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LECTURAS DEL VIERNES SANTO EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

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LECTURAS DEL VIERNES SANTO EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 52, 13 — 53, 12

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho.

Como muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito.

¿Quién creyó nuestro anuncio?; ¿a quién se reveló el brazo del Señor?

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza.

Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado.

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.

Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará de su estirpe? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron.

Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento.

Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre.

Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

Salmo

Salmo 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25

R/. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

  • A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.
  • Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle, y escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un cacharro inútil.
  • Pero yo confío en ti, Señor; te digo: «Tú eres mi Dios». En tu mano están mis azares: líbrame de los enemigos que me persiguen.
  • Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9

Hermanos:
Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe.

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.

Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42

Cronista:
En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+ «¿A quién buscáis?».

C. Le contestaron:
S. «A Jesús, el Nazareno».

C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy».

C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?».

C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno».

C. Jesús contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos».

C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».

C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».

Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».

C. Él dijo:
S. «No lo soy».

C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.

El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».

C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?».

C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».

C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.

C. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?».

C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy».

C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo en el huerto con él?».

C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.

C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?».

C. Le contestaron:
S. «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».

C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».

C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».

C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.

Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».

C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».

C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

C. Pilato le dijo:
S. «Entonces, ¿tú eres rey?».

C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?».

C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».

C. Volvieron a gritar:
S. «A ese no, a Barrabás».

C. El tal Barrabás era un bandido.

C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «Salve, rey de los judíos!».

C. Y le daban bofetadas.

Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».

C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «He aquí al hombre».

C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «Crucifícalo, crucifícalo!».

C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».

C. Los judíos le contestaron:
S. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».

C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?».

C. Pero Jesús no le dio respuesta.

Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».

C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».

C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.

Y dijo Pilato a los judíos:
S. «He aquí a vuestro rey».

C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».

C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?».

C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César».

C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

C. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, e! Nazareno, el rey de los judíos».

Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».

C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está».

C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».

C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.

C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

C. Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre».

C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

C. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
+ «Tengo sed».

C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido».

C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

[Todos se arrodillan, y se hace una pausa.]

C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura:
«No le quebrarán un hueso»;
y en otro lugar la Escritura dice:
«Mirarán al que traspasaron».

C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

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VIERNES SANTO: «Transformar las cruces de nuestra vida», por Seve Lázaro SJ

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Qué duda cabe que las fiestas de la Semana Santa, sobre todo en ciudades como la nuestra, donde, además de la liturgia, abundan las procesiones, ponen el foco en el verdadero protagonista de nuestra fe, Jesús. Está bien que el protagonismo lo tenga Él, y que el trabajo espiritual nuestro de estos días sea ése que San Ignacio nos recuerda en el nº 195 de los Ejercicios Espirituales: “considerar lo que Cristo nuestro Señor padece en su humanidad o quiere padecer, según el paso que se contempla”.

Pero reconociéndole esa primacía a Jesús, tenemos que recordar que el sentido profundo de todas las fiestas cristianas apunta a cada uno de nosotros, los seguidores de Él. Y la celebración de cada uno de estos tres días será una verdadera fiesta, si es punto de llegada de un camino recorrido durante la cuaresma: ¿Realmente se ha dado en mí algún avance, estos últimos cuarenta días, en el parecido con ese Jesús al que ahora contemplo?

Porque de lo contrario, nos quedamos en una visión incompleta de la Semana Santa, admirando a un Jesús, que sí, que vamos a ver pasar a nuestro lado, por nuestras calles, en nuestras iglesias, pero sin que eso que ahí vemos tenga nada que ver con nosotros. Sino acabamos, lo que sería aún peor, pensando o creyendo que lo que estamos viendo y celebrando es una repetición de una historia que sucedió hace 21 siglos, y que el escucharla o verla, como mucho, nos pone un poco tristes.

