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Semana Santa: Amor, Cruz y Vida

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Carta desde la fe del obispo de Málaga, D. José Antonio Satué Huerto, para la Semana Santa 2026.

Mensaje de Semana Santa de Mons. José María Gil Tamayo

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Un cordial saludo, queridos amigos.

Estamos ya en la Semana Grande, la Semana Santa, la semana que ocupa en el corazón de muchos fieles, de muchos hermanos y hermanas cofrades, como la meta a la que llegar, donde celebramos el Misterio central de nuestra fe: la Pasión, muerte y Resurrección del Señor, el Misterio Pascual.

Nos hemos ido preparando a lo largo de la Cuaresma para avanzar en el conocimiento del Misterio de Cristo, para renovar nuestra vida cristiana; para intensificar nuestra oración, nuestro compromiso de caridad con los más necesitados; para elevar nuestro espíritu a Dios; para recomponer mediante la conversión y el acercamiento al Sacramento de la Penitencia nuestra vida, para pedirle perdón al Señor.

Seguro que también con todos esos actos, quinarios, escenarios, triduos, tantos y tantos actos maravillosos que han organizado las hermandades y cofradías de Granada y de las ciudades de nuestra diócesis, de sus pueblos, nos hemos ido preparando.

Ahora, ya llegamos. Y llegamos para vivirlo en plenitud, para vivirlo con el sentimiento, para vivirlo con la tradición de nuestros mayores, en nuestros bellos pasos procesionales, con esas imágenes del Santísimo Cristo, de nuestros cristos, nuestras Imágenes de la Virgen, para acompañarla a Ella, para ir descubriendo mucho más ese Misterio y esa unión con el Señor; para tener los sentimientos propios de Cristo, como nos dice San Pablo.

Pues, de eso se trata, queridos amigos. Que estos días nos acerquemos al Misterio que contemplamos en nuestras Imágenes. Vivamos la devoción de nuestros mayores hecha actualidad y que vemos en tantos hermanos y cofrades. Vivamos con un espíritu mayor de oración, de vida interior, de vida cristiana puesta al día. Y acerquémonos con fe, con respeto, por supuesto, y exijamos ese respeto también a los demás. Vivamos por nuestras calles esa manifestación pública de fe, pero, sobre todo, que la procesión también vaya por dentro. Que nuestra vivencia exterior, que manifestamos con tanto sentimiento, desde el costalero al hermano y a la hermana cofrade, hasta quienes nos contemplan, se note en nuestro mundo. Que hagamos un mundo mejor. Y vivamos este año una oración especial por la paz amenazada en las guerras que están abiertas en nuestro mundo.

También, queridos hermanos y amigos, les invito a entrar en los templos, a vivir la liturgia, a acercarse al Misterio eucarístico el Jueves Santo, a participar de la Pasión del Señor celebrada el Viernes Santo y en esa oración universal, a esperar la Resurrección el Sábado Santo y a vivir la gran alegría de la Pascua en la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección, para, después, a lo largo de toda la Pascua, vivir esa alegría y esa paz que nos ha traído Cristo con Su victoria. Cristo ha vencido. Vivamos nosotros también, como cristianos.

Que la Virgen Nuestra Señora, a la que acompañamos y nos acompaña, nos ayude, nos proteja. Y vivamos estos días de familia y estos días de vida cristiana. Así sea.

Feliz y Santa Semana Santa, para todos ustedes.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

27 de marzo de 2026, Viernes de Dolores
(Granada)

Mensaje de Semana Santa

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Un cordial saludo, queridos amigos.

Estamos ya en la Semana Grande, la Semana Santa, la semana que ocupa en el corazón de muchos fieles, de muchos hermanos y hermanas cofrades, como la meta a la que llegar, donde celebramos el Misterio central de nuestra fe: la Pasión, muerte y Resurrección del Señor, el Misterio Pascual.

Nos hemos ido preparando a lo largo de la Cuaresma para avanzar en el conocimiento del Misterio de Cristo, para renovar nuestra vida cristiana; para intensificar nuestra oración, nuestro compromiso de caridad con los más necesitados; para elevar nuestro espíritu a Dios; para recomponer mediante la conversión y el acercamiento al Sacramento de la Penitencia nuestra vida, para pedirle perdón al Señor.

