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“Resurrección: Cristo vence la muerte. ¡Feliz Pascua!”

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Número de esta semana, correspondiente al 5 de abril de 2026, Domingo de Resurrección

Disponible el Semanario Fiesta de las Diócesis de Granada y Guadix, dedicado a la Pascua y al gozo que celebramos en este domingo de Resurrección. Ofrecemos las palabras de nuestro arzobispo D. José María en la Eucaristía de Resurrección, celebrada esta mañana en la catedral. Y recorremos brevemente lo vivido en el triduo pascual, desde el templo catedralicio, que, en el lunes de Pascua, bendice su órgano de la Epístola, del siglo XVIII, recién restaurado. 

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La vigilia, que anuncia la Resurrección de Jesucristo

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Bendecido en la Plaza de las Pasiegas el cirio que anuncia la Pascua, en la celebración en la Catedral, donde siete catecúmenos recibieron los Sacramentos de iniciación cristiana.

A las puertas de la Catedral, en la Plaza de las Pasiegas, congregados en torno al fuego que después fue bendecido por el arzobispo Mons. José María Gil Tamayo, la comunidad de fieles, junto a los sacerdotes y seminaristas, se preparaban para celebrar el anuncio del día más glorioso de todos: la Resurrección de Jesucristo.

En esta vigilia pascual, todo el pueblo de Dios accedió desde la plaza al interior de la catedral, en la oscuridad alumbrada sólo por el cirio que acababa de ser bendecido y que después se prolongaría en las velas de toda la comunidad cristiana, sacerdotes y seminaristas, anunciando la Resurrección y a Cristo, luz del mundo.

La vigilia se caracterizó en su liturgia por las distintas lecturas, entre ellas el Génesis con la narración de la creación del mundo, hasta el Evangelio, anunciando el sepulcro vacío y la Resurrección gloriosa del Señor. A medida que se proclamaban las distintas lecturas, las luces de la catedral alumbraban el templo, como signo de la gran celebración gozosa en la noche de Pascua.

En esta noche de anuncio de Resurrección, siete catecúmenos adultos recibieron los Sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Comunión), profesando su renuncia al pecado y a Satanás, y la fe en Cristo Jesús.

Todas las comunidades cristianas en todo el mundo han celebrado esta vigilia pascual, anticipo del anuncio de la victoria de Cristo sobre la muerte, tras los días de pasión y muerte que hemos conmemorado en la Semana Santa con su entrega en la cruz de forma vicaria, para la salvación y perdón de los pecados de todos los hombres. La Resurrección es la buena noticia, que todos los días celebra la Iglesia universal, en el sacrificio de Cristo, en la mesa del altar.

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El primer templo de la Diócesis vive el Triduo Pascual y el Domingo de Resurrección

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El primer templo de la Diócesis vive el Triduo Pascual y el Domingo de Resurrección

Fotografía: Monseñor José Rico Pavés junto a los nuevos neófitos que han recibido los Sacramentos de Iniciación Cristiana en la Vigilia Pascual.

Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, ha presidido en la Santa Iglesia Catedral las celebraciones del Triduo Pascual, centro del año litúrgico, culminando con la Eucaristía del Domingo de Resurrección en el primer templo de la Diócesis.

JUEVES SANTO, MISA CENA DEL SEÑOR

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El Jueves Santo la Santa Iglesia Catedral acogía el inicio del Triduo Santo con la celebración de la Cena del Señor, presidida por el Obispo de Asidonia-Jerez. Tras las distintas celebraciones litúrgicas previas, como la bendición de ramos y palmas y la Misa Crismal, el Pueblo de Dios se reunía junto a su pastor para conmemorar la Última Cena del Señor.

Monseñor José Rico Pavés centró su homilía en el mandamiento del amor como seña de identidad del cristiano, recordando las palabras de Cristo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. En este sentido, subrayó que lo que la Iglesia celebra en estos días no es solo un don recibido, sino a Jesucristo mismo convertido en don, cumpliendo la promesa de un “corazón nuevo”, capaz de amar con el mismo amor de Dios.

El Sr. Obispo explicó que la vocación del cristiano es aprender a amar como Cristo, un camino que ensancha el corazón, abre horizontes y permite anticipar la alegría eterna. Asimismo, destacó que la liturgia no se limita a recordar hechos pasados, sino que hace a los fieles partícipes del misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor, permitiéndoles ser contemporáneos de esos acontecimientos.

