«ALZAD LA MIRADA» (Jn 4,35)
Conferencia de inicio del Curso Cofrade 2026-2027.
Consejo General de HH. y CC. de la ciudad de Sevilla.
Sevilla, jueves 1 de octubre de 2026. José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla
- Queridos: Presidente del Consejo General de Hermandades y Cofradías de la ciudad de Sevilla; miembros de la Junta Superior; queridos delegados episcopales; directores espirituales; queridos Hermanos Mayores de nuestras hermandades sacramentales, de penitencia y de gloria; Presidentes de los Consejos Generales de Hermandades y Cofradías de diferentes ciudades y pueblos de nuestra Archidiócesis. Al comenzar un nuevo curso cofrade quiero agradecer, en primer lugar, vuestra presencia, vuestro servicio y vuestra disponibilidad. Ser Hermano Mayor de una hermandad no es simplemente asumir una responsabilidad administrativa durante unos años. Para un cristiano es aceptar un servicio eclesial, una tarea que se recibe con humildad y que se desempeña ante Dios y para los hermanos. Por eso, al comienzo de este curso 2026-2027, quisiera compartir con vosotros algunas reflexiones que nos ayuden a mirar hacia adelante con esperanza, responsabilidad y confianza en el Señor.
- He elegido como título unas palabras de Jesús en el evangelio según san Juan: «Alzad la mirada» (Jn 4,35). El Señor dice a sus discípulos: «Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega» (Jn 4,35). Estas palabras han adquirido para nosotros una resonancia muy especial porque fueron precisamente el lema del reciente viaje apostólico del papa León XIV a España, celebrado del 6 al 12 de junio de este año. Después de aquel viaje, el Santo Padre explicó que Jesús nos invita a descubrir en las personas y en las multitudes «el deseo de vida, de verdad, de plenitud» y a aprender a mirar al prójimo y al mundo «con los ojos de Dios», es decir, con amor, respeto y compasión (LEÓN XIV, Audiencia general, 17 de junio de 2026).
- Estas palabras me parecen especialmente apropiadas para comenzar el curso de nuestras hermandades. Hay momentos en la vida en los que necesitamos levantar la mirada. Cuando caminamos mirando solamente al suelo, acabamos viendo únicamente nuestros pasos, nuestros problemas, nuestras dificultades, nuestras pequeñas preocupaciones. El Señor, en cambio, nos dice: levantad los ojos. Mirad más lejos. Mirad más alto. Descubrid lo que Dios está haciendo. Contemplad los campos que esperan la siega. A nosotros, cofrades de Sevilla, el Señor nos dice hoy también: alzad la mirada. Alzad la mirada por encima de las dificultades cotidianas, por encima de las cuestiones internas, más allá de nuestros calendarios de cultos, nuestras reuniones, nuestros proyectos patrimoniales, nuestras elecciones y nuestros problemas administrativos. Todo eso tiene su importancia y debe realizarse bien. Pero una hermandad existe para algo infinitamente mayor: para ayudar a sus hermanos a encontrarse con Jesucristo, crecer en la fe, vivir la comunión de la Iglesia y anunciar el Evangelio en medio del mundo.
- De «Caminando en esperanza» a «Alzad la mirada»
- Hace casi dos años, en diciembre de 2024, Sevilla vivió una experiencia que permanece todavía muy viva en nuestra memoria: el II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular. Durante aquellos días nuestra ciudad se convirtió en lugar de encuentro para hermanos procedentes de numerosos lugares de España y de otros países. Celebramos juntos la fe, reflexionamos, rezamos, compartimos experiencias y contemplamos públicamente la belleza de una piedad popular que forma parte de las raíces cristianas de nuestros pueblos.
- El lema del Congreso fue «Caminando en esperanza». Al concluirlo señalé que, a lo largo de aquellas jornadas, había aparecido una llamada fundamental: una audaz renovación de la mirada. Las hermandades están llamadas a mirar de un modo nuevo a Dios, a la Iglesia, al mundo y a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Esa renovación de la mirada es condición indispensable para poder ser fermento evangélico en la sociedad contemporánea (JOSÉ ÁNGEL SAIZ MENESES, «Una audaz renovación de la mirada», en II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular, Sevilla, Editorial Universidad de Sevilla, 2025, pp. 19-32). Resulta providencial que ahora el papa León XIV nos haya invitado precisamente a alzar la mirada. «Caminando en esperanza», «una audaz renovación de la mirada», «alzad la mirada». Hay una continuidad evidente.
