
Se dice que no hay mayor defensa que un buen ataque, lo cual servirá para una acción militar, pero en la vida cotidiana si el susodicho ataque se reviste con el furor de la ofensa, se pone al descubierto la inmensa fragilidad del que hace uso de ella. Soberbia, tendencia a la ira, revanchismo, resentimiento, marcado ego… En suma que las palabras gruesas, descalificativas, que se lanzan como dardos hacia quien se cree objetivo de un ataque personal son propias de alguien que no es refractario a las ideas, opiniones o maneras de pensar de otros, y no se muestra dispuesto a admitir su error.


















