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Inicio Blog Página 4

Mons. José Mazuelos preside la Misa de la Cena del Señor en la Catedral

Por
Diócesis de Canarias
-
2 Abr 2026
0

La Catedral de Canarias acogió este Jueves Santo la celebración de la Eucaristía de la Cena del Señor, presidida por el obispo de la diócesis, Mons. José Mazuelos, dando inicio al Triduo Pascual, el núcleo central de la fe cristiana.

Durante la celebración, Mons. Mazuelos profundizó en el significado de la Eucaristía como expresión del sacrificio de Cristo, presentado como el camino hacia la salvación. En su homilía, subrayó que “la verdadera fe no se fundamenta en el poder, sino en la humildad y en la disposición al servicio, siguiendo el ejemplo de Jesús en el lavatorio de los pies a sus discípulos.”

El obispo invitó a los fieles a “redescubrir la adoración eucarística como un espacio privilegiado para reconocer la presencia real del Señor, así como para acoger su perdón redentor, incluso en medio de las debilidades humanas.”

Asimismo, animó a “contemplar la realidad desde la perspectiva del sufrimiento y la pobreza, señalando que es en la entrega desinteresada donde se manifiesta la plenitud del Reino de Dios.”

La celebración incluyó el rito del lavatorio de los pies, uno de los momentos más significativos de esta liturgia, que recuerda el mandamiento del amor fraterno.

Finalmente, Mons. Mazuelos exhortó a la comunidad cristiana a permanecer unida en la oración durante estos días santos, integrando también a quienes no pueden participar físicamente, en una vivencia común del amor de Dios que marca el inicio del Triduo Pascual.

El Papa espera encontrar «fe, mucho amor, hospitalidad y acogida» en su visita a España

Por
Diócesis de Tenerife
-
2 Abr 2026
0

El papa León XIV, afirmó este pasado martes 31 de marzo, a la salida de su residencia en Castel Gandolfo, que espera encontrar «fe, mucho amor, hospitalidad y acogida» en su próxima visita a España, un país donde asegura haber encontrado siempre un pueblo de muy buena voluntad. “Desde hace más de 40 años he visitado España, y siempre he encontrado un pueblo de mucha fe y de muy buena voluntad. Que lo celebremos también en esta visita.”

El obispo de Roma añadió que espera que su visita a nuestro país sea también una «oportunidad para proclamar el Evangelio, el amor de Dios y la cercanía de Cristo a todos sus pueblos».

La reflexión diaria de Mons. Satué en Cope Málaga: Jueves Santo

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

El obispo de Málaga, José Antonio Satué, ofrece cada día de la Semana Santa una reflexión previa a la retransmisión diaria de las procesiones por parte de la Cadena COPE.

En el acto de liberación del preso de la cofradía de El Rico

Por
Obispo de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Queridos hermanos y hermanas, queridos miembros de la Hermandad de Jesús El Rico, autoridades, y especialmente tú, hermano, que hoy recobras la libertad:

Al preparar estas palabras, me venía a la memoria la historia de una niña nacida en una familia pobre. No podía viajar como sus amigas, ni tener los juguetes o los vestidos que ellas disfrutaban. Y se sentía desdichada por ser pobre.

Pero, al crecer, aquella niña descubrió que en su familia pobre había una riqueza inmensa: el amor. El amor entre su madre y su padre, el amor hacia ella y hacia sus hermanos. Un amor real, que no excluía momentos de incomprensión o dificultad, pero que la ayudó a crecer en confianza, en libertad interior, en inteligencia y en capacidad de esfuerzo; pues en esa casa sabían que las cosas importantes se alcanzan con trabajo y perseverancia.

Cuando la joven comprendió esto, dejó de verse pobre. Se descubrió rica, muy rica; afortunada, profundamente afortunada.

Comparto esta historia porque ilumina de manera preciosa los dos mensajes que deseo transmitir esta tarde.

Primer mensaje: la mayor riqueza de una persona es el amor.

