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Religiosos, consagrados y sacerdotes de Melilla comienzan juntos el Adviento

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Religiosos y religiosas, consagrados y el clero de Melilla comenzaron el tiempo de Adviento compartiendo juntos un día de retiro en el Colegio Nuestra Señora del Buen Consejo.

Más de una treintena de Religiosas Franciscanas Capuchinas, Hermanos de la Salle y Maristas, Religiosas de la Divina Infantita, Hijas de la Caridad y Apostólicas, más los sacerdotes y el diácono presentes en la ciudad autónoma de Melilla dedicaron la mañana del sábado 27 de noviembre a la reflexión y la oración como preparación para vivir en profundidad el tiempo de Adviento.

La meditación de la mañana estuvo dirigida por el sacerdote castrense «Pater Paco», en la que «nos invitó a llenarnos del Señor y llevar con alegría la Buena Noticia del Dios-con-nosotros a nuestras comunidades y ambientes educativos y de caridad», afirma el vicario de Melilla, Eduardo Resa. 

La mañana la concluyeron compartiendo juntos un almuerzo fraterno.

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Fallece a los 83 años el sacerdote Antonio Hoyos

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El sacerdote Antonio Hoyos Benítez ha fallecido este lunes 29 de noviembre a los 83 años de edad. La misa exequial tendrá lugar el martes 30 de noviembre a las 12.00 horas en la iglesia de las Carmelitas Descalzas de Ronda.

Nacido en Arriate en 1938, se ordenó de sacerdote en 1965 en la parroquia de San José Obrero de la capital, en la barriada de Carranque. 

Entre otros ministerios pastorales, ha sido misionero rural en Vélez-Málaga, ecónomo de Cútar y Salto del Negro, ecónomo de El Burgo y encargado de Yunquera, párroco del Espíritu Santo y párroco de Cartajima y Parauta, ejerciendo durante muchos años como capellán sanitario del Hospital Comarcal de Ronda.

En la actualidad era el confesor de las Carmelitas Descalzas de Ronda.

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11 de DICIEMBRE. Encuentro de formación de Adviento organizado por la Comunidad Asís

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La Comunidad Asís organiza una jornada de formación que tendrá lugar el sábado 11 de diciembre, en modalidad online. Una nueva oportunidad para vivir el Adviento, de la mano del filósofo y profesor Carlos Díaz, que dirigirá la reflexión.

El título de la charla será «Adviento: Advenimiento total», y tendrá lugar el sábado 11 de diciembre, a las 11.00 horas, en modalidad online.

Para inscribirse, hay que rellenar este formulario

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LA CARIDAD TIENE VOZ. Colichet, las Hijas de la Caridad, 30 años acompañando a las personas enfermas de sida

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NoticiaEl Espejo

Isabel, junto a Sor Juana

Publicado: 29/11/2021: 77

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Con motivo del Día Mundial de la Lucha contra el Sida, Paqui Cabello, directora de la Casa Colichet de Cáritas Diocesana, se acerca a los micrófonos de COPE Málaga para compartir los 30 años de vida de esta casa y agradecer a las Hijas de la Caridad su labor de cuidado y acompañamiento a las personas enfermas de sida, durante estas tres décadas.

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«Buscábamos acompañamiento en nuestro noviazgo y nos encontramos con la noticia de la Escuela de Novios +Q2»

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NoticiaEl Espejo

Publicado: 29/11/2021: 138

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La Delegación de Pastoral Familiar ha puesto en marcha la Escuela de Novios +Q2. Tras el primer encuentro, algunas de las parejas que participaron se acercaron a los micrófonos de COPE Málaga para compartir su experiencia con todos los oyentes. Ellos son Pedro y Rocío, Marta y Javier y Juanma y María.

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LOS JINETES DEL ADVIENTO. Un Adviento sinodal

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NoticiaIglesia Noticia

Publicado: 29/11/2021: 42

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Paco Guzmán, presidente diocesano de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), Cristina Sánchez Lamarca, Hija de la Caridad, y Eduardo Muñoz, diácono recientemente ordenado, nos hablan, ante los micrófonos de COPE Málaga de cómo enfocar este Adviento, con sabor a sinodalidad.

