
En incontables ocasiones las redes sociales, como tribunal implacable, se asoman a la ventana de cualquier vida para masacrarla y, tal vez, al menos una porción de nuestro rostro lo haga también. Si fuese este el caso hemos de saber que tenemos mucho en común con los acusadores de la adúltera del Evangelio ante la cual hubieron de reconocer el foso de malicia que anidaba en sus corazones. «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra» (Jn 8, 7) los dejó repentinamente enmudecidos.












