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Los maestros de la oración en la sección “Educamos entre todos”

El sacerdote Adolfo Ariza realiza una síntesis sobre los verdaderos maestros de la oración, a los que debemos rogarles que intercedan por nosotros.

Didáctica de la oración cristiana

Los maestros de la oración

Adolfo Ariza Ariza (Delegado Diocesano de Catequesis)

Los santos son los verdaderos maestros de la oración además de que su “intercesión es su más alto servicio al plan de Dios” por lo que “debemos y podemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero” (CCE 2683). En su oración y el testimonio que de la misma nos han dejado en sus escritos se cumple el deseo de Pablo: “Comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Ef 3, 18-19).

En este sentido es conveniente recordar el que para muchos constituiría uno de los gestos proféticos más clarividentes del siglo XX cuando el Papa Pablo VI, pocos años después del Concilio, dio el título de Doctoras de la Iglesia a Santa Teresa de Ávila y a Santa Catalina de Siena, en 1970. Y en 1997, Juan Pablo II daba el mismo título a Santa Teresa de Lisieux. Precisamente en Teresa de Lisieux podemos encontrar una de las claves esenciales para comprender el magisterio que sobre la oración ejercen los santos cuando, al final de su autobiografía, habla de la misma “ciencia divina” que todos los santos, aun los más diversos, a lo largo de la historia de la Iglesia, han alcanzado de la misma fuente de la oración. En las últimas páginas del Manuscrito C, la santa comenta las palabras de la Esposa en el Cantar de los Cantares: “Llévame en pos de ti: ¡Corramos!” (Ct 1, 4), reencontrado espontáneamente un gran símbolo de la divinización, aquel del fuego y el hierro:

“Esta es mi oración. Yo pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan íntimamente a él que sea él quien viva y quien actúe en mí. Siento que cuánto más abrase mi corazón el fuego del amor, con mayor fuerza diré ‘Atráeme’; y que cuanto más se acerquen las almas a mí (pobre trocito de hierro, si me alejase de la hoguera divina), más ligeras correrán tras los perfumes de su Amado. Porque un alma abrasada de amor no puede estarse inactiva (…) Así lo entendieron todos los santos, y más especialmente los que han llenado el universo con la luz de la doctrina evangélica. ¿No fue en la oración donde san Pablo, san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás de Aquino, san Francisco, santo Domingo y tantos otros amigos ilustres de Dios bebieron aquella ciencia divina que cautivaba a los más grandes genios? Un sabio decía: ‘Dadme una palanca, un punto de apoyo y levantaré el mundo’. Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios y porque lo hacía desde un punto de vista material, los santos lo lograron en toda su plenitud. El todopoderoso les dio un punto de apoyo: Él mismo, Él solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor. Y así levantaron el mundo. Y así lo siguen levantando los santos que aún militan en la tierra. Y así lo seguirán levantando hasta el fin del mundo los santos que vendrán”.

Adentrarse en el riquísimo magisterio de los santos sobre la oración ayudará a seguir percibiendo con sorpresa aquella misma maravilla de la que ya en su momento habló la constitución dogmatica del Concilio Vaticano II Lumen gentium: “El resultado ha sido una especie de árbol en el campo de Dios, maravilloso y lleno de ramas, a partir de una semilla puesta por Dios. Han crecido, en efecto, diversas formas de vida, solitaria o comunitaria, y diversas familias religiosas que se desarrollan para el progreso de sus miembros y para el bien de todo el Cuerpo de Cristo” (LG 43).

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