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«ALEGRES EN LA ESPERANZA DE LA SALVACIÓN»

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Queridos diocesanos:

Comenzamos el Adviento, tiempo fuerte de preparación a la celebración de los misterios de la Natividad del Señor y de orientación de la entera existencia del cristiano a la vuelta de Cristo en su gloria, porque a ambas perspectivas mira el Adviento. Hablando san Cirilo de Jerusalén de que casi todas las cosas don dobles en Cristo, se refiere a ambas venidas de Señor, menciona sus dos nacimientos: uno de Dios Padre en la eternidad, como Hijo engendrado antes del tiempo; y otro, en el tiempo nacido de la Virgen María. Por eso la preparación para su retorno en gloria nos hace asimismo pensar en la gloria que el Hijo tenía junto al Padre antes de la creación del mundo. La segunda venida de Cristo trae consigo la consumación de la historia del mundo y la realidad de la nueva creación, que no nos es dado imaginar, porque tampoco es materia de ciencia ficción.

Celebrar las venidas del Señor en carne y en gloria exige de cada cristiano volverse hacia el mensaje de conversión a Dios que Cristo proclama en su primera venida y al juicio de Dios que trae consigo el retorno en gloria de Cristo. Se trata de afrontar la conversión y el juicio, y tal es el propósito de la liturgia de la Palabra de la Misa, tanto en los últimos domingos del año litúrgico que acaba con la fiesta de Cristo Rey como de los dos primeros domingos del Adviento, tiempo santo con el que comienza el nuevo año litúrgico.

Las llamadas a la vigilancia para no ser sorprendidos por el Señor que llega, la invitación a contemplar la llegada en gloria del Hijo del hombre con una doble orientación: la que mira a la gloria del que viene como la que tiene que tomar con la mayor seriedad el poder de juzgar que Dios Padre ha confiado al Hijo, juez supremo de vivos y muertos. Lo recuerda san Pablo a los cristianos de Roma sin ambages: «En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios… Así, pues, cada uno dará cuenta de sí mismo a Dios» (Rm 14,11.12). Lo vuelve a recordar a los Corintios, dando además razón de esta comparecencia, al decir: «Porque es necesario que nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal» (2Cor 5,10).

Las dos venidas de Cristo, una en la humildad de nuestra y otra en la gloria que sólo es propia del Hijo del hombre, no agotan la llegada del Señor para salvación de los hombres, ya que hay una tercera venida del Señor, de carácter oculto y permanencia constante: la venida de la que habla el libro del Apocalipsis y comentaron, entre otros los pioneros de esta exégesis de las Escrituras: san Agustín de Hipona[1] y san Bernardo de Claraval. Éste último habla del carácter oculto de la venida permanente del Señor al alma para lograr de ella la conversión y la transformación que trae consigo la recreación de la gracia divina en cada bautizado, verdadera innovación que es recreación constante del alma cristiana[2]. Es una venida oculta a los ojos de la carne, pero de total transparencia para el que es visitado y prevenido, disponiéndolo a la vigilancia que ha de tener quien sabe que la tercera y última venida en gloria puede irrumpir primero en aquel a quien Dios llama a su presencia.

El «adviento oculto» del Señor lo es tanto en lo que se refiere a los tiempos de la venida en gloria, pero también en lo que se refiere a una tercera venida: la que realiza constantemente a aquellos que el Señor elige y se da a conocer en lo hondo de ellos mismos, haciendo posible su salvación. En esta venida experimentan los que el Señor elige la cercanía de la salvación, advirtiéndoles de la necesidad de la vigilancia, como lo evocan las palabras de Cristo en el libro del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). El pasaje alude sin duda al banquete mesiánico de los tiempos últimos, o mejor, del reino logrado como señorío final de Dios. Este tercer modo de la venida de Cristo, que san Bernardo de Claraval «venida intermedia», se anticipa en el hoy de la vida cristiana para cada bautizado y para la comunidad de la que forma parte, por medio de la predicación y los sacramentos. Estos signos nos comunican la gracia prolongando en los bautizados los efectos de la redención de Cristo en nosotros, y por medio de ellos se nos adelanta la participación en la vida de Dios mediante la acción del Espíritu Santo en aquellos que los reciben. Se cumple así la promesa de Jesús: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).