En esta línea, invitó a vivir el Triduo Santo con una fe viva, reconociendo que Cristo sigue pasando por la vida de cada persona. Recordó, a partir de san Agustín, la importancia de no dejar pasar esa presencia del Señor, acogiendo las ocasiones en las que se hace cercano como camino, verdad y vida.

Asimismo, destacó la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia, señalando que en ella se hace presente Cristo mismo como alimento para sostener el camino del cristiano. Subrayó que el amor de Cristo, tal como recoge el evangelista san Juan, es un amor “hasta el extremo”, es decir, sin límite, manifestado en toda su vida y especialmente en la pasión.

El prelado explicó que este amor se expresa en la entrega total de Cristo, que, siendo Señor, se hace siervo y se postra a los pies de sus discípulos, mostrando que no hay amor verdadero sin servicio. De este modo, señaló que el mandamiento del amor no es una carga, sino un don que encuentra su fundamento en la Eucaristía, sin la cual no es posible vivir la caridad.

En este contexto, recordó que esta jornada es también una ocasión para dar gracias por el ministerio sacerdotal, citando a san Juan María Vianney al afirmar que el sacerdote es “amor del corazón de Cristo”. Invitó a orar por los sacerdotes, para que en su vida, palabras y gestos se transparente ese amor, especialmente en el modo de acompañar el sufrimiento de los demás.

Finalmente, animó a aprovechar la celebración del Triduo Santo para dejarse amar por Cristo y aprender de Él el servicio, la humildad y la entrega a los demás. Encomendó a todos a la protección de la Virgen María, invitando a confiar la vida a su intercesión para crecer en la configuración con su Hijo.

La celebración estuvo marcada por los gestos propios de este día, especialmente la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, así como el mandamiento del amor fraterno. Al término de la Eucaristía, el Santísimo Sacramento fue trasladado a la Capilla de la reserva, donde permaneció para la adoración de los fieles.

VIERNES SANTO, CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

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El Viernes Santo tuvo lugar la celebración de la Pasión del Señor, también presidida por Monseñor José Rico Pavés, en la que el signo de la cruz y su adoración ocuparon un lugar central.

En esta celebración, la Iglesia contempló la entrega total de Cristo en la cruz, recordando su pasión y muerte, en un clima de recogimiento y oración. Los fieles participaron en la adoración de la cruz, signo del amor redentor de Cristo, y en la comunión eucarística.

Durante la homilía, el Monseñor Rico Pavés recordó que la liturgia no es una simple evocación de hechos del pasado, sino una participación real en el misterio de la salvación, en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En este sentido, subrayó que la celebración permite a los fieles hacerse contemporáneos de estos acontecimientos y vivirlos desde la fe.

El prelado explicó que el Triduo Santo se abre con el mandamiento del amor, invitando a los discípulos a amarse unos a otros como Cristo ha amado, un amor que —señaló— se manifiesta «hasta el extremo». Destacó que Jesucristo responde con amor a todas las situaciones de sufrimiento, desprecio y humillación, y que ese mismo amor es el que ofrece a los fieles para que puedan vivirlo en su propia vida.

Asimismo, indicó que este amor se hace presente en la Eucaristía, donde el Señor se entrega para que quien comulga viva por Él, recordando que el verdadero amor se expresa en el servicio, en ponerse a los pies de los demás y en anteponer el bien de los otros al propio.

A continuación, el Sr. Obispo explicó el sentido de la celebración de la Pasión del Señor, señalando sus partes principales: la escucha de la Palabra de Dios, la oración universal, la adoración de la cruz y la comunión. Subrayó que sin la escucha de la Palabra no se alimenta la fe y que estos días invitan a acoger interiormente lo que el Señor comunica.

En relación con la adoración de la cruz, destacó que la Iglesia invita a reconocer en ella el misterio de la redención, mediante el gesto de veneración que expresa la fe en Cristo. Invitó a abrazarse a la cruz para comprender el sentido de la vida como don y descubrir en ella la esperanza, incluso en medio de las dificultades.

El prelado animó también a vivir este tiempo como una oportunidad para amar como Cristo, llevando paz donde hay conflicto, comunión donde hay división y esperanza donde otros no la encuentran.

Finalmente, señaló que la celebración culmina en la comunión con Cristo, invitando a dejarse amar por Él para poder amar a los demás, y puso como ejemplo a la Virgen María, que permanece fiel al pie de la cruz.

SÁBADO SANTO, VIGILIA PASCUAL

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La noche del Sábado Santo, la Santa Iglesia Catedral acogió la solemne Vigilia Pascual, la celebración más importante del año litúrgico, presidida por el Sr. Obispo.