El amor que recibe y el amor que da. Por eso podemos llamar “El Rico” a este Cristo sufriente, pobre hasta el extremo, casi sin fuerzas para seguir adelante porque lo ha entregado todo. Tenía razón El Principito: «Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos.» Con los ojos del corazón comprendemos que este Cristo pobre y sufriente es, en realidad, El Rico, con mayúsculas.

Segundo mensaje: el amor es fuente de libertad.

El amor de nuestros padres, de nuestros amigos, de la pareja, nos da alas para volar libres. Y el amor de Dios —un amor que no se detiene ante nuestros errores y que atraviesa incluso la muerte— nos concede la libertad más grande. No la libertad para destruir nuestro futuro, sino la libertad para vivir de verdad, para entregarnos, para amar como Jesús y con Jesús.

Por eso, querido hermano, te felicito de corazón. Hoy recuperas la libertad exterior. Y nos hacemos idea de lo que supone para ti y para tu familia. Pero deseo para ti también la libertad interior: la que nace de saberte amado por tu gente y por Dios, que nunca te ha soltado de la mano. Que esta oportunidad sea un comienzo, no un final. Que puedas reconstruir tu vida desde la dignidad que siempre has tenido y que nadie te puede arrebatar.

Y a todos los presentes, os recuerdo que la tradición de Jesús El Rico, que libera a un preso, nos habla de un Dios que no se resigna a que nadie quede encerrado en su pasado, en sus errores o en sus sufrimientos. Y si somos sinceros, reconoceremos que todos los tenemos. Dios siempre abre una puerta.

Os invito a seguir construyendo —cada uno desde su credo o su ideología— una sociedad donde el valor más importante sea el amor; un mundo donde la justicia y la compasión caminen juntas.

Muchas gracias.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Homilía en la Misa Crismal

Por
Obispo de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Queridos hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos y seminaristas, laicas y laicos:

La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones. «El obispo –dice el Misal– ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo. La Misa Crismal… ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

Me sobrecogen estas palabras al recordar la grandeza de la misión que Dios me ha confiado, que contrasta con mis muchas limitaciones y pecados. Me consuela, sin embargo, saber y experimentar que el Espíritu de Dios guía a esta Iglesia particular de Málaga más allá de mis pobrezas. Me conforta también sentir vuestra acogida, cercanía y disponibilidad, queridos sacerdotes, laicos y consagrados. Porque, aunque a veces me sienta desubicado, cuando os miro percibo, cada vez con más fuerza, que sois mi familia, mi pueblo; un gran presbiterio, una gran Diócesis, con un precioso patrimonio espiritual, a la que deseo entregar lo mejor de mí.

Y después de la confesión personal, quisiera dirigirme especialmente a vosotros, mis hermanos sacerdotes, que hoy vais a renovar vuestras promesas, respaldados por esta amplia representación de fieles, que hacen presentes a las comunidades donde vivís la fe y ejercéis el ministerio. Os invito, queridos hermanos, a acoger la Palabra de Dios que hemos proclamado. Al meditarla, me venían al corazón las tres actitudes con las que comencé mi ministerio episcopal entre vosotros el pasado 13 de septiembre.

Primera actitud: humildad.

Queridos hermanos, Cristo es el “testigo fiel”, el “Alfa y la Omega”, como afirma el libro del Apocalipsis. Nosotros, en cambio, no somos otra cosa que mensajeros vacilantes, letras diminutas en el alfabeto de la historia de la salvación; letras pequeñas, sí, pero que pueden ser preciosas. Haber sido redimidos no nos libra de nuestra pequeñez; más bien nos permite reconocerla con lucidez e integrarla con acierto en nuestra vida.

Con la sabiduría popular que lo caracterizaba, san Manuel González decía a los sacerdotes: “El cura, como el hombre, está hecho del mismo barro de que se han hecho los hijos de Adán. Y una larga y triste experiencia demuestra que es un barro bastante frágil y quebradizo” (Lo que puede un cura, 1629)

Por su parte, el papa León XIV nos ha recordado recientemente la importancia de acoger y nombrar nuestra vulnerabilidad. Decía a los sacerdotes el pasado 27 de junio: «No le teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como Él mismo nos ha amado» (Mensaje con motivo de la Jornada de Santificación Sacerdotal, 2025). Y el 24 de junio exhortaba a los seminaristas: «Es necesario apostar mucho por la madurez humana, rechazando todo disfraz e hipocresía. Con la mirada puesta en Jesús, hay que aprender a dar nombre y voz también a la tristeza, al miedo, a la angustia, a la indignación, llevando todo a la relación con Dios. Las crisis, los límites, las fragilidades no deben ocultarse, sino que son ocasiones de gracia y de experiencia pascual» (Meditación en el Jubileo de los seminaristas, 2025).

