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Nombramientos – 24 de mayo de 2021

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Nombramientos mayo 2021

 

NOMBRAMIENTOS

El Obispo de la Diócesis de Canarias, Mons. José Mazuelos Pérez, ha nombrado en el día de hoy 24 de mayo de 2021 al Rvdo. D. José Ramón González Santana Delegado Episcopal de Cáritas Diocesana; al Rvdo. D. Luis María Guerra Suárez Delegado Episcopal para la Vida Consagrada; y al Rvdo. D. Antonio Juan López González Consiliario Diocesano de Pastoral de Juventud.

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«Si no hay Espíritu, no hay vida de fe»

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Mons. Rafael Zornoza celebró Pentecostés en la S.A.I. Catedral de Cádiz en el día de la Acción Católica y de Apostolado Seglar, acompañado por el Cabildo Catedralicio, y varios miembros de la curia diocesana.

La Delegación de Apostolado Seglar convocó a los fieles a la celebración de la Solemnidad de Pentecostés, en la que el prelado en su homilía recordaba que «Si no hay Espíritu, no hay vida de fe. Cristo nos regala la paz y nos ofrece su propia vida, su consuelo, igual que nos muestra sus manos de las que brota ya este don inestimable que nos da la vida».

El Obispo diocesano continuó expresando que en esta fiesta solemne «abrimos una vez más nuestro corazón sabiendo que la celebración de Pentecostés nos recuerda el ser de la Iglesia y de los cristianos, y también de nuestra propia misión. Esta Iglesia que se presenta como luz para gente y como esperanza y alegría para los hombres, repite en el nombre de Cristo Como el Padre me ha enviado, así os envío yo«.

La Iglesia recuerda que «los laicos pueden llevar el mandato de Cristo» continuaba el prelado, «Muchos de vosotros pertenecéis a movimientos eclesiales, una bendición que ya obra el Espíritu, que da sus carismas, que no se queda en esa unicidad, si no que reparte sus dones, así sienten la llamada a la evangelización».

Agradecido por la misión apostólica de los movimientos diocesanos, concluyó su homilía con unas palabras de gratitud «Hablar de acción apostólica, de misión, no es hablar de división, ni de divergencias, todo lo contrario. Su vivimos en la comunión del Padre, Hijo y Espíritu Santo, desarrollaremos una verdadera espiritualidad. Agradezco a los movimientos diocesanos que son fortalecidos en la fe para mejorar y reflexionar en el mundo de hoy. Mi gratitud a todos vosotros, consejos pastorales, a los sacerdotes que os acompañan, y a los religiosos y religiosas que consagran su vida a Cristo».

Tras la celebración, Mons. Zornoza hizo entrega de las medallas Pro Ecclesia Gadicense et Septense a María Luisa Marente, Mercedes Cañizares y Carlos García de Paredes, cuya labor en nuestra comunidad diocesana ha sido digna de este reconocimiento en favor de la Iglesia en ámbitos como la atención a la comunidad parroquial, la caridad o el desarrollo de iniciativas pastorales.

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La Conferencia Episcopal organiza una jornada de formación para laicos

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La Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española organiza una jornada de formación para Laicos sobre el Discernimiento Comunitario con el título “Un camino para escuchar a Dios en la historia” . El ponente será el jesuita D. José García de Castro, profesor de Teología Universidad Pontificia de Comillas.

Será el sábado 5 de junio a las 10.30 horas, con modalidad online y abierta a todo el mundo que quiera participar: laicos de cualquier edad, sacerdotes, religiosos…  Es necesario inscribirse aquí para participar.

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Antonio J. Rodríguez Báez, nuevo Director del Instituto de Teología a distancia

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Antonio J. Rodríguez Báez será el nuevo Director del INSTITUTO DE TEOLOGÍA A DISTANCIA de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, nombrado por el Obispo de la Diócesis de Cádiz y Ceuta. Sustituye al P. Jesús Zurita (también como formador del seminario) que ha ostentado el cargo durante los dos mandatos que establecen de modo ordinario los acuerdos y que se ausenta por un nuevo destino.

