Homilía de Mons. Jesús Catalá en la Eucaristía con motivo de la bendición de la imagen de Santa María de la Cabeza en la parroquia de San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza de Cártama-Estación.
BENDICIÓN DE LA IMAGEN DE SANTA MARÍA DE LA CABEZA
Parroquia San Isidro y Santa María de la Cabeza
(Cártama Estación, 23 marzo 2025)
Lecturas: Ex 3, 1-8.13-15; Sal 102, 1-8.11; 1 Co 10, 1-6.10-12; Lc 13, 1-9. (Domingo Cuaresma III-C)
1.- Bendición de la imagen de Santa María de la Cabeza
Tenemos el gozo de bendecir hoy la imagen de Santa María de la Cabeza, esposa de San Isidro, ambos Titulares de esta parroquia por decreto de un servidor de fecha del 15 de junio de 2018, determinando que la nueva advocación de esta Parroquia será denominada Parroquia de San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza. Ambos santos llevaron una vida cristiana ejemplar.
Se conserva una “Vida de San Isidro” redactada por Juan Diácono en el siglo XIII. Isidro de Merlo y Quintana nació en Madrid a finales del siglo XI, en una familia cristiana. Al trasladarse a la localidad madrileña de Torrelaguna trabajó primero como pocero y después como labrador y se desposó con María Toribia. Tengo un cariño especial al pueblo de Torrelaguna, perteneciente a la diócesis de Alcalá de Henares, de la que fui Obispo; por eso, en cierto sentido, esta parroquia está hermanada con la de Torrelaguna.
Isidro y su mujer vivieron como esposos cristianos, devotos de la Eucaristía y de la Virgen María, que son dos pilares fundamentales de la espiritualidad cristiana. El culto a María (hiperdulía) no es como la que se da a un santo (dulía), y se trata de algo esencial a la fe cristiana. Su camino hacia la santidad lo hicieron desde el anonimato y la sencillez de una vida colmada del amor a Dios, rubricada por la honestidad y la responsabilidad en el hogar; si los hogares imitaran a san Isidro y a su esposa, funcionarían de otra manera y con otro estilo. Isidro también mantuvo una gran responsabilidad en el trabajo; no hizo absentismo laboral, como sucede en España. A todo ello se añade la piedad y la caridad con los pobres.
Isidro y María de la Cabeza son ejemplo de esposos cristianos en nuestra sociedad secularizada. A ellos pedimos su intercesión para que bendiga esta comunidad parroquial de Cártama-Estación.
2.- Experiencia de Dios y liberación
El libro del Éxodo, en este tercer domingo de cuaresma, nos ofrece el relato de la teofanía de la zarza ardiente, que Moisés contempla en el monte Horeb, la montaña de Dios, al pastorear el rebaño de su suegro Jetró (cf. Ex 3, 1).
Moisés ve una zarza que arde sin consumirse. Esta experiencia mística le lleva a meditar en la situación de su pueblo y a comprender que el Dios de sus antepasados es también el Dios de la promesa: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob» (Ex 3, 6). Dios es de vivos; no de muertos; su nombre es de cuatro letras “yhvh” (Yahveh); es decir, el que está con vosotros, el que os ha creado, el que os da la tierra prometida, el que os salva. Esta experiencia de fe la tuvo el matrimonio de Isidro y su esposa.
Un servidor soy hijo de labradores; y los que sois labradores sabéis que la vida del labrador pende siempre del Señor, que envía la lluvia y el sol. El labrador vive de la providencia divina.
La profundización del contenido de esa promesa permite a Moisés abrir los ojos ante la situación penosa de los hebreos en Egipto y le hace comprender que Yahvé no tardará en venir en ayuda de su pueblo, a quien ha prometido una tierra nueva y una descendencia numerosa (cf. Ex 3, 7-8). Dios es el Dios de la promesa y lo que promete, lo cumple. Dios nos regala los bienes que nos promete, a pesar de nuestras infidelidades. En este Año Jubilar de la Esperanza no debe desfallecer nuestra esperanza; debemos confiar siempre en Dios.
El Señor dijo a Moisés: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto (…). He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel» (Ex 3, 7-8). Esta es una vida de esperanza.
El Señor nos anima a vivir su presencia en nuestra vida, aunque pasemos por momentos difíciles y pensemos que Dios nos ha abandonado; porque Dios está siempre a nuestro lado, más aún, Dios está dentro de nosotros mismos. Son necesarios los ojos de la fe para percibir su presencia.
