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Apuntes de Vida Espiritual | La vida al ritmo del Espíritu del Resucitado (Por monseñor León)

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Apuntes de Vida Espiritual | La vida al ritmo del Espíritu del Resucitado (Por monseñor León)

Cuando el Fuego del Espíritu arde de verdad en el corazón, nada queda igual. No es una emoción pasajera ni un entusiasmo que se apaga con el tiempo. Es Vida nueva. Es la Pascua sucediendo por dentro. El corazón empieza a latir distinto, como si hubiera encontrado por fin su ritmo verdadero: el latido del Resucitado. Y entonces todo cambia sin hacer ruido, porque el Espíritu no invade, inhabita; no empuja, atrae. En ese dejarle espacio brota una oración que la Iglesia ha repetido durante siglos y que, en Pascua, adquiere un peso especial: que Cristo lo sea todo en mí, que mi alma se llene de Él, que mi vida le pertenezca, que no sea yo quien aparezca, sino Él.

La Iglesia ha contemplado este misterio en la vida de los santos. Pensemos en el beato José Torres Padilla, cuya fiesta litúrgica celebramos el 23 de abril. Cuando vio que la muerte se le acercaba se llenó de gozo espiritual, porque deseaba profundamente encontrarse con el Señor. Su vida estaba llena del Espíritu del Resucitado. Fue una realidad que, desde la oración, transformó su vida. Desde entonces, todo en él hablaba de Dios. Quienes se encontraban con él, ricos y pobres, sin saber explicar por qué, salían tocados por esa Presencia. Ese mismo fuego, aunque de modos distintos, es el que el Señor quiere encender en nosotros.

Porque la oración, cuando es verdadera, no se queda dentro. Empieza a transparentarse. El fuego interior busca salida y alcanza incluso lo más visible. La mirada cambia, se vuelve más limpia, más verdadera, más capaz de sostener. El rostro se suaviza, se ilumina de una manera que no depende de las circunstancias. Es la presencia de Cristo pasando por la vida concreta de alguien. Y entonces comienza a cumplirse, casi sin proponérselo, esa súplica tan sencilla del filipense san John Henry Newman: “Quédate en mi corazón con una unión tan íntima, que quienes tengan contacto conmigo puedan sentir en mí tu presencia, y que al mirarme olviden que yo existo, y no piensen sino en ti. Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros […]. Déjame predicar tu nombre con palabras o sin ellas”.

Vivir al ritmo del Espíritu del Resucitado es permitir que Él tome el pulso de nuestra vida, que marque el compás, que reordene incluso lo que no entendemos. Y en ese ritmo todo encuentra su lugar. Las heridas ya no pesan igual, la cruz se hace más ligera, las alegrías dejan de ser superficiales. Todo se vuelve más hondo, más verdadero, más eterno, como si dentro de uno se hubiera abierto un espacio donde Dios habita de verdad. Y cuando Dios habita, se nota, aunque sea en lo pequeño: en una palabra a tiempo, en un silencio que acompaña, en una presencia que sostiene sin invadir. Es una huella que queda, como esa fragancia que permanece cuando Él ha pasado.

Eso es Pascua. Vivir desde dentro de la Resurrección. No como una idea, sino como una experiencia real que transforma todo. Por eso la invitación que te hago es clara: no tengas miedo de arder, no tengas miedo de que Él tome tu corazón, tu historia, incluso tu rostro. No tengas miedo de desaparecer para que Él aparezca. Porque cuando el Espíritu prende de verdad, ya no hay vuelta atrás.

Y entonces, sin darte cuenta, sin forzarlo, sin explicarlo, tu vida empieza a irradiar a Cristo. Y tu rostro, aun con sus heridas y su historia, se vuelve lugar donde otros pueden descansar, donde otros pueden creer, donde otros pueden intuir que Dios está vivo. Y así, en lo más sencillo y en lo más escondido, todo en ti empieza a hablar de Él, y hay miradas que, al cruzarse con la tuya, sin saber por qué, se sienten en casa.

 

+ Teodoro León Muñoz

Obispo Auxiliar de Sevilla

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Parejas de Huelva renuevan su compromiso matrimonial en un encuentro marcado por la fe, el diálogo y el amor compartido

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Parejas de Huelva renuevan su compromiso matrimonial en un encuentro marcado por la fe, el diálogo y el amor compartido

Los Equipos de Nuestra Señora del sector de Huelva celebraron los días 11 y 12 de abril su tradicional Encuentro de Parejas y Matrimonios en el Santuario de la Cinta, un entorno lleno de serenidad que favoreció la reflexión, el diálogo y el compartir fraterno.