La vida del cristiano, con todo, no es apacible en sí misma, sino que encierra las luchas y tentaciones que contribuyen a purificar al cristiano, reclamando de él autenticidad en la conversión a Dios y a Cristo. La vida al modo evangélico exige al discípulo de Cristo renuncia a la vida de pecado, ayudándose de las mociones de la gracia que suscita la audición y meditación de la palabra de Dios y la circulación de la vida en el alma y en el cuerpo recibida en los sacramentos, que activa la victoria sobre el poder del mal, domeñando las concupiscencias de la carne y disponiendo al cristiano parta la pregustación de los bienes del reino. De esta suerte así dispuesto el que sigue a Cristo siente su presencia, la mano amiga que le sostiene para que pueda caminar por la senda que conduce a la vida eterna.  Por esto dice san Bernardo que «esta venida intermedia es un camino que enlaza la primera con la última. En la primera, Cristo ha sido nuestro rescate; en la última, se manifestará vida nuestra; en la actual, para que durmamos entre los dos tesoros, Cristo es nuestro descanso y consuelo esta venida de Cristo es oculta y que «los elegidos sólo lo ven en lo hondo de ellos mismos», concluyendo que de esta manera se salvan[3]. 

            San Pablo nos anuncia el gozo de haber sido salvados en esperanza (Rm 8,24). La venida en carne de Cristo es el fundamento de esta esperanza y por ella nos exhorta a que esta esperanza que se funda en la aparición del Hijo de Dios en carne, en la fragilidad del Niño de Belén, «nos mantenga alegres; constantes en la tribulación y perseverantes en la oración, compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad» (Rm 12,12-13). Mantengamos el gozo de haber conocido la verdad revelada en nuestra humana condición, en la manifestación de Cristo, nuestra salvación en el Adviento que comenzamos y siempre. Que la próxima celebración de la venida del Señor al mundo por nosotros nos disponga a recibir de él la salvación que esperamos y es causa de nuestra alegría.

Con todo afecto y bendición.

Almería, a 28 de noviembre de 2021

Domingo I de Adviento

                    + Adolfo González Montes, Obispo de Almería

[1] San Agustín, Carta 199 11,41-42; y 13,52ss: Obras completas de san Agustín, ed. bilingüe BAC 99b (1991) 132-178.

[2] San Bernardo, In adventu Domini: Serm. cuarto y quinto: Obras completas III. Sermones litúrgicos (1º): BAC 469 (22005) 87-95 y 95-99.

[3] In adventu Domini: Serm. V, 1: cit. BAC, 95.

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Homilía en el inicio de mi episcopado como Obispo de Jaén

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Excmos. Sres. Arzobispos y obispos, gracias por vuestra cercanía y vuestra oración, y por el esfuerzo que han realizado para acompañarme en este momento. Vuestra presencia es un signo visible de la comunión en la iglesia que me alienta y conforta ante la misión que inicio esta mañana.

 

Excmo. Sr. Nuncio, Mons. Auza, gracias por las palabras de cariño y ánimo que me ha dirigido. Nuevamente, le pido que transmita al Santo Padre, el Papa Francisco, mi total comunión y fidelidad a su persona y a su Magisterio.

 

Saludo a D. Amadeo, mi antecesor, y agradezco, también, las palabras con las que nos ha presentado el rostro de mi esposa, la Iglesia que camina en esta hermosa tierra, el Santo Reino de Jaén. ¡Gracias por sus palabras de acogida y bienvenida!

 

Sacerdotes que habéis venido desde los distintos puntos de nuestra Diócesis y los que habéis llegado desde fuera para acompañarme, de una manera especial, D. José Manuel, el obispo de mi querida Diócesis de Cartagena, ha sido para mí un padre, un hermano y un maestro.

 

Cabildo catedralicio, religiosos, seminaristas ¡Gracias por vuestra acogida!

 

Excmas. e Ilmas. autoridades civiles, académicas, militares y judiciales, agradezco su presencia en este acontecimiento tan importante de nuestra Iglesia jienense. Nuevamente, les manifiesto mi disponibilidad, mi servicio y colaboración en todo aquello que les pueda ser necesario para el bien de nuestro pueblo.

