Testigos del amor de Dios

Homilía en la Eucaristía con motivo de la Jornada del Migrante y Refugiado el 25 de septiembre de 2021, en la parroquia de Nuestra Señora de la Paz.

Somos una comunidad mixta en muchos y diversos sentidos. Aunque seamos una comunidad muy pequeñita para la realidad social y eclesial que abordamos o que tenemos en nuestra mente y en nuestro corazón, este día. Mixta, porque hay sacerdotes, y hay personas consagradas, y hay fieles cristianos. Tanto las personas consagradas como los sacerdotes estamos llamados a servir a ese pueblo cristiano que es otro nombre de la Iglesia. Pero mixta también porque (yo creo que casi todos los que estáis aquí, de una manera o de otra, trabajáis con inmigrantes) también hay inmigrantes, unos poquitos, nada más que unos poquitos; porque cada vez más la población de nuestra ciudad, y de nuestra provincia, y de nuestra diócesis, es una población migrante en un sentido o en otro.

Yo diría que casi todos…, fijaros, antes de que el capitalismo global nos introdujera a todos en una especie de “molinillo” donde todos los seres humanos son intercambiables en base a lo que pueden aportar como fuerza de trabajo, poco más o nada más, y según el valor del mercado; pues, antes que eso ha habido una migración también justa y ambiciosa. Yo soy hijo de ella en gran medida y ha sido la migración de los pueblos, de unas comunidades humanas donde los seres humanos y las familias, la comunidad humana tenía un relativo margen de autonomía, a las sociedades anónimas de las ciudades donde es verdad que “un individuo, un voto”, pero también es verdad que un individuo es poco más que un número. Y que una vida puede vivir en una soledad terrible, sin necesidad de pandemia ni de post pandemia, que en muchos sentidos está poniendo de manifiesto los frutos amargos de la pandemia, y de manera más descarada, al menos en nuestro entorno.

Dios mío, abordamos un tema… Quizás Dios es el primer migrante. Y lo digo consciente de lo que digo, porque si Dios es Amor, Dios es alguien que constantemente sale de Sí. Ha salido de Sí, en cierto modo, porque todos nosotros (…) Cuando el Catecismo antiguo preguntaba “¿dónde está Dios?… Aunque no recuperásemos más que eso, eso nos pondría en camino hacia una cultura diferente. “¿Dónde está Dios? En el cielo, en la tierra y en todas partes”. Está en vuestros rostros. Está en vuestra mirada. Está en vuestro corazón, en el nuestro, en el de cada uno. No hay nada de lo que existe que esté fuera de Dios y Dios no está fuera de la Creación. En cuanto lo sacamos de la Creación; en cuanto dejamos de pensar que todo lo creado es una participación en el Ser de Dios y el hombre es una participación más grande porque es imagen y semejanza del mismo Dios, en su condición de sujeto; en cuanto perdemos eso, convertimos a Dios en una criatura más, muy poderosa, muy grande quizás. Un poco como los más jóvenes pueden haber visto como el señor de la Guerra de las Galaxias: alguien que tiene mucho poder en un sitio, pero ese Dios no es creíble. Porque no es capaz de dar sentido porque le falta, le falta la Creación y ya no es el Omnipresente, ya no es Dios. La Creación le añadiría algo a Dios. Dios está en todas las cosas y en todos.

Y Dios al crear sale de Sí mismo al crearnos a cada uno de nosotros. Y nos ha creado a cada uno con un amor eterno. Ha salido, es un Dios permanentemente en salida. Y la Creación no es más que el reflejo en el tiempo de la generación del Hijo, donde Dios Padre se da por entero al Hijo. Y el Hijo, que recibe todo su Ser del Padre y vive unido a Él en la comunión del Espíritu Santo, ha querido también salir de Sí mismo. No ha considerado algo digno de ser retenido el ser igual a Dios sino que se vació de Sí mismo, y asumió la condición de esclavo pasando por uno de tantos.

Como decía un antiguo escritor cristiano: “Señor, viniste a pasar 30 años entre bárbaros”, refiriéndose a los hombres. Y de esa barbarie nos habla la Segunda Lectura de hoy; una barbarie multiplicada por el hecho de una concepción de lo humano que es inhumana, constitutivamente inhumana. Nuestra sociedad es -y cada vez lo vemos más claro en sus premisas, en sus modos de funcionar- inhumana, es constitutivamente injusta, porque no hace justicia a lo que somos ni a los anhelos de nuestro corazón. Y no hace justicia a las necesidades de todo ser humano y genera separaciones sin fin entre ricos y pobres, entre naciones desarrolladas y no desarrolladas.

