El próximo miércoles, día 18 de febrero, celebraremos el Miércoles de Ceniza, con el que la Iglesia inicia solemnemente el tiempo santo de la Cuaresma. Es un día de fuerte densidad espiritual, marcado por un signo sencillo y elocuente: la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas. Con este gesto humilde y austero, la Iglesia nos sitúa ante la verdad de nuestra condición humana y cristiana, y nos invita a emprender un camino de conversión que nos conduzca, renovados interiormente, hasta la Pascua del Señor.
La ceniza no es un mero símbolo del pasado ni un rito anacrónico propio de otros tiempos, como a veces se oye decir en nuestros ambientes. Al contrario, es un signo profundamente actual, porque remite a las preguntas más hondas de la existencia: ¿quién soy?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿hacia dónde camino?, ¿qué lugar ocupa Dios en mis decisiones cotidianas? El gesto de recibir la ceniza nos ayuda a tomar conciencia de nuestra fragilidad, de nuestros límites y pecados, pero también de la grandeza de la vocación a la que hemos sido llamados.
Las palabras que el ministro pronuncia al imponer la ceniza resumen admirablemente el sentido de este tiempo litúrgico: «Convertíos y creed en el Evangelio». No se trata de una simple exhortación moral, sino de una llamada urgente y amorosa a volver el corazón a Dios, a dejarnos transformar por la fuerza del Evangelio y a vivir de acuerdo con la gracia recibida en el bautismo. La Cuaresma es, en efecto, un tiempo propicio para renovar nuestra participación en el misterio pascual de Cristo, que comenzó el día en que fuimos incorporados a Él como hijos de Dios.
Este camino cuaresmal nos invita a detenernos, a hacer silencio interior, a mirar con verdad nuestra vida. Vivimos en una sociedad marcada por la prisa, la superficialidad y la dispersión. Nos cuesta reflexionar, nos cuesta entrar dentro de nosotros mismos, nos cuesta reconocer nuestras incoherencias y fragilidades. Sin embargo, sin este ejercicio de verdad interior no es posible una auténtica conversión cristiana.
Se habla hoy con frecuencia de la importancia de la autoconciencia como elemento clave del crecimiento personal. Y, sin duda, conocerse a uno mismo, reconocer las propias luces y sombras, es fundamental para madurar humana y relacionalmente. Pero para nosotros, los creyentes, este conocimiento no puede quedarse en un plano meramente psicológico o natural. Estamos llamados a una autoconciencia iluminada por la fe, que nos permita reconocernos como hijos amados de Dios, necesitados de su misericordia y llamados a la santidad.
La Palabra de Dios nos ofrece una imagen luminosa de este proceso en la parábola del hijo pródigo, cuando aquel muchacho «entró dentro de sí» (cf. Lc 15,17) y decidió volver a la casa del padre. Ese “entrar dentro de sí” es una tarea imprescindible en la Cuaresma. No tengamos miedo a la reflexión, no temamos revisar nuestra vida a la luz del Evangelio, no rehuyamos los cambios que el Señor nos pida. La conversión no empobrece, no quita nada esencial; al contrario, libera, sana y llena de sentido la existencia.
Os invito, queridos hermanos, a vivir esta Cuaresma con humildad y confianza, reavivando la conciencia de nuestra identidad cristiana. Somos frágiles, sí; cargamos con pecados y limitaciones, sin duda; pero somos también hijos de Dios, llamados a vivir en la libertad y en la alegría del Evangelio. Que este tiempo santo nos ayude a pulir, con la ayuda de la gracia, alguno de nuestros defectos; a ser menos duros con los demás y más exigentes con nosotros mismos; a abrir el corazón a la misericordia de Dios y a la conversión auténtica.
Que María Santísima, que supo guardar la Palabra y acogerla con un corazón dócil, nos acompañe en este camino cuaresmal y nos conduzca hasta la alegría de la Pascua.
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