- La esperanza cristiana no consiste en cerrar los ojos a las dificultades. Tampoco consiste en refugiarse en el pasado. La esperanza cristiana consiste en mirar el presente con los ojos de Dios. Y esto es lo primero que quisiera pediros para este nuevo curso: que aprendamos a mirar nuestras hermandades con una mirada sobrenatural. Porque podemos contemplar una hermandad únicamente desde fuera y ver una institución histórica, un patrimonio extraordinario, unas imágenes veneradas, una importante presencia social, una gran capacidad de convocatoria. Todo eso es verdad. Pero la mirada cristiana debe llegar más lejos. Una hermandad es, ante todo, una realidad eclesial. Una comunidad de bautizados que se reúne en torno a Cristo, que venera a la Virgen María y a los santos, que celebra la fe, que practica la caridad y que trata de transmitir el Evangelio. Si perdemos esto, podremos conservar muchas cosas, pero habremos perdido lo esencial.
2. Levantar la mirada hacia Cristo
- La primera dirección de nuestra mirada debe ser siempre Cristo. Las hermandades sevillanas custodian imágenes extraordinarias. A lo largo de los siglos, generaciones enteras han rezado ante ellas. Cuántas lágrimas, cuántas súplicas, cuántas acciones de gracias se han depositado a los pies de nuestras imágenes de Cristo y de María Santísima. Pero las imágenes no terminan en sí mismas. El II Concilio de Nicea enseñó que la veneración de la imagen se dirige al prototipo. La imagen sagrada nos conduce más allá de lo visible. Precisamente esto recordamos durante el Congreso: nuestras imágenes son mediación para la contemplación del misterio. No buscamos quedarnos únicamente en la belleza de una talla. A través de ella buscamos el rostro de Cristo y el rostro maternal de María. De ahí la importancia de recuperar una verdadera dimensión contemplativa de la vida cofrade. El Congreso subrayó que los besamanos, besapiés, viacrucis, procesiones y demás actos de piedad deben convertirse realmente en ocasiones de encuentro con Dios. La imagen permite un «cruce de miradas»: nosotros miramos, pero descubrimos que antes hemos sido mirados por Dios.
- Aquí encontramos una cuestión decisiva. No basta mirar una imagen de Cristo. Hay que dejarnos mirar por Cristo. Esa mirada cambia la vida. La mirada de Jesús transformó a Pedro después de la negación; transformó a Zaqueo; transformó a la mujer samaritana. Jesús continúa mirando. Nos mira desde la Eucaristía; nos mira desde su Palabra; nos mira desde la imagen que veneramos; nos mira también desde el rostro del pobre.
- Por eso, queridos Hermanos Mayores, antes de preguntarnos qué vamos a hacer durante este curso, quizá deberíamos preguntarnos: ¿qué quiere hacer el Señor con nosotros? Antes de preparar los grandes proyectos de la hermandad, hemos de ponernos delante del Sagrario. Antes de convocar un cabildo, hemos de rezar. Antes de tomar decisiones difíciles, hemos de pedir luz al Espíritu Santo. Antes de preocuparnos por el reconocimiento exterior, hemos de preguntarnos si Jesucristo ocupa realmente el centro. El Concilio Vaticano II nos recuerda que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22). Esta afirmación fue uno de los textos que recordamos al concluir el Congreso. Jesucristo es el horizonte definitivo de nuestra mirada.
3. Culto: de la belleza a la santidad
- Una de las grandes riquezas de nuestras hermandades es el cuidado del culto. Los cultos deben estar bien preparados. La liturgia ha de celebrarse con dignidad. La música, el ornato, la proclamación de la Palabra de Dios, el silencio, la participación de los fieles, todo debe ayudar a entrar en el misterio que celebramos. Pero debemos recordar siempre que la belleza del culto no es un fin en sí misma. La belleza litúrgica conduce a Dios. El Concilio Vaticano II enseña que la liturgia es «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (Sacrosanctum Concilium, 10). Por eso la vida de una hermandad no puede reducirse al culto externo, aunque éste sea importante. Toda procesión debe nacer del altar y conducir de nuevo al altar. Toda devoción mariana auténtica conduce a Cristo. Toda veneración de nuestros titulares debe ayudarnos a convertir el corazón.