Estamos en Viernes Santo y el foco de este día, se dirige a la cruz. En ella vislumbramos lo más universal de la humanidad y lo más específico del cristiano. Lo universal es el dolor, el sufrimiento y el sinsentido por los que en tantos momentos camina nuestra vida. De esto no nos protege la fe. Como cualquier ser humano estamos expuestos a ponernos enfermos, sufrir la muerte de un ser muy querido, ser traicionados, tener un accidente, perder el empleo de muchos años, ver naufragados muchos de nuestros más profundos sueños o llegar a ancianos y saber que el final está cerca. Pues bien, poco nos ayuda cualquiera de estas cruces si nos deja petrificados ahí, como hombres y mujeres condenados a sufrir o morir sin esperanza en este valle de lágrimas. Porque no es este el sentido cristiano de la cruz, por más que muchas veces la hayamos presentado así. La cruz cristiana es una cruz pascual, llamada a transformarse, a resucitar. Fue la actitud de Jesús, cargando con ella y dejando en ella su vida, la que alumbró ese nuevo significado que para nosotros tiene.

Así que nada de cerrar los ojos a cualquier situación de adversidad que nos venga, nada de negar la realidad en sus aspectos más crudos de dolor, nada de huir de los problemas y de los conflictos, sean los nuestros o los de nuestros prójimos sufrientes. Por el contrario, cargarlos al hombro y caminar con ellos a cuestas, convencidos de que Dios mismo se volverá cireneo nuestro si nuestras fuerzas flaquean. Y cuando en alguna de esas cruces nos toque entregar la vida, darla, confiando en aquello que el joven e indefenso sacerdote de Bernanos le decía a la señora Chantal, ante la muerte prematura de su hijo: “—Lo que sí puedo asegurarle -le dije- es que no existe un reino de los vivos y un reino de los muertos; sólo existe un reino: el de Dios, donde están los vivos y los muertos, y nosotros nos hallamos dentro.”

Seve Lázaro, SJ

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Jueves Santo: Hagan

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La tarde del Jueves Santo, el administrador diocesano presidió en la Catedral la Misa en la Cena del Señor. En su homilía quiso destacar dos aspectos principales: la institución de la eucaristía y el elocuente gesto del lavatorio de los pies. Concelebró la Eucaristía el obispo emérito, Bernardo Álvarez. En el templo se encontraban representantes de la Hermandad del Santísimo y otras representaciones de cofradías, así como el alcalde de La Laguna y miembros de la corporación municipal.

Pérez quiso subrayar que bajo las especies del pan y del vino, Cristo se hace presente de modo real. El Señor “sabe que lo necesitamos” – dijo citando al Papa– “porque la Eucaristía no es el premio de los santos, sino el Pan de los pecadores”. Y “cada vez que recibimos el Pan de Vida, Jesús viene a dar un nuevo sentido a nuestras fragilidades.

El administrador diocesano, por otra parte, no quiso olvidarse de aquellos que han sufrido persecución o muerte por defender o celebrar la eucaristía, poniendo de este manera en valor la realidad de que «si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría».

En cuanto a la dimensión que expresa el lavatorio de los píes el celebrante exhortó a vivir «como servidores de los demás a ejemplo de nuestro hermano y Señor Jesús. No en vano hoy es el día del amor fraterno».  “Toda la vida de Jesús es un acto de total entrega de sí por amor; por ello, a Él le gustaba estar con los discípulos y con las personas que tenía ocasión de conocer. Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida».

Antonio Pérez finalizó su homilía pidiendo a Jesús, «a quien recibimos en la Eucaristía, que nos ayude a ser como Él pan partido y repartido para la vida, para la cercanía, para la edificación de la civilización del amor.

En esta ocasión el lavatorio de los pies tuvo una especial participación de los más jóvenes, subrayando así que ellos son el presente de la Iglesia y de la sociedad y la esperanza de la comunidad cristiana

Al finalizarla Misa, el Santísimo Sacramento fue trasladado hasta el Monumento para proceder, a continuación a desvestir el altar de manteles.

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El Arzobispo dispensa del precepto de ayuno y abstinencia el Viernes Santo

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El Arzobispo dispensa del precepto de ayuno y abstinencia el Viernes Santo

Un año más, el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, ha promulgado un decreto en el que dispensa el precepto del ayuno y la abstinencia del Viernes Santo.

Esta medida se aprueba “siendo consciente de la dificultad que el modo de celebrar la Semana Santa en nuestra tierra implica para muchos fieles y teniendo en cuenta las circunstancias que concurren, la práctica de años pasados y la de otras Diócesis de nuestro entorno”.

No obstante, monseñor Saiz ha pedido a los fieles “a que mantengan, si les es posible sin grave incomodidad, el ayuno y la abstinencia tradicionales de esta fecha y, si no les fuera posible, que realicen alguna obra de caridad con los pobres o cualquier otra obra de misericordia”.

Asimismo, en el decreto insiste en que “a lo largo de los siglos, la Iglesia ha conservado el precepto del ayuno y la abstinencia el Viernes Santo en recuerdo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y como penitencia por nuestros pecados, que nos ayuda a una auténtica conversión del corazón”, por lo que acercándose este día, “hemos de vivir unidos a toda la Iglesia contemplado con verdadero espíritu de penitencia y oración el inmenso amor del Hijo de Dios que murió por nosotros”.

 

 

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El servicio como modo de vida de la Iglesia: el Obispo lava los pies en la celebración de la Cena del Señor

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Este Jueves Santo, día en el que se rememora la institución de la Eucaristía y en el que se celebra el día del amor fraterno, han sido muchos los jiennenses que se han acercado hasta el primer templo diocesano para celebrar, junto al Prelado del Santo Reino, la Cena del Señor. Es el primero de los cuatro días en los que el Obispo presidirá las celebraciones en la Catedral en las que rememorará, junto al pueblo fiel, el misterio de la redención, que empieza con la pasión y concluye con la resurrección.

El Obispo de Jaén, Monseñor Chico Martínez, que por la mañana presidía en la Prisión Provincial el lavatorio de los pies, participaba, por la tarde, en la Cena del Señor en la Catedral jiennense.

Una celebración que daba comienzo a las 7 de la tarde con la llegada hasta la Puerta del Perdón del Prelado. Los seminaristas, que participan como comunidad en el Triduo Pascual, ofrecían para besar el Lignum Crucis al Prelado jiennense antes de adentrarse en el Templo.

Las lecturas han estado participadas por miembros de la Cofradía de la Buena Muerte. El Evangelio ha sido proclamado por el diácono Samuel Valero.

El acompañamiento musical corrió a cargo del coro de la Catedral que dirige el canónigo y organero, D. Alfonso Medina Crespo.

En la homilía

El Prelado jiennense ha comenzado su predicación explicando las lecturas proclamadas y deteniéndose en el momento de la Última Cena, como anticipo de la Pasión: “Hoy entramos en la noche más sagrada, en la intimidad de un cenáculo donde el Señor nos dejó el testamento más precioso: su presencia viva en la Eucaristía, el ministerio del sacerdocio, el mandamiento nuevo del amor, manifestado en el ejemplo del servicio. Es la noche de la memoria sagrada, de la Cena deseada, la noche en que el Amor fue entregado, partido, compartido, arrodillado ante la humanidad. Lo decía Jesús con claridad: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros” (Lc 22,15). En este sentido ha abundado en la idea del gran don de la Eucaristía: En esa noche, Jesús se convierte en Hostia viva, tomando el pan con sus manos santas, pronunciando las palabras que han cambiado el curso de la historia: “Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros”. La primera exposición del Santísimo se hizo en las manos mismas del Señor, y fue seguida del reparto del Pan Vivo a cada uno de los suyos”. Para afirmar, a continuación: “En esa entrega, se unen la Eucaristía y el sacerdocio, inseparables. Porque el pan eucarístico necesita manos consagradas que lo partan y lo repartan, y el corazón sacerdotal necesita alimentarse del Pan que da la vida. Por eso hoy damos gracias, también, por el don del ministerio ordenado, sin el cual no tendríamos Eucaristía. Pedimos, de manera especial en esta celebración, que el Señor nos envíe abundantes vocaciones para este ministerio”.

Del mismo modo, ha querido enfatizar el sentido de la comunión para los que son miembros de la Iglesia y partícipes en la vida en comunidad. Así, ha expresado: La Iglesia tiene un nombre muy concreto. Es comunión. Quien no viva la comunión no vive en la Iglesia, no es Iglesia. Y la comunión se tiene que manifestar en la vida, la comunión se tiene que hacer objetiva. Y cuando no se hace objetiva no estamos siendo Iglesia ni parte del sacratísimo cuerpo de Cristo. Estamos siendo otra cosa, pero no Iglesia. Tenemos que ser comunión con Dios, que se nos da como alimento. Comunón con los hermanos, porque comemos de mismo pan; comunión con los pobres, porque el que no parte el pan con los necesitados no ha entendido la Última Cena”.