La celebración comenzó en el exterior del templo con la bendición del fuego nuevo y el encendido del Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado. Posteriormente, los fieles entraron en la Catedral para continuar con la liturgia de la Palabra, la liturgia bautismal y la liturgia eucarística.

El prelado inició su homilía recordando que las primeras palabras de Cristo resucitado en el Evangelio son una invitación a la alegría: “Alegraos”. Subrayó que la Resurrección es el fundamento de una alegría que va más allá de cualquier dificultad personal, ya que Cristo vive para siempre.

El Sr. Obispo explicó que, a lo largo del Triduo Santo, la Iglesia ha permitido contemplar el amor de Cristo, un amor que se manifiesta en la entrega total, sin reservarse nada, cargando con el pecado, ofreciendo el perdón y poniéndose al servicio de los demás. En esta Vigilia Pascual, indicó, la liturgia introduce a los fieles en ese misterio a través de signos que ayudan a comprender cómo ama el Señor.

En este sentido, destacó el paso de la oscuridad a la luz como uno de los signos centrales de la celebración, afirmando que Cristo es la luz que guía la vida del cristiano. Invitó a abandonar la tiniebla del pecado y a dejarse conducir por la luz de Cristo, que permite orientarse, conocerse a uno mismo y reconocer a los demás.

Asimismo, señaló que la escucha de la Palabra de Dios en esta noche permite pasar de la ignorancia al conocimiento, ayudando a responder a las preguntas fundamentales sobre el origen y el sentido de la vida. Recordó que la vida es un don y que sólo desde Cristo se puede comprender plenamente su significado.

Dirigiéndose especialmente a los catecúmenos, destacó que, a través de los sacramentos de la iniciación cristiana, iban a pasar de la muerte a la vida, recibiendo una vida nueva como hijos de Dios. Añadió que este momento no sólo afecta a quienes reciben los sacramentos, sino que también invita a los ya bautizados a renovar su propia vida cristiana.

Monseñor Rico Pavés subrayó también la importancia de la Eucaristía como alimento para la vida cristiana, especialmente en medio de las dificultades del mundo actual. Invitó a vivir cada día lo que la Iglesia propone en la Vigilia Pascual: pasar con Cristo de la oscuridad a la luz, de la ignorancia al conocimiento, de la muerte a la vida y de la soledad a la comunión.

En su mensaje a los nuevos miembros de la Iglesia, les animó a preguntarse por su lugar en ella y a responder a la llamada del Señor, ya sea a través del servicio, la catequesis o la participación activa en la vida parroquial y en las hermandades. Recordó que en el plan de Dios nadie se salva solo y que el testimonio de cada cristiano es fundamental para que otros puedan conocer a Cristo.

Finalmente, encomendó a todos a la protección de la Virgen María, pidiendo que la gracia recibida crezca y prepare para el encuentro definitivo con el Señor.

Por último, cabe destacar que esta Vigilia Pascual ha estado marcada por la alegría de la Resurrección y por celebración de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana de varios catecúmenos, que han sido incorporados plenamente a la vida de la Iglesia.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Tras la celebración de la Vigilia Pascual, la Santa Iglesia Catedral acogió en la mañana del Domingo de Resurrección la solemne Eucaristía presidida por Monseñor José Rico Pavés.

La Iglesia celebraba así el triunfo de Cristo sobre la muerte, entrando de lleno en la alegría pascual. Esta celebración, que ha contado como preludio con la salida de la Hermandad del Resucitado, ha permitido a los fieles profundizar en el misterio central de la fe cristiana: la Resurrección del Señor.

De este modo, la Iglesia Asidonense ha vivido intensamente el Triduo Pascual, corazón del año litúrgico, renovando su fe en Cristo muerto y resucitado, fuente de vida y esperanza para el mundo.

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El arzobispo de Sevilla el Domingo de Resurrección: «La Pascua nos pide una fe viva»

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La Catedral de Sevilla acogió la mañana de hoy la misa del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor. La Eucaristía fue presidida por el arzobispo hispalense, monseñor José Ángel Saiz Meneses. “Este es el día en que actuó el Señor”. Hoy proclamamos con toda la fuerza de la fe de la Iglesia que Jesucristo ha resucitado verdaderamente. Cristo vive, ha vencido al pecado y a la muerte, ha abierto para siempre las puertas de la vida eterna”.