Fue un fin de semana dedicado a renovar la mirada sobre el amor y el compromiso en el matrimonio. Desde el inicio, se respiró un ambiente de cercanía y alegría, donde cada pareja tuvo la oportunidad de compartir sus experiencias, emociones y aprendizajes.

Uno de los temas centrales fue el proyecto de pareja, entendido como ese camino común que se construye día a día con diálogo, respeto y esperanza. Se profundizó también en el valor del sacramento del matrimonio, recordando que este vínculo va más allá de lo humano: es un reflejo del amor fiel y generoso de Dios.

Durante el encuentro se abordaron los cinco lenguajes del amor, un tema que despertó gran interés y participación. Muchos descubrieron nuevas maneras de expresar cariño y fortalecer la comunicación. La reflexión sobre la educación de los hijos también ocupó un espacio importante, destacando el papel fundamental de los padres en la transmisión de valores y en la formación afectiva de la familia.

En el encuentro se destacaron dos dinámicas especialmente significativas: una primera, centrada en la relación de pareja, donde se abordó cómo pueden surgir discrepancias y conflictos; y otra orientada a los valores, en la que cada miembro expresó públicamente un valor que admira en el otro. Este momento de sinceridad generó emoción y lágrimas, pero sobre todo renovó el sentido de unión y gratitud.

La Eucaristía de clausura, celebrada por el sacerdote Juan Manuel Arija, de los Equipos de Nuestra Señora, puso el broche espiritual al encuentro. En ella se subrayó la belleza del “tercer hilo”: Dios, presente en la relación conyugal, quien fortalece el amor y da sentido al caminar compartido. Al final, se realizó la entrega de certificados del curso prematrimonial, símbolo del proceso vivido con compromiso y apertura y que acredita la formación de la pareja en el sacramento.

Más allá de las palabras, lo que quedó fue una certeza común: el matrimonio no está llamado a vivirse en soledad, sino en comunidad, acompañándose de otras parejas y de la experiencia de fe que las une. El encuentro fue, en suma, una celebración del amor que busca crecer, comunicarse y permanecer.

Matrimonio Andrés Degrado y Mª Carmen Alillo

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Almería conmemora el 75 aniversario de la coronación canónica de la Virgen del Mar

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Las condiciones meteorológicas marcaron el desarrollo de los actos previstos para conmemorar el 75 aniversario de la coronación canónica de la Virgen del Mar, patrona de Almería. La lluvia obligó a trasladar la celebración de la Eucaristía desde la Plaza Vieja, donde estaba inicialmente programada, hasta el santuario de la Virgen del Mar.

La misa, prevista a las 10:00 horas, se celebró finalmente en el interior del templo y fue retransmitida por Canal Sur, permitiendo su seguimiento en toda Andalucía. Asimismo, quedó suspendida la procesión extraordinaria que estaba prevista como acto de despedida.

La celebración eucarística estuvo presidida por nuestro obispo, D. Antonio, quien en su homilía situó la conmemoración en el contexto del domingo de la Divina Misericordia y puso el acento en la dimensión comunitaria de la fe. El obispo recordó que la Iglesia nace de la experiencia del encuentro con Cristo resucitado en medio de la comunidad reunida, subrayando que este encuentro es esencial para creer. Asimismo, invitó a los fieles a vivir la fe desde la comunión eclesial, evitando planteamientos individuales y destacando el valor de la comunidad como lugar donde se reconoce la presencia viva del Señor.

La Eucaristía contó con la participación de la comunidad de dominicos, encargada del cuidado de la imagen de la patrona, junto a varios sacerdotes diocesanos, entre ellos el vicario general, D. Ignacio López. También asistieron autoridades civiles, entre ellas la alcaldesa de la ciudad, el presidente de la Diputación Provincial y representantes políticos en distintos ámbitos.

La conmemoración recuerda la coronación canónica de la Virgen del Mar, que tuvo lugar el 8 de abril de 1951. Los actos han estado precedidos por un triduo preparatorio, cuyo último día fue presidido por el obispo de Guadix, D. Francisco Orozco Mengíbar.