Este sacerdote sevillano ordenado en el año 2000, es Doctor en Teología Dogmática por la Universidad Gregoriana de Roma. Ha sido Vicario Episcopal de la Zona Sur de Sevilla y Párroco de la Asunción de Osuna y anteriormente párroco en Écija. Actualmente es profesor de la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla donde imparte Teología Pastoral, y Religión Cultura y Valores entre otras asignaturas en la Escuela Universitaria de Osuna.

El Instituto Diocesano de Teología a Distancia presta a nuestra diócesis, y a varias diócesis vecinas interesadas, una labor insustituible de formación académica online, que en este tiempo se ha visto todavía más solicitada dada la peculiar situación sanitaria que estamos atravesando. El instituto dispone de dos ofertas académicas, la primera el título de bachiller, grado o máster en Ciencias Religiosas, en colaboración con la Universidad Eclesiástica san Dámaso (UESD), y la segunda el título DECA para los alumnos de Magisterio de Infantil o Primaria, en colaboración con el Instituto de Teología a Distancia (IITD).

El instituto cuenta con más de 100 alumnos que acuden no sólo de nuestra diócesis, sino también de Huelva, Asidonia-Jerez y Sevilla, siendo la segunda sede con más alumnos de las 22 extensiones que tiene la UESD en España, después de la sede central de Madrid.

El claustro académico cuenta con 32 docentes de nuestra diócesis, no solo sacerdotes, sino también laicos cualificados, hombres y mujeres. El profesorado está dividido en 8 áreas disciplinares: filosofía, historia de la Iglesia y patrología, pedagogía y otras ciencias humanas, teología bíblica, teología moral, teología espiritual, teología dogmática, teología espiritual. El plan académico está adaptado a la nueva constitución apostólica Veritatis Gaudium con unos “estudios eclesiásticos en el espíritu de una Iglesia en salida”.

De este modo nuestra diócesis ofrece no solo un servicio para todos los fieles que deseen profundizar en su fe, así como obtener la capacitación necesaria para ejercerla profesionalmente, sino que además hace realidad el deseo del Papa Francisco de que “la tarea urgente en nuestro tiempo consiste en que todo el Pueblo de Dios se prepare a emprender con espíritu una nueva etapa de la evangelización” (Veritatis gaudium 3).

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“Mujer, creada a imagen y semejanza”, mesa redonda en el Centro Cultural Nuevo Inicio

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“Mujer, creada a imagen y semejanza”, mesa redonda en el Centro Cultural Nuevo Inicio

La Pastoral Familiar de nuestra diócesis organiza esta mesa redonda que será el próximo jueves, 27 de mayo, a las 19:30 horas.

El próximo 27 de mayo el salón de actos del Centro Cultural Nuevo Inicio acogerá la mesa redonda titulada “Mujer, creada a imagen y semejanza” que dará comienzo a las 19:30 horas y ha sido organizada por la Pastoral Familiar.

Esta mesa redonda se enmarca en el programa de actividades programadas por la Delegación de Pastoral Familiar de la diócesis para celebrar el 5º aniversario de la publicación de la Exhortación apostólica “Amoris laetitia” del Papa Francisco.

Entre las ponentes que abordarán este tema participarán María de Carmen Ferreira, psicóloga; Dunia Abdelaziz, graduada en Magisterio Infantil y Primaria; Isabel Rodríguez, doctora en Pedagogía y la abogada, Julia de la Cruz.

La conferencia podría seguirse online por el canal de Youtube del Centro Cultura Nuevo Inicio en el siguiente enlace: https://youtu.be/9Y8D_FJvYcY

María José Aguilar
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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El Zaidín celebra sus confirmaciones en la parroquia de San Miguel Arcángel

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El Zaidín celebra sus confirmaciones en la parroquia de San Miguel Arcángel

El pasado viernes 21 la parroquia de San Miguel Arcángel celebró las confirmaciones de un grupo de veinte jóvenes y adultos. Dos de ellos recibieron los tres sacramentos de iniciación cristiana: Bautismo, Comunión y Confirmación. El acto lo presidió el Vicario Territorial, D. Francisco José Tejerizo.

Tras un largo tiempo de preparación catequética, un grupo de 15 jóvenes y 5 adultos participaron en la recepción de los sacramentos de iniciación cristiana en la parroquia de la calle Primavera, en el barrio del Zaidín. 

Una preparación marcada por las limitaciones de los meses de confinamiento y restricciones. Durante todo este tiempo, el grupo asisitó a su formación catequética de forma telemática o semipresencial. El párroco, D. Juan Martínez Gutiérrez, ha sido el primero en valorar positivamente la celebración pese a las dificultades. ”Tenían una actitud muy receptiva y se les notaba con una alegría grande de caminar en la Iglesia, expresando su deseo de continuar”.

EN LAS LLAGAS DEL RESUCITADO

Acudió a presidir la celebración el vicario de la zona, D. Francisco José Tejerizo. Se dirigió a ellos con palabras de aliento a la esperanza, recordando las del Señor en la Pascua: “la paz esté con vosotros”. “Este pasaje del Evangelio nos hace sentir que justamente cuando las cosas se ponen más complicadas, cuando las cosas son más duras, oscuras, difíciles, es cuando el Señor está cerca y no nos deja solos”, afirmó.

Al recibir estos sacramentos de iniciación, este grupo de jóvenes y adultos fue invitado a mirar con confianza a las llagas del Resucitado, que dan sentido positivo a sus vidas. “Jesús se presenta y les enseña las heridas a sus discípulos. Nosotros acaso tenemos también nuestras heridas, de más o menos tiempo”, dijo. “El Señor presenta las suyas, que están abiertas pero que ya no son dolorosas, de las que ya no se escapa la sangre. Entonces, cada uno de nosotros, con nuestras heridas le decimos: nuestro dolor, nuestro sufrimiento, lo unimos al tuyo. Queremos que tú lo arregles”.

ENVIADOS CON EL ESPÍRITU SANTO

Con ello quiso concluir que el camino cristiano es el camino de vida, de redención. Con el sacramento de la Confirmación, donde se recibe el sello de la plenitud del Espíritu Santo, se convierten además en misioneros de la Buena Nueva.

“No disimuléis que sois de Cristo porque Cristo tiene respuestas para las preguntas más fundamentales de la vida humana. Sentid que lleváis la luz del Señor. Sentid que lleváis el fuego que baja de lo alto, sentid que el Señor se ha tomado muy en serio la vida de cada uno de nosotros”, concluyó el vicario, animándoles a formar parte de esa Iglesia en salida, en contacto con las heridas de nuestro mundo.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

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Jóvenes de la parroquia de Peligros reciben la Confirmación en la Catedral

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Jóvenes de la parroquia de Peligros reciben la Confirmación en la Catedral

Los nuevos confirmandos recibieron el Espíritu Santo en la Eucaristía de Pentecostés que tuvo lugar el domingo, día 23, en la Catedral de Granada.

El domingo, 23 de mayo, tuvo lugar la celebración de la Solemnidad de Pentecostés en el templo catedralicio, una jornada propicia en la que un grupo de jóvenes provenientes de la parroquia de Peligros recibieron el sacramento de la Confirmación de manos de nuestro Arzobispo, Mons. Javier Martínez que les impuso las manos y la unción en la frente con el Santo Crisma.

Catequistas y familiares fueron testigos de este momento importante para la vida de los nuevos confirmandos en el que el catecúmeno completa la iniciación cristiana compuesta por los sacramentos de Bautismo, Primera Comunión y finalmente la Confirmación.

RECIBIR LA VIDA DIVINA

Durante su homilía, Mons. Javier Martínez destacó que la Confirmación es la recepción de la vida misma del propio Dios como un don: “Ser cristiano es algo que merece la pena porque es un camino de vida. Lo que recibís de una manera más plena porque lo habíais recibido ya en el Bautismo para siempre. Recibís la vida divina, por lo tanto podéis acogerla y darle gracias a Dios por ello.

Asimismo, explicó a los nuevos confirmandos que la principal gracia que se recibe en el sacramento es un “nuevo aliento” y el amor de Dios: “Os digo hijos con toda conciencia porque lo que os transmito a través de mis pobres manos es la vida misma de Dios. Espíritu significa aliento y era la señal en la antigüedad de que uno estaba vivo, por eso este aliento es la vida de Dios. La vida es un don de amor, la razón por la que nos comunica la vida es el amor de Dios, es la primera gracia que Él nos da”.

Por último y antes de llevar a cabo el signo del sacramento nuestro Arzobispo resaltó que el “te quiero de Dios” es para siempre y la importancia de los gestos pequeños: “Como somos humanos tenemos necesidad de esta vida que Jesucristo ha venido a regalarnos. El don del Espíritu Santo es el “te quiero” de Dios, cuando se entrega a nosotros es algo eterno, desde siempre y para siempre. Acoged ese amor y dejar que os colme y de fruto en la belleza de vuestras vidas. No despreciéis la pequeñez de los gestos”.

María José Aguilar
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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Mi Mensaje en la Solemnidad de Pentecostés y el Día de Apostolado Seglar y Acción Católica

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Con la solemnidad de Pentecostés, la Iglesia celebra el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, que nos impulsa a descubrir la riqueza del laicado en la vida del Pueblo de Dios. El Espíritu Santo quiere llevar a la Iglesia a cumplir su misión.

Evangelizar constituye para la Iglesia su vocación propia, su identidad más profunda, de tal manera que cuando la Iglesia toma conciencia de su ser, se convierte en evangelizadora y misionera. La Iglesia existe para evangelizar, y en la Iglesia todos los bautizados somos responsables de la misión evangelizadora, pero no de forma aislada e independiente. «Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente comunitario y eclesial», afirmó el Papa San Pablo VI en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi.

En todas las circunstancias hemos ser testigos del Señor resucitado, mostrando y entregando a los hermanos nuestro mejor tesoro, el tesoro de nuestra fe y de nuestra esperanza en Jesucristo, único salvador. El dinamismo apostólico es el mejor termómetro de la vitalidad de nuestra fe. El afán por anunciar a Jesucristo es el mejor camino para vivir una vida cristiana vigorosa y fecunda, pues como también nos decía el papa san Pablo VI: «la fe se robustece dándola». Con ello manifestaba que si la fe no es misionera, si no se transmite y se comparte, corre el riesgo de fosilizarse y de asfixiarse.

En nuestro contexto actual, marcado por la pandemia, pero más aún por la secularización y la pérdida del sentido de Dios, nos toca seguir remando como Iglesia, con el deseo de hacer realidad los sueños expresados en el reciente Congreso de Laicos, conscientes de que la evangelización no es empeño nuestro, sino lo que Dios quiere para que la Iglesia viva un renovado Pentecostés, y para que Dios llegue a transformar la realidad de nuestro mundo actual.

La sinodalidad es un rasgo eclesial que nos debe llevar a vivir la comunión entre Movimientos y Asociaciones, entre religiosos, sacerdotes y laicos, alimentándonos cotidianamente en la eucaristía. En torno a ella se reúne y de ella se alimenta el Pueblo de Dios.

Ahora es más necesario que nunca la presencia de los católicos en la vida pública. El Señor en el Evangelio nos pide a los cristianos que seamos luz y sal, y que no escondamos la luz debajo del celemín, sino que alumbre a todos los de casa.  Es necesario que volvamos a descubrir que «lo propio y peculiar de los laicos» (LG, n. 31) es su compromiso en la vida pública. La Iglesia sueña con estar en el corazón del mundo, encarnando el mensaje evangélico del amor y la misericordia, impulsando la caridad política. Hace falta que hombres y mujeres de  fe profunda, lleven su compromiso cristiano al mundo de la cultura y del arte, al mundo universitario, al mundo de los partidos y de la acción política, al mundo de la economía, al mundo del trabajo y de la acción sindical, al mundo del ocio y de los MCS para orientar estas realidades temporales según el corazón de Dios.

Hemos de agradecer a Dios el trabajo de las delegaciones diocesanas de Apostolado Seglar, los Movimientos y Asociaciones, la Acción Católica, los Consejos Pastorales Parroquiales, y el testimonio silencioso y abnegado de tantos laicos de nuestras parroquias, que se esfuerzan cada día por vivir su vocación en la Iglesia y en el mundo, desde el discernimiento y la sinodalidad.

Todos ellos —laicos, sacerdotes y consagrados—, movimientos, asociaciones y parroquias, trabajan unidos ahora en Ceuta, en la dramática crisis sobrevenida conocida por todos, mostrando la Caridad solícita de Cristo que supera el mal con el bien, y ofrece a todos su consuelo. Oremos por todos los afectados y para que se normalice la situación y reine la Paz. Que el mismo Espíritu de Dios nos impulse a superar las injusticias y encontrar la concordia.

 

Domingo de Pentecostés

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Lecturas bíblicas: Hch 2,1-11; Sal 103,1 y 24.29-31.34 (R/. «Envía tu Espíritu, Señor, y rep.uebla la faz de la tierra»); 1Cor 12,3-7.12-13; Versículo del Aleluya: «Ven, Espíritu Santo…»; Evangelio: Jn 20,19-23.

Queridos hermanos y hermanas:

Con la solemnidad de Pentecostés llegan a su culmen y término las celebraciones pascuales. Pentecostés era la fiesta judía de las cosechas (cf. Éx 23,16; 34,22), que se celebraba cincuenta días, como dice su nombre griego, después de la fiesta de los Ácimos o fiesta de Pascua. También se llama «fiesta de las Semanas» (cf. Nm 28,26), ya que alude a la recolección, que comenzaba con la siega de la cebada, acompañada por la primera de las ofrendas de acción de gracias llamada del “balanceo de la gavilla” (cf. Dt 16,11; Lv 23,15-21), a la cual seguía una nueva ofrenda a las siete semanas de haberse realizado la primera. En Pentecostés se producía la segunda gran peregrinación a Jerusalén, después de la peregrinación de la Pascua; y en ambas fechas acudían a Jerusalén para celebrar estas fiestas judíos y prosélitos del territorio nacional y de toda la diáspora del Imperio.

En este contexto festivo coloca san Lucas el discurso de Pedro, donde hace memoria de la muerte injusta de Jesús y de su significado de salvación a la luz del designio de Dios, conforme a lo que habían anunciado los profetas. Después de su resurrección, Jesús había pedido a sus discípulos que permanecieran en Jerusalén hasta que se cumpliera la Promesa, después de haberles explicado que el Cristo tenía que padecer y resucitar y que «se predicaría en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén» (Lc 24,47). Después de decirles que serían sus testigos (cf. Lc 24,48; Hch 1,8), el Resucitado añadió que les enviaría la “Promesa de su Padre” y les ordenó que permanecieran en Jerusalén «hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24,49). Se refería Jesús al derramamiento del Espíritu Santo, don por el cual hacía partícipes de su propio Espíritu a los discípulos congregados en la primera comunidad apostólica: los apóstoles y las santas mujeres, muchos discípulos más, y con ellos María la Madre de Jesús. Es lo que sucedió según narra el libro de los Hechos, donde se describe el nacimiento de la Iglesia vinculado al acontecimiento del Espíritu, que sólo san Lucas narra de la manera que hemos escuchado.

El acontecimiento de las lenguas “como de fuego” que se posaron sobre los reunidos simboliza, igual que el viento, la presencia del Espíritu, un simbolismo que alude al bautismo de fuego en el Espíritu con el que Jesús bautizaría (Lc 3,16). Es el impulso transformador del Espíritu Santo el que provoca el discurso de san Pedro, que abre las puertas del cenáculo para dirigirse a los peregrinos llegados por miles a Jerusalén. Sucedió que todos escuchaban el discurso de Pedro como si hablase en la propia lengua de los oyentes o como si hablase el Apóstol las distintas lenguas de los peregrinos.     Sólo san Lucas separa por cincuenta días la irrupción del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente dejando transcurrir cincuenta días entre la Pascua y Pentecostés. La irrupción del Espíritu lleva a cumplimiento el misterio pascual de Cristo, cumpliéndose lo anunciado en la Escritura. El Espíritu es la Promesa del Padre, que ellos debían aguardar sin moverse de Jerusalén, para ser bautizados con Espíritu Santo (cf. Hch 1,5), como había anunciado el mismo Bautista, porque sobre Jesús ha bajado el Espíritu para que llevara a término el designio de salvación del Padre, y por su muerte y resurrección el Resucitado otorga el Espíritu a cuantos creen en él y reciben en su nombre el perdón de los pecados (cf. Jn 1,33). En el evangelio de san Juan la resurrección no se separa de la llegada del Espíritu. Jesús resucitado, en la misma tarde de la resurrección —dice el evangelista—se apreció a los discípulos y soplando sobre ellos les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,23).

El Espíritu es el don del Resucitado y con el don del Espíritu acontece el perdón y la novedad de vida que trae consigo la recreación interior por obra de la gracia divina, que transforma al hombre. San Pablo desarrolla todo el capítulo octavo de la carta a los Romanos describiendo la vida en el Espíritu, que le llega al bautizado por el agua del bautismo y la acción del Espíritu Santo. Con la destrucción del pecado que Jesús llevó a cabo en la cruz, los bautizados ya no viven en la carne, sino en la nueva vida del Espíritu, de forma que los que tienen el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos experimentarán la vivificación plena de su cuerpo (Rm 8,11); porque con el perdón de los pecados llega para el que cree en Cristo la filiación divina y el destino a la gloria (Rm 8,12-13). El Espíritu Santo sostiene la vida del cristiano y «viene en ayuda de nuestra flaqueza; porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, por eso es el Espíritu mismo el que intercede por nosotros…» (Rm 8,26). Es el Espíritu Santo el que sostiene nuestra oración y nos lleva a invocar a Dios como ¡Abbá, Padre! (Rm 8,15), con aquella libertad que caracteriza a los hijos de Dios.

En la secuencia que ha seguido a la segunda lectura hemos pedido que esta acción del Espíritu en nosotros permanezca, que Espíritu Santo no nos deje nunca, que penetre profundamente en nuestro interior y nos cambie por dentro:

«Entra hasta el fondo del alma,

divina luz y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado

cuando no envías tu aliento».

El Espíritu Santo no sólo transforma al hombre recreándolo, haciéndolo nueva criatura; también articula la Iglesia como comunidad de los santos, dándole forma y figura social. San Pablo no sólo dice que el Espíritu es el verdadero autor de nuestra fe en Cristo: «Nadie puede decir “Jesús es el Señor”, si no es bajo la moción del Espíritu Santo» (1Cor 12,3). La fe, por tanto, no es conquista del hombre, sino don de Dios, infundido por el Espíritu santificador en el alma del creyente. San Pablo dice, además, que el Espíritu Santo es también el organizador de la Iglesia, a la que concede dones que responden a diversidad de servicios que la Iglesia necesita, siendo uno solo el Señor que los dispensa, porque la diversidad de funciones procede de un solo Dios que las distribuye (cf. 1Cor 12,5-6). La organicidad de la Iglesia es obra del mismo y único Espíritu.

El Apóstol compara esta diversidad en la unidad con la multiplicidad de miembros que tiene un mismo cuerpo, y ofrece de este modo una de las imágenes más conocidas y recurrentes de la Iglesia como un todo orgánico, configurado por las diversas funciones que desempeñan los órganos: «Todo nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo; y todos hemos bebido en un mismo Espíritu» (1Cor 12,13).

El Apóstol compara a la diversidad de miembros que forman la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo a la multiplicidad de los órganos de un mismo cuerpo, para acentuar la finalidad del servicio recíproco de los miembros de un cuerpo (cf. Rm 12,5).          No cabe la rivalidad entre los miembros del mismo cuerpo, porque todos están al servicio del bien del cuerpo. Cada miembro ha de cumplir su propia función sin desplazar a quienes cumplen una función diferente, ni tampoco envidiar su desempeño. De ahí que ningún miembro del cuerpo deba estimarse en más de lo que conviene, recomendando san Pablo «una estima sobria de uno mismo según la medida de la fe que Dios otorgó a cada cual… amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros» (Rm 12,3.10). La caridad es el camino de excelencia de un cristiano, porque en él se alcanza la plenitud de la vida virtuosa, ya que la caridad viene de Dios y nos hace semejantes a él. Aunque, por nuestra condición de criaturas, no podamos amar con la infinitud del amor divino, la caridad es la mayor de las virtudes teologales, y pasarán la fe y la esperanza cuando alcancen su meta en la visión de Dios y en la posesión de la vida divina, pero perdurará la caridad, porque «Dios es Amor» (1Jn 4,8). Este es el fundamento de la comunión en la Iglesia como cuerpo de Cristo: que por Iglesia fluye la savia de la caridad que el Espíritu infunde en los bautizados, amor divino que los nutre dando a adhesión y solidez al cuerpo de Cristo, afectado del pecado de cada uno de sus miembros.

Hoy, fiesta de Pentecostés, celebramos la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado de los seglares en la Iglesia, invoquemos con fervor al Espíritu Santo, para que infunda en los bautizados la fe responsable y comprometida que dé fortaleza al laicado, necesitado de una clara conciencia de su misión apostólica. Al fortalecimiento del laicado cristiano contribuye que los laicos se asocien con ilusión para llevar al mundo el Evangelio, sin alejarse de la comunión eclesial.

Invoquemos al Espíritu Santo para que los diversos grupos cristianos legítimos en el interior de la Iglesia contribuyan a su cohesión, alejándose del radicalismo de posturas enquistadas y en desacuerdo con la tradición de fe de la Iglesia. Que, movidos por el Espíritu todos nos alejemos del pecado de la confusión que lleva al cisma y a la ruptura; y que este Espíritu divino aliente en todos los bautizados la esperanza que los mantenga afianzados en Dios, y les infunda la caridad que les permita superar las disensiones y rivalidades, las envidias y las tensiones que provoca el pecado y quiebra la comunión eclesial.

Se lo pedimos así a la Madre de la Iglesia y de la unidad eclesial, que aúna en torno a sí a los discípulos de su Hijo, para orientarlos a la verdad de la fe en Cristo; para que permanezcan unidos a Cristo Jesús en la comunión de su cuerpo místico, la Iglesia la comunidad de los llamados a dar testimonio del amor y misericordia de Dios revelados en la muerte y resurrección de Jesucristo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
23 de mayo de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

Homilía del obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, en la Misa Pontifical de Pentecostés

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Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción
Almonte, 23 de mayo de 2021

Lecturas: Hch 2,1-11. Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30.31 y 34. Gál 5,16-25 y Jn 15,26-27.16,12-15

Saludo a los sacerdotes y ministros del altar.

Al señor Presidente y a los miembros de la junta de gobierno de la Hermandad Matriz de Almonte, a la señora Camarista, a los presidentes y representantes de las hermandades filiales y de los grupos y hermandades de la parroquia.

Doy las gracias por su presencia a la señora Alcaldesa de Almonte y a las demás autoridades. A cada uno de vosotros os saludo con afecto.

También dirijo un saludo muy especial a los enfermos y ancianos, y a todos los devotos de la Santísima Virgen del Rocío que en las actuales circunstancias sanitarias os unís a esta celebración a través de la radio, la televisión y las redes sociales.

Queridos hermanos y hermanas:

Pentecostés junto a la Virgen del Rocío

A los cincuenta días de la Resurrección del Señor, en este Domingo, el último día de la Pascua celebramos la efusión del Espíritu Santo, que se manifiesta, se da y se comunica como persona divina.

“Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar” (Hch 2,1). Antes nos ha dicho el libro de los Hechos quienes eran los reunidos: los Apóstoles.

Además, en aquel grupo estaba también “María, la madre de Jesús” (Hch 1,14). La Iglesia de entonces como nosotros somos conscientes de que Jesús es el Hijo de María, y que ella es su madre, y como tal era, desde los primeros momentos de la concepción y del nacimiento, un testigo singular de Jesús. Nadie como Ella conoció los años de la infancia de Jesús y de su vida oculta en Nazaret, cuando “conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,19).

“Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas” (Hch 2,3): el fuego simboliza la energía transformadora, es el fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a “hablar de las grandezas de Dios” (Hch 2,11).

Nosotros hemos pedido en la primera oración de la Misa: “realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica”.

Un aspecto de la actividad del Espíritu Santo dentro de la comunidad cristiana consiste, sobre todo, en abrir siempre de nuevo el sentido de la revelación acontecida en Jesucristo, nos “guiará a la verdad plena” (Jn 16,13).

El Espíritu Santo, hoy como ayer, nos introduce en una relación más personal e íntima, en una comprensión mejor y más honda del mensaje y de la persona del Señor Jesús. Somos guiados “a la verdad plena” por diversos caminos: a través de la lectura asidua de la Sagrada Escritura, “pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”; en la liturgia, tan llena del lenguaje y de la acción de Dios; en la oración, en la que se realiza el diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”. (Dei Verbum, 25), en el ejercicio de la caridad con los hermanos.

En definitiva, nuestra condición de cristianos nos hace discípulos de por vida, instruidos permanentemente por el Espíritu Santo que recibimos.

Caminar según el Espíritu

El Espíritu Santo nos guía en el camino de la vida según Cristo, el dulce huésped del alma nos inspira, conduce, rectifica y fortalece en este Camino.

El “camino”, ¡Qué abundancia de experiencias entrañables encierra para los rocieros!

San Pablo, en la carta a los Gálatas, nos exhorta a caminar según el Espíritu. El Apóstol nos ha dicho que un camino hecho en el amor de Dios necesariamente es distinto del vivido al margen este amor, como si no existiera. Es la diferencia entre vivir según el Espíritu o según los deseos mundanos. Las huellas que deja un camino u otro son muy distintas.

Hacer el camino de la vida realizando los deseos mundanos deja un rastro bien conocido, tanto en tiempos del Apóstol San Pablo como en los nuestros: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo” (Gál 5,19-20).

Por el contrario, qué diferentes son los frutos de los que hacen el camino dejándose llevar por el amor de Dios que ha sido derramado sobre nosotros con el Espíritu Santo que hemos recibido. “El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Gál 5,23).

“¿Qué hemos de hacer, hermanos?”, es la pregunta de los que escuchan el testimonio de Pedro el día de Pentecostés. Él exhorta a la conversión, como Jesús hizo al comienzo de su vida pública: “Convertíos y creed el Evangelio” (Mc 1,15).

Queridos rocieros, dicho con una letrilla que he oído cantar, “La Virgen quiere que tengas un Simpecao en el alma, que sea tu vida bandera de la fe que tú proclamas, que en el Rocío quisiste tener un corazón sin mancha, la Virgen quiere que tengas un Simpecao en el alma”. La conversión es también el camino del Rocío, que ninguna situación sanitaria puede cerrar, sólo lo obstaculiza la pandemia espiritual del pecado y nuestra flojera para afrontarla.

Testimonio

“Él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio” (Jn 15,26-27).

El evangelio que hemos escuchado atribuye al Espíritu Santo la función de “dar testimonio” en favor de Jesús. También la comunidad cristiana tiene que dar testimonio de su Señor. El testimonio del Espíritu Paráclito y el de los discípulos corren paralelos en cierto modo.

El testigo, frente a un mundo a menudo hostil, necesita del Espíritu Defensor. El testimonio del cristiano está sostenido por el Espíritu Santo.

El mismo día de Pentecostés Pedro levanta su voz ante la muchedumbre para proclamar la salvación por Cristo, para hacerla pública, notoria, oficial. Pedro y Pablo se dirigen a las muchedumbres, o a grupos, hablan al aire libre, en las sinagogas, ante el sanedrín. Pablo se esfuerza por conquistar las ciudades de mayor influencia en su tiempo: Damasco, Corinto, Éfeso, Atenas, Roma. En pentecostés hombres de todas las naciones escuchan la palabra. Llenos del Espíritu Santo los testigos del Señor alzan su voz, proclaman, anuncian, evangelizan. No pueden callarse la salvación encontrada en Cristo.

Los que reciben el Espíritu reunidos con María, la Madre del Señor, tienen la misión de iluminar el pensamiento y orientar el obrar de los hombres en las circunstancias históricas concretas. No podemos quedar al margen y permanecer insensibles ante los graves problemas de un desequilibrio ecológico, o ante las amenazas de la paz social, o frente al atropello de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente de los más pobres o de los inmigrantes. Estamos urgidos a trabajar en favor de la fraternidad y de la amistad social. Además, los cristianos no podemos dejar de prestar especial atención a otros retos, a menudo menos comprendidos incluso impopulares, pero que no pueden desaparecer del compromiso eclesial, como son todas las exigencias que se derivan del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural.

También hoy, día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, haciendo presente la vocación particular de los laicos en la Iglesia y en el mundo, es muy pertinente recordar a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber” (Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 34)

Junto a María, la Santísima Virgen del Rocío, pedimos “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor” (Ant. Magnificat I Vísperas Pentecostés).

✠ Santiago Gómez Sierra
Obispo de Huelva

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