Monseñor Saiz destacó al inicio de su homilía que “la liturgia de este día tiene un tono gozoso, desbordante. Todo en ella canta victoria, luz, vida nueva, esperanza cierta”. En esta línea dijo que “la Iglesia no habla hoy con voz apagada ni con acentos dubitativos. La Iglesia canta. La Iglesia anuncia. La Iglesia exulta. La Iglesia proclama: Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

Sobre el acontecimiento de la Resurrección del Señor, el arzobispo de Sevilla dijo que no hay “otro más grande en la historia del mundo”. “Nuestra fe es encuentro con una Persona viva, con Jesucristo resucitado, Señor de la historia y Salvador del mundo”.

Sepulcro vacío

Don José Ángel subrayó que el Evangelio de este domingo nos conduce al sepulcro vacío. “María Magdalena va de madrugada, cuando aún está oscuro. Es un dato significativo. Muchas veces también nosotros caminamos entre penumbras, con preguntas, con lágrimas, con incertidumbres, con el corazón herido”. Y, sin embargo, “precisamente allí comienza a abrirse paso la luz de Pascua”.

“También a nosotros nos sucede algo parecido”, añadió. “La Pascua no se acoge solo con la lógica humana, sino con un corazón purificado, humilde, disponible a la acción de Dios. El Señor resucitado no se impone con estrépito. Se manifiesta a quien ama, a quien espera, a quien persevera, a quien se deja conducir por la Palabra”.

En este sentido, “esta solemnidad nos pide una fe viva. No una fe cansada. No una fe rutinaria. No una fe reducida a formas externas”.

La Pascua, continuó, “nos llama a reavivar la certeza de que Cristo está vivo y actúa en su Iglesia, en los sacramentos, en su Palabra, en la caridad de los santos, en el testimonio humilde de tantos fieles, en medio del mundo”.

 

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Homilía del arzobispo de Sevilla el Domingo de Pascua de Resurrección (2026)

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Homilía del arzobispo de Sevilla el Domingo de Pascua de Resurrección (2026)

 Catedral de Sevilla. Domingo de Pascua de Resurrección. 5 de abril de 2026

“Este es el día en que actuó el Señor”. Hoy proclamamos con toda la fuerza de la fe de la Iglesia, que Jesucristo ha resucitado verdaderamente. Cristo vive, ha vencido al pecado y a la muerte, ha abierto para siempre las puertas de la vida eterna. Por eso la liturgia de este día tiene un tono gozoso, desbordante. Todo en ella canta victoria, luz, vida nueva, esperanza cierta. La Iglesia no habla hoy con voz apagada ni con acentos dubitativos. La Iglesia canta. La Iglesia anuncia. La Iglesia exulta. La Iglesia proclama: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117,24).

Un saludo cordial al Sr. Deán y al Cabildo catedral, a los presbíteros y diáconos, a los miembros de la vida consagrada y del laicado; a las distinguidas autoridades presentes; queridos todos en el Señor. No hay acontecimiento más grande en la historia del mundo que la Resurrección del Señor. San Pablo lo afirma con claridad rotunda: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” (1Cor 15,17). Pero Cristo ha resucitado. Y porque ha resucitado, nuestra fe no es una ideología, ni una tradición cultural, ni un sentimiento religioso entre otros. Nuestra fe es encuentro con una Persona viva, con Jesucristo resucitado, Señor de la historia y Salvador del mundo.

El Evangelio de este domingo nos conduce al sepulcro vacío. María Magdalena va de madrugada, cuando aún está oscuro. Es un dato significativo. Muchas veces también nosotros caminamos entre penumbras, con preguntas, con lágrimas, con incertidumbres, con el corazón herido. Y, sin embargo, precisamente allí comienza a abrirse paso la luz de Pascua. María Magdalena ve la losa quitada del sepulcro. Pedro y el otro discípulo corren. En aquel correr hay inquietud, amor, búsqueda, deseo de comprender. Y el evangelista nos dice del discípulo amado: “vio y creyó” (Jn 20,8). Antes de comprenderlo todo, cree. Antes de tener todas las respuestas, se abre al misterio. Antes de ver al Resucitado, se deja alcanzar por los signos de Dios.

También a nosotros nos sucede algo parecido. La Pascua no se acoge sólo con la lógica humana, sino con un corazón purificado, humilde, disponible a la acción de Dios. El Señor resucitado no se impone con estrépito. Se manifiesta a quien ama, a quien espera, a quien persevera, a quien se deja conducir por la Palabra. Por eso esta solemnidad nos pide una fe viva. No una fe cansada. No una fe rutinaria. No una fe reducida a formas externas. La Pascua nos llama a reavivar la certeza de que Cristo está vivo y actúa en su Iglesia, en los sacramentos, en su Palabra, en la caridad de los santos, en el testimonio humilde de tantos fieles, en medio del mundo.