- Durante el Congreso insistimos en los tres pilares tradicionales que aparecen en las Reglas de nuestras corporaciones: culto, formación y caridad. No se pueden separar. Una hermandad verdaderamente viva necesita los tres. Un culto que no conduce a la formación puede quedarse en emoción. Una formación que no conduce a la caridad puede convertirse en conocimiento estéril. Una caridad que pierde su raíz en Cristo puede terminar convirtiéndose simplemente en asistencia social. Los tres pilares se necesitan mutuamente. Y los tres conducen a la santidad. Permitidme insistir en esto: la finalidad última de una hermandad es la santidad de sus miembros. Podemos organizar magníficos cultos, realizar grandes obras de caridad, restaurar nuestro patrimonio, preparar exposiciones, celebrar aniversarios y sacar procesiones admirables. Pero todo ello debe estar orientado a una finalidad mucho más profunda: que nuestros hermanos conozcan más a Cristo, lo amen más y vivan más unidos a Él.
4. Formación: hermanos capaces de dar razón de su esperanza
- El segundo gran desafío es la formación. Vivimos un profundo cambio cultural. Muchos de nuestros hermanos han recibido menos formación cristiana que las generaciones anteriores. Otros han crecido en ambientes donde la fe apenas estaba presente. Hay jóvenes que llegan a nuestras hermandades movidos por la devoción a una imagen o por una tradición familiar, pero sin haber recorrido todavía un verdadero proceso de iniciación cristiana. No debemos lamentarnos. Debemos verlo como una oportunidad pastoral.
- Una hermandad puede convertirse en un lugar extraordinario de evangelización. El Congreso nos recordó que cada hermandad debería contar con un verdadero proyecto formativo y cultural capaz de ofrecer una visión cristiana de la persona y del mundo. La formación debe ayudarnos a superar el individualismo y a ensanchar el «nosotros» de la fraternidad. Formación no significa simplemente organizar alguna conferencia durante el año. Formar significa acompañar; significa enseñar a rezar; significa enseñar a conocer la Sagrada Escritura; significa ayudar a comprender la liturgia; significa conocer el Catecismo y la doctrina social de la Iglesia; significa también enseñar qué es una hermandad y qué significa pertenecer a ella.
- Sería deseable que los jóvenes que llegan a nuestras hermandades encontrasen hermanos mayores en la fe que los acompañaran. Tenemos que cuidar especialmente las diputaciones de juventud. Los jóvenes necesitan responsabilidades reales, pero necesitan también acompañamiento. No basta pedirles que organicen actividades. Hay que ayudarlos a descubrir una vocación cristiana. Una hermandad que transmite únicamente costumbres, pero no transmite la fe que dio origen a esas costumbres, terminará perdiendo su alma. Por eso necesitamos hermanos formados, capaces de dar razón de su esperanza, como pide san Pedro: «dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3,15).
5. Fraternidad: ser verdaderamente hermanos
- Hay otra palabra que merece toda nuestra atención: fraternidad. No olvidemos nuestro nombre: hermandades. No somos clubes, ni asociaciones culturales, ni grupos de presión, ni comunidades organizadas para defender intereses particulares. Somos hermanos. En la conferencia conclusiva del Congreso insistí en que la pertenencia a una hermandad no puede entenderse como algo meramente sociológico. Las hermandades son comunidades de cristianos que desean vivir el Evangelio como parte viva de la Iglesia, abriendo el corazón especialmente a quienes atraviesan dificultades y carencias.
- Por eso debemos preguntarnos seriamente cómo vivimos la fraternidad dentro de nuestras corporaciones. ¿Sabemos escucharnos? ¿Sabemos perdonarnos? ¿Sabemos aceptar legítimas diferencias de criterio? ¿Sabemos anteponer el bien de la hermandad a nuestras preferencias personales? En ocasiones también en la vida cofrade pueden aparecer rivalidades, personalismos, divisiones, discusiones que terminan haciendo daño a las personas. Esto no puede considerarse normal. Un hermano puede discrepar de otro. Puede defender legítimamente otra opinión. Pero nunca debe dejar de tratarlo como hermano. San Agustín enseñaba: «En lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad», expresión tradicional que resume bien una actitud profundamente cristiana.