La jornada permitió celebrar este aniversario en el santuario, donde habitualmente recibe culto la patrona de todos los almerienses.

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Homilía en el 75º Aniversario Coronación Canónica de la Virgen del Mar

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Damos gracias a Dios porque estamos celebrando el 75 aniversario de la Coronación Canónica de nuestra Madre y Patrona: Nuestra Señora, la Virgen del Mar. Recordamos con amor y agradecimiento a los devotos y a las personas enfermas e impedidas que no pueden estar entre nosotros pero que, gracias a Canal Sur, y a sus técnicos, pueden participar ahora de esta celebración.

Hoy, domingo de la Divina Misericordia, pedimos a Nuestra Señora: vuelve esos tus ojos misericordiosos y muéstranos a Jesús.

El domingo pasado nos encontrábamos celebrando la Pascua. Como la celebramos hoy también a los ocho días. El domingo pasado celebrábamos que Jesús no está muerto, sino que vive. Era una noticia ciertamente insólita. Y hoy lo experimentamos presente entre nosotros, en medio de la comunidad.

Hoy podríamos decir que es la “Pascua de la comunidad”. Porque, así como el otro domingo se hacía hincapié en el Resucitado y en las personas individuales a las que se aparecía, a partir de hoy, Jesús y la comunidad, son los protagonistas. Jesús se manifiesta vivo cuando la comunidad está reunida y además parece que insiste en que estén todos. Lo hace el primer día de la semana judía, nuestro domingo. Y lo vuelve a repetir al domingo siguiente, a los ocho días, como dice el evangelio que acabamos de escuchar. Y así cada domingo, hasta la definitiva Ascensión al cielo.

Esta repetición, casi como una cadencia, como los latidos acompasados del corazón, es la que ha marcado que los cristianos también nos reunamos cada domingo: para encontrarnos también con él. Porque como vemos hoy, encontrarnos con Jesús resucitado es absolutamente necesario para poder creer en él.

Por eso, como el apóstol Tomás no está con el resto de los apóstoles cuando Jesús se presenta, Tomás no se lo puede creer. Él, –como nosotros– no está dispuesto a creer nada que él mismo no haya podido ver ni tocar. Es decir, que él mismo no haya podido experimentar. La experiencia que le comunican los demás apóstoles: hemos visto al Señor, no le vale y además le confunde. Y con razón se defiende de aquellos iluminados que le explican cosas extrañas. Por eso dice, si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mis dedos en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

Tomás está todavía impactado por la última imagen que guarda de Jesús, desgarrado en una cruz. Y está incapacitado para ver más allá del dolor, del sufrimiento, de la muerte. Ante la muerte muchas veces nosotros actuamos como él. A Tomás no le vale el testimonio de los apóstoles, él necesita su propia comprobación individual. Y Jesús no se niega, al contrario, se lo facilita. Sólo después de esta experiencia, de este paso de la confusión, es cuando viene la confesión: Señor mío y Dios mío.

Después de la Pascua nació la Iglesia. Nosotros somos los herederos de los apóstoles, de aquellos que tuvieron la experiencia de Jesús, somos la comunidad que hoy recibe la felicitación del Señor: dichosos los que crean sin haber visto. La felicitación que Jesús hoy nos hace es una llamada a profundizar en nuestra fe, a confiar totalmente en el testimonio de la Iglesia, para no caer en el peligro –tan difundido hoy en día– de hacer nuestra propia religión a la carta. Nosotros no vamos por libre, porque al final sólo importa lo que yo pienso, yo quiero o a mí me conviene. Nuestra fe no es individual, sino que nos ata a los demás, a todos los que creemos en un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo.

Por eso decimos que hoy es la Pascua de la Comunidad. Al igual que la salida de Egipto conformó al pueblo hebreo, la presencia de Jesús resucitado conforma a nuestra comunidad, a la Iglesia, que sale del miedo para ser totalmente libre en Cristo Resucitado.

Este encuentro de Jesús con sus apóstoles se produce en el Cenáculo, la misma sala de la Última Cena. El mismo lugar donde Jesús les había dicho que aquel pan era su Cuerpo y aquel vino era su Sangre. Profecía e institución de nuestra Eucaristía, que celebramos ahora. Para nosotros la Eucaristía es el encuentro con Jesús resucitado, que como comunidad creemos en él y lo confesamos vivo y presente entre nosotros.