 

Saludo, especialmente, a todos los ancianos, enfermos y amigos que nos estáis siguiendo por la Cadena Cope, Radio María, así como a los que nos estáis viendo por Trece TV y Popular TV.

 

Queridos feligreses, familia y amigos.

 

Nuevamente, como Pedro, he vuelto a escuchar de la boca del Señor esa pregunta que llega hasta lo más hondo de nuestro corazón: “¿me amas?” y, ante mi respuesta de amor, Él me ha dicho: “¡Sígueme!”.  Lo dijo de una manera especial cuando me llamó al ministerio sacerdotal, y acepté; por segunda vez lo dijo cuando me llamó al ministerio episcopal, como obispo auxiliar de la diócesis de Cartagena, y acepté; y por tercera vez, ante esta nueva llamada que me hace para que pastoree a ésta Diócesis de Jaén, como sucesor de los Apóstoles, me lo ha dicho y he vuelto a aceptar, y siempre con el deseo de “amarle con todo mi corazón, con todo mi ser y con toda mi mente” (Cfr. Mt. 22, 38) y entregarme, confiadamente, a Su voluntad.

 

Doy gracias a Dios por la gran misericordia que siempre ha tenido conmigo, por el don de su Espíritu, con el que me ha enriquecido, y le pido que me ayude a vivir la santidad, “porque tengo que servir a la Iglesia como maestro, santificador y guía… Y, configurado con Cristo, amarla con el amor de Cristo esposo y ser ministro de unidad, haciendo de ella un pueblo convocado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Cfr. Pastores Gregis n. 13)

 

Hoy vivimos un momento importante en el devenir de nuestra Iglesia diocesana. Vivimos el proceso de la Sucesión Apostólica, donde cambiamos las personas, pero permanece el ministerio y el servicio al pueblo santo de Dios. Desde aquellos primeros tiempos apostólicos, la Iglesia del Señor continúa y crece por obra del Espíritu Santo, que nos envió el Resucitado, por medio de la Palabra y el ministerio de los Apóstoles. Demos gracias a Dios, en este día, por cómo nos está cuidando.

 

Desde los tiempos de San Eufrasio, uno de los siete Varones Apostólicos que llegaron a nuestras tierras hispánicas, Cristo preside, vivifica y dinamiza a esta Iglesia. Aquí está viva su Palabra como permanente revelación del amor de Dios y de nuestra salvación; aquí se hace presente en cada altar mediante el Sacramento de la Eucaristía, fuente de vida que emana hasta la vida eterna; aquí encontramos su perdón, el consuelo de nuestras heridas y la fuerza para ponernos en pie y seguir caminando; aquí está el poder de Dios transformando nuestros corazones, haciéndonos una gran familia: sus hijos, y abriéndonos camino para alcanzar la plenitud de su Gloria y, por tanto, viviendo en esperanza; y desde aquí, desde esta Iglesia peregrina, Iglesia en salida, Iglesia samaritana, emana la fuente de Caridad, que brota del Corazón abierto de Cristo, que se ofrece para curar, sanar y salvar al hombre.

 

Juntos, queridos hijos, iniciamos esta nueva etapa. Vengo con el único programa de unirme a vosotros y caminar juntos, como vuestro servidor, de todos, pero de forma especial de los pobres, los débiles, los enfermos, los que no tienen hogar, los migrantes…,  con el emblemático “encargo de predicar, dando solemne testimonio de que Dios ha constituido a Cristo juez de vivos y muertos” (Cfr. Hch 10,42) También, me uno a vosotros como vuestro hermano en la fe, con el deseo de sentir el calor fraternal que brota de nuestro bautismo y nos hace ser comunidad, familia, Iglesia, ayudándoos a crecer en la fe y a vivir en el amor de Dios y del prójimo.