Después, ha subrayado el gesto que a continuación iba a llevar a cabo con el lavatorio de los pies: “Hermanos, la Iglesia se construye lavando los pies del mundo: en los hospitales y en los hogares, en las parroquias y en los márgenes, en Cáritas, en los voluntarios que acogen, que enseñan, que acompañan, que sanan… El amor hace la Iglesia, y el amor verdadero siempre acaba de rodillas”.

 Para finalizar su homilía y antes del lavatorio de los pies, Don Sebastián animó a los fieles a ser hombres y mujeres con María como modelo de vida: “María, la mujer que supo vivir en adoración, en gratitud y en entrega. Ella nos enseña el camino del amor silencioso, de la fe sin fisuras, del corazón que se hace ofrenda. Con Ella, adoramos a Cristo, con Cristo y en Cristo, que esta noche se hace Pan para la vida del mundo”.

Lavatorio de los pies

El servicio como modo de entender la Iglesia. Imitando el amor, el servicio y la entrega del Señor con sus discípulos, antes de la última cena, el Obispo ha rememora el primer lavatorio de los pies de Jesús a sus discípulos. Para ello, Don Sebastián, despojado de sus atributos de obispo: la mitra, el pectoral, la casulla y el anillo, se ha ceñido una toalla a la cintura y con una jofaina ha lavado, besado y secado los pies de un grupo de doce personas. Entre ellos, un sacerdote; un seminarista; una familia; un fiel del rito siro malabar y un grupo de las personas que residen en el Hogar Santa Clara De Cáritas.

Monumento

Al concluir la Eucaristía, se realizó la reserva del Santísimo. Ya no habrá consagración hasta la solemne Vigilia Pascual. Los seminaristas abrían la procesión con la cruz y los ciriales. A continuación, los concelebrantes, con velas que abrían paso al Cordero Eucarístico. El Obispo, con la reserva eucarística, bajo palio cerraba el cortejo. Desde el Altar Mayor del templo Catedral, se dirigieron, acompañados por un numeroso grupo de fieles, hasta la iglesia del Sagrario, allí estaba instalado el Monumento. Tras proceder a la reserva del Santísimo, el Obispo se arrodilló ante Él, y se hicieron unos minutos de silencio y adoración, que concluyeron con el cántico Tantum Ergo.

De nuevo, en procesión, el Pastor del Santo Reino, junto con el resto de los canónigos, seminaristas y concelebrantes regresaron a la Catedral, concluyendo así la Cena del Señor del Jueves Santo.

El Sagrario permanecerá abierto hasta las 12 de la noche para que sea lugar de oración y acompañamiento al Señor que se entrega por la humanidad.

Este Viernes Santo, en el que se celebrará el oficio de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, dará comienzo a las cinco de la tarde en la Catedral. Al concluir, tendrá lugar la secular costumbre de la bendición con el Santo Rostro desde los balcones de la Catedral a toda la ciudad, sus gentes y sus campos.

Galería fotográfica: «Misa de la Cena del Señor 2025»

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“Cristo, el verdadero Cordero pascual, nos ha liberado de la esclavitud del pecado”, recuerda Mons. Santiago Gómez en la Misa de la Cena del Señor

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“Cristo, el verdadero Cordero pascual, nos ha liberado de la esclavitud del pecado”, recuerda Mons. Santiago Gómez en la Misa de la Cena del Señor

La tarde del jueves 17 de abril, la Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Merced acogió la solemne celebración de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, dando así inicio al Triduo Pascual.

La liturgia, que comenzó a las 17:00 horas, reunió a numerosos fieles que se congregaron para conmemorar la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. Durante la proclamación de la Palabra, se leyeron dos pasajes especialmente significativos: la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (11, 17-26.33), en la que se recuerda el mandato del Señor sobre la celebración de su Cena; y el evangelio según San Juan (13, 1-20), que narra el gesto del lavatorio de los pies, donde Jesús, sabiendo que había llegado su hora, manifiesta con claridad el sentido de su entrega y el mandamiento del amor-servicio.