No podemos separar el Domingo de Pascua del camino que lo precede. La Resurrección sólo se entiende plenamente desde el Triduo Pascual. El Jueves Santo nos mostró el amor llevado hasta el extremo en la Eucaristía, en el sacerdocio y en el mandamiento nuevo de la caridad. El Viernes Santo nos puso ante la Cruz del Redentor, donde el amor de Dios se manifestó en toda su radicalidad. El Sábado Santo nos hizo guardar silencio junto al sepulcro, esperando contra toda esperanza. Y hoy, al tercer día, contemplamos la gloria del Crucificado. La Pascua, por tanto, no suprime la Cruz, sino que la ilumina. No elimina el sufrimiento, sino que lo transfigura. La Pascua proclama que el mal, el pecado, la injusticia, la muerte, no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios, y esa palabra es vida.

Hoy la Iglesia está alegre, pero no de una alegría superficial, ruidosa o vacía. No es la alegría fácil de quien se evade de la realidad. La alegría cristiana nace de una certeza mucho más profunda: Cristo ha vencido, Cristo está vivo, Cristo nos ama, Cristo camina con nosotros, Cristo nos precede en Galilea, Cristo nos espera en cada Eucaristía, Cristo volverá glorioso. Por eso la alegría pascual puede convivir incluso con las lágrimas, con las pruebas, con la enfermedad, con la pobreza, con las noches del alma. Porque no depende sólo de las circunstancias externas. Brota de una presencia: la presencia del Señor resucitado. La Pascua no nos saca de la historia, pero sí nos da una luz nueva para atravesarla. La tristeza, la desesperanza, el desaliento, el pesimismo, la resignación, no pueden ser las notas dominantes del corazón cristiano. El Resucitado no quiere discípulos apagados, encerrados, derrotados interiormente. Quiere testigos alegres, serenos, humildes, firmes en la fe y generosos en la caridad.

Este es un punto fundamental en este Domingo de Pascua: la alegría que celebramos en la liturgia ha de convertirse en una alegría irradiada, comunicada, testimoniada. Un cristiano pascual no puede vivir permanentemente instalado en la queja, la amargura o la desesperanza. Sería una contradicción. La liturgia de hoy no termina en el templo. Sale con nosotros a la calle, a la familia, al trabajo, a la parroquia, a las hermandades, a la vida ordinaria. El mundo necesita ver cristianos que, sin ingenuidad, sin frivolidad y sin perder el sentido de la cruz, viven sostenidos por una esperanza invencible.

¿Cómo irradiamos la alegría de la Pascua? Cuando perdonamos de verdad, cuando servimos sin buscar reconocimiento, cuando perseveramos en la oración, cuando acompañamos al que sufre, cuando defendemos la verdad sin agresividad, cuando amamos a la Iglesia, cuando participamos con fidelidad en la Eucaristía dominical, cuando no nos avergonzamos de nuestra fe, cuando damos razón de nuestra esperanza. En una sociedad con frecuencia cansada, herida y triste, la alegría cristiana se convierte en una verdadera forma de evangelización. El Santo Padre León XIV ha enseñado que la tristeza es una de las enfermedades de nuestro tiempo, y que la resurrección de Cristo puede curarla (cf. LEÓN XIV, Audiencia general, 22 de octubre de 2025). No se trata de repetir eslóganes piadosos, sino de vivir de tal modo unidos al Resucitado que nuestra misma vida sea un anuncio.

En esta santa Iglesia Catedral, madre y cabeza de la Archidiócesis, pedimos hoy al Señor que conceda a Sevilla una Pascua verdadera. No sólo una Pascua celebrada externamente, sino una Pascua vivida interiormente. Pascua en las familias, en las parroquias, en la vida consagrada, en los seminarios, en los jóvenes, en los enfermos, en quienes están cansados o alejados. Pascua también en nuestras hermandades y cofradías, llamadas a ser, con renovada autenticidad, escuelas de fe, de oración, de caridad y de vida cristiana. Necesitamos volver a lo esencial, dejarnos encontrar por Cristo vivo, que nuestra condición de bautizados resplandezca de nuevo con fuerza. Cristo ha resucitado y su Resurrección da respuesta a las crisis y necesidades personales y comunitarias. Esa convicción debe sostener también hoy nuestro camino diocesano.

Queridos hermanos, no tengamos miedo a la alegría, no tengamos miedo a creer de verdad en la Resurrección, no tengamos miedo a vivir como hombres y mujeres nuevos. Hoy la Iglesia nos invita a dejar atrás el sepulcro de la incredulidad, de la tibieza, del pecado consentido, de la mediocridad espiritual. Hoy Cristo nos llama a caminar en una vida nueva. Que María Santísima, la Virgen fiel, que permaneció firme en la noche de la Cruz y acogió con fe perfecta la victoria de su Hijo, nos enseñe a vivir una Pascua plena. Que ella nos alcance la gracia de ser discípulos alegres, firmes en la esperanza, fieles en la caridad y valientes en el testimonio. Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Y ésta, hermanos, es la fuente de nuestra alegría. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

 

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La alegría de la Resurrección ilumina la Noche Santa 

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La alegría de la Resurrección ilumina la Noche Santa 

La Santa Iglesia Catedral de Huelva acogió en la noche del pasado sábado, 4 de abril, la celebración de la Vigilia Pascual, culmen del Triduo Santo y centro de la vida cristiana. Numerosos fieles participaron en esta liturgia, que se desarrolló en un clima de recogimiento, gozo y profunda esperanza.

La celebración comenzó en el exterior del templo con la bendición del fuego nuevo y la preparación del cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado que vence las tinieblas. Desde este signo luminoso se fue transmitiendo la luz a toda la asamblea, que, con sus velas encendidas, entró en el templo proclamando la fe en la victoria de la vida sobre la muerte.

A lo largo de la Liturgia de la Palabra, se recorrieron los principales momentos de la historia de la salvación, recordando la fidelidad de Dios con su pueblo. Posteriormente, tuvo lugar la Liturgia Bautismal, en la que se renovaron las promesas del Bautismo, reafirmando el compromiso de vivir como hijos de la luz.

La celebración culminó con la Liturgia Eucarística, en la que la comunidad diocesana participó del banquete pascual, signo de comunión con Cristo vivo. El Obispo de Huelva presidió la celebración y, durante su intervención, comentó el sentido profundo de esta noche santa como paso de la oscuridad a la luz, invitando a los presentes a ser testigos de la esperanza en medio del mundo.

La Vigilia Pascual volvió a poner de manifiesto la riqueza de los signos litúrgicos y la centralidad de la Resurrección en la vida cristiana, convocando a la Iglesia diocesana a renovar su fe y su compromiso evangelizador.

La Diócesis de Huelva invita a todos los fieles a vivir con intensidad el tiempo pascual, prolongando en la vida cotidiana la alegría del encuentro con Cristo resucitado.

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“Estar cerca de las hermandades y cofradías me ha permitido sentir la alegría de ese pueblo de Dios”

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El Obispo ha hecho balance de su recorrido esta Semana Santa por las corporación y de cómo ha vivido su primera Semana Santa en Córdoba

El canal de YouTube del Cabildo Catedral de Córdoba ha puesto el broche de oro a más de cincuenta horas en directo esta Semana Santa contando el paso de las hermandades por el templo principal de la Diócesis con una entrevista hoy, Domingo de Resurrección, al obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, quien ha hecho balance de esta intensa semana en la que la Iglesia ha puesto a disposición de los fieles todos los medios para poder vivir de cerca la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

El prelado, quien ha vivido su primera Semana Santa en la ciudad, ha hecho balance de estos días resaltando la gran impresión que le ha causado la cantidad de personas que acuden a las celebraciones litúrgicas y la profundidad con que se han vivido. “Además de ser devotos de la piedad popular, los fieles saben conjugar muy bien y valorar la importancia de la liturgia”, ha manifestado el pastor de la Diócesis subrayando también la brillantez con la que se han desarrollado las distintas estaciones de penitencia.

Si tuviera que destacar una imagen, el Obispo ha descrito que la primera y principal es la de muchas madres con niños en sus brazos. “Para mí era una expresión plástica muy concreta de la transmisión de la fe, que empieza desde muy pequeños. Esto me pareció precioso y significativo”, ha indicado monseñor Jesús Fernández.