Seguro que también con todos esos actos, quinarios, escenarios, triduos, tantos y tantos actos maravillosos que han organizado las hermandades y cofradías de Granada y de las ciudades de nuestra diócesis, de sus pueblos, nos hemos ido preparando.

Ahora, ya llegamos. Y llegamos para vivirlo en plenitud, para vivirlo con el sentimiento, para vivirlo con la tradición de nuestros mayores, en nuestros bellos pasos procesionales, con esas imágenes del Santísimo Cristo, de nuestros cristos, nuestras Imágenes de la Virgen, para acompañarla a Ella, para ir descubriendo mucho más ese Misterio y esa unión con el Señor; para tener los sentimientos propios de Cristo, como nos dice San Pablo.

Pues, de eso se trata, queridos amigos. Que estos días nos acerquemos al Misterio que contemplamos en nuestras Imágenes. Vivamos la devoción de nuestros mayores hecha actualidad y que vemos en tantos hermanos y cofrades. Vivamos con un espíritu mayor de oración, de vida interior, de vida cristiana puesta al día. Y acerquémonos con fe, con respeto, por supuesto, y exijamos ese respeto también a los demás. Vivamos por nuestras calles esa manifestación pública de fe, pero, sobre todo, que la procesión también vaya por dentro. Que nuestra vivencia exterior, que manifestamos con tanto sentimiento, desde el costalero al hermano y a la hermana cofrade, hasta quienes nos contemplan, se note en nuestro mundo. Que hagamos un mundo mejor. Y vivamos este año una oración especial por la paz amenazada en las guerras que están abiertas en nuestro mundo.

También, queridos hermanos y amigos, les invito a entrar en los templos, a vivir la liturgia, a acercarse al Misterio eucarístico el Jueves Santo, a participar de la Pasión del Señor celebrada el Viernes Santo y en esa oración universal, a esperar la Resurrección el Sábado Santo y a vivir la gran alegría de la Pascua en la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección, para, después, a lo largo de toda la Pascua, vivir esa alegría y esa paz que nos ha traído Cristo con Su victoria. Cristo ha vencido. Vivamos nosotros también, como cristianos.

Que la Virgen Nuestra Señora, a la que acompañamos y nos acompaña, nos ayude, nos proteja. Y vivamos estos días de familia y estos días de vida cristiana. Así sea.

Feliz y Santa Semana Santa, para todos ustedes.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

27 de marzo de 2026, Viernes de Dolores
(Granada)

Celebrar la Semana Santa en la Catedral de Sevilla

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Celebrar la Semana Santa en la Catedral de Sevilla

La Catedral de Sevilla es el epicentro de la Semana Santa en la capital hispalense. Por el templo pasarán más de 60 cofradías —si las previsiones meteorológicas lo permiten— y miles de personas durante la semana grande de la fe. Y como primer templo de la Archidiócesis, se cuida al detalle que este sea un espacio de recogimiento y oración, de culto y sacramento.

Durante estos días, como es habitual, monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla, presidirá los Santos Oficios, comenzando por el Domingo de Ramos a las nueve y media, cuando tendrá lugar la Eucaristía. Previamente está previsto el Oficio de Lecturas, el rezo de Laudes y la procesión de palmas en torno al templo catedralicio (entrada por puertas de San Miguel y Palos).

La Misa Crismal será el Martes Santo, a las once y media de la mañana, a la que se invita principalmente al presbiterio. Durante esta celebración se consagra el santo crisma y se bendicen los óleos que se usarán en las parroquias para el sacramento de la Unción de los Enfermos, el sacramento del Bautismo y de la Confirmación.

El Triduo Pascual, que comienza el Jueves Santo con la Cena del Señor, será a las cinco de la tarde. A la misma hora que la celebración de la Pasión del Señor al día siguiente. La Vigilia Pascual, como es tradición, tendrá lugar a partir de las once de la noche.

Finalmente, los sevillanos podrán celebrar la Resurrección del Señor el primer Domingo de Pascua con la Eucaristía a las diez de la mañana.