En su homilía, Mons. Gómez Sierra destacó que, con esta santa Misa, se daba comienzo al Triduo Pascual, concluyendo así el tiempo de Cuaresma. A continuación, pronunció íntegramente la siguiente reflexión:

HOMILÍA DEL OBISPO DE HUELVA, MONS. SANTIAGO GÓMEZ SIERRA

El Cordero pascual

Con esta santa Misa comenzamos el santo Triduo Pascual. La Cuaresma ha terminado con el rezo de la hora nona. Esta tarde pertenece al Triduo Pascual (viernes-pasión y muerte, sábado-sepultura y domingo-resurrección). Es la Misa de vísperas del primer día.

Conmemoramos aquella última cena en la que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, nos amó hasta el extremo, se ofreció al Padre y se entregó a los Apóstoles bajo las especies del pan y vino (Eucaristía), y les ordenó a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio que lo ofrecieran (Orden sacerdotal). Por eso uno de los nombres del Sacramento de la Eucaristía es Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20) porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión (CEC 1329).

La primera lectura del Triduo Pascual: libro del Éxodo: la Pascua hebrea. Detalla cuándo y cómo se celebraba.

Particularmente, se detiene en detalles del cordero pascual. Me gustaría fijarme por unos momentos en este tema: el cordero pascual.

Cuando decidió Dios liberar a su pueblo esclavo en Egipto, ordenó a los hebreos inmolar por familia un cordero “sin defecto, macho, de un año” (Ex 12, 5), comerlo al anochecer y marcar con su sangre el dintel de su puerta. Gracias a este “signo”, el ángel exterminador pasaría de largo cuando viniera a herir de muerte a los primogénitos de los egipcios.

Gracias a la sangre del cordero pascual fueron los hebreos rescatados de la esclavitud de Egipto y pudieron en consecuencia venir a ser una “nación consagrada”, “reino de sacerdotes” (Éx 19, 6), ligados con Dios por una alianza y regidos por la ley de Moisés.

La historia, que leemos en el Éxodo, como toda la historia de la salvación previa a la Encarnación, que repasamos en el Antiguo Testamento, revela su significado pleno y claro sólo después de su cumplimiento final en Jesucristo. San Agustín decía que el Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo, y que el Antiguo está revelado en el Nuevo.

Así, la tradición, que ve en Cristo al verdadero cordero pascual, se remonta a los orígenes mismo del cristianismo. San Juan Bautista lo señala como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29) (cf CEC 523), aludiendo al cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (cf CEC 608).

También se describe a Cristo y su misión redentora, ampliamente, en la catequesis bautismal de la 1ª carta de Pedro: Jesús es el cordero sin tacha, es decir, sin pecado, que rescata a los hombres al precio de su sangre (1Pe 1, 18-19). Así los ha liberado del mundo entregado a la perversión moral “para vivir el resto de su vida no según las pasiones humanas, sino según la voluntad de Dios. Pues ya es bastante el tiempo transcurrido llevando una vida de gentiles…” (1Pe 1,4.18; 4,2s), de manera que en adelante puedan ya evitar el pecado (1Pe 1,15s) y formar el nuevo “reino de sacerdotes”, la verdadera “nación consagrada” (1Pe 2, 9), ofreciendo a Dios el culto espiritual de una vida irreprochable (1Pe 2,5). Han abandonado las tinieblas de la incredulidad pasando a la luz del reino de Dios (1Pe 2,9).

Este es nuestro éxodo espiritual. Cristo, el Cordero de Dios, nos ha liberado de la esclavitud del pecado, para poder vivir como hijos y hermanos.

Esto es lo que estamos celebrando. San Pablo dice: “Haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía” (1 Cor 11, 25). En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los hechos del pasado, sino que en la celebración litúrgica estos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales, a fin de que los creyentes conformen su vida a estos acontecimientos (CEC 1363). “Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que “Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado” (1 Co 5, 7), se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3).

Entremos en el santo Triduo Pascual con un corazón lleno de gratitud, estamos implicados en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Él ha sufrido hasta la muerte para que la muerte no tenga la última palabra sobre nuestra existencia, este es el gran don del amor de Dios. Además, nos ha enseñado el camino de la vida: “os he dado ejemplo, para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13, 15). Así, asistamos ahora al lavatorio de los pies, que rememoramos en esta celebración; y viendo a Jesús a tus pies, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ¿qué le dices? Pensémoslo.