De su visita a las hermandades y cofradías durante estos días, el Obispo ha explicado que su intención ha sido tratar de estar cerca de las hermandades y cofradías, y eso “me ha permitido sentir también la alegría de ese pueblo de Dios”. “He querido estar muy cerca de esta Iglesia, valorar su trabajo, rezar con ellas y también vivir una experiencia cristiana, así como sentir el gozo de ser un pueblo de Dios, y eso creo que se ha logrado y realmente me ha emocionado”, ha afirmado.

Al hilo de esto, monseñor Jesús Fernández también ha puesto de manifiesto la precisión del trabajo de las hermandades, asegurando que “no había un detalle que se escapara” y destacando el sentido catequético de todos los pasos. “Todo estaba perfecto colocado para que no fuera solo un culto externo o vacío, sino que significara también una vida espiritual”, ha descrito el Obispo, quien ha querido también expresar que las hermandades no sólo es lo que vemos, sino que todas ellas tienen una gran obra social. En este sentido, ha querido destacar que en la Semana Santa cordobesa y andaluza, en general, “no basta con el culto ni con la formación, que es muy importante para reencontrar el sentido a todo lo que hacemos, sino que es necesario mostrar que la fe es auténtica y eso se hace a través de la acción social y la penitencia”.

El Obispo ha presidido cada día el palco de autoridades, tras recorrer todas y cada una de las hermandades y cofradías que conforman la Semana Santa cordobesa. Asimismo, ha presidido las celebraciones y el Triduo Pascual en la Santa Iglesia Catedral, culminando con la celebración del Domingo de Resurrección (disponible en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=7YGaI1jgoTc).

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Hermandad del Santísimo Sacramento y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas, Santa María de la Merced y San Antonio de Padua. Córdoba

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El paso fue ejecutado por Antonio Martín entre 1997 y 2000, concluyéndose su dorado unos años después. Su programa iconográfico se articula en torno a tres ejes: el carácter sacramental de la cofradía, la Realeza de Cristo y la vinculación con la Orden de la Merced

La Hermandad Sacramental de la Merced, cuyo título completo es Venerable, Ilustre y Mercedaria Hermandad del Santísimo Sacramento y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas, Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced y San Antonio de Padua, fue fundada en 1955 en Córdoba, en la parroquia del Buen Pastor y San Antonio de Padua, donde mantiene su sede. Nació por iniciativa de D. Manuel Márquez, entonces párroco de San Antonio de Padua, bajo el impulso pastoral del obispo Fray Albino. La cercanía de la antigua Prisión Provincial y la presencia de fundadores catalanes vinculados a la fábrica Cepansa influyeron en la advocación mercedaria de la titular mariana.

La cofradía realiza Estación de Penitencia desde 1958, habitualmente el Lunes Santo, aunque entre 1992 y 1997 lo hizo en la Madrugada del Viernes Santo. Sus actuales imágenes titulares son obra del imaginero carmonense Francisco Buiza: Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas (1978) y Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced (1976).

El paso de misterio representa la Coronación de Espinas de Nuestro Señor Jesucristo. Las figuras secundarias —dos romanos y un sayón— fueron realizadas por el imaginero jerezano Francisco Pinto entre 1984 y 1985. El paso fue ejecutado por Antonio Martín entre 1997 y 2000, concluyéndose su dorado unos años después. Su programa iconográfico se articula en torno a tres ejes: el carácter sacramental de la cofradía, la Realeza de Cristo y la vinculación con la Orden de la Merced, con la que la corporación mantiene Carta de Hermandad desde 2021.

Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced, dolorosa de gran devoción popular, preside durante todo el año el altar mayor parroquial. Procesiona bajo palio diseñado por fray Ricardo de Córdoba, figura clave en la llegada de las actuales imágenes titulares y guía espiritual y artístico de la corporación hasta su fallecimiento en 2019. Fue bordado por Piedad Muñoz y Antonio Villar entre 1985 y 2007. El conjunto, de gran belleza, está experimentando una profunda renovación, iniciada hace pocos años con los nuevos respiraderos, diseño de Javier Sánchez de los Reyes y ejecución de Ramón León, en los cuales puede leerse el Himno de la Virgen de la Libertad, dedicado a Santa María de la Merced y compuesto por internos del Centro Penitenciario de Córdoba. En los últimos meses se ha llevado a cabo el traslado de los bordados de las bambalinas y del techo a un nuevo soporte blanco, recuperando así el color original del primitivo paso de palio, por lo que esta intervención será uno de los grandes estrenos de esta Semana Santa.

El hábito nazareno consiste en túnica ceñida con cinturón de cuero, escapulario, capa y antifaz color marfil, diseñado por Miguel Ángel de Abajo e inspirado en el hábito de la Orden de la Merced.