 

Soy consciente de mis debilidades y limitaciones, pero os puedo asegurar que llego con pleno deseo de entregarme por entero a Cristo para dar mi vida al servicio de su Reino y al servicio de todos vosotros. Pues, “el buen pastor da su vida por sus ovejas” (Jn 15, 3)

 

Sé que cuento con la Gracia de Dios, pues así se ha manifestado a lo largo de toda mi historia, pero, también, os pido vuestra ayuda para ser un buen obispo, signo del Buen Pastor, Siervo, Esposo y Maestro de la Iglesia; un pastor según el corazón de Cristo, de quien un día se pueda decir: “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10, 38)

 

Juntos, viviendo la comunión, la participación y la misión, es decir, en sinodalidad, continuaremos la misión que el Señor nos encomendó: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15), con el realismo y la profundidad que esto significa e implica. Es cierto que no son pocos los obstáculos que nos encontramos, en este momento de nuestra historia, y que incluso nos pueden estar afectando en nuestra vida cristiana y en nuestra vocación, pero sabemos que vivimos el tiempo de Dios. Él nos ayudará a superarlos a través de nuestros dones, de las iniciativas comunitarias y, sobre todo, con su Gracia, haciéndonos crecer en calidad y cantidad para el servicio del Evangelio y de su Pueblo.

 

Vengo en un momento espléndido para escuchar el latir de vuestro corazón y el deseo que el Espíritu Santo nos quiere sugerir para nuestra peregrinación como Iglesia, ante la reflexión que el Papa Francisco nos pide para la preparación del Sínodo de los Obispos, en este momento concreto de nuestra historia, pero pensando en los hombres  y mujeres que han de recibir y vivir el testigo de nuestra fe.

 

Acabo de llegar a esta Diócesis, y ya me siento estrechamente unido a vosotros, mis hermanos sacerdotes, primeros colaboradores del obispo, que lleváis la gran responsabilidad del servicio al pueblo de Dios y del anuncio del evangelio en las parroquias y en los distintos oficios que desempeñáis. Os felicito por el “Sí” que un día disteis, por vuestra entrega y por vuestra fraternidad sacramental a la que desde hoy me incorporo. Desde ahora me pongo enteramente a vuestro servicio. Manifiesto mi cercanía y oración a los sacerdotes mayores y enfermos, a los que estáis en la misión o estudiando fuera de la diócesis. A todos, os aseguro, que vengo ilusionado y con gran deseo de empezar a trabajar juntos, viviendo en fidelidad al amor de Dios y al amor al pueblo santo que tenemos que servir en su nombre. A aquellos que desempeñáis responsabilidades diocesanas, a partir de este momento, os renuevo vuestra responsabilidad y deseo contar con vuestra ayuda. ¡Os voy a necesitar!

 

Nos tenemos que ayudar mutuamente para estar siempre alejados de la mediocridad. El Papa Francisco nos decía, a todos los cristianos, en una de sus homilías que: “Hay un sueño peligroso: el sueño de la mediocridad. Llega cuando olvidamos nuestro primer amor y seguimos adelante por inercia, preocupándonos sólo por tener una vida tranquila. Pero sin impulsos de amor a Dios, sin esperar su novedad, nos volvemos mediocres, tibios, mundanos. Y esto carcome la fe, porque la fe es lo opuesto a la mediocridad: es el ardiente deseo de Dios, es la valentía perseverante para convertirse, es valor para amar, es salir siempre adelante” (Hom. Adv. 29-11-2020)

 

De una manera especial, os manifiesto mi compromiso de ayuda y cercanía a todos vosotros, queridos seminaristas, pues sois nuestro “corazón diocesano”. He vivido intensamente durante años, con gran inquietud y entrega, la misión de la formación sacerdotal, tan necesaria hoy en nuestra Iglesia. Doy gracias a Dios por nuestro Seminario y manifiesto mi alegría por el grupo de seminaristas que lo formáis, pero también comparto mi preocupación por la pastoral vocacional y el celo por una buena formación de los futuros presbíteros, que nos pide la Iglesia Universal.

 

Expreso mi cariño y mi afecto a todos los religiosos y religiosas de nuestra Diócesis, a los Institutos Religiosos, a las Asociaciones de Vida Religiosa y Vírgenes Consagradas, que servís a esta Iglesia con vuestra entrega, enriqueciéndola espiritualmente con vuestro testimonio y siendo herramientas eficaces de trabajo y de recursos humanos al servicio de nuestros hermanos en las distintas realidades apostólicas que desempeñáis. Os saludo a todos y os agradezco vuestra entrega y vuestra fidelidad, así como vuestra oración por nuestra Diócesis y, de una manera especial, por mí en estos primeros pasos.