- La comunión no significa uniformidad. Significa caminar juntos porque Cristo nos ha reunido. Y aquí corresponde a los Hermanos Mayores una responsabilidad particular. El Hermano Mayor debe ser hombre de comunión, debe escuchar, debe unir, debe evitar bandos, debe cuidar especialmente a quien piensa de manera distinta, debe procurar que nadie se sienta desplazado, debe recordar que una vara no concede privilegio, sino responsabilidad. La verdadera autoridad cristiana siempre tiene forma de servicio. Jesús lo dejó claro: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26).
6. Hermandades profundamente eclesiales
- Esta fraternidad debe abrirse necesariamente a la comunión con toda la Iglesia. Las hermandades no viven aisladas. Forman parte de una parroquia, de una diócesis, de la Iglesia universal. Durante el Congreso recordamos que las hermandades son parte viva del Pueblo de Dios. Su principio vital es precisamente la comunión eclesial. Una hermandad verdaderamente fuerte no es la que vive encerrada en sí misma, sino la que está profundamente integrada en la vida de la Iglesia. Por eso os animo a cuidar la relación con vuestros párrocos, rectores y directores espirituales.
- Cuidemos también la relación entre las distintas hermandades. En Sevilla tenemos la gracia de contar con un Consejo General que realiza una labor de coordinación, encuentro y servicio extraordinariamente importante. Las hermandades de penitencia necesitan a las de gloria. Las hermandades de gloria necesitan a las sacramentales. Las sacramentales necesitan a las penitenciales. Cada una tiene su historia, su espiritualidad, sus devociones y su peculiaridad. Pero todas pertenecemos a la misma Iglesia. La diversidad no debilita la comunión; la enriquece. Por eso, cuando una hermandad celebra algo importante, debemos alegrarnos todos. Cuando otra atraviesa una dificultad, debemos sentirla cercana. Cuando alguna necesita ayuda, debemos estar disponibles. Ésta es también una forma concreta de vivir la sinodalidad: caminar juntos, escuchar juntos, discernir juntos y servir juntos.
7. Caridad: una hermandad que mira a los que sufren
- Llegamos a uno de los aspectos más importantes. Cuando Jesús dice «alzad la mirada», nos invita a mirar los campos, es decir, a mirar a las personas. El papa León XIV lo expresó con gran claridad durante su visita a España: «la caridad no admite demoras». Cada encuentro con una persona necesitada es un momento de gracia que no podemos aplazar (Visita al proyecto social CEDIA 24 Horas, Madrid, 6 de junio de 2026). En nuestras ciudades hay sufrimiento, familias con dificultades económicas, ancianos que viven solos, jóvenes sin horizonte, personas enfermas, inmigrantes que buscan integración, familias heridas, desempleo, problemas de vivienda, adicciones, soledad. Hay también una pobreza menos visible pero igualmente profunda: la pobreza espiritual. Personas que tienen muchas cosas y, sin embargo, viven sin esperanza. Personas que han perdido el sentido de la vida o que no han conocido el amor de Dios.
- En el Congreso insistimos en que la pobreza espiritual es quizá menos visible, pero puede ser más profunda. El olvido de Dios, la indiferencia religiosa y la pérdida de las preguntas últimas sobre la vida humana son también pobrezas ante las que las hermandades no pueden permanecer indiferentes. Por eso la caridad cristiana ha de atender a la persona entera. Dar alimentos es necesario. Ayudar económicamente es necesario. Sostener proyectos sociales es necesario. Pero también necesitamos escuchar. Acompañar. Visitar. Consolar. Ayudar a reconciliar. Y anunciar a Jesucristo. San Juan Pablo II pidió a la Iglesia una «nueva imaginación de la caridad», capaz no solamente de ofrecer una ayuda eficaz, sino de acercarse al que sufre de tal manera que pueda sentirse verdaderamente hermano y «como en su casa» (Novo millennio ineunte, 50).
- Éste es un reto precioso para nuestras hermandades. Que la casa de hermandad sea realmente casa. Casa para el hermano que trabaja mucho y para el que aparece poco; para el mayor y para el joven; para quien tiene prestigio y para quien no lo tiene; para quien atraviesa un buen momento y para quien llega roto por el sufrimiento. Una hermandad que hace esto se convierte verdaderamente en lo que señalamos al concluir el Congreso: una casa de caridad.