Paso de cofradías

Por otro lado, la Catedral permanecerá abierta desde las cinco y media de la tarde todos los días —excepto el Jueves y Viernes Santo, que lo hará una hora más tarde— para recibir a las corporaciones que estén realizando su estación de penitencia. Igualmente, el Domingo de Pascua se recibirá a la Hermandad de la Sagrada Resurrección desde las doce del mediodía aproximadamente.

Estos horarios permiten que el templo catedralicio abra sus puertas algunos días durante la Semana Santa para la visita cultural. Así, el Lunes y el Miércoles Santo podrá visitarse de once de la mañana a cinco de la tarde; el Jueves y el Viernes Santo, de diez y media de la mañana a dos de la tarde; el Sábado Santo, de diez y media de la mañana a cinco de la tarde; y el Domingo de Pascua, de dos y media a siete de la tarde. El Domingo de Ramos y el Martes Santo, la Catedral y la Giralda permanecerán cerradas para visitantes.

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Domingo de Ramos: no nos quedemos en la puerta’

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Con el Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa, la semana más grande del año cristiano. Nuestras calles y plazas se llenan de fieles; muchos niños acuden con sus palmas y ramas de olivo acompañados por sus padres y abuelos; no pocos se acercan movidos por la tradición, por el recuerdo de la infancia o por el deseo sincero de empezar bien estos días santos. Todo ello es hermoso y tiene valor. Pero conviene decirlo con claridad: no basta con quedarnos en lo exterior, en el ambiente, en la emoción del momento o en la estampa entrañable de una mañana festiva. El Domingo de Ramos es una puerta, y una puerta está para atravesarla. La Iglesia nos sitúa hoy ante Cristo, que entra en Jerusalén aclamado por la multitud y, al mismo tiempo, nos hace escuchar ya el relato de su Pasión. La liturgia une el júbilo y el dolor, la aclamación y la cruz, la gloria y el anonadamiento. De este modo nos enseña una verdad decisiva: no hay cristianismo auténtico sin acompañar al Señor hasta el final. No podemos querer a Cristo solo cuando pasa entre palmas; hemos de permanecer con Él también cuando sube al Calvario.

Por eso, al comenzar esta Semana Santa, quisiera dirigir una invitación muy concreta a todos los diocesanos: no os quedéis fuera. Después de la bendición de los ramos, entrad en el templo; después de la emoción del primer momento, adentraos en el misterio; después del gesto tradicional, vivid la fe con hondura. La Semana Santa no es un simple recuerdo piadoso del pasado, es la actualización sacramental del misterio de la redención. Lo que Cristo realizó una vez para siempre en su Pasión, Muerte y Resurrección, la Iglesia lo celebra para que nosotros participemos de sus frutos. Como enseña santo Tomás de Aquino, “Cristo por su pasión nos libró de los pecados” (Suma Teológica, III, q. 49, a. 1). Necesitamos redescubrir esto con nueva profundidad. Hay muchos bautizados que aman sinceramente al Señor, pero viven estos días casi desde fuera: contemplan, observan, acompañan hasta cierto punto, pero no acaban de entrar. Y, sin embargo, la Iglesia nos llama a una participación más plena, más consciente, más interior. La palma bendecida tiene sentido si va unida a un corazón convertido. La emoción religiosa da fruto cuando desemboca en oración, penitencia, caridad y vida sacramental.

El Jueves Santo por la tarde comienza el Triduo Pascual. No es un día más, ni una misa más. La Iglesia celebra la Cena del Señor, y en ella contemplamos tres grandes dones: la institución de la Eucaristía, el nacimiento del sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del amor fraterno, expresado en el lavatorio de los pies. Cristo se queda con nosotros en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. No nos deja solos, no nos abandona a nuestras fuerzas. Permanece en medio de su Iglesia como alimento, sacrificio y presencia real. En una sociedad marcada por tanta prisa, tanta dispersión y tanta superficialidad, volver de verdad a la Eucaristía es volver al centro.