 

Queridos fieles, me siento ganado por vuestro afecto y por la acogida que estoy recibiendo. Vosotros: familias, jóvenes, ancianos, niños… sois junto a todos nosotros, sacerdotes y religiosos, la carne de Cristo, el rostro de mi esposa, la Iglesia, a la que deseo amar como esposo, padre y hermano. Desde el primer momento de mi nombramiento me han hablado con mucho cariño de vosotros, contándome que sois abiertos, cercanos, sencillos, bondadosos, agradecidos, una Iglesia muy viva.

 

Os deseo conocer personalmente, escuchar vuestras inquietudes y atender las necesidades propias, de vuestra familia o de vuestra realidad eclesial, pero también os necesito para la tarea que Dios me encomienda y para que me ayudéis, desde vuestra cercanía y la frescura de vuestra sinceridad, a ser el pastor que Dios desea para vosotros.  Os tengo muy presentes en mi oración, sobre todo a los enfermos y a los que están sufriendo por alguna circunstancia.  Pienso, de manera especial, en los pobres y necesitados, en las familias en dificultad, en las personas que no tiene vivienda, en los maltratados, en los presos, en los que no tienen trabajo y viven en precariedad económica, sobre todo pienso en el gran número de jóvenes que están viviendo en esta circunstancia, en los temporeros que no son tratados con dignidad, en los que sufrís las consecuencias directas o indirectas de esta pandemia… a todos vosotros, sabed que contáis con el amor preferencial de Dios. Sois las llagas abiertas de Cristo que tenemos que besar con nuestra atención, cercanía y ternura.

 

Del mismo modo, tengo presentes, a los que no creen, a quienes piensan diferente a nosotros, a los que no conocen a Jesús, ellos, también, son nuestros hermanos, y un reto de caridad en nuestra misión evangelizadora. Desde lo más profundo de su corazón nos están gritando, como a Felipe: “queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). El desconocimiento del Señor nos debe pesar como le pesa a Jesús, (nuestro Hermano Mayor), lo que debe avivar nuestra inquietud y “nuestro poner al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido” (1 Pe 4, 10), manifestando con nuestra vida que “la Iglesia es la casa de la alegría” (EG) y aquella pobreza que nos hace vivir en libertad.

 

A todos los que habéis participado en esta celebración (un nutrido número sois de mi Diócesis materna) y a los que la habéis hecho posible, preparando hasta los últimos detalles, ¡GRACIAS!

 

Encomiendo a toda nuestra Diócesis a la Virgen María, Nuestra Sra. de la Cabeza, Patrona de Jaén y en su maternidad pongo mi ministerio, para que me ayude a cuidar de la grey, a cuyo servicio hoy me pone el Espíritu Santo, para pastorear a esta Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen represento en la Asamblea; en el nombre del Hijo, cuyo oficio de Maestro, Sacerdote y Pastor ejerzo, y en el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia de Cristo y fortalece nuestra debilidad. Que Ella nos bendiga y nos proteja en esta etapa que comenzamos.

 

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

Palabras de bienvenida y saludo de Don Amadeo al Obispo Sebastián

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Con mis últimas palabras como Pastor de la muy amada Diócesis del Santo Reino de Jaén, me dirijo a nuestro Obispo electo Don Sebastián, que en esta celebración Eucarística tomará posesión de esta Sede Episcopal como el 76 sucesor de San Eufrasio. Con él está el Nuncio de Su Santidad, portador de la Bula Pontificia, que ratifica su elección y nombramiento; le acompañan un nutrido grupo de arzobispos y obispos, encabezados por el Señor Arzobispo de Granada, nuestro metropolita, y por el Señor Obispo de Cartagena, Don José Manuel Lorca Planes, del que Don Sebastián ha sido Obispo Auxiliar. Le hablo en nombre de este pueblo de Dios, hoy presente masivamente, en una muy amplia representación, en la Santa Iglesia Catedral de la Asunción de la Virgen, relicario del Santo Rostro de Jesús.