Tras la homilía, el obispo llevó a cabo el gesto del lavatorio de los pies a varios fieles, siguiendo el mandato del Señor y recordando el ejemplo de humildad y servicio que Cristo dejó a sus discípulos.

La celebración concluyó con la reserva del Santísimo Sacramento, invitando a los fieles a la adoración y al recogimiento en este día en que se recuerda la entrega total de Jesús por la humanidad.

Con esta celebración, la comunidad diocesana se adentra en los misterios centrales de la fe cristiana, viviendo con intensidad los días santos que culminarán con la Pascua de Resurrección.

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Mons. Saiz: «La Eucaristía es fuente y culminación de toda la vida cristiana»

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Mons. Saiz: «La Eucaristía es fuente y culminación de toda la vida cristiana»

“El camino de la Semana Santa nos lleva hasta el Cenáculo, donde el Señor celebra la Pascua con sus discípulos. Contemplamos la institución de la Eucaristía, el mandamiento del amor fraterno, la institución del sacerdocio ministerial y su ejemplo de servicio a los hermanos”. De esta forma, el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, adelanta el significado de la primera de las celebraciones del triduo sacro, la tarde del Jueves Santo.

La celebración presidida por el arzobispo se ha celebrado en el trascoro de la Catedral de Sevilla, y ha sido concelebrada, entre otros, por el nuncio apostólico en España, monseñor Bernardito Auza, monseñor Francisco Javier Lozano, el deán del Cabildo, Francisco José Ortiz; el párroco del Sagrario, Manuel Cotrino; y el rector del Seminario, Andrés Ybarra. Por parte del Ayuntamiento, el alcalde, José Luis Sanz, y el concejal de Fiestas Mayores, Manuel Alés, han encabezado la representación municipal.

Esta cita marca además el final de la Cuaresma, con una liturgia salpicada de momentos y ritos muy significativos. El lavatorio de los pies se convierte, según ha destacado el arzobispo en su homilía, en «un acto profético cargado de simbolismo que en la muerte en cruz y en la resurrección encuentra su clave de lectura y su explicitación máxima, más aún, su cumplimiento. La entrega de Cristo hasta el extremo es el único paradigma, la única referencia válida para sus discípulos”.

El Jueves Santo es el día del amor fraterno y de la institución de la Eucaristía. Es, además, una jornada muy especial para los miles de voluntarios y profesionales de Cáritas, que entregan su tiempo a los demás, con una actitud de servicio que no pone condiciones. En su alocución, el arzobispo ha recordado que “la Iglesia celebra y vive el encuentro entre el Resucitado y los hombres con algunos acontecimientos, en los que la gracia llega al corazón de la persona y la historia por medio de palabras y gestos realizados según dispuso el Señor”.

Esta celebración ha quedado enmarcada en el Año Jubilar, «un año que debe convertirse en ocasión para avanzar por los caminos de la conversión, para intensificar la vida de fe, la formación y la caridad de todos los miembros de la Iglesia”. A continuación, monseñor Saiz ha destacado que “la Iglesia celebra y vive el encuentro entre el Resucitado y los hombres con algunos acontecimientos, en los que la gracia llega al corazón de la persona y la historia por medio de palabras y gestos realizados según dispuso el Señor”.

Ha subrayado también la importancia de los sacramentos en la vida de fe del cristiano: “La celebración de cada sacramento es un momento de gracia, un evento de salvación, una experiencia del amor de Dios, un encuentro con Dios y con los hermanos. Los siete sacramentos acompañan a la vida humana desde el inicio hasta el traspaso. En este camino, la Eucaristía -ha añadido- es fuente y culminación de toda la vida cristiana y de toda la vida de la Iglesia”.

Finalmente, ha elevado una petición al Señor para que «nos ayude a descubrir el significado y belleza de la penitencia sacramental, como una íntima exigencia de la presencia eucarística y de la vida cristiana. De esta forma dejaremos que el Señor nos cambie el corazón y la vida, y podremos experimentar su amor misericordioso que nos empuja a levantarnos a pesar de las caídas que puedan producirse a lo largo del camino”.