Por estas y por tantas otras razones, debemos resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón (cf. Mt 11,29).

Segunda actitud: misión

Hoy resuenan en nosotros las palabras del profeta Isaías, que Jesucristo pronunció con emoción en la sinagoga de su pueblo: «Me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar corazones rotos, a liberar a los cautivos…» (cf. Is 61, 1-3; Lc 4,17-19). Así pues, no podemos permitirnos ser una Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma y preocupada únicamente por sus propias necesidades. Tampoco podemos reducir el sacerdocio a un camino para buscar nuestra felicidad o autorrealización personal.

Alentados por las palabras y el testimonio del recordado papa Francisco, hagamos de nuestras comunidades “hospitales de campaña” donde acoger, liberar y sanar a quienes son descartados; y anunciemos el Evangelio «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (EG 14). ¡Ojalá que nuestras preocupaciones, conversaciones y ocupaciones se centren en la preciosa misión a la que somos convocados!

Pidamos a Dios que el proceso sinodal que hemos emprendido con esperanza, nos ayude a concretar un plan pastoral que permita a los creyentes vivir la fe con mayor hondura y nos impulse a llegar a quienes se han alejado de la Iglesia o nunca han conocido a Jesucristo.

Así, “todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios.

Tercera actitud: coherencia

Necesitamos crecer en coherencia para asumir con verdad nuestra fragilidad y la misión que el Señor nos confía: una misión preciosa, pero marcada en muchos momentos por la cruz. No tendría sentido reconocer que la misión es exigente y que cada día pecamos “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, y luego vivir como si fuéramos superhombres, cerrados a la luz y a la fuerza del Espíritu, y de espaldas a la ayuda de nuestros hermanos y hermanas.

Abramos, por tanto, el corazón a Dios. Su Espíritu es el verdadero protagonista de la vida cristiana y del ministerio sacerdotal. Hasta el mismo Hijo de Dios proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Lc 4,18). Y la segunda lectura nos recuerda que Él «nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1,6). Es el Espíritu quien hace posible que seamos buenos sacerdotes, buenos laicos y laicas, buenos religiosos y religiosas.

No basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos.

El Señor, con su gracia, es el principal actor de nuestra vida y de nuestro ministerio porque —como dice el Salmo— «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 127,1).

En lugar de resignarnos al “soy así y no puedo cambiar”, abramos también el corazón a la ayuda de la Iglesia y de tantas personas que nos quieren, nos acompañan y nos sostienen. Permitidme descender a algunos ejemplos concretos:

Si sufrimos problemas de salud, si el desánimo nos atenaza o si no logramos superar dificultades que nos pesan, ¿no sería mejor buscar ayuda profesional?
Si deseamos crecer en nuestra relación con Dios —fundamento de toda nuestra vida— y tropezamos una y otra vez, ¿no deberíamos asegurar un acompañamiento personal serio y continuado?
Si constatamos que prácticas pastorales que fueron fecundas durante años ya casi no dan fruto, ¿no deberíamos discernir juntos los caminos que el Espíritu señala hoy a la Iglesia?
Y, finalmente, si somos frágiles y se nos ha confiado una misión que nos sobrepasa, ¿no deberíamos dedicar en la Diócesis más recursos al cuidado y acompañamiento de los pastores? Sería una inversión que redundaría a favor de todo el Pueblo de Dios.
Conclusión

Queridos laicos y laicas, pedid al “Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38) y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente.

