El hambre no es la falta de pan; es la presencia imperdonable del olvido. Comer —gesto cotidiano y humilde— es la primera declaración de amor que la tierra dirige al hombre y que el hombre reitera sobre la mesa. Sin embargo, al posar los ojos sobre la hodierna realidad, nos sale al paso una hendidura amarga, un desajuste sutil entre la boca que espera y la espiga que tarda. Por eso, el lema de esta nueva edición de la Jornada Mundial de la Alimentación no es solo un enunciado. Lejos de ahí, suena, interpela, despierta: Innovar hoy para nutrir mañana. Cinco palabras que son, simultáneamente, diagnóstico y promesa, brújula y mandato.
I. La sencillez del pan
Un mantel blanco. Un plato de loza. Una cuchara de madera tallada por el tiempo. En la pequeñez de las cosas sencillas habita la verdadera dimensión de la existencia humana. La nutrición no es una suma algebraica de calorías, sino la urdimbre secreta sobre la que se levanta la dignidad del individuo. Un hombre desnutrido es un poema a medio escribir, un pensamiento interrumpido, un mañana al que se le ha confiscado el verbo. Por eso, para hablar de nutrición, hay que convocar a la ingeniosidad de la creatividad humana. ¿Qué es el hambre sino una suma de restas? Un déficit de justicia disfrazado de escasez; una cosecha de ausencias donde la abundancia de unos pocos abona la aridez de los demás. Hay en el actual reparto del mundo una lógica tuerta que guarda el grano en silos blindados mientras el estómago de multitud de hermanos nuestros toca a rebato. Cruzar la mirada con el plato vacío es asistir al eclipse del futuro: allí donde la boca calla porque no tiene qué masticar, el alma se encoge y la esperanza descuida su propio nombre.
II. El laboratorio y el surco
Llegamos así al corazón de la consigna de este iniciativa internacional: Innovar hoy. ¿Qué entraña innovar cuando se habla de la tierra? No se trata de profanar el campo con artificios desmedidos, ni de reemplazar la lluvia tibia por frías ecuaciones de algoritmo. Innovar, en su sentido más puro, es dialogar con la naturaleza en su propia lengua, pero en un tiempo verbal distinto. Es descubrir la potencia oculta en la semilla, enseñar al agua a no perderse por las grietas del desdén y pedirle a la ciencia que sea el lazo que unifique el saber antiguo del labriego con la precisión del microscopio. La innovación es la voz que reanima el recurso que parecía extinto. Si la física molecular puede dilucidar el brillo de las estrellas, ¿cómo no va a ser capaz de devolverle al suelo fatigado la fertilidad de sus primeros días? Innovar es inventar una lluvia donde el cielo insiste en ser azul e implacable; es convertir la sequía en un paréntesis y no en una sentencia de muerte.
Nos hemos acostumbrado a pensar que la innovación habita únicamente en las pantallas luminosas de las metrópolis, pero la verdadera vanguardia del siglo se está jugando sobre el terruño. Innova el genetista que fortalece el grano contra la plaga, sí; pero innova también el agricultor que aprende a escuchar el pulso freático con la sensibilidad de un músico. Unir el chip al azadón, la biotecnología al sosiego del roble, el laboratorio al surco abierto: he aquí la geometría perfecta de la inteligencia aplicada a la seguridad alimentaria.
III. El mañana es un plato que se cocina hoy
El lema guarda en su centro un ritmo temporal implacable: la tensión dramática entre el hoy y el mañana. El presente es el tiempo de la siembra; el porvenir, el único lugar donde habitarán nuestros hijos. Pero este mañana no es un espejismo abstracto ni una cifra en los informes de las cancillerías. El mañana tiene cara, tiene ojos inquietos, tiene manos pequeñas que todavía no saben sostener el tenedor. Nutrir el mañana no es simplemente alimentar bocas futuras; es alimentar posibilidades. Cada niño que crece sin el sustento adecuado es un descubrimiento que se pierde, una sinfonía que no se compondrá, una cura que no se hallará. La desnutrición infantil no es solo una tragedia biológica; es potencia que no llega a ser acto. Cuando negamos el pan de hoy, estamos decapitando la víspera de todos los hallazgos de la humanidad.
Corta es la distancia que va de la semilla a la boca, pero qué larga se hace cuando la cruza la crueldad del egoísmo. Si el dinero es el gran alquimista que todo lo transforma, la indiferencia es el verdadero veneno que todo lo esteriliza. Se invierte en proyectiles que destrozan ciudades mientras se escatima el centavo para el riego que salvaría una provincia. ¡Peculiar paradoja la de esta civilización que sabe fotografiar el origen del universo pero se muestra incapaz de poner un tazón de leche caliente en la mesa del desamparado!
IV. La luz sobre la mesa limpia
Imaginemos, por un instante, logrado ese mañana feliz que todos auspiciamos. Nos sentaríamos al borde del camino. Miraríamos las huertas verdes, tupidas, resucitadas por la irrigación inteligente y la luz limpia de las energías renovables. Veríamos llegar los camiones cargados de hortalizas no a los mercados del lujo y el derroche, sino a los comedores sencillos donde la gente ríe, conversa y comparte. Porque la nutrición, al fin y al cabo, es la forma suprema de la comunión humana. No hay acto más sagrado, ni más bellamente profano, que el de romper el pan en compañía. Cuando la ciencia se pone al servicio de este rito, deja de ser gélido cálculo para trocarse en caridad organizada, en poesía en acción. Innovar no es una moda para tecnócratas; es la obligación moral de los que saben para con los que sufren.
Innovar hoy para nutrir mañana debe dejar de ser una divisa impresa en los carteles de una conferencia internacional para convertirse en el latido unánime de la conciencia global. Necesitamos una revolución de la ternura apoyada sobre los hombros firmes del conocimiento científico. Que los laboratorios piensen en la espiga; que los gobiernos entiendan que la paz no se firma en los tapetes de terciopelo, sino en los graneros llenos; que cada uno de nosotros comprenda que en el desperdicio de su mesa hay una sombra de complicidad con la penuria ajena.
V. El pan escrito
La innovación que se nos pide en este 16 de octubre no es solo tecnológica; es, antes que nada, una innovación del corazón humano. Una manera nueva de cultivar la tierra no como un botín que se saquea, sino como un huerto prestado que debemos devolver multiplicado a los que vienen detrás.
Si conseguimos que la inteligencia del hombre se alíe con la generosidad de la materia, llegará el día en que la palabra hambre sea solo una curiosidad arqueológica, un término vetusto que los niños estudiarán en los libros de historia sin llegar a comprender del todo su antiguo y terrible significado. Mientras tanto, nos queda el deber de la víspera: esparcir la semilla, regar la vega, encender la idea. Innovar hoy, sin descanso, sin tregua, con la devoción del artesano y la paciencia del campesino, para que el mañana sea, por fin, una mesa servida donde nadie se sienta extranjero ni preterido.
Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA