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Homilía de Mons. Adolfo González Montes en el XXIV aniversario de la consagración episcopal

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Lecturas bíblicas: Is 6,1-8; Sal 39,2.4.7-10 (R/. «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»); Col 1,24-29; Aleluya: Mc 1,17 («Venid conmigo -dice el Señor- y os haré pescadores de hombres»); Lc 5,1-11

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y seminaristas; y queridos fieles laicos;

Queridos hermanos y hermanas:

Se cumple hoy por la misericordia de Dios el XXIV Aniversario de mi consagración episcopal en la Catedral del Salvador de Ávila. Cinco años después dispuso el Señor que fuera trasladado a esta Iglesia de Almería, donde se cumplen el próximo día 7 del corriente diecinueve años ejerciendo el ministerio apostólico como pastor de esta Iglesia particular, en la que el Señor ha querido que fuera fundamento visible de su unidad y vínculo de comunión eclesial[1].

Han sido años ilusionados de generosa dedicación al ministerio pastoral sin reservas, años fructíferos que han hecho posible un cambio muy profundo de las condiciones de una Iglesia diocesana que, a mi llegada, requería estructuración y consolidación espiritual y material, sucediendo en el tiempo el ministerio de mi venerado predecesor, al que cumplió esforzarse con denuedo por el crecimiento espiritual del presbiterio, apenas salido de unas décadas de especial dificultad tras la crisis posconciliar. A él correspondió trasladar la comunidad de seminaristas mayores a la capital diocesana, devolviéndola a Almería después de un cuarto de siglo en Granada, hondamente afectada por la crisis eclesial.

Por mi parte, ha sido decisión conscientemente asumida continuar la labor de mi predecesor y consolidar los logros de su pontificado, apostando con mi propio genio y saber por todo cuanto han exigido de mí los años que me ha tocado ser pastor de esta Iglesia, que me es tan amada, con la que el Señor quiso desposarme. Los textos sagrados que hemos escuchado iluminan el ejercicio de mi servicio pastoral con la luz de la revelación divina que esclarece la naturaleza del ministerio como institución de fundación divina.

El impresionante y sobrecogedor relato de la vocación de Isaías esclarece la iniciativa divina en la vocación profética, que requiere aquella santidad que evocan tanto la trascendencia de Dios aludida por el carácter elevado y excelso del trono divino como el aleteo de los serafines de seis alas que sobrevolaban el trono. Con dos alas se cubrían el rostro por temor de ver al Dios de Israel, cuya santidad se expresa en su trascendencia sobre la realidad creada; con dos alas se cubrían el cuerpo y con dos alas se cubrían los pies, evitando el contacto con lo profano, si por tal se entiende el mundo marcado por el pecado, concepto que se prolonga en el evangelio de san Juan. ¿Cómo no evocar los discursos del adiós de Jesús en el cuarto evangelio? Jesús ora por sus discípulos, porque «ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido los retire del mundo, sino que los guarde del Maligno» (Jn 17,14-15).

La santidad de Dios es proclamada por los serafines que gritan uno al otro: «Santo, santo, santo, Señor de los Ejércitos, llena está la tierra de tu gloria» (Is 6,3). Isaías tiene un particular interés en reivindicar en su predicación la santidad de Dios. El profeta no es contrario al culto, como podría hacer pensar su dura crítica a la vaciedad de un culto que honra a Dios con los labios, pero el corazón de los que le rinden culto está lejos él (cf. Is 29,13), pasaje de Isaías que Jesús recordará para prolongar la crítica del profeta, censurando un culto carente de contenido por su vaciedad y contrario a la honda verdad de los preceptos divinos (cf. Mc 7,6-7→ Mt 15,8-9). El verdadero culto practica la alabanza y la súplica, en las que el hombre reconoce que sólo puede vivir si cumple los mandamientos de Dios y confiesa su señorío sobre la creación y la historia de la humanidad; y si acude a Dios como al único Dios de misericordia que puede rescatar al ser humano de su condición pecadora.

Es aquí donde se ubica la experiencia de Dios tremenda y fascinante del que toma conciencia de la santidad de Dios y de la propia condición pecadora. El profeta exclama: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos la Rey y Señor de los ejércitos» (Is 6,5). Es la experiencia de quien es llamado al ministerio y se siente pequeño y pecador, hombre de labios impuros, llamado a proferir la palabra de la salvación. Aunque algunos comentaristas discuten que este pasaje de Isaías sea específicamente vocacional y afirman que, más bien, se trata de un texto de encomienda de una determinada misión divina a Isaías, relacionada con la amenaza que para Judá representa la guerra de ríos y samaritanos en torno al año 734, lo importante es la experiencia en sí de Dios que llama y encomienda un cometido que no es posible llevar a cabo sin el mandato divino, y sin el acercamiento a la santidad de aquel que envía y es todo santo[2]. Por eso, aunque uno es hombre de labios impuros, Dios purifica al que envía tocando los labios del profeta con un carbón encendido y le dice: «Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está expiado tu pecado» (Is 6,7).

A lo largo de mi ministerio entre vosotros he puesto un particular empeño en la necesidad de santidad que tenemos todos los ministros ordenados, puestos al servicio de la santificación del pueblo de Dios. Para ello se hacía necesario lograr una formación acorde con la mente de la Iglesia y la necesidad pastoral de cada momento y situación, teniendo en cuenta que la caridad pastoral de los sacerdotes define el espíritu sacerdotal, alejando a quienes han sido llamados al ministerio de una lenta pero progresiva asimilación al trabajo contractual marcado por reivindicaciones que de hecho estrechan el corazón del pastor. Una asimilación que sigue hoy creciendo desvirtuando la naturaleza del servicio sacerdotal; y de ahí la necesidad señalada por el Papa llamando a una verdadera “conversión pastoral”: conversión que algunos vacían de contenido evangelizador, para diluir el ministerio en un servicio de múltiple uso similar a la intendencia y la logística de las organizaciones benefactoras.

Vivimos una situación de caída de las vocaciones sacerdotales y ministeriales en general, de pérdida de las vocaciones a la vida consagrada, y de sólo podremos salir de esta crisis con el empeño de todos los diocesanos y sin escatimar compromisos y medios. Las vocaciones sacerdotales y la formación sacerdotal tienen su lugar propio en la diócesis. Siempre se ha dicho con acierto: ignorar los errores del pasado es arriesgarse a repetirlos, o peor aún: predisponerse a cometerlos de nuevo. Por otra parte, la vocación al sacerdocio se fortalece con fidelidad a la tradición apostólica, del mismo modo que la vida consagrada no puede ser despojada de los consejos evangélicos. Proponerlo así, favorecerlo poniendo los medios necesarios e ilusionando a los jóvenes con las vocaciones de especial consagración ha sido una constante de mi ministerio pastoral.

Del mismo modo, que he procurado una pastoral familiar basada sobre la antropología del matrimonio fundado sobre la unión de un varón y de una mujer, que ofrece la revelación divina como origen de la familia, que toma nombre del mismo misterio de comunión entre personas divinas que se dan en Dios uno y trino. El clericalismo del laicado lo distrae de su cometido propio en la acción evangelizadora de la Iglesia, por mucho que se apele a cuánto pueden hacer los laicos para suplir la insuficiencia de sacerdotes y diáconos. La enseñanza del Vaticano II es clara sobre este importante cometido: los laicos están llamados a llevar el evangelio a los asuntos temporales, y ser al mismo tiempo colaboradores del ministerio pastoral sin un clericalismo engañoso. Los ministerios laicales son un campo más rico de lo que habitualmente estamos acostumbrados a admitir, y el Papa acaba de enriquecer los cometidos del laicado en la acción pastoral de la Iglesia dando estatuto al ministerio del catequista, basándose en que este es un ministerio antiguo y permanente en la acción evangelizadora de la Iglesia.

He querido en estos años responder a la exhortación de Cristo a los Apóstoles para que convertidos en pescadores de hombres cosecharan unas redes abundantes. Esto no se logra, ciertamente, ocultando la fe para conjurar el escándalo de la cruz, ni acomodando a los deseos de cada generación el anuncio del Evangelio. La asimilación del evangelio a la mente del mundo sólo trae consigo amoldar la vida de la Iglesia a imagen del mundo. Si se pierde la fe en la encarnación del Verbo, viendo en ella una expresión meramente simbólica del dogma de Cristo, de forma que Jesús se convierta en paradigma del sentimiento religioso común a la humanidad en proceso de secularización definitiva; si hacemos de Cristo un maestro de coherencia ética o de moral convergente con lo que le es posible aceptar como correcto a la mera razón; o bien cambiamos a Cristo por un reformador social, aspiración de tiempos no lejanos; si esto sucede, entonces la Iglesia ha perdido para siempre su futuro, porque otros cumplirán que ella con estos programas de cristología “al uso del tiempo” sin tomar como pretexto a Cristo Jesús.

Este denunciado por el Papa Francisco es de verdad una tentación que ronda al cristianismo débil y sin estridencias, al populismo ideológico o pauperista de ayer y hoy, porque lo que cambia es sólo el contexto de cada época. Por eso conviene recordar estas palabras de Francisco: Los gnósticos «conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones. Al descarnar el misterio finalmente prefieren “un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo”»[3].

Cristo manda a Pedro remar mar adentro y Pedro le dice que han pasado toda la noche sin coger nada, y añade: «pero por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5).  La pesca resultó copiosa en exceso como para llenar dos barcas y, una vez más, parta que Pedro confesara con su sincera humildad: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (Lc 5,8). En el mosaico de Marko Rupnik en la capilla de la sucesión apostólica de la Conferencia Episcopal, vemos que mientras los apóstoles echan las redes es Jesús quien les va metiendo en ellas los peces. Esta feliz escena del mosaico dice lo nuclear de este pasaje evangélico: nada es posible sin Jesús, como él mismo enseña a los apóstoles «porque separados de mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Jesús nos manda echar las redes, pero no quiere que desesperemos al constatar nuestro fracaso en la pesca, sino que mantengamos la fe en que él puede hacer lo que nosotros no podemos. Por tanto, sólo él nos libra de culpabilizar nuestra conciencia cuando el seguimiento es pasión de amor sin otro interés que el de Jesús, venciendo la concupiscencia que mueve la envidia ante los logros de los demás hermanos, a los que necesitamos desacreditar y descalificar para eliminarlos como obstáculo que impide nuestro protagonismo en exclusiva. En el discipulado de Jesús no cabe una rivalidad movida por el deseo de poder y el manejo que manipula y subyuga sometiendo incluso por acoso y derribo, para que cuanto peor le vaya a mi hermano mejor me va a ir a mí. Esta tentación la tenemos desde el principio en movimiento, pero sólo tiene la respuesta de Pablo: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer» (1Cor 3,6).

Las rivalidades y las envidias han sido causa de muchos sufrimientos para mí como para tantos hermanos, y ante esto sólo me queda decir con el Apóstol que «me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro» (Col 1,24-25a). Aun cuando no fuera justo el sufrimiento que se me ha infligido, tengo firme convicción de que no hubiera sido posible sin la complicidad de quienes lo han provocado, sé que obedeciendo sigo el camino de Cristo. Así, anunciando a Cristo, mi tarea apostólica es la de lograr por su gracia que «todos alcancen la madurez de la vida en Cristo: ésta es mi tarea en la que lucho denodadamente con la fuerza que Dios me da» (Col 1,28-29). Que Dios me lo conceda por la intercesión de Nuestra Señora. Amén.

 

  1. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 5 de julio de 2021

[1] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 23.

[2] Cf. J. Blenkinsopp, El libro de Isaías (1-39) (Salamanca 2015) 222-226.

[3] Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exultate, n. 37.

HOMILÍA EN EL XXIV ANIVERSARIO DE LA CONSAGRACIÓN EPISCOPAL

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Lecturas bíblicas: Is 6,1-8; Sal 39,2.4.7-10 (R/. «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»); Col 1,24-29; Aleluya: Mc 1,17 («Venid conmigo -dice el Señor- y os haré pescadores de hombres»); Lc 5,1-11

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y seminaristas; y queridos fieles laicos; Queridos hermanos y hermanas:

Se cumple hoy por la misericordia de Dios el XXIV Aniversario de mi consagración episcopal en la Catedral del Salvador de Ávila. Cinco años después dispuso el Señor que fuera trasladado a esta Iglesia de Almería, donde se cumplen el próximo día 7 del corriente diecinueve años ejerciendo el ministerio apostólico como pastor de esta Iglesia particular, en la que el Señor ha querido que fuera fundamento visible de su unidad y vínculo de comunión eclesial[1].

Han sido años ilusionados de generosa dedicación al ministerio pastoral sin reservas, años fructíferos que han hecho posible un cambio muy profundo de las condiciones de una Iglesia diocesana que, a mi llegada, requería estructuración y consolidación espiritual y material, sucediendo en el tiempo el ministerio de mi venerado predecesor, al que cumplió esforzarse con denuedo por el crecimiento espiritual del presbiterio, apenas salido de unas décadas de especial dificultad tras la crisis posconciliar. A él correspondió trasladar la comunidad de seminaristas mayores a la capital diocesana, devolviéndola a Almería después de un cuarto de siglo en Granada, hondamente afectada por la crisis eclesial.

Ha sido decisión conscientemente asumida continuar la labor de mi predecesor y consolidar los logros de su pontificado, apostando con mi propio genio y saber por todo cuanto han exigido de mí los años que me ha tocado ser pastor de esta Iglesia

Por mi parte, ha sido decisión conscientemente asumida continuar la labor de mi predecesor y consolidar los logros de su pontificado, apostando con mi propio genio y saber por todo cuanto han exigido de mí los años que me ha tocado ser pastor de esta Iglesia, que me es tan amada, con la que el Señor quiso desposarme. Los textos sagrados que hemos escuchado iluminan el ejercicio de mi servicio pastoral con la luz de la revelación divina que esclarece la naturaleza del ministerio como institución de fundación divina.

El impresionante y sobrecogedor relato de la vocación de Isaías esclarece la iniciativa divina en la vocación profética, que requiere aquella santidad que evocan tanto la trascendencia de Dios aludida por el carácter elevado y excelso del trono divino como el aleteo de los serafines de seis alas que sobrevolaban el trono. Con dos alas se cubrían el rostro por temor de ver al Dios de Israel, cuya santidad se expresa en su trascendencia sobre la realidad creada; con dos alas se cubrían el cuerpo y con dos alas se cubrían los pies, evitando el contacto con lo profano, si por tal se entiende el mundo marcado por el pecado, concepto que se prolonga en el evangelio de san Juan. ¿Cómo no evocar los discursos del adiós de Jesús en el cuarto evangelio? Jesús ora por sus discípulos, porque «ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido los retire del mundo, sino que los guarde del Maligno» (Jn 17,14-15).

La santidad de Dios es proclamada por los serafines que gritan uno al otro: «Santo, santo, santo, Señor de los Ejércitos, llena está la tierra de tu gloria» (Is 6,3). Isaías tiene un particular interés en reivindicar en su predicación la santidad de Dios. El profeta no es contrario al culto, como podría hacer pensar su dura crítica a la vaciedad de un culto que honra a Dios con los labios, pero el corazón de los que le rinden culto está lejos él (cf. Is 29,13), pasaje de Isaías que Jesús recordará para prolongar la crítica del profeta, censurando un culto carente de contenido por su vaciedad y contrario a la honda verdad de los preceptos divinos (cf. Mc 7,6-7→ Mt 15,8-9). El verdadero culto practica la alabanza y la súplica, en las que el hombre reconoce que sólo puede vivir si cumple los mandamientos de Dios y confiesa su señorío sobre la creación y la historia de la humanidad; y si acude a Dios como al único Dios de misericordia que puede rescatar al ser humano de su condición pecadora.

Es aquí donde se ubica la experiencia de Dios tremenda y fascinante del que toma conciencia de la santidad de Dios y de la propia condición pecadora. El profeta exclama: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos la Rey y Señor de los ejércitos» (Is 6,5). Es la experiencia de quien es llamado al ministerio y se siente pequeño y pecador, hombre de labios impuros, llamado a proferir la palabra de la salvación. Aunque algunos comentaristas discuten que este pasaje de Isaías sea específicamente vocacional y afirman que, más bien, se trata de un texto de encomienda de una determinada misión divina a Isaías, relacionada con la amenaza que para Judá representa la guerra de ríos y samaritanos en torno al año 734, lo importante es la experiencia en sí de Dios que llama y encomienda un cometido que no es posible llevar a cabo sin el mandato divino, y sin el acercamiento a la santidad de aquel que envía y es todo santo[2]. Por eso, aunque uno es hombre de labios impuros, Dios purifica al que envía tocando los labios del profeta con un carbón encendido y le dice: «Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está expiado tu pecado» (Is 6,7).

A lo largo de mi ministerio entre vosotros he puesto un particular empeño en la necesidad de santidad que tenemos todos los ministros ordenados, puestos al servicio de la santificación del pueblo de Dios. Para ello se hacía necesario lograr una formación acorde con la mente de la Iglesia y la necesidad pastoral de cada momento y situación

A lo largo de mi ministerio entre vosotros he puesto un particular empeño en la necesidad de santidad que tenemos todos los ministros ordenados, puestos al servicio de la santificación del pueblo de Dios. Para ello se hacía necesario lograr una formación acorde con la mente de la Iglesia y la necesidad pastoral de cada momento y situación, teniendo en cuenta que la caridad pastoral de los sacerdotes define el espíritu sacerdotal, alejando a quienes han sido llamados al ministerio de una lenta pero progresiva asimilación al trabajo contractual marcado por reivindicaciones que de hecho estrechan el corazón del pastor. Una asimilación que sigue hoy creciendo desvirtuando la naturaleza del servicio sacerdotal; y de ahí la necesidad señalada por el Papa llamando a una verdadera “conversión pastoral”: conversión que algunos vacían de contenido evangelizador, para diluir el ministerio en un servicio de múltiple uso similar a la intendencia y la logística de las organizaciones benefactoras.

Vivimos una situación de caída de las vocaciones sacerdotales y ministeriales en general, de pérdida de las vocaciones a la vida consagrada, y de sólo podremos salir de esta crisis con el empeño de todos los diocesanos y sin escatimar compromisos y medios. Las vocaciones sacerdotales y la formación sacerdotal tienen su lugar propio en la diócesis. Siempre se ha dicho con acierto: ignorar los errores del pasado es arriesgarse a repetirlos, o peor aún: predisponerse a cometerlos de nuevo. Por otra parte, la vocación al sacerdocio se fortalece con fidelidad a la tradición apostólica, del mismo modo que la vida consagrada no puede ser despojada de los consejos evangélicos. Proponerlo así, favorecerlo poniendo los medios necesarios e ilusionando a los jóvenes con las vocaciones de especial consagración ha sido una constante de mi ministerio pastoral.

Del mismo modo, que he procurado una pastoral familiar basada sobre la antropología del matrimonio fundado sobre la unión de un varón y de una mujer, que ofrece la revelación divina como origen de la familia, que toma nombre del mismo misterio de comunión entre personas divinas que se dan en Dios uno y trino. El clericalismo del laicado lo distrae de su cometido propio en la acción evangelizadora de la Iglesia, por mucho que se apele a cuánto pueden hacer los laicos para suplir la insuficiencia de sacerdotes y diáconos. La enseñanza del Vaticano II es clara sobre este importante cometido: los laicos están llamados a llevar el evangelio a los asuntos temporales, y ser al mismo tiempo colaboradores del ministerio pastoral sin un clericalismo engañoso. Los ministerios laicales son un campo más rico de lo que habitualmente estamos acostumbrados a admitir, y el Papa acaba de enriquecer los cometidos del laicado en la acción pastoral de la Iglesia dando estatuto al ministerio del catequista, basándose en que este es un ministerio antiguo y permanente en la acción evangelizadora de la Iglesia.

La asimilación del evangelio a la mente del mundo sólo trae consigo amoldar la vida de la Iglesia a imagen del mundo.

He querido en estos años responder a la exhortación de Cristo a los Apóstoles para que convertidos en pescadores de hombres cosecharan unas redes abundantes. Esto no se logra, ciertamente, ocultando la fe para conjurar el escándalo de la cruz, ni acomodando a los deseos de cada generación el anuncio del Evangelio. La asimilación del evangelio a la mente del mundo sólo trae consigo amoldar la vida de la Iglesia a imagen del mundo. Si se pierde la fe en la encarnación del Verbo, viendo en ella una expresión meramente simbólica del dogma de Cristo, de forma que Jesús se convierta en paradigma del sentimiento religioso común a la humanidad en proceso de secularización definitiva; si hacemos de Cristo un maestro de coherencia ética o de moral convergente con lo que le es posible aceptar como correcto a la mera razón; o bien cambiamos a Cristo por un reformador social, aspiración de tiempos no lejanos; si esto sucede, entonces la Iglesia ha perdido para siempre su futuro, porque otros cumplirán que ella con estos programas de cristología “al uso del tiempo” sin tomar como pretexto a Cristo Jesús.

Este denunciado por el Papa Francisco es de verdad una tentación que ronda al cristianismo débil y sin estridencias, al populismo ideológico o pauperista de ayer y hoy, porque lo que cambia es sólo el contexto de cada época. Por eso conviene recordar estas palabras de Francisco: Los gnósticos «conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones. Al descarnar el misterio finalmente prefieren “un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo”»[3].

Cristo manda a Pedro remar mar adentro y Pedro le dice que han pasado toda la noche sin coger nada, y añade: «pero por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5).  La pesca resultó copiosa en exceso como para llenar dos barcas y, una vez más, parta que Pedro confesara con su sincera humildad: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (Lc 5,8). En el mosaico de Marko Rupnik en la capilla de la sucesión apostólica de la Conferencia Episcopal, vemos que mientras los apóstoles echan las redes es Jesús quien les va metiendo en ellas los peces. Esta feliz escena del mosaico dice lo nuclear de este pasaje evangélico: nada es posible sin Jesús, como él mismo enseña a los apóstoles «porque separados de mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Jesús nos manda echar las redes, pero no quiere que desesperemos al constatar nuestro fracaso en la pesca, sino que mantengamos la fe en que él puede hacer lo que nosotros no podemos. Por tanto, sólo él nos libra de culpabilizar nuestra conciencia cuando el seguimiento es pasión de amor sin otro interés que el de Jesús, venciendo la concupiscencia que mueve la envidia ante los logros de los demás hermanos, a los que necesitamos desacreditar y descalificar para eliminarlos como obstáculo que impide nuestro protagonismo en exclusiva. En el discipulado de Jesús no cabe una rivalidad movida por el deseo de poder y el manejo que manipula y subyuga sometiendo incluso por acoso y derribo, para que cuanto peor le vaya a mi hermano mejor me va a ir a mí. Esta tentación la tenemos desde el principio en movimiento, pero sólo tiene la respuesta de Pablo: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer» (1Cor 3,6).

Las rivalidades y las envidias han sido causa de muchos sufrimientos para mí como para tantos hermanos, y ante esto sólo me queda decir con el Apóstol que «me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro» (Col 1,24-25a). Aun cuando no fuera justo el sufrimiento que se me ha infligido, tengo firme convicción de que no hubiera sido posible sin la complicidad de quienes lo han provocado, sé que obedeciendo sigo el camino de Cristo. Así, anunciando a Cristo, mi tarea apostólica es la de lograr por su gracia que «todos alcancen la madurez de la vida en Cristo: ésta es mi tarea en la que lucho denodadamente con la fuerza que Dios me da» (Col 1,28-29). Que Dios me lo conceda por la intercesión de Nuestra Señora. Amén.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

+ Adolfo Gonzalez Montes, Obispo de Almería

Almería, a 5 de julio de 2021

Ilustración. Ánimo. Soy yo (2011). Marco Ivan Rpnik. Mosaico de la Capilla de la Sucesión Apostólica de la Conferencia Episcopal Española. Madrid.

[1] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 23.

[2] Cf. J. Blenkinsopp, El libro de Isaías (1-39) (Salamanca 2015) 222-226.

[3] Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exultate, n. 37.

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Yo firmo el testamento vital

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La Conferencia Episcopal Española anima a firmar el testamento vital (descargar en word).

El testamento vital es la expresión escrita de la voluntad de un paciente sobre los tratamientos médicos que desea recibir, o no está dispuesto a aceptar, en la fase final de su vida. El testamento vital también especifica que se administren los tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos, pero que no se aplique la eutanasia.

¿Sabías que las campanas tienen también una función litúrgica?

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El Bendicional en su número 1142 nos recuerda que las campanas sirven para: «… convocar al pueblo cristiano para la asamblea litúrgica… (…) El tañer de la campana es, de alguna manera, la expresión de los sentimientos del pueblo de Dios, cuando este pueblo exulta o llora, da gracias o suplica, se congrega y pone de manifiesto el misterio de su unidad en Cristo».

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Javier Martínez: «Me encantaría seguir estudiando Teología»

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Javier Martínez Medina (Málaga, 1981) es maestro especializado en Educación Física, trabaja en el Colegio de la Asunción, en Pedregalejo, y pertenece a la parroquia de San Antonio de Padua. Este año ha concluido los estudios como Bachiller en Ciencias Religiosas, en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Pablo, en Málaga, una experiencia formativa que recomienda.

¿Cómo comenzó los estudios en Ciencias Religiosas?

Hace algunos años sentí la vocación al sacerdocio y me fui a un Seminario a Washington, en Estados Unidos. Después de un curso intensivo de inglés, comencé los estudios de Filosofía y Teología. Estuve casi cinco años en Estados Unidos pero en ese proceso de discernimiento del Seminario me fui dando cuenta de que no era mi vocación y me volví a Málaga. Entonces pensé que era una pena dejar esas asignaturas perdidas y decidir continuar los estudios aquí. El director, Gabriel Leal, me ayudó mucho a convalidar las asignaturas y seguir cursando las que me faltaban. Era un tema que me estaba interesando, aunque nunca me había planteado estudiar Teología hasta que llegué al Seminario pero, una vez que comencé, descubrí una carrera muy bonita e interesante en la que aprendí muchas cosas que desconocía. Tenía ideas equivocadas y me faltaban argumentos sobre temas de fe y magisterio, pero después de los estudios entiendes muchas cosas de lo que se hace y se dice en la Iglesia.

¿Qué destacaría del tiempo que ha estado estudiando en el Centro Teológico de la diócesis?

Destacaría la calidad del profesorado, muchos me han sorprendido, son auténticos especialistas en su materia. Por otro lado, también destacaría el compañerismo. He conocido a muy buenas personas. En el centro se crea un ambiente muy bueno entre personas de distintas edades.

¿Qué supuso para usted cerrar esta etapa con el examen de Síntesis Teológica?

La verdad es que ha significado mucho. El día antes del examen estuve recordando todos los años que he dedicado a ello, desde que comencé en Estados Unidos. Recordé muchos momentos muy buenos del Seminario, y los ocho años que he dedicado a completarlos en Málaga. La Síntesis Teológica me ha venido muy bien para recuperar y recordar muchas enseñanzas de las primeras asignaturas que estudié. Hacer el examen me ha ayudado mucho a tener una visión global de todo y sacar provecho de tantos temas diferentes como se tratan en estos estudios universitarios.

¿Le han ayudado los estudios en su vida, han tenido algún eco en ella?

A mí me han ayudado. Podría parecer que son solo teoría y que la fe es algo más relacionado a los hechos concretos de tu vida, pero esta formación me ha ayudado a ver y entender mucho sobre Dios, la Iglesia, los sacramentos… Todo tiene un fundamento en la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia. Realmente es muy bueno tener este conocimiento para entender y dar razón de nuestra fe.

Los laicos tenemos poco tiempo, aún así, ¿recomendaría a los lectores que se informen y se lancen?