Dios nos anima a contemplar nuestra situación penosa de pecadores; nos promete el perdón de nuestros pecados y la liberación plena de las cadenas que nos atan, dándonos esperanza.
San Isidro y Santa María de la Cabeza tuvieron una experiencia profunda de Dios, que marcó sus vidas. ¡Ojalá nuestra vida está imbuida de esa presencia de Dios! Viviríamos mucho más felices.
3.- Invitación a la conversión
El evangelio de Lucas narra lo acontecido a unos galileos, asesinados en una revuelta (cf. Lc 13, 1); y otros, que perdieron la vida al desplomarse la torre de Siloé. Los interlocutores de Jesús pensaban que les había ocurrido esa desgracia por haberse comportado mal. También nosotros pensamos que a veces ocurren calamidades como castigo de Dios; pero Dios no castiga. Ocurren calamidades y desgracias porque el ser humano muchas veces no hace lo que debería para poner remedio.
Pongamos el ejemplo reciente de las inundaciones. Suceden porque no se ha previsto que pueda venir una gran tormenta y se han construido casas en el lecho de los ríos o barrancos; o porque no se han hecho los pantanos suficientes. Las aguas necesitan un cauce que hay que respetar, dirigir o retener. No echemos la culpa a Dios de nuestras negligencias. Sucede también con muchos accidentes mortales; las guerras no las provoca Dios, sino el egoísmo humano que siempre quiere más.
Jesús les dice que esa gente no era más pecadora ni más culpable que los demás habitantes de Jerusalén (cf. Lc 13, 4). Por eso les invita a la conversión: «Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13, 3); se refiere al perecer eterno y no a perder la vida temporal.
¿Qué imagen tenemos de Dios, queridos hermanos? Las preguntas que hacen los discípulos a Jesús son como las nuestras; ellos leen los acontecimientos de modo muy distinto a Jesús, y por eso se equivocan; como también nosotros nos equivocamos si leemos los acontecimientos de manera distinta a como son, según la voluntad de Dios. Ellos tienen un concepto de un Dios vengador y justiciero, atento a los errores de los hombres para castigarlos.
Pero Jesús nos dice todo contrario: somos pecadores perdonados, como ha repetido tantas veces el papa Francisco; y debemos convertirnos todos para dar frutos de conversión.
Para el pueblo de Israel no fue suficiente para ser fiel a Dios salir de Egipto, alimentarse del maná o saciarse del agua de la roca. Dios les pedía que abandonaran los ídolos y se convirtieran a Él.
Lo mismo nos pide a nosotros. No es suficiente llamarnos cristianos y realizar algunas prácticas religiosas; es necesario en cada momento de nuestra vida convertirnos a Dios, dejando todo aquello que nos aparta de Él.
4.- Dar buenos frutos
La parábola de la higuera invita a dar buenos frutos de conversión. Jesús fue a buscar fruto en ella y, al no encontrarlo, dijo al viñador que la cortara (cf. Lc 13, 6-7). ¿Qué frutos espera el Señor de nosotros? Si no damos frutos buenos, nos cortará.
Vivimos en una sociedad llamada “cristiana”, pero encontramos frutos malos: hambre, manipulación del otro, odios y guerras, analfabetismo, falta de cultura de dignidad de la persona, falta de salud y de vivienda, desesperanza, miedos, robos y asesinatos. Todo eso no sale de un árbol bueno, porque del árbol bueno salen frutos buenos (cf. Lc 6, 43-44).
Pero el amor misericordioso de Dios es infinitamente mayor que nuestro pecado. No nos hagamos ilusiones; no basta ser un árbol con hojas frondosas que aparentan una buena imagen, pero no hay fruto; más bien hay que dar verdaderos frutos de amor, de justicia y de verdad.
San Isidro Labrador y a su esposa, Santa María de la Cabeza, dieron buenos frutos de amor, de oración, de religiosidad y de ayuda al necesitado. Ellos nos enseñan a vivir con verdad la fe cristiana.
Deseo agradecer la presencia de D. Gerardo Martínez, que fue el artífice de este hermoso templo. A los dos sacerdotes, párroco anterior y actual, muchas gracias por lo que habéis hecho y estáis haciendo por esta comunidad parroquial.
Pedimos a ellos su intercesión, para que nos ayuden en nuestra conversión al Señor y en dar buenos frutos.
Y que la Santísima Virgen María nos acompañe en este tiempo cuaresmal de penitencia y de conversión, para prepararnos a la Pascua de resurrección y celebrarla con alegría. Amén.