Oía hoy yo, esta mañana, algunas noticias sobre las vacunas que se están usando en ciertos países. Y como son vacuna ficticias, de segunda clase, o que no están, pues, sin embargo, repito, todos participamos de esa sociedad, de su injusticia. Todos esperamos y deseamos que el Señor cambie nuestro corazón y que nos permita vivir de una manera plenamente humana, que es el designio de Dios.

Cuando el Papa Francisco subraya la fraternidad humana no está haciendo algo que sea ninguna novedad. El Hijo de Dios vino no para crear una especie de congregación que tiene sus iglesias, su lugar donde se reúnen, así como nosotros, en el sentido que tiene la palabra congregación, o que tiene la palabra “denominación” en el mundo moderno. Nosotros tenemos una “denominación”: que somos católicos; luego, están otros que son “luteranos” (…) Cristo vino a cambiar el mundo para quitarnos el corazón de piedra y poner en el mundo un corazón de carne. Cristo no vino para que fuéramos buenos católicos. Vino para que fuéramos buenos hombres y buenas mujeres. Para que fuéramos todos hijos de Dios, para que nos tratásemos unos a otros como hijos de un mismo padre. Para que aprendiéramos que la única tarea importante en la vida es querernos y nos dejásemos enseñar a querernos cada vez mejor.

A los que están con nosotros y con los que compartimos la misma fe, el mismo cuerpo de Cristo, y el mismo Espíritu, y hemos recibido el Bautismo, no podemos cuestionar eso, pero su meta es cambiar nuestro corazón de forma que nuestro corazón pueda estar abierto a todos nuestros hermanos. Y de una manera especial, porque hace más expresivo, expresa mejor quién es Dios a quienes más lo necesitan, a quienes más nos necesitan, a quienes nos piden ayuda.

Yo soy consciente de que lo primero que tengo que hacer cuando digo eso es pedir perdón por mis pecados, por mi falta de amor, mis limites en el amor. Porque confundo muchas veces el amor con los intereses, incluso de la Iglesia en Granada. Me parece que defendiendo esos intereses estoy haciendo bien mi misión. No. Yo sólo haría bien mi misión si el amor llenase todos mis actos, todos mis pensamientos. Deseo, pero luego debo ser torpe a la hora de llegar, pero sí que deseo que ese amor que yo he recibido, que es mi única esperanza por otra parte, porque no puedo tampoco, a estas alturas de mi vida en que estoy, esperar de lo que yo pueda conseguir, evidentemente. Ese amor que me ha sido dado yo quisiera que pudiera llegar a todos los hombres. Es evidente que no lo quiero con una eficacia suficiente. Es evidente que lo quiero de una manera muy torpe, o que lo llevo a cabo de una manera muy torpe. Pero sí que deseo, sí que soy consciente de que ese amor es la única esperanza del mundo.

Cuando el Señor me concedió acompañar al Papa a Marruecos en ese viaje suyo en el que volvió a insistir -no era la primera vez que lo hacía-, pero insistió de una manera muy fuerte, en la fraternidad humana más allá de las diferencias culturales, y hasta las diferencias generadas por las tradiciones religiosas diversas; y así, una fraternidad humana que fuera capaz de mirar al otro a los ojos, con afecto, con el deseo que podamos tratarnos como hermanos; pues, yo me daba cuenta, en aquellos días, de una manera muy patente que no hay otro camino. Es ese o la guerra de todos contra todos. Con los medios de poder sobre la naturaleza y sobre las sociedades humanas que tiene el mundo en el que vivimos (…) Es verdad que uno piensa a veces, y no sólo por la pandemia, y muchos han dado a entender que la pandemia era una forma de guerra distinta, pero hubo un teórico a comienzos del siglo XX que dijo “la paz no es más que la guerra continuada por otros medios”. Eso significa la vida económica, la visa social: de alguna manera, no es más que la guerra continuada por otros medios.