Y nosotros, queridos hermanos sacerdotes, renovemos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación con la confianza de María, nuestra Madre, inspirados por las palabras de San Manuel González, dirigidas al presbiterio de su tiempo: “Confiad, sí, porque Él lo quiere. Confiad, porque su victoria es prenda de nuestra victoria. Confiad, porque si es mucho lo que no podéis, es mucho, muchísimo más, lo que podéis” (Lo que puede un cura, 1630).

Amén.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Jueves Santo, la cena

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Cada día de la Semana Santa en diálogo con María, a través de la obra del sacerdote Alfonso Crespo “La Pasión desde una mirada femenina”.

-Madre, permíteme que siga preguntándote. Dime, ¿qué recuerdo de aquella tarde de Jueves Santo está más vivo en tu corazón? ¿Fuiste tú quien dispuso la mesa, con las otras mujeres, prendidas en el amor del perdón y discípulas de tu Hijo? ¿Cómo dispusiste para tanto comensal una mesa tan estrecha? Abriste los ojos de sorpresa, cuando al levantarse tu Hijo, le dirigiste la mirada suplicante: ¿qué falta en la mesa? Nada… respondería Jesús, estrechando tus manos. Y cogiéndote la toalla se la ciñe, y pide una palangana con agua… Y se inclina a lavar los pies de sus discípulos, y se los seca y los besa… Pero aún el Maestro nos sorprende. Después de hablar de traición, de mirar a Judas cara a cara… toma el pan y lo bendice, y lo ofrece siempre multiplicado, repartido para todos, Pan de Vida: «¡Tomad y comed, esto es mi Cuerpo!». Y estrechando el cáliz, con las manos y la fe en Dios Padre, saborea el vino y susurra, como una súplica: «¡Tomad y bebed, es mi Sangre, que será derramada por vosotros!».

Homilía de Mons. Satué en la Misa Crismal

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Queridos hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos y seminaristas, laicas y laicos:

La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones. «El obispo –dice el Misal– ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo. La Misa Crismal… ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

Me sobrecogen estas palabras al recordar la grandeza de la misión que Dios me ha confiado, que contrasta con mis muchas limitaciones y pecados. Me consuela, sin embargo, saber y experimentar que el Espíritu de Dios guía a esta Iglesia particular de Málaga más allá de mis pobrezas. Me conforta también sentir vuestra acogida, cercanía y disponibilidad, queridos sacerdotes, laicos y consagrados. Porque, aunque a veces me sienta desubicado, cuando os miro percibo, cada vez con más fuerza, que sois mi familia, mi pueblo; un gran presbiterio, una gran Diócesis, con un precioso patrimonio espiritual, a la que deseo entregar lo mejor de mí.

Y después de la confesión personal, quisiera dirigirme especialmente a vosotros, mis hermanos sacerdotes, que hoy vais a renovar vuestras promesas, respaldados por esta amplia representación de fieles, que hacen presentes a las comunidades donde vivís la fe y ejercéis el ministerio. Os invito, queridos hermanos, a acoger la Palabra de Dios que hemos proclamado. Al meditarla, me venían al corazón las tres actitudes con las que comencé mi ministerio episcopal entre vosotros el pasado 13 de septiembre.

Primera actitud: humildad.

Queridos hermanos, Cristo es el “testigo fiel”, el “Alfa y la Omega”, como afirma el libro del Apocalipsis. Nosotros, en cambio, no somos otra cosa que mensajeros vacilantes, letras diminutas en el alfabeto de la historia de la salvación; letras pequeñas, sí, pero que pueden ser preciosas. Haber sido redimidos no nos libra de nuestra pequeñez; más bien nos permite reconocerla con lucidez e integrarla con acierto en nuestra vida.