El Viernes Santo nos postramos ante la cruz. Ese día no celebramos la Misa; la Iglesia, en sobriedad y recogimiento, escucha la Pasión del Señor, ora por todos, adora la santa cruz y comulga con el Pan consagrado el día anterior. Es el día del amor llevado hasta el extremo. No hay en la historia palabra más elocuente que la cruz de Jesucristo. Allí contemplamos hasta dónde llega el amor de Dios por el hombre. Allí comprendemos la gravedad del pecado y, al mismo tiempo, la inmensidad de la misericordia. Allí aprendemos que el sufrimiento unido a Cristo no es absurdo ni estéril. Santo Tomás escribió que “la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida” (Conferencias sobre el Credo, 6). Es una afirmación recia y luminosa: en la cruz aprendemos a amar, a obedecer, a perdonar, a perseverar y a esperar.

El Sábado Santo es día de silencio, de oración y de espera. María sostiene la esperanza de la Iglesia en la hora más oscura. Junto al sepulcro del Señor, el pueblo cristiano aprende a velar, a no desesperar, a esperar contra toda esperanza. Nuestro tiempo necesita esta lección. Vivimos rodeados de ruido, de mensajes inmediatos, de opiniones incesantes; cuesta guardar silencio, cuesta esperar, cuesta permanecer. Pero sin silencio no hay hondura; sin espera no hay esperanza; sin interioridad no hay vida espiritual sólida. Y, finalmente, la noche santa de la Vigilia Pascual nos abre al gozo sin ocaso. La Iglesia proclama exultante que esta es la noche “en que Cristo, rotas las cadenas de la muerte, asciende victorioso del abismo”, como canta el Pregón pascual. San Agustín expresó esta certeza con palabras admirables: “La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es la vida nueva de los creyentes en Jesús” (Sermón 272). Esta es la gran noticia de la Pascua: Cristo ha vencido, y con Él puede renacer también nuestra vida cansada, tibia o herida.

Queridos hermanos, Sevilla ama profundamente la Semana Santa. Demos gracias a Dios por ello. Pero no permitamos que la costumbre vacíe el misterio, ni que lo externo eclipse lo esencial. Vayamos con fe a nuestras celebraciones, confesémonos bien, participemos en la liturgia, acompañemos al Señor con recogimiento, entremos en la iglesia, adentrémonos en el misterio, en el misterio pascual. No somos extraños en la casa de Dios, somos hijos. Somos miembros de la Iglesia por el bautismo, y Cristo nos espera. María Santísima, la Virgen fiel, nos acompaña. Pidámosle que nos ayude a vivir estos días santos en íntima unión con su Hijo, para que, pasando con Él por la cruz, lleguemos también a la alegría de la Resurrección.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

El Obispo ha visitado a la Hermandad de la O

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La sede canónica de la Hermandad es la parroquia Ntra. Sra. de la Aurora

Monseñor Jesús Fernández ha visitado la mañana de este Viernes de Dolores a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Victoria en sus tres caídas y María Santísima de la O, con sede canónica en la Iglesia de Nuestra Señora de la Aurora. Ha sido recibido por el párroco, Adolfo Ariza, y miembros de la Hermandad, y lo han acompañado el Delegado de Hermandades y Cofradías, José Juan Jiménez Güeto, y el consiliario, Juan José Romero Coleto.

El Obispo ha podido rezar ante los titulares de la Hermandad y ha firmado en el libro de la misma.







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«Revestíos con las armas de Dios» (Ef 6, 11)

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Mensaje ante la Semana Santa de Córdoba 2026 del obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández

La fabricación y el comercio de armas viven un momento dulce. Los innumerables conflictos que asolan el Planeta engrasan y hacen girar la rueda de la producción, la compra-venta y el consumo de instrumentos de defensa, agresión y muerte. En este contexto triste y lamentable, siguen resonando con fuerza las palabras que el Papa León XIV pronunció poco después de ser elegido, desde la logia vaticana clamando a favor de una paz “desarmada y desarmante”.

En el momento del prendimiento, la pasión y la muerte de Jesús de Nazaret también hubo armas: la primera, la espada de Pedro. Se trataba de un arma defensiva con la que, el que luego sería designado como el primero de los apóstoles, quiso defender a su Maestro de la injusticia que se quería cometer. Es verdad que, de un tajo, se llevó por delante la oreja del criado del sumo sacerdote, pero la cosa no pasó a más, gracias a la intervención pacificadora de Jesús: “Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán” (Mt 26, 52).