Dios mío, en el fondo de nuestro corazón Le pedimos que siembre la paz, la paz de Dios. El Hijo no es el Padre; el Padre y el Hijo no son el Espíritu Santo, pero eso es lo único que los distingue. El haber nacido en un lugar, el tener un color de piel, el tener una lengua, no nos impide amarnos en Dios -dice la teología-: “todo es uno menos la diferencia esa. Todo lo demás es igual y actúan siempre en común”. Actúan (lo voy a decir con una palabra que el Papa menciona constantemente) de una manera “sinodal”, hacen el camino juntos. Si os fijáis en la Anunciación, un momento clave del Evangelio -“Él se llamará Hijo del Altísimo y el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra”-, ahí están Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Bautismo de Jesús, allí están Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la crucifixión, el Hijo exhala Su espíritu y dice “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Son cerca de noventa los textos que aluden a la eternidad en el Evangelio. “Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en Mi y Yo en Ti, para que todo el mundo crea”. Podría el Señor cambiar nuestro corazón y hacer florecer en él un amor que nos permita querernos, querernos pobremente, porque somos pobres. Querernos sabiendo que tenemos que perdonarnos mil veces unos a otros. Querernos y estar dispuestos a aprender a querernos de una manera que, efectivamente, ponga de manifiesto que somos todos hijos del mismo Padre. Yo sé que uno de los rasgos de nuestra sociedad… Lo leía esta misma mañana: los estudios que se hicieron en los años 50 demostraban que las familias migrantes conservaban sus tradiciones. Una generación, creo que al final eran la segunda generación, que estaba completamente absorbida por la sociedad urbana, industrial y por sus categorías, que destruía y roía desde dentro la vida familiar. Todos hemos sido testigos de eso de muchas maneras. Pero el amor del que hablo ama la diversidad de las tradiciones, ama la diversidad de las experiencias humanas, las respeta. Incluso, yo lo he sentido con algunas religiones con las que he podido tener un poquito más de relación o de trato, yo me doy cuenta de que son tradiciones muy diferentes. Ni siquiera pienso en una conversión y, sin embargo, me doy cuenta de que el Acontecimiento de Jesucristo, aunque le hemos dado una forma, y le hemos dado una forma en la historia, obviamente, y la tiene desde el primer momento, Jesús fue judío y nació en Palestina. El Credo ha sido expresado en un lenguaje y en una cultura determinada, pero es verdad que el Acontecimiento de Cristo puede ser propuesto en cualquier tradición religiosa, porque el fruto de ese Acontecimiento es un amor invencible (…) El corazón humano, tenga la tradición que tenga, está hecho para ese amor invencible, y ahí reconocemos la verdad. La verdad no como una cosa abstracta, como una doctrina, la verdad que corresponde a nuestra verdad más profunda como seres humanos.

Celebramos este día con la conciencia de que hay una tarea que es infinitamente más grande de lo que nosotros, pobres, podemos hacer, pero que las cosas empiezan con una pareja, con unas pocas personas, con un grupito. Empiezan de manera siempre pobre y humilde. También la vida empieza de una manera pequeña, pobre y humilde, y luego florece. Si Le pedimos con sinceridad al Señor que nos conceda un corazón capaz de amar así, o de crecer en un amor que cada vez se parezca más a Su amor, estaremos contribuyendo al designio de Dios, estaremos contribuyendo al mundo que Dios quiere, y nosotros podremos vivir también con una paz más grande, con una alegría y un afecto más grande. La vida es demasiado corta para querer a todas las personas que uno quisiera querer.

Vamos a proclamar nuestra fe y a pedirLe al Señor que nos conceda ese amor. Que nos conceda un corazón abierto a las personas que vienen. Una capacidad de acoger, de mirar, de querer, que salve las fronteras y que no mida la presencia por los frutos. Yo creo que celebrar la Eucaristía en esta parroquia, concretamente, es también un signo de que la vitalidad de la Iglesia, y la verdad de la Iglesia, no se mide, por así decir, por el número de fieles que uno incorpora a la comunidad cristiana los domingos, o los cambios que puede hacer en un determinado barrio, sino por la verdad de nuestro testimonio, y desde luego no se mide por las colectas, que es lo que la gente a veces piensa lo primero.

En ese mismo viaje a Marruecos hubo un momento donde yo conocía a un sacerdote, llevaba más de 40 años viviendo sólo en un asentamiento de Burkina Faso, y me dijo “yo no he convertido a nadie en estos cuarenta años y sé que moriré sin haber convertido a nadie, pero nadie me puede impedir querer a esas personas entre las que vivo como Dios me quiere a mí”. Aquel hombre no podía haber hecho un mejor resumen de lo que es la experiencia cristiana. Repito, con toda la conciencia de nuestras pobrezas, ser testigos de ese amor, donde estemos, como estemos, colaborando con él, no con los intereses de ese capitalismo que reduce a los seres humanos a dinero, pero sí con un abrazo que acoge a todos nuestros hermanos en una familia como estamos llamados a vivir.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

25 de septiembre de 2021
Parroquia Nuestra Señora de la Paz (Granada)

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