La Hermandad desarrolla una intensa labor social y pastoral, especialmente en el Centro Penitenciario de Córdoba, en colaboración con la Pastoral Penitenciaria, organizando actividades y celebraciones a lo largo del año. Con motivo del cincuentenario de Santa María de la Merced, está prevista su visita al centro penitenciario en el mes de junio.

En la actualidad supera el millar de hermanos, siendo una de las cofradías más pujantes de la Semana Santa cordobesa.

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Mons. Saiz Meneses: “Cristo ha resucitado y nos ofrece una nueva vida”

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Mons. Saiz Meneses: “Cristo ha resucitado y nos ofrece una nueva vida”

“¡Santa y feliz Pascua de Resurrección! Esta es la noche santa, la noche en que todo adquiere una luz nueva porque Cristo, el Crucificado, ha resucitado”. De esta manera ha anunciado el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, la gran noticia, la que hace que esta noche “la Iglesia entera se llene de gozo, de alabanza y esperanza”.

El trascoro de la Catedral de Sevilla se ha llenado de fieles que han participado en la vigilia, culminación del triduo pascual y anuncio central de la fe cristiana. De forma especial, han participado miembros de las Comunidades Neocatecumenales, que esta noche han renovado solemnemente las promesas bautismales como culminación de su itinerario catecumenal. La vigilia ha podido seguirse, igualmente, a través de TRECE y del canal del Cabildo Catedral en youtube.

La primera parte de la vigilia se ha desarrollado en la puerta de San Miguel de la seo hispalense, con el lucernario (rito de la luz). “En medio de esa oscuridad brilla el Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado, luz del mundo”, ha destacado el arzobispo. Ya en al trascoro, se ha entonado el pregón pascual, “gloria de esta noche verdaderamente dichosa”.

«Síntesis de toda la economía de la salvación»

A través de las lecturas se han contemplado los momentos esenciales de la historia de la salvación: la creación, la fe de Abrahán, el paso del mar Rojo y las promesas de los profetas. “La vigilia pascual, por tanto, no es sólo la celebración más solemne: es la síntesis de toda la economía de la salvación”, ha explicado el arzobispo en su homilía.

Posteriormente, y tras escuchar la Palabra de Dios, se ha entonado el Gloria, momento que ha dado paso a la entrada de la luz en las naves del interior del templo metropolitano. Monseñor Saiz Maneses ha aprovechado para destacar la necesidad de la alegría y del anuncio pascual en “un mundo herido por guerras, violencias, soledades, cansancios espirituales, pérdida del sentido de Dios y de la dignidad humana”. Precisamente en este contexto “resuena esta noche la noticia decisiva: Cristo ha resucitado y nos ofrece una nueva vida”.

Con la liturgia bautismal, que se ha desarrollado en la capilla de San Antonio, se ha bendecido el agua, sumergiendo el cirio en la pila bautismal, lo que ha dado pie al arzobispo a afirmar que “la noche pascual es también la noche de nuestro renacimiento”.

«Hay que vivir pascualmente”

Seguidamente, los fieles participantes en la vigilia han renovado su renuncia al pecado y su fe en Dios padre, Hijo y Espíritu Santo. En este momento, el prelado ha destacado que “no basta con asistir a la celebración de la Pascua, hay que vivir pascualmente”. Monseñor Saiz meneses ha felicitado de forma especial a los miembros de las Comunidades Neocatecumenales, “por vuestra presencia, por vuestro camino de fe, por vuestro amor a la Iglesia y por vuestro deseo de vivir con radicalidad las exigencias del Evangelio”. Les ha pedido que permanezcan siempre “en comunión con la Iglesia diocesana, con vuestras parroquias y con sus pastores”.

En la parte final de su homilía, el arzobispo ha afirmado que “Sevilla, España, el mundo entero, necesitan testigos de la Resurrección”. “La Catedral de Sevilla, en esta noche santa, no es sólo un lugar de celebración, es un signo visible de la Iglesia que vela y espera, que cree y canta, que recibe la luz y la transmite. De aquí hemos de salir con alma pascual”, ha añadido.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses ha concluido pidiendo que la Resurrección del Señor sea para nosotros “principio de vida nueva”. Y, en alusión a los alejados, ha recordado que “la Pascua de Cristo es para todos; nadie queda excluido de la llamada del Resucitado”.

 

 

 

 

 

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TEXTO ÍNTEGRO de la homilía

 

 

 

 

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