Pero el Cenáculo también es el lugar de Pentecostés, allí donde, desde el principio, los discípulos se reunían en oración con María y las mujeres. Donde nació la Iglesia impulsada por el Espíritu Santo. María, madre y discípula, que cuida de los amigos de su Hijo, haciéndose sierva de todos ellos, generadora de nuestra fe, lo más valioso que tenemos. Lo hemos escuchado hoy en la carta de Pedro: la autenticidad de vuestra fe, -de más valor que todo el oro, que no deja de ser caduco-, será motivo de alabanza, de gloria y de honor.  No sé por qué Pedro sacó a cuento a los primeros cristianos el oro. Lo que está claro es que la fe unifica, el oro y el poder que genera dividen.

Querida comunidad, ya termino. Dios llega a nosotros de muchas maneras. Los corazones que aman, y que buscan, son los que descubren estos signos auténticos de Dios. Como María, el espejo donde nos miramos, seamos personas sencillas, laboriosas, aquellas que cada día -con pequeños gestos- buscamos la PAZ [tan necesaria en estos momentos, la del corazón, la de las naciones y la geopolítica], seamos personas anónimas, de estos de andar por la calle, los de la puerta de al lado, madres, padres, niños y jóvenes … las personas que, como María, saben descubrir y vivir aquello que es esencial para nuestras vidas, los deseos del Corazón de su Hijo.

Que María nos ayude a volver a la espiritualidad de la vida diaria, la espiritualidad de la comunidad diocesana, la espiritualidad de la parroquia, comunidad de comunidades. Espiritualidad de comunión, de ser y sentirnos Cuerpo de Cristo. Os invito, ante la Virgen del Mar como testigo, a reavivar la llama de nuestra fe.

+ Antonio, vuestro obispo

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Bautismo, Confirmación y Eucaristía para 51 catecúmenos en la Catedral

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El Obispo administra los sacramentos de iniciación cristiana en el II Domingo de Pascua “para que seáis testigos valientes en medio del mundo”

Cincuenta y un catecúmenos han recibido los sacramentos de iniciación cristiana en la Catedral de Córdoba en una celebración pascual llena de esplendor y alegría por la admisión de nuevos bautizados a los que el obispo de Córdoba ha convocado a “ser testigos valientes en medio del mundo”.

Tras la profesión de fe, los catecúmenos han recibido el bautismo de manos del Obispo, monseñor Jesús Fernández, acompañados de sus padrinos para incorporarse a la Iglesia a través de las aguas bautismales, ocho días después de la solemnidad de la Resurrección del Señor. En la liturgia de esta celebración, los catecúmenos han recibido “la blanca vestidura para alcanzar la vida eterna” tras la que se procede a la entrega de la luz al neófito por parte de los padrinos como signo de cada incorporación a los “hijos de la luz”. La liturgia pascual ha ofrecido una bella imagen de personas poblando el altar mayor de la Catedral durante el rito por el que han recibido al Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación.

Durante su homilía, el obispo de Córdoba ha llamado a reconocer que la “la fe compartida en comunidad alimenta el testimonio” y ha invitado a volver al cenáculo como hizo Tomás para asumir  la resurrección de Cristo, del mismo modo que hay que volver a la comunidad para celebrar los regalos de la resurrección: paz, perdón y Espíritu Santo.

En este sentido, el Obispo ha clamado por la paz en un mundo que “arde en guerras”  al tiempo que se blinda el derecho a negar la vida como hecho “increíble y sorprendente” de este momento de la historia. El regalo del perdón es para monseñor Jesús Fernández signo de la divina misericordia de Dios que es derramada a través de la Iglesia y el sacramento de penitencia. El tercer regalo pascual es el Espíritu Santo que con su siete dones alienta la misión y permite que los nuevos bautizados “sean testigos valientes en el mundo” para transformarlo y “se parezca más al reino de Dios”.

 

Fiesta y gozo en la Catedral

Las cifras desvelan que el número de catecúmenos va creciendo cada año. Este segundo Domingo de Pascua, 51 catecúmenos han recibido los sacramentos de iniciación cristiana en un día “de fiesta y gozo” para la Iglesia de Dios que peregrina en Córdoba, según el Delegado Diocesano de Catequesis, Adolfo Ariza.

