Colaboremos con Manos Unidas

Carta Pastoral del Arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, con motivo de la Jornada Nacional de Manos Unidas.

Queridos hermanos y hermanas:

Como viene siendo una hermosa costumbre desde hace 50 años, «Manos Unidas », la institución de la Iglesia en España para la ayuda, promoción y desarrollo del Tercer Mundo, organiza la Campaña contra el hambre el segundo domingo de febrero, que este año será el próximo día 13. Con este motivo me dirijo a los sacerdotes, consagrados y laicos de nuestras comunidades parroquiales y a todas las personas de buena voluntad, para invitaros a colaborar generosamente a este buen fin de la lucha contra el hambre en el mundo y el desarrollo de los países del hemisferio Sur.

Los datos son tristemente elocuentes: todavía hoy, a pesar de la globalización, la mitad de la humanidad padece hambre o está mal alimentada; una quinta parte de la población mundial sobrevive con menos de un dólar al día y 1.200 niños mueren cada hora como consecuencia del hambre. Quiere esto decir que en nuestro mundo todo está globalizado, menos la solidaridad. Este estado de cosas interpela en primer lugar a la conciencia de los gobernantesde todo el mundo, llamados a globalizar eficazmente la solidaridad con los pueblos del hemisferio Sur. Como afirmara Benedicto XVI en un célebre discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante el Vaticano en enero de 2010, «sobre la base de datos estadísticos disponibles, se puede afirmar que menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente al armamento sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de pobres».

Hay fundamento, pues, para afirmar que un nuevo orden mundial podría eliminar en un corto espacio de tiempo la lacra del hambre. Sin embargo, no está en nuestras manos esta decisión que podría cambiar el rumbo del mundo, haciéndolo más humano y fraterno, de acuerdo con los planes de Dios. Tal decisión es patrimonio de quienes tienen en sus manos el destino de los pueblos y que no parecen especialmente predispuestos a adoptar resoluciones tan radicales. Esta constatación, sin embargo, no debe inhibirnos y mucho menos conducirnos al escepticismo. Está a nuestro alcance colaborar en la construcción de la «nueva civilización del amor» en el ambiente y circunstancias en que la Providencia de Dios nos ha situado. Depende de nuestra libertad responsable, que, ayudada por la gracia, es la que verdaderamente permite soñar con un mundo mejor. Manos Unidas, «organismo oficial de la Iglesia en España para la ayuda, promoción y desarrollo del Tercer Mundo», que recientemente ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, como reconocimiento a su espléndida historia a lo largo de 50 años, cumple entre nosotros una  misión verdaderamente profética. Nos recuerda que los pobres existen y que el servicio a los que carecen de lo más elemental pertenece a la entraña más genuina del Evangelio.

Manos Unidas, «experta en humanidad», como obra que es de la Iglesia, y experta también en la aplicación escrupulosa de los fondos que recibe a proyectos de desarrollo, espolea un año más nuestra  solidaridad, virtud que nos obliga al compromiso firme y perseverante por el bien común, es decir, el bien de todos los hombres y mujeres, hijos de Dios y hermanos nuestros. La solidaridad, como nos dijera Juan Pablo II, «es la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesta a “perderse” en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a “servirlo” en lugar de oprimirlo para el propio provecho» (SRS 38).

El amor fraterno es el corazón el mensaje de Jesús. A lo largo de su vida, «Él manifestó su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los pecadores. Él nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano; su vida y su palabra son para nosotros la prueba de su amor» (plegaria eucarística Vc). Por ello, la fuente de nuestra entrega a los pobres es el amor del Señor, que nos ha amado hasta el extremo, hasta dar la vida por nosotros (Jn 15,13). En la Eucaristía participamos de ese amor, que nos hace capaces de vivir la fraternidad, de mirar con compasión, con los ojos de Jesús, al Tercer Mundo, compartiendo nuestros bienes con nuestros hermanos. Lo exige nuestra común condición de hijos de Dios y el destino universal de los bienes creados.

Concluyo mi carta semanal rogando a los sacerdotes que colaboren con todo interés en la LI Campaña contra el Hambre, que celebraremos el próximo domingo. Les agradezco de antemano el empeño que van a poner en la homilía y en la realización de la colecta. Agradezco también el tiempo, el trabajo y la disponibilidad de los directivos y voluntarios de Manos Unidas de toda la Archidiócesis y el desprendimiento de sus socios. Invito a los consagrados y a los fieles todos a la generosidad con nuestros hermanos más pobres, con la seguridad de que no quedará sin recompensa.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

† Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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