8. Evangelización: los campos están preparados
- Volvamos al Evangelio. «Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega» (Jn 4,35). Jesús no invita a sus discípulos a contemplar el mundo con pesimismo. Los invita a descubrir que el campo está preparado. Quizá nosotros tengamos a veces la tentación de mirar la sociedad actual sólo desde sus dificultades. Es verdad que vivimos procesos de secularización. Es verdad que se ha debilitado la transmisión de la fe en muchas familias. Es verdad que muchos bautizados se han alejado de la práctica religiosa. Pero el Señor no nos dice: mirad qué mal está todo. Nos dice: mirad los campos. Hay una búsqueda de sentido, hay deseos profundos de fraternidad; hay sed de autenticidad; hay personas que buscan respuestas; hay jóvenes que desean un gran ideal.
- Y las hermandades tienen una capacidad extraordinaria para encontrarse con muchas de esas personas. Una procesión llega donde quizá no llegue una catequesis. Una imagen sagrada toca un corazón que quizá no entraría espontáneamente en una iglesia. Una marcha procesional, un silencio ante un Cristo, la mirada de una Virgen, un gesto de caridad, pueden abrir una grieta por la que entre la gracia de Dios. Pero debemos procurar que ese primer impacto pueda continuar después en un camino de fe. Por eso una hermandad debe estar preparada para acoger. No solamente para inscribir hermanos. Para evangelizar. Acoger a quien se acerca, escuchar sus preguntas, invitarlo a participar, ofrecerle formación, acompañarlo en la oración, integrarlo en la vida comunitaria.
- El Congreso señalaba precisamente que el cofrade del presente y del futuro debe ser discípulo misionero, hombre o mujer de profunda espiritualidad y sólida formación. Las hermandades están llamadas a ser casas y escuelas de vida cristiana, lugares de primer encuentro con el Señor y espacios en los que las tradiciones dialoguen con la vida contemporánea.
9. Custodiar la tradición mirando al futuro
- Las hermandades tienen una historia admirable. Algunas llevan siglos anunciando el Evangelio. Han atravesado épocas muy distintas, momentos de esplendor y períodos de dificultad. Esa historia merece respeto. Las tradiciones no son un peso que debamos abandonar. Son una herencia que debemos recibir con gratitud. Pero una tradición cristiana sólo permanece viva cuando continúa transmitiendo la fe que le dio origen. No se trata, por tanto, ni de destruir lo recibido ni de congelarlo. Se trata de custodiarlo con fidelidad creadora.
- En la conferencia de clausura del Congreso recordábamos que la evangelización no puede aferrarse a nostalgias de restauración, pero tampoco puede ignorar el valor de una tradición capaz de enseñar al presente. Las hermandades han de custodiar esos signos de fe y ofrecerlos a las nuevas generaciones en medio de un profundo cambio cultural. Nuestros antepasados nos entregaron unas hermandades vivas. Nosotros debemos entregar a quienes vienen después hermandades todavía más vivas. No basta conservar en perfecto estado el patrimonio material. Debemos transmitir también el patrimonio espiritual. ¿Qué fe recibirán de nosotros los jóvenes? ¿Qué experiencia de fraternidad? ¿Qué amor a la Eucaristía ¿Qué devoción a la Virgen? ¿Qué compromiso con los pobres? Ésas son las preguntas importantes.
10. Hermanos Mayores: servidores de una misión
- Permitidme ahora una palabra especialmente dirigida a vosotros, queridos Hermanos Mayores. Habéis recibido una responsabilidad importante. Tendréis que tomar decisiones. Gestionaréis recursos. Presidiréis cabildos. Resolveréis problemas. Representaréis a vuestra hermandad. Pero no olvidéis nunca que vuestra primera tarea es espiritual. Vosotros debéis recordar continuamente a vuestra Junta de Gobierno para qué existe la hermandad. Cuando aparezcan dificultades, volved a lo esencial. Cuando surjan tensiones, volved a Cristo. Cuando haya cansancio, id al Sagrario. Cuando llegue un éxito, dad gracias a Dios. Cuando aparezca una crítica, escuchad con humildad. Cuando tengáis que decidir, buscad el bien de todos.
