentro, en silencio, y llama por el nombre.

El Seminario, por tanto, no es una “fábrica” de clérigos. Es una casa donde el Señor forma discípulos, donde el corazón se educa para amar, donde la vida aprende a ser ofrecida. La comunidad cristiana tiene una misión decisiva: crear un clima de fe en el que los jóvenes puedan escuchar la llamada, discernirla, purificarla y responder con libertad. Y eso se hace, ante todo, orando: en la Eucaristía, en la adoración, en el rosario en familia, en la plegaria sencilla de los mayores, en el ofrecimiento escondido de los enfermos. Permitidme decirlo con claridad: si dejamos de rezar por las vocaciones, empobrecemos el futuro pastoral de la diócesis. Y si rezamos de verdad, el Señor —que no se deja ganar en generosidad— suscitará obreros para su mies.

El lema de este año habla de “redes”. Las redes pueden ser el trabajo, los proyectos legítimos, incluso los afectos; pero también pueden ser miedos, comodidades, heridas no curadas, dependencias, una vida instalada. La llamada de Jesús no humilla: libera. Y por eso la vocación es también un éxodo interior: salir de lo que ata, para entrar en la alegría de pertenecer a Cristo. El papa León XIV lo ha recordado con palabras luminosas a los seminaristas: «Lo decisivo no es “ordenarse”, sino ser verdaderamente sacerdotes». Y añadió con fuerza evangélica: «El sacerdocio no puede reducirse a “llegar a la ordenación”…; …sino un don total de la existencia» (Carta del Santo Padre al Seminario Mayor Arquidiocesano «San Carlos y San Marcelo» de Trujillo, con ocasión de los 400 años de su fundación, 05 de noviembre de 2025). Estas frases nos ayudan a comprender qué estamos cuidando cuando cuidamos el seminario: no un “título”, sino una vida entregada; no una carrera, sino una configuración con Cristo Pastor.

Por eso es tan importante que toda la diócesis —parroquias, hermandades, movimientos, vida consagrada, familias— acompañe a los seminaristas con cercanía, estima y oración. El Señor llama, sí; pero la llamada crece en una Iglesia que acoge, sostiene y desata. Como en el Evangelio: Jesús devuelve la vida, y confía a la comunidad la tarea de desatar las vendas para que el rescatado pueda caminar. También hoy, la vocación necesita una comunidad que ayude a “desatar”: con afecto, con ejemplo, con paciencia, con alegría cristiana.

La oración debe traducirse en obras. Y una obra concreta, humilde y necesaria, es la ayuda económica al Seminario. Formar un sacerdote requiere tiempo, acompañamiento, profesores, comunidad educativa, vida espiritual, recursos para el estudio y la maduración humana. Nada de esto es un lujo: es una inversión evangelizadora. Cada aportación —grande o pequeña— es un acto de fe: “Señor, queremos pastores; queremos sostener tu llamada”.

Os pido que esta jornada no pase como una fecha más. Que cada familia se pregunte: ¿rezamos por los sacerdotes? ¿rezamos por los seminaristas? ¿ayudamos al seminario según nuestras posibilidades? Y os invito también a hablar con los jóvenes con naturalidad y esperanza: sin presiones, pero sin silencios. A veces una palabra a tiempo, un testimonio limpio, una comunidad viva, abren una puerta que estaba cerrada.

Pongamos el Seminario y las vocaciones sacerdotales bajo la protección de la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Que ella enseñe a nuestros jóvenes a escuchar la voz de Jesús, a dejar las redes que atan y a seguirle con un corazón indiviso.

† José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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