Tras la homilía se ha procedido al lavatorio de pies. Monseñor Saiz Meneses ha repetido este gesto, lavando los pies a un grupo de alumnos del Seminario Metropolitano de Sevilla.

Los oficios de mañana, Viernes Santo, comenzarán igualmente a las cinco de la tarde.

Vídeo del acto (canal de la Catedral en Youtube) disponible en este enlace.

 

 

 

 

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La misericordia se derrama sobre los pies de los presos este Jueves Santo

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En este día del amor fraterno, y como es ya tradición, el Obispo de Jaén, Don Sebastián Chico Martínez, acudió hasta la Prisión Provincial a primera hora de la mañana, para celebrar, con algunos internos, la Cena del Señor.

Fue recibido por el director de la Prisión, D. Juan Mesa García, por algunos funcionarios y por miembros de la Pastoral Penitenciaria, entre ellos el Delegado, D. Domingo Pérez y uno de los capellanes, el salesiano D. José González. También se han unido a la celebración algunos seminaristas, el diácono permanente, D. Francisco Esteban Hernández, funcionario de prisiones jubilado, y el secretario particular del Prelado jiennense.

Es una de las citas anuales que el Obispo mantiene con los privados de libertad, junto con su visita en Nochebuena y las confirmaciones.

Al llegar hasta la pequeña capilla, los internos los esperaban para esta celebración Eucarística que los acerca a la Última Cena del Señor con sus apóstoles y con la que comienza la Pasión y Muerte del Señor.

Preciosamente preparada por los miembros de la pastoral y la participación de los internos en las lecturas, la música ha ido guiando toda la celebración, haciéndola de este modo, muy participativa. El Evangelio lo ha proclamado el diácono permanente.

Homilía

En un tono cálido, como de caricia para el alma, el Obispo, en su homilía, ha hablado de perdón, de esperanza y de servicio. Ha recordado el gesto de Jesús, hace con cada uno de sus discípulos, lavándoles los pies, antes de la Última Cena. En este sentido, recordó que Jesús lava a todos los discípulos, incluso a aquellos que sabía lo iban a entregar o lo iban a negar, o a abandonar en su camino de cruz. De este modo, ha querido subrayar el poder misericordioso de Dios a través de su Hijo Jesucristo, que perdona siempre a quien se siente arrepentido y entrega amor a los que incluso lo van a traicionar.

El Obispo ha animado a los presos a llenarse estos días de Semana Santa del amor de Dios que los conduce a la esperanza. Asimismo, le ha recordado que no están solos, que, a pesar de sus errores, su familias, sus amigos y la otra familia que es la que forman los voluntarios de la Pastoral Penitenciaria de Jaén están a su lado, llevándolos de la mano en este periodo en el que están privados de libertad. Del mismo modo, ha querido tener presentes a sus familias y a sus seres queridos en la celebración eucarística.

Monseñor Chico Martínez ha aprovechado sus palabras para hacerles partícipes del momento tan hermoso que pudo compartir en la tarde del Miércoles Santo con la Cofradía del Perdón, al ser indultado un preso, que se unía junto a él al cortejo procesional a su paso por la Comandancia de la Guardia Civil. “Para vuestro compañero ha comenzado una nueva vida, y lo hace, de la mano de Jesús que perdona siempre, solo necesita nuestro arrepentimiento de corazón”.

Uno de los momentos más sublimes tuvo lugar después de la homilía, cuando, despojándose de sus atributos episcopales, ciñéndose una toalla en la cintura y postrado de rodillas, Don Sebastián ha lavado y besado los pies de algunos internos. La emoción contenida de la asamblea se desbordaba en forma de lágrimas en los internos que era limpiados por esa agua del perdón.

Sin duda, es este un momento profundo recogimiento en esta antesala del Triduo Pascual que culminará con la celebración de la resurrección del Señor.

Al finalizar la Eucaristía, Don Sebastián ha querido felicitar a los sacerdotes que lo acompañaban en el día de la institución de la Eucaristía. Don Sebastián se ha despedido de los internos, y les ha deseado una feliz Pascua de Resurrección, anunciándoles que estará en junio con ellos para celebrar el sacramento de la Confirmación así como en el Jubileo extraordinario que se celebrará en la Prisión Provincial en torno a la fiesta de Nuestra Señora de La Merced, patrona de Instituciones Penitenciarias. También ha aprovechado para decirles que, en el gesto del lavatorio, ha visto en cada uno de ellos a Jesús mismo.