Este medio centenar de personas proceden en algunos casos de otros credos y tradiciones religiosas y se han estado preparando durante más de un año en sus parroquias, bien acompañados por sus catequistas y párrocos. El rito de entrada en el catecumenado tuvo lugar el primer domingo de Cuaresma y concluye este domingo, segundo de Pascua.

Una de las catecúmenas, nació en España de padres de origen magrebí. Se formó en un colegio de ideario católico pero no estaba bautizada aunque reconoce que es “una semilla que siempre ha estado ahí” y que ha “germinado con la madurez”. Reconoce que el principal motivo que la ha llevado a dar este paso ha sido la Semana Santa, porque es un “sentimiento muy arraigado” que ella no sabe explicar pero sentía la necesidad de participar activamente en la hermandad de la Esperanza. Una vez que tuvo claro que quería recibir los tres sacramentos de la iniciación cristiana se personó en la parroquia de San Andrés para hablar con el párroco, Pablo Calvo del Pozo, de quien destaca su ayuda a lo largo del proceso “sin él hoy no sería catecúmena”, reconoce. Un agradecimiento que se extiende a sus catequistas y padrinos, Paco y Meli, acompañantes de catequesis semanales amenas y sólidas.

El encuentro de estos catecúmenos con el Señor se produce a través de su Iglesia en el testimonio de una comunidad cristiana, en el seno de una Hermandad o incluso en su propia familia, que los ha despertado a la fe, explica el delegado diocesano para quien resulta especialmente expresivo el deseo de pedir los sacramentos a través del novio o novia de algunos de ellos.

Las cifras demuestran que va incrementado el número de catecúmenos y Adolfo Ariza considera que este incremento va a ser “un fenómeno normal” a partir de ahora porque estamos en una época en la que la sociedad ha perdido las raíces cristianas pero “el Espíritu Santo sigue suscitando la conversión y el deseo de Dios”.

 

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Eucaristía de clausura de la visita pastoral del Obispo al arciprestazgo de Baena-Castro del Río

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Monseñor Jesús Fernández ha viajado desde enero a diez municipios en su primera visita pastoral para conocer de manera cercana y directa las parroquias de la comarca de Guadajoz Campiña Este

La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Castro del Río ha reunido a fieles de los diez municipios que conforman el arciprestazgo Baena-castro del Río para celebrar la misa de acción de gracias por meses de desarrollo de la primera visita pastoral de monseñor Jesús Fernández como obispo de Córdoba.

Un tiempo de “experiencia” para el Obispo y las comunidades cristianas que han celebrado la fe, las catequesis y el diálogo pastoral a través de colegios e institutos; con visitas a enfermos y residencias de ancianos o centros de personas discapacitadas donde monseñor Jesús Fernández ha recibido “un impacto muy importante por la forma de afrontar la dificultad”.  Momentos que quedarán para siempre “en mi memoria y en mi corazón” por los que los que dio gracias a Dios.

Monseñor Jesús Fernández compartió en Castro del Río una homilía basada en el Evangelio de San Juan que desvela el miedo y la desconfianza que la muerte de Jesús había provocado entre sus discípulos. Unas “puertas cerradas” que se abren a la presencia de Cristo vivo tras superar los límites del tiempo y del espacio cuando muere en la cruz. Una presencia espiritual capaz de “sobrepasar las puertas de los corazones” porque Cristo resucitado ya no tiene límites ni físicos ni temporales aunque tuvo que mostrar las llagas y hacer memoria ante ellos de “su entrega dolorosa por amor” para que pudieran creer, llenos de alegría.

La misericordia de Dios se quedó entre ellos, continuó el Obispo, para perdonarlos y pudieran perdonar, aunque en el día de la aparición, Santo Tomás no estaba entre ellos y no creyó a sus compañeros. Aquella reacción escéptica quedó anulada en la siguiente aparición de Jesús en el cenáculo, inaugurando así la costumbre de celebrar su resurrección cada domingo. Entonces el Señor se dirigió a Tomás para que pudiera comprobar sus llagas y pronunció “la mayor confesión de fe que se puede hacer: Señor mío y Dios mío”. Esta lectura del Evangelio sostiene, explicó el Obispo, una decisión “arriesgada, un gesto de confianza y abandonar ciertas seguridades” porque la fe en la resurrección de Jesús no fue fácil ni siquiera para los primeros discípulos.