Con la sabiduría popular que lo caracterizaba, san Manuel González decía a los sacerdotes: “El cura, como el hombre, está hecho del mismo barro de que se han hecho los hijos de Adán. Y una larga y triste experiencia demuestra que es un barro bastante frágil y quebradizo” (Lo que puede un cura, 1629)

Por su parte, el papa León XIV nos ha recordado recientemente la importancia de acoger y nombrar nuestra vulnerabilidad. Decía a los sacerdotes el pasado 27 de junio: «No le teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como Él mismo nos ha amado» (Mensaje con motivo de la Jornada de Santificación Sacerdotal, 2025). Y el 24 de junio exhortaba a los seminaristas: «Es necesario apostar mucho por la madurez humana, rechazando todo disfraz e hipocresía. Con la mirada puesta en Jesús, hay que aprender a dar nombre y voz también a la tristeza, al miedo, a la angustia, a la indignación, llevando todo a la relación con Dios. Las crisis, los límites, las fragilidades no deben ocultarse, sino que son ocasiones de gracia y de experiencia pascual» (Meditación en el Jubileo de los seminaristas, 2025).

Por estas y por tantas otras razones, debemos resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón (cf. Mt 11,29).

Segunda actitud: misión

Hoy resuenan en nosotros las palabras del profeta Isaías, que Jesucristo pronunció con emoción en la sinagoga de su pueblo: «Me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar corazones rotos, a liberar a los cautivos…» (cf. Is 61, 1-3; Lc 4,17-19). Así pues, no podemos permitirnos ser una Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma y preocupada únicamente por sus propias necesidades. Tampoco podemos reducir el sacerdocio a un camino para buscar nuestra felicidad o autorrealización personal.

Alentados por las palabras y el testimonio del recordado papa Francisco, hagamos de nuestras comunidades “hospitales de campaña” donde acoger, liberar y sanar a quienes son descartados; y anunciemos el Evangelio «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (EG 14). ¡Ojalá que nuestras preocupaciones, conversaciones y ocupaciones se centren en la preciosa misión a la que somos convocados!

Pidamos a Dios que el proceso sinodal que hemos emprendido con esperanza, nos ayude a concretar un plan pastoral que permita a los creyentes vivir la fe con mayor hondura y nos impulse a llegar a quienes se han alejado de la Iglesia o nunca han conocido a Jesucristo.

Así, “todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios.

Tercera actitud: coherencia

Necesitamos crecer en coherencia para asumir con verdad nuestra fragilidad y la misión que el Señor nos confía: una misión preciosa, pero marcada en muchos momentos por la cruz. No tendría sentido reconocer que la misión es exigente y que cada día pecamos “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, y luego vivir como si fuéramos superhombres, cerrados a la luz y a la fuerza del Espíritu, y de espaldas a la ayuda de nuestros hermanos y hermanas.

Abramos, por tanto, el corazón a Dios. Su Espíritu es el verdadero protagonista de la vida cristiana y del ministerio sacerdotal. Hasta el mismo Hijo de Dios proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Lc 4,18). Y la segunda lectura nos recuerda que Él «nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1,6). Es el Espíritu quien hace posible que seamos buenos sacerdotes, buenos laicos y laicas, buenos religiosos y religiosas.

No basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos.

El Señor, con su gracia, es el principal actor de nuestra vida y de nuestro ministerio porque —como dice el Salmo— «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 127,1).

En lugar de resignarnos al “soy así y no puedo cambiar”, abramos también el corazón a la ayuda de la Iglesia y de tantas personas que nos quieren, nos acompañan y nos sostienen. Permitidme descender a algunos ejemplos concretos:

Si sufrimos problemas de salud, si el desánimo nos atenaza o si no logramos superar dificultades que nos pesan, ¿no sería mejor buscar ayuda profesional?
Si deseamos crecer en nuestra relación con Dios —fundamento de toda nuestra vida— y tropezamos una y otra vez, ¿no deberíamos asegurar un acompañamiento personal serio y continuado?
Si constatamos que prácticas pastorales que fueron fecundas durante años ya casi no dan fruto, ¿no deberíamos discernir juntos los caminos que el Espíritu señala hoy a la Iglesia?
Y, finalmente, si somos frágiles y se nos ha confiado una misión que nos sobrepasa, ¿no deberíamos dedicar en la Diócesis más recursos al cuidado y acompañamiento de los pastores? Sería una inversión que redundaría a favor de todo el Pueblo de Dios.
Conclusión

Queridos laicos y laicas, pedid al “Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38) y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente.