Esta tarde, el Prelado jiennense celebrará la Cena del Señor a las 19 horas en la Catedral, como conclusión de la Cuaresma e inicio del Triduo Pascual en el que la Iglesia universal rememora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.

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Mensaje del arzobispo de Sevilla para el Jueves Santo

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Mensaje del arzobispo de Sevilla para el Jueves Santo

Mensaje del arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, para el Jueves Santo de 2025.

 

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Jueves Santo y caridad

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Jueves Santo y caridad

Cuando era niño, siempre me llamaron la atención las mesas petitorias de Cáritas. El Jueves Santo había por toda la ciudad gente con huchas, pegatinas y pines con el logo de Cáritas que colocábamos en el ojal de la solapa de nuestras chaquetas estrenadas el Domingo de Ramos. ¡Cómo deseaba llevar la hucha y regalar pegatinas y pines! Ya, adulto, me incorporé al equipo de Cáritas de mi parroquia. Las costumbres y gestos han cambiado pero cada Jueves Santo, Día del Amor Fraterno, se renueva en mí el deseo de compartir con los hermanos el amor incondicional de Jesús sacramentado.

En la celebración litúrgica del Jueves Santo destacamos el Cenáculo, institución de la Eucaristía, y el lavatorio de pies.

La Eucaristía sostiene y transforma toda la vida del seguidor de Jesús. Es la expresión máxima del amor de Dios, viático para nuestro diario caminar en la convivencia familiar, en el trabajo, en nuestra comunidad parroquial, en nuestras fiestas y celebraciones… Y estamos alegres porque Él es la esperanza que no defrauda y nos constituye en esperanza para los otros, especialmente los más pobres, sus preferidos.

Nos decía Benedicto XVI que “la mística del sacramento tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor, con todos los demás que comulgan… La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega” (DCE, 14).

Este año del Jubileo de la Esperanza instituido por el papa Francisco, cobra especial significado dicho carácter social, que se concreta en la acción  personal y comunitaria a través de Cáritas, expresión organizada de la caridad en la vida de la Iglesia. Ninguna comunidad sin Cáritas, ninguna Cáritas sin comunidad, donde se pone en el centro a la persona y su dignidad emanada de ser hijos de un mismo Padre y, por tanto, hermanos en Cristo, sin distinción de ningún tipo. Si hacemos alguna distinción es la que nos muestra Jesús y su evangelio, buena noticia para los pobres, para los marginados, para los invisibles, para los aparcados en las cunetas de la carretera del consumismo, del éxito y del poder. Transitemos por las periferias como peregrinos de la esperanza, portadores de la Buena Noticia.

En nuestra Iglesia de Sevilla hemos de significar las numerosas  iniciativas y obras  de carácter caritativo y social: las diputaciones de caridad de nuestras hermandades, institutos de vida consagrada, movimientos laicales, etc., que ponen en valor el amor, la solidaridad y la justicia social.

Y ¡Jesús lavó los pies a sus discípulos!  ¿Cómo puede ser este el mesías? Pedro no lo entiende, solo cuando Jesús le dice que si no accede, no tendrá parte con él, entonces es cuando no puede soportar sentirse separado de quien es la suprema bondad, el supremo amor. “Si, pues, Yo, el Señor y Maestro lavé vuestros pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Porque ejemplo os di para que, así como Yo hice con vosotros, también vosotros hagáis “. (Juan 13, 14-15). Amar es servir. No hay amor si no se aprende a conjugar el verbo servir.

No se nos puede olvidar que participar en la Eucaristía pasa necesariamente por lavar los pies a los demás. “Una Eucaristía que no comporte un ejercicio concreto del amor es fragmentaria en sí misma” (DCE, 14). El amor y servicio a los pobres es el indicador de la autenticidad de nuestras eucaristías.

Actualicemos en este Jueves Santo del año jubilar el mandamiento de amar a Dios y al prójimo como a uno mismo.

Nicolás Martínez Conde

Cáritas Parroquial de San José y Santa María

 

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