Somos la Iglesia que camina en las ciudades y pueblos de esta histórica Diócesis, situada en un mar de olivos y entre bellos paisajes, y que hoy recibe, con gratitud al Santo Padre, a su nuevo Pastor. Somos un pueblo cristiano en marcha, siempre ilusionado y siempre disponible; así me lo encontré, guiado entonces por mi predecesor, Mons. Ramón del Hoyo, y así se lo encontrará usted, si he sabido administrar, colaborando con el Espíritu Santo, este precioso capital humano y espiritual que me fue encomendado. Durante estos poco más de cinco años hemos sido una Iglesia sinodal y ahora se la encontrará activamente participando en el Sínodo al que nos ha convocado el Papa Francisco, en el que se nos invita a afianzarnos en nuestra identidad de Iglesia caminante y en salida. Le puedo asegurar que la participación activa, creativa e ilusionada en el sínodo universal está plenamente encauzada.

El laicado, los consagrados y consagradas, los diáconos y el presbiterio diocesano constituyen una Iglesia viva que ha ido renovándose tanto en su pastoral ordinaria, como en otras muchas iniciativas y acciones, todas orientadas en comunión y evangelización. Hemos caminado con una Plan Diocesano de Pastoral que, en sintonía con Evangellii Gaudium, nos ha alentado en un sueño misionero, el de llegar a todos con una pastoral claramente de anuncio activo del Evangelio de Jesucristo.

  • Sin perder el rumbo de hacer bien y situar adecuadamente el camino ordinario de la fe y de la vida cristiana de nuestras comunidades, hemos entrado a fondo en la vida en comunión de nuestra Diócesis, consolidando el espíritu sinodal en las instituciones, tanto diocesanas como arciprestales y parroquiales, para que todo nos llevara a caminar con una participación responsable en la vida de nuestra Iglesia, que ha querido ser casa común en esta sociedad jiennense.
  • Hicimos el firme propósito de ponernos en estado permanente de misión, y le puedo asegurar que, poco a poco, se ha ido modificando la concepción de la fe y la vida cristiana de muchos, sobre todo al descubrir que cada bautizado es una misión en el mundo.
  • Nuestro Plan de Pastoral nos ha llevado a una profunda reflexión sobre la vida sacramental y eucarística de nuestras comunidades, nos ha situado en la escucha de la Palabra, en la oración y en el aliento de promover y cuidar todo lo que ayude a cada cristiano a consolidar su vida en santidad.
  • La caridad, que siempre ha sido una virtud bien cultivada entre nosotros en actitudes y en realidades institucionales, nos hizo entrar en todas las marginaciones, de las que se está ocupando la misión social y caritativa de la Iglesia en esta tierra.

En torno a la comunión, la evangelización, el culto, la espiritualidad y servicio de la caridad, ha girado nuestro itinerario como Iglesia en todas sus instituciones: curia diocesana, arciprestazgos, parroquias, movimientos y grupos. Viene usted, por tanto, no a una Iglesia perfecta, pero sí a una Iglesia soñadora de caminos que la lleven a mostrar el rostro de Cristo a todos y en especial a los más heridos en su vida interior y en sus situaciones humanas y sociales. Se encontrará usted en Jaén con un humus religioso, bien favorecido por un rico universo de devociones y advocaciones cristológicas, marianas, y de tantos santos y mártires como se veneran en esta Iglesia.

Como la Diócesis de Jaén tiene como Madre y Patrona a la Virgen de la Cabeza, a ella que le pedimos que le proteja en su ministerio entre nosotros. ¡Dios guarde siempre a nuestro Obispo Sebastián!

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo Administrador Apostólico

Don Antonio lleva el Espíritu Santo a la Parroquia de San Agustín

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El domingo 28 de noviembre nuestro Obispo coadjutor, D. Antonio Gómez Cantero visitó por primera vez la Parroquia de San Agustín de la capital y presidió la Eucaristía en la que administró el Sacramento de la Confirmación a un grupo de cinco adolescentes y veintitrés adultos. Antes de iniciar la Eucaristía pudo conversar con los confirmandos y saludar a los feligreses.

En su homilía, animó a todos a dejarse llevar por el Espíritu Santo en este tiempo de sinodalidad y a dejar que prepare nuestra vida para recibir al Señor que viene, colaborando más activamente en la parroquia, sobre todo los que han recibido la efusión del Espíritu.

Un buen modo de comenzar el Adviento guiados por el Espíritu Santo y animados por don Antonio en comunión con la Iglesia.

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