Conclusión del Vía crucis de las Hermandades

Alocución del Arzobispo de Sevilla tras la celebración del Vía Crucis de las Hermandades, en Sevilla el 10 de marzo de 2014.

1. Con gran piedad y fervor hemos acompañado al Señor en su camino hacia el Calvario en el Viacrucis de las Hermandades de Sevilla del año 2014. Después de agradecer el esfuerzo del Consejo, de la Hermandad del Museo y de todos los que lo han hecho posible, permitidme unas breves consideraciones sobre el significado de este ejercicio piadoso. La contemplación del Santísimo Cristo de la Expiración estoy seguro que nos ha ayudado a penetrarnos de sus propios sentimientos, de su amor y obediencia al Padre hasta el heroísmo y de su amor hacia los hombres y mujeres de todos los tiempos necesitados de redención. En la contemplación de esta sagrada imagen hemos podido percibir las heridas sangrantes inferidas al Señor en la flagelación. Hemos contemplado también su cuerpo agonizante pendiendo pesadamente de la Cruz, con la cabeza coronada de espinas hundida sobre el pecho. Hemos contemplado sus labios abiertos, exangües y sin vida, y su costado y su corazón destrozados por la lanza del soldado. Hemos visto sus dedos convulsivamente estirados y deformados y sus pies traspasados por un enorme clavo.

2. La contemplación de tanto dolor, tan hermosamente expresado en 1575, por el artista Marcos de Cabrera, nos ha tocado el corazón. Dios quiera que nos haya hecho caer en la cuenta de que la raíz y la causa de la Pasión de Cristo son nuestros pecados, mis pecados, hermanos y hermanas que me escucháis, vuestros pecados, los pecados de todas las generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido y los de todos aquellos que nos sucederán. Ellos y nosotros, todos, somos los autores y cómplices del drama del Calvario. Ello nos debe mover a la conversión, al cambio de vida y de criterios, a la vuelta a Dios y al arrepentimiento de nuestros pecados, que son la razón última del sacrificio redentor de Cristo.

3. Ahora que el drama ha concluido, llenos de gratitud reconocemos con San Pablo: «Cristo me amó hasta entregarse por mí» (Gál 2,20). Ante un amor tan desinteresado e inaudito, mientras bajamos de la cima del Calvario, hemos de preguntarnos con el autor de los Ejercicios Espirituales: «Qué he hecho yo por Cristo, qué hago por Cristo, qué debo hacer por Cristo». Y hemos de dar al Señor una respuesta proporcionada, henchida de fidelidad y amor a Él y a nuestros hermanos. A ello nos invita el apóstol San Juan con estas exigentes palabras: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos» (1 Jn 3,16).

4. Queridos hermanos y hermanas: La Pasión de Cristo, que acabamos de contemplar nos debe impulsar a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo, como Jesús, que como nos dice el profeta Isaías, «soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores» (Is 53,4). Que la contemplación del rostro y del amor de Cristo por nosotros nos impulse a apresurarnos a contemplar el rostro de esos otros cristos que sufren las consecuencias terribles de esta plaga social que es la crisis económica. No pasemos de largo ante tanto sufrimiento.

5. Las víctimas de la crisis, los enfermos, los ancianos que viven solos y todos los hermanos que sufren por cualquier causa ponen a prueba nuestra capacidad de amar, de compadecernos y de compartir. En ellos nos espera el Señor, que se ha encarnado en la persona de cada hombre o mujer, especialmente en los más débiles y pobres, en los marginados, los parados, los inmigrantes, los que sufren y nos necesitan. El Señor nos ha invitado en este Viacrucis a seguir sus huellas, a ponernos de parte y en el lugar de los pobres, a ponernos como el Buen Samaritano a los pies de estos hermanos para curarles y vendarles sus heridas físicas o morales, y a hacer de nuestras vidas signos de consuelo y de esperanza para los pobres.

6. Antes de despedirnos, os invito, queridos hermanos y hermanas, a dirigir una última mirada agradecida a la Cruz de Cristo, que es locura para los judíos y escándalo para los griegos; pero, «para nosotros, sabiduría y fuerza de Dios» (1 Cor 1,22-24). La Cruz no es el signo de un fracaso, sino la forma de expresar, de un modo enteramente divino, el amor extremo con que Dios ama a los hombres. Jesucristo nos declaró su amor con el lenguaje de la cruz y nosotros no podemos proclamar y comunicar este amor sin utilizar el mismo lenguaje. Aunque en nuestra sociedad hedonista el evangelio de la cruz resulte chocante y hasta repulsivo, es preciso recordar sin disimulos que es imposible ser cristiano huyendo de la Cruz, de las cruces grandes o pequeñas que el Señor permite en nuestra vida, que nos ayudan a madurar y a crecer como cristianos y a colaborar con el Señor en la salvación del mundo.

7. Y junto a la Cruz de Jesús estaba María, la Virgen fiel, que permanece en pie junto a su Hijo cuando todos se han marchado. En el Calvario nos es entregada como Madre y medianera. Que ella vele por los pobres y por los que sufren y sostenga con su intercesión maternal nuestra fidelidad. Que ella ayude a todos los que hemos participado en este Viacrucis a vivir con hondura y autenticidad religiosa la Semana Santa, participando en las manifestaciones de la piedad popular y, sobre todo, en las celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual, que son el memorial y la actualización de la Pascua del Señor. Así sea.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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