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La “tormenta inesperada” esta semana en Al Trasluz

La diócesis de Córdoba se ha mantenido en primera línea, ha redoblado sus esfuerzos generosamente.

Dos miradas para despedir este año tan difícil como dramático: «Antes de la pandemia y en la pandemia». En el inicio del curso 2019-2020, la programación pastoral a punto, tantos paisajes como tareas para una evangelización siempre nueva, acorde con los tiempos y en línea con lo que el Papa Francisco nos sugería en su Exhortación apostólica La alegría del Evangelio: «Procura siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio, en un contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible».

Y de pronto, «densas nieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y de un vacío desolador que paraliza todo a su paso». Fueron las palabras pronunciadas por el papa Francisco, momentos antes de su bendición Urbi et Orbi, en la silenciosa plaza de san Pedro. La pandemia, de forma imparable, nos fue sumiendo en una «caravana de ausencias», entre miedos y desesperanzas.

Pero la Iglesia diocesana dejó abiertas sus puertas, invocando la responsabilidad de todos, para que pudiéramos dirigirnos a Dios, en las celebraciones litúrgicas y en los afanes pastorales. La diócesis de Córdoba se ha mantenido en primera línea, ha redoblado sus esfuerzos generosamente, ha continuado realizando, cuando más falta nos hacía, su evangelización cercana, serena, generosa. Como proclamaba el Santo Padre, «necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza».

El obispo de la Diócesis, monseñor Demetrio Fernández, en su carta pastoral al inicio de este curso 2020-2021, nos ha animado al reto de esta hora: «¡No tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo», evocando el grito de san Juan Pablo II. Y subraya el prelado: «Ante esta situación tan excepcional, sabemos que Dios conduce los hilos de la historia y sabe lo que mejor nos conviene en cada momento. A su providencia nos acogemos».

 

Antonio Gil

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