Y nosotros, queridos hermanos sacerdotes, renovemos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación con la confianza de María, nuestra Madre, inspirados por las palabras de San Manuel González, dirigidas al presbiterio de su tiempo: “Confiad, sí, porque Él lo quiere. Confiad, porque su victoria es prenda de nuestra victoria. Confiad, porque si es mucho lo que no podéis, es mucho, muchísimo más, lo que podéis” (Lo que puede un cura, 1630).

Amén.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

«Me gusta preparar la Misa Crismal con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno»

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

En la mañana del Miércoles Santo, la Catedral de Málaga acogió la celebración de la Misa Crismal, la primera que preside D. José Antonio Satué como obispo de Málaga.

Una Eucaristía concelebrada por el obispo emérito de Pamplona Tudela, Francisco Pérez, y numerosos sacerdotes y religiosos llegados de todos los puntos de la diócesis de Málaga.

Los sacerdotes, religiosos y diáconos se reunieron en el trascoro del primer templo malagueño para revestirse y compartir una celebración con dos momentos muy especiales: la renovación de sus promesas sacerdotales y diaconales, y la bendición de los santos óleos. Desde la sacristía se les unían, en procesión, el Obispo, los vicarios, los formadores del Seminario y el Cabildo Catedral.

En su homilía (que pueden leer completa aquí), Mons. Satué hacía una confesión: «La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones».

Y recordaba las tres actitudes con las que comenzó su ministerio episcopal el pasado 13 de septiembre: humildad, misión y coherencia.

D. José Antonio animaba a los sacerdotes y diáconos a «resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón».

Y los alentaba a la misión para que así «“todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios».

Recordando también la actitud de la coherencia porque «no basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos».

También tuvo palabras para los cientos de seglares que acompañaban a sus sacerdotes en la celebración a quienes invito a pedir al «Señor de la mies que envíe obreros a su mies y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente».

Santos Óleos

Mons. Satué bendijo los Santos Óleos y consagró el Santo Crisma, cuyas ánforas portaron los arciprestes Manuel Jiménez y Wilfer Darío Alzate; y los diáconos José Antonio Aguilar, José Francisco Fernández, Julio Morales y Salvador Martín.

El óleo de los catecúmenos se usa para ungir a los que están preparándose para el bautismo; el óleo de los enfermos, en el sacramento de la unción de los enfermos; y el santo crisma, en ordenaciones, confirmaciones, bautizos y consagraciones de altares e iglesias.

Para preparar el Santo Crisma, el Obispo mezcla una porción de perfume con el aceite, con lo que se expresa que el aceite es fecundado por la gracia del Espíritu Santo simbolizado en el perfume; también recuerda el buen olor a Cristo que deben propagar los que son ungidos con él.

Al concluir la celebración, los arciprestes se acercaron al trascoro de la Catedral para recoger los óleos y entregarlos en los próximos días a los sacerdotes de su zona.

Santo Crisma y Santos Óleos no son lo mismo

El Santo Crisma proviene de la palabra latina “chrisma”, que significa “unción”. El Crisma es el aceite con el cual son ungidos los nuevos bautizados, son signados los que reciben la confirmación y son ordenados los obispos y sacerdotes. También se emplea en la dedicación de las nuevas iglesias, la consagración de los nuevos altares o la consagración de campanas.

El Santo Crisma representa la gracia del Espíritu Santo, y está compuesto por una mezcla de aceite de oliva y de perfumes, por lo que, como dice san Pablo en su Segunda Carta a los Corintios, nos ayuda a “desprender el buen olor de Cristo”. El Santo Crisma no se bendice, sino que se consagra, por lo que lleva el sello del don del Espíritu Santo.

Los Santos Óleos son dos: el de los catecúmenos y el de los enfermos. Ambos se bendicen, no se consagran como ocurre con el Santo Crisma. El de los catecúmenos se impone justo antes del bautismo y el de los enfermos, en la Unción.

Jueves Santo, la cena

Por
Diócesis de Málaga
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2 Abr 2026
0

Cada día de la Semana Santa en diálogo con María, a través de la obra del sacerdote Alfonso Crespo “La Pasión desde una mirada femenina”.