Sí, por supuesto. Es cierto que se necesita tiempo para estudiar y hay que sacarlo de donde sea pero merece mucho la pena y es una formación que yo recomendaría a todo el mundo porque descubres muchas cosas que desconoces. Y si no tienes mucho tiempo, no pasa nada, porque puedes matricularte de algunas asignaturas e irlas cursando poco a poco, al ritmo que cada año puedas. Al final terminas muy contento. 

¿Continuará la formación?

Me lo estoy planteando. Los estudios de Teología, en sí, me han resultado muy interesantes. El tiempo que tengo no es mucho, pero me encantaría seguir. Este verano me lo voy a pensar e intentaré seguir adelante con algo más.

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Nuevos miembros del Consejo de Asuntos Económicos reciben su nombramiento

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José Marcos Balboteo Martos, Pablo Pastor Vega y María Victoria Díaz Santaolalla han realizado el juramento y profesión de fe como nuevos miembros del Consejo de Asuntos Económicos durante la reunión del pleno celebrado el 6 de julio.

El Consejo de Asuntos Económicos (CAE) es un órgano especializado que se ocupa, como su propio nombre indica, de los temas relativos a la administración. Como señala el secretario general de la Diócesis de Málaga, Francisco García Villalobos, «está compuesto por técnicos, especialistas en derecho y economía, cuya permanente se reúne mensualmente, y que cumplen un servicio de asesoramiento y control de las distintas inversiones que realiza la Diócesis. El pleno se ocupa, además, de aprobar el balance y los presupuestos anuales».

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El Obispo de Jaén anima a los fieles a rezar por el Papa para su completo restablecimiento

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El pasado domingo, el Papa Francisco fue sometido con éxito, a una operación quirúrgica. Se trataba, según informó la oficina de Prensa de la Santa Sede, de una estenosis diverticular de sigma, de la que ya se recupera de forma satisfactoria en planta en el Policlínico Gemelli de Roma.

El Obispo de Jaén, Don Amadeo Rodríguez Magro, ha expresado públicamente que está pendiente de la evolución del Santo Padre, y pide a los fieles de la Diócesis que recen por la salud del Sumo Pontífice, sucesor de Pedro y cabeza de la Iglesia.

No es la primera vez que el Obispo jiennense ha mostrado su afecto por el Papa Francisco, ya en el año 2017 y con motivo del día de San Pedro y San Pablo, Don Amadeo escribió una Carta Pastoral que tituló, «Jesucristo, la Iglesia y el Papa» en la que pedía a los diocesanos rezar por Francisco en el Día del Papa.

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El legado espiritual y biográfico de San Juan de Ávila en una exposición

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La Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque custodia un excepcional conjunto de obras referentes al Maestro Ávila. De ahí que con motivo del III Congreso Internacional Avilista haya reunido en una exposición parte del legado del Santo y Doctor de la Iglesia Universal, con ejemplares de difícil localización. Elena Bellido lo explica en la siguiente entrevista

¿Cómo surge la idea de reunir parte del legado bibliográfico en una exposición?

Con motivo del III Congreso Internacional Avilista, cuya clausura tuvo lugar en Montilla, la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque ha querido contribuir en el desarrollo de las actividades programadas con la muestra “San Juan de Ávila en los fondos bibliográficos de la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque”, institución que custodia un excepcional conjunto de obras referentes al Maestro Ávila.

¿Qué libros podemos encontrar en ella?

Se trata de una minuciosa selección de rarísimos ejemplares de difícil localización en otras bibliotecas de prestigio. Siguiendo una línea cronológica en su recorrido, esta muestra da a conocer algunas de las más importantes obras impresas que contienen el legado espiritual y biográfico de San Juan de Ávila. Los ejemplares expuestos están fechados en un arco de tiempo que abarca desde los años finales del siglo XVI al XX.

¿Cuáles son las obras principales y cuál es su estado de conservación?

Los libros expuestos presentan buen estado de conservación. Por su singularidad y extraordinario valor bibliográfico podemos destacar el ejemplar titulado Obras del Padre Maestro Juan de Ávila, impreso en Madrid en 1588, donde se incluyen “Epistolario general” y el “Libro espiritual sobre el verso Audi Filia” ─su composición más significativa─, además de la biografía que le dedicó fray Luis de Granada, uno de sus grandes discípulos. De los primeros años del siglo XVII despierta un elevado interés Tercera parte de las obras del padre maestro Juan de Ávila, obra impresa en Sevilla en 1603 que trata sobre dos de los pilares fundamentales de su doctrina, el Santísimo Sacramento y el Espíritu Santo, como consta en el bellísimo grabado calcográfico que aparece en su portada. También pertenecientes al seiscientos se exponen, además de otros ejemplares, dos ediciones de la biografía que Luis Muñoz compuso al Apóstol de Andalucía, Vida y virtudes del venerable varón el Padre Juan de Ávila, que están datados en 1635 y 1671 respectivamente, teniendo la particularidad de insertar un grabado que muestra una efigie del santo que ha contribuido notablemente en la definición de su iconografía.