El reconocimiento de Jesús resucitado tiene lugar cuando los discípulos están juntos, porque la fe se vive y comparte en comunidad, “de ahí la necesidad de volver al cenáculo y reunirnos cada domingo: esa vuelta fue la que salvó la fe de Tomás antes incrédulo y ahora creyente”. El Obispo enumeró los regalos de la fe que ofrece el Evangelio y citó la paz como vocación de comunión que tanto el mundo necesita; el perdón, fruto maduro de una nueva presencia regalado a todos a través del sacramento de la penitencia, y la Iglesia, abierta a la escucha de la enseñanza de los apóstoles que permite compartir los bienes materiales de cada comunidad.

En la conclusión de su homilía, el obispo animó a todos a seguir dando “testimonio orante”, para que como el Señor en momentos importantes de la vida, reflexionemos sobre nuestra fe y conozcamos si la valoramos como una carga pesada o como un regalo, “si la  vivimos en paz o estamos peleados con alguna persona o incluso con nosotros mismos”, dijo.

El obispo convocó a pensar si “aceptamos el regalo del perdón” y por nuestra pertenencia a la Iglesia reforzamos la comunión en la fracción del pan, porque “mi visita quería seguir animándoos a vivir la de fe como Iglesia” y otros al contemplarnos puedan decir “mirad como se aman y crean”.

 













 

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Sinodalidad: apostar, escuchar y caminar juntos

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La Iglesia de Málaga retoma la reflexión sinodal comenzada en 2021, junto a la Iglesia Universal, con una Jornada de Formación sobre Sinodalidad que tuvo lugar el 11 de abril en Casa Diocesana.

A las 9 de la mañana comenzaban a llegar los primeros feligreses de los puntos más alejados de la diócesis, «con el corazón cargado de ilusión por aprender más sobre este proceso de sinodalidad, de caminar juntos», expresaban.

Y es que, como expresaba Rafael Pérez Pallarés, representante sinodal en la fase diocesana, «El sínodo ha servido para romper inercias» y la muestra es la amplia participación: 621 feligreses de la diócesis, 365 de forma presencial y 247 online. De ellos, 474 eran laicos, 44 religiosas y religiosos, 7 diáconos y 90 sacerdotes.

La Jornada

Mons. Satué abría la Jornada con unas palabras de agradecimiento a todos los participantes y organizadores y, tras explicar la dinámica que se llevaría a cabo a lo largo de la mañana, afirmaba que «estos días he pedido a Dios que esta jornada de formación nos ayude a cultivar tres actitudes fundamentales. La primera es apostar decididamente por la sinodalidad y apostar de forma práctica. Eso supone caminar juntos, discernir juntos, decidir juntos, trabajar juntos, evaluar juntos y celebrar juntos la presencia y la acción de Dios en nuestra vida y a través de nuestra vida en el mundo«.

La segunda actitud que presentó fue la de escuchar, para lo que había pedido al dibujante alguna ilustración en la que se reflejara el «estar abiertos a la escucha del Espíritu en la oración personal, en nuestras reuniones de parroquia y en los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y de quienes sufren».

Y la última actitud, la de caminar sin esperar a tenerlo todo claro. «Avancemos confiados en la providencia y atentos a las señales de Dios que, indefectiblemente, nos irá mostrando», concluía D. José Antonio.

Tras las palabras del Obispo, Poe, Titina y Angelines, feligreses de parroquia, entonaron la canción “En el nombre del Señor” para introducir la oración “Adsumus” de invocación al Espíritu Santo en una asamblea sinodal.

Mons. Satué invitó a los presentes a rezar también un Padre Nuestro, en unión a la convocatoria por la paz en el mundo del papa León XIV. recordando de forma especial a los pueblos que más están sufriendo en medio de conflictos bélicos.

Sinodalidad y poder

Tras la oración inicial, el sacerdote Salvador Gil presentó al primer ponente de la mañana, el teólogo italiano Dario Vitali, profesor en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es una de las voces clave en el Sínodo sobre la Sinodalidad, en el que coordinó el grupo de expertos que acompañó el discernimiento eclesial.

Con naturalidad y profundidad, Dario desgranó los puntos fundamentales del Documento Final del Sínodo, invitando a los presentes a plantearse «¿Qué conciencia tiene Málaga de ser Iglesia Malacitana que camina junta?».