- Y cuidad vuestra propia vida espiritual. Nadie puede dar lo que no tiene. Un Hermano Mayor necesita rezar. Necesita confesarse. Necesita participar en la Eucaristía. Necesita escuchar la Palabra de Dios. Necesita dejarse aconsejar. Necesita tiempo para estar delante del Señor. Porque las hermandades no necesitan solamente buenos gestores. Necesitan testigos, personas cuya vida pueda decir a los demás que merece la pena seguir a Jesucristo.
11. Contemplación y compromiso
- Al concluir el Congreso de 2024 resumíamos todo lo vivido en cinco palabras: encuentro, celebración, reflexión, contemplación y compromiso. Y afirmábamos que el futuro de la piedad popular pasa por ser más fraterna, consciente, contemplativa, comprometida, eclesial y solidaria. Creo que estas palabras pueden convertirse en un magnífico programa para este curso. Encuentro: Que nuestras casas de hermandad sean lugares donde las personas puedan encontrarse con Dios y encontrarse verdaderamente como hermanos. Celebración: Que cuidemos la Eucaristía, la liturgia, los sacramentos y nuestros cultos como lugares privilegiados de encuentro con el misterio de Dios. Reflexión: Que no tengamos miedo de pensar, estudiar, formarnos y afrontar con inteligencia cristiana los desafíos del presente. Contemplación: Que sepamos detenernos ante nuestras imágenes, pero no únicamente para admirarlas, sino para rezar ante ellas y dejarnos conducir hacia Cristo. Compromiso: Que la fe celebrada se convierta en vida entregada, especialmente al servicio de quienes más sufren.
- Esto es «alzar la mirada»: Mirar a Dios. Mirar al hermano. Mirar al pobre. Mirar al joven. Mirar al que se ha alejado. Mirar la ciudad. Mirar el futuro con esperanza.
12. Con María, alzar la mirada
- Y quiero terminar mirando a María Santísima. Sevilla no puede comprender su piedad popular sin María. Bajo tantas advocaciones, Ella acompaña nuestra historia. Dolores, Esperanza, Amargura, Angustias, Rosario, Carmen, Rocío, Reyes, Valme, Consolación, Alegría, Estrella, Paz… Tantos nombres, una sola Madre. María supo alzar la mirada porque antes había puesto su confianza en Dios. En la Anunciación abrió su vida al proyecto del Señor. En Caná vio la necesidad de aquella familia antes que nadie. En el Calvario permaneció junto a la cruz. En Pentecostés estaba con la Iglesia naciente esperando el Espíritu Santo. María nos enseña a mirar. Nos enseña a mirar a Cristo. Nos enseña a mirar las necesidades de los hermanos. Nos enseña a mirar el futuro con esperanza.
- Al concluir su viaje a España, León XIV nos invitó precisamente a levantar la mirada como María y, guiados por Ella, retomar el camino con esperanza (Homilía en la Santa Misa, Tenerife, 12 de junio de 2026). Queridos Hermanos Mayores: Comienza un nuevo curso. Vendrán proyectos, celebraciones, aniversarios, dificultades, decisiones y alegrías. Vivámoslo todo desde Cristo. No tengamos miedo. Sevilla posee un tesoro inmenso en sus hermandades y en su piedad popular. Pero ese tesoro no nos ha sido entregado para conservarlo escondido. Nos ha sido confiado para que dé fruto. Los campos están preparados. Muchas personas esperan una palabra, necesitan compañía, buscan sentido. Muchos jóvenes esperan que alguien les muestre una vida que merezca la pena, muchas familias necesitan esperanza, muchos pobres esperan que alguien se acerque. Cristo nos envía.
- Por eso, al comenzar este curso cofrade 2026-2027, quisiera dejaros únicamente esta palabra del Señor: «Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega» (Jn 4,35). Alzad la mirada. Mirad a Cristo. Mirad a María. Mirad a vuestros hermanos. Mirad a Sevilla. Mirad el mundo con los ojos de Dios. Y después, con humildad y esperanza, pongámonos a trabajar. Que María Santísima, Madre de la Iglesia, acompañe a todas las hermandades sacramentales, de penitencia y de gloria de nuestra ciudad en este nuevo curso. Y que Ella nos enseñe siempre a alzar la mirada. Muchas gracias.
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