-Madre, permíteme que siga preguntándote. Dime, ¿qué recuerdo de aquella tarde de Jueves Santo está más vivo en tu corazón? ¿Fuiste tú quien dispuso la mesa, con las otras mujeres, prendidas en el amor del perdón y discípulas de tu Hijo? ¿Cómo dispusiste para tanto comensal una mesa tan estrecha? Abriste los ojos de sorpresa, cuando al levantarse tu Hijo, le dirigiste la mirada suplicante: ¿qué falta en la mesa? Nada… respondería Jesús, estrechando tus manos. Y cogiéndote la toalla se la ciñe, y pide una palangana con agua… Y se inclina a lavar los pies de sus discípulos, y se los seca y los besa… Pero aún el Maestro nos sorprende. Después de hablar de traición, de mirar a Judas cara a cara… toma el pan y lo bendice, y lo ofrece siempre multiplicado, repartido para todos, Pan de Vida: «¡Tomad y comed, esto es mi Cuerpo!». Y estrechando el cáliz, con las manos y la fe en Dios Padre, saborea el vino y susurra, como una súplica: «¡Tomad y bebed, es mi Sangre, que será derramada por vosotros!».

Diócesis Málaga

Mons. Santiago Gómez Sierra preside en la Catedral la Misa de la Cena del Señor en el inicio del Triduo Pascual

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Diócesis de Huelva
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2 Abr 2026
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Mons. Santiago Gómez Sierra preside en la Catedral la Misa de la Cena del Señor en el inicio del Triduo Pascual

La Santa Iglesia Catedral de Huelva acogió en la tarde de este Jueves Santo la celebración de la Misa de la Cena del Señor, presidida por el obispo diocesano, Mons. Santiago Gómez Sierra, dando así comienzo al Triduo Pascual, centro de la vida litúrgica de la Iglesia.

Numerosos fieles participaron en esta Eucaristía, que conmemora la institución de la Eucaristía, del sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del amor fraterno. En su homilía, el obispo invitó a vivir esta celebración como una auténtica gracia: “no de costumbre, sino para descubrir una vez más el camino que el Señor nos pone para nuestra salvación”.

Mons. Gómez Sierra situó la celebración en continuidad con la tradición pascual del pueblo de Israel, recordando cómo la liturgia conduce a comprender la novedad definitiva que Cristo introduce en la Última Cena: “viven la Pascua definitiva”, señaló, haciendo referencia al paso de este mundo al Reino de Dios, “a esa victoria de Dios sobre la muerte”.

En este contexto, destacó el profundo significado del gesto del lavatorio de los pies, subrayando que en él se revela el modo de amar de Cristo: “no estamos hablando de un momento romántico e idílico”, advirtió, recordando que incluso en medio de la traición, Jesús se entrega y se hace servidor. “Con ello el Señor da ese amor fraterno, servicial que se pone a los pies de los discípulos”, afirmó.

Durante la celebración tuvo lugar este gesto significativo, que expresa la llamada a vivir el servicio humilde como camino cristiano. En esta línea, el obispo invitó a los fieles a reconocer en su propia vida esa misma llamada: “ese camino que pasa por el servicio humilde, pero que pasa por la fuerza de tu amor y que se manifiesta poniéndote el último y servidor de todos”.

El prelado también hizo referencia a la dificultad de comprender este estilo de vida, evocando la reacción del apóstol Pedro ante el gesto de Jesús, y alentó a los presentes a dejarse interpelar por el Señor: “si eso le pasó a Pedro, ¿no nos pasa a nosotros?”, preguntó, invitando a buscar con sinceridad el camino que conduce al Padre.

Al término de la Eucaristía, el Santísimo Sacramento fue trasladado solemnemente al monumento para la adoración de los fieles, iniciando así la noche santa en la que la Iglesia vela junto al Señor.

La Diócesis de Huelva continúa así la celebración del Triduo Pascual, invitando a todos los fieles a acompañar al Señor en estos días centrales de la fe, profundizando en el misterio de su amor entregado.

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