«La sinodalidad limita el poder», afirmaba en varias ocasiones con rotundidad, y añadía que «la toma de decisiones es del Espíritu, es una consecuencia de la presencia del Espíritu en la Iglesia».

«Hay que caminar juntos, todos junto al Obispo: Pueblo de Dios, presbiterio (no la suma de los presbíteros, sino el presbiterio) y Obispo. Si están claras estas relaciones hay Iglesia, si no hay poder y otras cosas, pero no Iglesia», continuaba afirmando.

Conversación en el Espíritu

El sacerdote José Emilio Cabra, profesor en los Centros Teológicos, fue el encargado de exponer en qué consiste la “Conversación en el Espíritu, un método que «no se trata de una novedad, sino que se inscribe en la larga tradición del discernimiento eclesial, que se ha expresado en una pluralidad de métodos y enfoques», explicaba Cabra.

«El proceso de dejarnos conducir por el Espíritu precisa que antes nos dejemos educar por él, básicamente se trata de un proceso de conversión, y requiere de unas disposiciones previas para sea verdadera búsqueda de la voluntad del Padre, animada por el Espíritu», añadía José Emilio.

Dichas disposiciones son: la libertad interior de querer lo que Dios quiere y estar abierto a lo que a él le parezca mejor; la abnegación o deseo de servir, de no ponerse uno mismo en el centro; cultivar la humildad en el sentido de no creernos en posesión de la verdad; la escucha de la Palabra de Dios como punto de partida y criterio de todo discernimiento eclesial; hablar y escuchar en pie de igualdad; la escucha activa y abierta a que lo que el otro diga pueda cambiar mis certezas; y prudencia, discreción y capacidad de identificar lo que es importante, con un poco de silencio.

También dio algunas recomendaciones concretas como realizarlo en grupos de unas ocho personas, con un moderador o animador; en el que quede clara la cuestión sobre la que se va a conversar. «Cada uno debe preparar su aportación, rezarla, sobre la cuestión que se debe discernir. En la conversación no improvisamos», advierte José Emilio.

El profesor presentó un esquema general de lo que sería una Conversación en el Espíritu dejando claro que, como tantos métodos, hay que adaptarlo a la situación concreta. La reunión comenzaría con una breve oración y una presentación de los participantes, si no se conocen. Se harán tres rondas de diálogo. En la primera, cada participante comparte el fruto de su oración y el resto escucha sin juzgar; en la segunda, cada participante comparte lo que más le ha impresionado de la primera ronda, sin añadir nada propio; y en la tercera, se trata de identificar los puntos clave que han surgido y construir un consenso sobre los frutos del trabajo común, en el que todos puedan sentirse representados. La reunión acaba con una breve acción de gracias.

Documento de Trabajo

La última ponencia de la mañana la impartió Ana Medina, profesora de los centros Teológicos, quien presentó el documento de trabajo para trabajarlo en las próximas semanas.

Lo pueden encontrar en diocesismalaga.es/sinodalidad y tiene dos partes diferenciadas. Una primera para el trabajo personal con una serie de recursos y pistas para profundizar en cada uno de los capítulos del Documento Final; y una segunda parte para el trabajo comunitario, con cuestiones a trabajar en grupo mediante el método de la conversación en el Espíritu, cuyo resultado será enviado a la organización, mediante el código QR que encontrarán en la parte final del documento, antes del 20 de mayo para preparar la Asamblea diocesana.

Un proceso que continúa

El domingo 18 de enero de 2026, en su “Carta desde a fe”, Mons. Satué animaba a todos los fieles a que «como Iglesia Diocesana», acogiéramos «con alegría y esperanza la tarea de conocer, difundir y aplicar el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad» y convocaba, «en una primera fase a todos los responsables de pastoral de la Diócesis, para estudiar el Documento Final, utilizando la guía de lectura que estará disponible en diocesismalaga.es/sinodalidad a partir del 26 de enero». En esa misma página estaría disponible el formulario para inscribirse en la Jornada de Formación celebrada el sábado 11 de abril. «En ella profundizaremos en los fundamentos teológicos de la sinodalidad y practicaremos el método de la Conversación en el Espíritu, una dinámica que ayuda a los grupos a escuchar a Dios y a tomar decisiones comunes mediante la escucha profunda, la oración y la atención a los movimientos interiores».