Entrados ya en el siglo XVIII cabe destacar el conjunto formado por nueve volúmenes que componen la Obras del venerable Maestro Juan de Ávila, impresos en Madrid entre 1759 y 1760, manifestando el gran interés que despierta su figura al compilar en un mismo corpus sus indicaciones y tratados doctrinales. Presentes también se encuentran curiosísimas publicaciones que, relacionadas con las directrices espirituales o tocantes a la biografía del Doctor de la Iglesia, vieron la luz durante la centuria decimonónica, teniendo una especial significación aquellas surgidas con motivo de su beatificación en 1894, pudiendo resaltar entre las mismas Crónica de los festejos en Montilla por la beatificación del Venerable Maestro Juan de Ávila, y la vida del mismo y su proceso, obra compuesta por el erudito Dámaso Delgado e impresa en Montilla en 1895.

¿Cuál es el valor histórico y cultural de estos libros en el contexto de los libros editados en la época en que escribió sus obras San Juan de Ávila?

El valor bibliográfico que contienen estos libros es extraordinario, al tratarse de ediciones de las que en la actualidad se conocen un número muy reducido de ejemplares. Además, entre los mismos encontramos algunos de los primeros textos impresos que recogen la doctrina de San Juan de Ávila y acercan su perfil biográfico a través de personas que tuvieron trato cercano con él, como es el caso de fray Luis de Granada. Asimismo, nos encontramos con obras que son fundamentales en el sentido de que forman parte esencial en la gama de libros religiosos que imprimieron la profundidad de la formación espiritual católica que surge a partir del Concilio de Trento y aún se contempla de plena actualidad.

¿Hasta cuándo y en qué horario podemos visitar esta exposición?

Podrá visitarse en la Casa de las Aguas, sede de la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque, del 2 al 15 de julio. El horario de apertura es el siguiente: de martes a viernes de 8:30 a 14:30, sábados, domingos y festivos, de 11:00 a 14:00 horas.

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Primera Eucaristía presidida por Pablo Fernández Grande

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El sábado 3 de julio, Pablo Fernández grande presidió por primera vez en la eucaristía en nuestra parroquia, después de haber sido ordenado presbítero el pasado 26 de julio. Pablo pertenece a una familia que ha vivido en nuestro barrio y de aquí salió para el seminario. Como miembro del Camino Neocatecumenal, ha realizado su preparación sacerdotal en el Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater San Juan de Ávila de Córdoba. Sus padres y algunos de sus hermanos viven como misioneros en Osaka (Japón) y han podido regresar para la ordenación de su hijo. La celebración fue una gozosa acción de gracias al Señor por este nuevo Presbítero. Lo encomendamos al Señor en la misión que le ha  encomendado nuestro obispo a la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Priego de Córdoba y a varios pueblos de la zona.







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MONS. GONZÁLEZ MONTES: “Doy gracias a Dios por estos 24 años de obispo ilusionados y fructíferos”

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El 5 de julio es una fecha señalada desde hace casi una veintena de años en la agenda diocesana. Se celebra el aniversario de la consagración episcopal de Mons. González Montes. Este año, el Vicario General convocaba a sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos para acompañar al obispo diocesano en esta efeméride.

Y como requiere la ocasión, la Catedral de la Encarnación se engalanaba para celebrar la eucaristía conmemorativa. Los nuevos vicarios (general y de pastoral), el cabildo, el seminario diocesano y un numeroso grupo de sacerdotes y laicos participaron de esta celebración con su oración y cantos de alabanza.

En su homilía, el prelado almeriense recordó su consagración en la catedral de Ávila y su traslado a Almería. “19 años ilusionados y fructíferos prolongando el ministerio de Mons. Álvarez Gastón. A él correspondió trasladar el Seminario a Almería. Y yo prolongué los logros de su pontificando aportando mi propio genio y saber”.

“Durante mi pontificado, afirmaba, he puesto un empeño especial en la santidad que tiene que tener todo ministerio ordenado y una formación acorde con la mente de la Iglesia. Necesitamos como afirma el papa Francisco una “conversión pastoral”. Vivimos en una situación de las vocaciones sacerdotales y la vida consagrada y sólo podremos salir con el compromiso de las comunidades cristianas. Las vocaciones sacerdotales tienen su lugar propio en la diócesis. Aprender de los errores del pasado ha sido siempre un buen consejo para todos”.

Al finalizar la celebración, fue felicitado por sacerdotes y feligreses correspondiendo sus atenciones con palabras y gestos de agradecimiento.

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