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MI CURA, por Rubén Camacho Fernández

Rubén Camacho es secretario de la Hermandad de la Victoria y licenciado en Ciencias Religiosas.

Dios nos puso en el mismo camino una mañana soleada donde el otoño empezaba a asomar, y nada podía suponer que aquel encuentro marcaría un antes y un después. La Virgen María, bajo la advocación de la Victoria, sería el punto donde se afianzaría, y todavía se sigue afianzando, nuestra amistad.

Muchas cosas se podrían decir en torno a su persona, pero sobre todo y la característica que más le define es su entrega a los demás desde la alegría de saberse amado por Dios para con los hermanos. Es un cura donde se puede encontrar ese “hombro” en quien apoyarse; con los pies en la tierra sin perder el sentido de la transcendencia, mirando a Dios y también a los hermanos. Tan pronto se le puede encontrar atendiendo al necesitado de pan, como al necesitado de la asistencia espiritual; una mirada al cielo y la mano tendida al hermano. Es un todoterreno, un héroe que irradia la luz del Evangelio en su día a día. Un apóstol que evangeliza con la palabra y también con sus obras, pues para él el día no tiene horas si se trata de ayudar. Tener un amigo cura es todo un privilegio.

Muchos han sido los sacerdotes que me he encontrado a lo largo de mi vida, y cada uno ha dejado su huella, teniendo todos un denominador común: su entrega a Dios y al hermano. No son tiempos fáciles para ellos, pero la sociedad no sería la misma sin ellos. A todos los sacerdotes que he conocido les doy las gracias por su entrega.

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