Cristo, luz para nuestras cegueras

El Evangelio del cuarto domingo de Cuaresma nos presenta el encuentro de Jesús con el ciego de nacimiento, una de las páginas más conmovedoras del Evangelio y, al mismo tiempo, una de las más actuales. No se trata solo de la curación de un hombre privado de la vista corporal; se nos revela también el drama de la ceguera interior y la gracia de la verdadera iluminación. El Señor no se limita a devolver la vista a un ciego: abre el corazón, suscita la fe y conduce al hombre a la adoración. Poco antes había proclamado: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). La curación del ciego confirma con hechos esta palabra. Él es la Luz verdadera, ilumina la inteligencia, purifica la memoria, fortalece la voluntad y orienta la vida entera. Sin Cristo, el hombre puede ver muchas cosas y, sin embargo, no entender lo esencial; puede acumular conocimientos y permanecer ciego para Dios, para sí mismo y para los demás.

El relato evangélico muestra tres posturas ante la luz de Cristo. En primer lugar, los fariseos, que están cerrados en la autosuficiencia. Ven el milagro, pero no creen; oyen al testigo, pero no aceptan la verdad. Después aparecen los padres del muchacho, que adoptan una postura cobarde en lugar dar testimonio claro. Finalmente, el ciego curado, que recorre un camino humilde y valiente: comienza sabiendo poco, pero termina confesando su fe y postrándose ante el Señor. No son pocas las cegueras que hoy tienen lugar en nuestro mundo. Hay ceguera cuando se pretende construir la vida como si Dios no existiera; cuando la criatura se coloca en el centro y convierte su deseo en criterio supremo del bien y del mal; cuando se confunde la libertad con la ausencia de verdad; cuando se llama progreso a lo que empobrece el alma, o cuando se pierde el sentido del pecado. Hay ceguera cuando se justifica la mentira, se hiere la dignidad de la persona y se normaliza lo que destruye a la familia y a la vida humana.

Existe también una ceguera silenciosa: la superficialidad. Vivimos rodeados de pantallas, mensajes, estímulos y opiniones, con el riesgo de perder el gusto por el silencio, la interioridad, la oración y la contemplación. Se mira mucho y se ve poco; se habla mucho y se escucha poco; se está conectado con todos y, al mismo tiempo, se vive interiormente aislado. Falta luz cuando el corazón se habitúa a lo inmediato y ya no se abre a lo eterno. No faltan tampoco las cegueras afectivas y sociales. Es ceguera no reconocer el sufrimiento del prójimo, pasar de largo ante la soledad de los ancianos, la angustia de los jóvenes, la pobreza de tantos hogares y el cansancio de las familias que pasan por dificultades. Es ceguera acostumbrarse al descarte y a la indiferencia. Cuando dejamos de ver al hermano, algo se ha apagado dentro de nosotros.

Y existe una ceguera espiritual particularmente peligrosa: pensar que uno ve, que no necesita conversión. Esa fue la enfermedad de los fariseos. El orgullo cierra los ojos del alma; en cambio, la humildad los abre. Por eso el ciego curado, que parecía el más pobre, termina siendo el más clarividente. Quien reconoce su necesidad de Dios está ya en camino hacia la luz. La Cuaresma es tiempo propicio para dejarnos iluminar por Cristo. También nosotros necesitamos dejarnos tocar por Él y obedecer su palabra. El camino cuaresmal nos conduce a reconocer nuestra oscuridad, a acudir con sinceridad al sacramento de la Penitencia, a volver a la oración, a escuchar la Palabra de Dios, a purificar la mirada y a caminar como hijos de la luz. No basta lamentar las tinieblas del mundo; hay que abrirse personalmente a la luz de Cristo.

Pidamos al Señor que sane nuestras cegueras concretas: la tibieza, la vanidad, la pereza espiritual, la falta de caridad, la impaciencia, la dureza de juicio y la mediocridad en la vida cristiana. Pidámosle ojos para verle en la Eucaristía, para reconocerle en los pobres y para mirar a los demás con misericordia y verdad. Esta semana cada uno ha de preguntarse con sinceridad: ¿qué zonas de oscuridad permanecen todavía en mí? ¿Qué resistencias pongo a la gracia? Que María Santísima, Madre de la Luz, nos acompañe en este camino cuaresmal, que nos enseñe a salir de toda ceguera y a vivir como discípulos del Señor, para que, iluminados por Él, seamos también nosotros luz humilde y clara para nuestros hermanos.

† José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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