Tras la celebración de la Jornada, comienza la segunda fase, en la que se invita a «las parroquias y sus grupos, a las comunidades religiosas, a las asociaciones laicales y a las hermandades a continuar este trabajo, aplicando el método de la Conversación en el Espíritu para profundizar en el Documento Final. Este trabajo culminará con una Asamblea Diocesana que celebraremos, Dios mediante, el sábado 20 de junio», proseguía el obispo de Málaga en su carta.

 

Encarni Llamas

II Domingo de Pascua. Ciclo A. 12 de abril de 2026

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II Domingo de Pascua. Ciclo A. 12 de abril de 2026

 

Jesús busca a los suyos que lo abandonaron en la cruz, y así se pone de manifiesto una vez más su misericordia y perdón. 

La importancia de la comunidad para vivir la fe es fundamental como mensaje del texto del evangelista Juan. Necesitamos del testimonio de la comunidad cristiana para creer en el Resucitado y también de la experiencia personal, que se produce a través del encuentro individual de cada uno de nosotros con Cristo, que nos fortalece en la fe y en el seguimiento como discípulos.

El Resucitado rompe los miedos, las dudas y la parálisis de quienes se han quedado en el pasado, de quienes no dan crédito a los testimonios de aquellos que anuncian la resurrección y de quienes no aceptan el misterio porque sólo creen lo que a ellos les sucede, lo que es demostrable y evidente.

Cristo vive y es el que le da sentido a la comunidad eclesial, el que nos une, fortalece y llena de paz a través del Espíritu Santo que el Resucitado nos regala para que tengamos una nueva vida que ya nadie podrá destruir.

DESARROLLO

Muchos de los relatos del Nuevo Testamento que sostienen el misterio de la resurrección del Señor están basados en el testimonio de los discípulos que tuvieron un encuentro con el Resucitado. Y este relato del evangelista Juan es uno de ellos, estando construido en tres partes:

La primera parte subraya el miedo de los discípulos que se encontraban escondidos y encerrados, todavía en la noche que simboliza la ausencia de la luz de la fe. Luz que prende el Resucitado en cada uno de los suyos cuando se produce el reencuentro con el que ha vuelto como la Luz del mundo. Ese miedo que hace a la primera comunidad cristiana estar en actitud de bloqueo y de pasividad cambia, con la comunicación del Espíritu, en actitud de valentía misionera. La comunidad eclesial, y así se subraya, se constituye y existe cuando Cristo, crucificado y resucitado, es el centro de la misma.

La segunda parte subraya la falta de fe y el alejamiento de la comunidad. Aquí tenemos como ejemplo a Tomás, que estaba ausente cuando Cristo se hizo presente en medio de la comunidad. Tomás es un incrédulo que no confía en el testimonio de la comunidad ni percibe los cambios que en ella ha provocado el Resucitado. Tomás no cree porque necesita pruebas y evidencias de la resurrección, y porque sigue en el pasado y se ha quedado en la muerte como el final de la vida. No se integra en la comunidad, sin embargo, Jesús no lo abandona porque ama a los suyos, y por eso le concede, a través de la comunidad, ese signo que necesita y que verifica su resurrección. Este gesto de Jesús provoca en Tomás una confesión de fe que es expresada como resumen de la fe de la comunidad de los primeros cristianos que han alcanzado la experiencia de la resurrección: “¡Señor mío y Dios mío!”.

La tercera parte subraya las muchas señales realizadas por Jesús y que son la esencia del Evangelio para que creamos y tengamos vida, llegando a la conclusión transmitida de generación en generación de que el crucificado y resucitado es el Mesías y el Hijo de Dios.

Sin la fe en Jesús nos quedamos anclados en el pasado y esclavizados por el miedo que acobarda. Y así no podemos dar testimonio del Jesús vivo y presente en medio de nosotros, ni sentir en nuestras vidas una paz nueva que es la prueba primera de que Cristo ha resucitado, pues la paz es el fruto de la liberación del miedo y de la angustia, para hacernos, con el aliento del Espíritu Santo, que es dador de vida, fuertes y decididos, es decir, verdaderos hombres de fe y verdaderos discípulos del Resucitado. 

Emilio José Fernández, sacerdote

https://elpozodedios.blogspot.com/2023/04/

 

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