Un lamentable protagonismo adquirió también el látigo formado por unas cuerdas a las que se amarraban una especie de cuchillas capaces de arrancar la piel del reo. Los cuarenta latigazos que recibió Jesús con ellas le causaron terribles dolores y una importante pérdida de sangre.

Decisiva fue la intervención de los clavos con los que fue sujetado el Señor al madero de la cruz. La pérdida de sangre y, sobre todo, el ahogamiento del ajusticiado fueron sus “méritos”. El que seguramente los había utilizado cuidadosamente ayudando a su padre José en el taller, comprobaba ahora cómo su noble uso se convertía en arma letal.

Finalmente, recordamos la intervención de la lanza con la que el soldado traspasó el costado de Jesús, ya fallecido. De él salió sangre y agua, de él nació la Iglesia, de él brotaron los sacramentos, cauce de salvación para todos los redimidos.

La espada, el látigo, los clavos y la lanza, instrumentos de tortura y de muerte, hoy están prácticamente desactivados y forman parte de nuestros museos y de nuestros pasos. Pero, desgraciadamente, han sido sustituidos por otros más sofisticados y letales: los fusiles, los misiles, las bombas, los drones… Son las armas con las que se sigue matando inocentes. Pidamos al Señor que llegue la paz, que llegue su paz al mundo.

Dejando atrás la Cuaresma, nos adentramos en la Semana Santa en la que la Iglesia celebra los misterios centrales de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Lo haremos participando activamente en las celebraciones litúrgicas que actualizan esos misterios. También en los ritos, procesiones y demás actos de la piedad popular. Contemplemos con devoción al Cristo desarmado y desarmante. Que movidos por la gracia de Dios, y alentados por el testimonio pacificador de María que, a pesar de nuestra traición, nos acoge como hijos, destruyamos la espada de la difamación, el látigo del insulto, los clavos de la injusticia y la lanza de la traición. Al mismo tiempo, revistámonos con las armas de Dios, con las armas de la paz, esto es: la paciencia, el diálogo, la compasión, la justicia y el perdón. Que así sea.

+ Jesús, Obispo de Córdoba

Semana Santa: Amor, Cruz y Vida

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Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Durante la Semana Santa, la Iglesia nos invita a compartir los sentimientos del corazón de Cristo en aquellos intensos días de su Pascua o “paso” de este mundo al Padre. En ellos se revela el misterio del Hijo de Dios en un dinamismo que podríamos describir con las palabras “amor”, “cruz” y “vida”.

“Amor”. El Jueves Santo nos hace revivir el amor en su forma más pura y desbordante. Jesús, el Maestro y Señor, se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada discípulo para lavarle los pies. Con este gesto, nos da a entender que el amor no es un sentimiento pasajero, sino un estilo de vida que se concreta en hechos de humilde servicialidad. En la Última Cena se entregó a sus discípulos como alimento, y en cada Eucaristía sigue entregándonos su Cuerpo y su Sangre, como el alimento y la bebida que sostienen y fortalecen nuestro espíritu para ser capaces de amar como Él y con Él.

«Amar y morir con Cristo para resucitar con Él es el dinamismo de la Semana Santa y de la vida cristiana»
“Cruz”. En el Viernes Santo contemplamos a Cristo abrazando el sufrimiento y la muerte por amor al Padre y a la humanidad. La Cruz no es el símbolo de una vida derrotada, sino de una fidelidad llevada hasta el extremo. En la Cruz, Jesús carga con el dolor de los seres humanos, nos abre un camino hacia la esperanza e instaura el reinado de Dios: el sueño del Padre de una fraternidad efectiva entre todos sus hijos e hijas. Abrazar la cruz como Jesús y con Jesús implica asumir nuestras heridas y limitaciones. Significa también aceptar el sufrimiento que comporta el compromiso de vivir con los que sufren, de defender la verdad y de construir un mundo más justo y en paz.

“Vida”. La Pascua es un canto a la Vida. Cristo resucitado nos muestra que el “amor” entregado hasta el extremo y la “cruz” que se abraza como él la abrazó no terminan en la oscuridad, sino en la luz. La Resurrección de Jesús no es sólo un hecho que tuvo lugar en un momento preciso de la historia humana, sino que también es fuerza transformadora del presente. La Pascua invita a vivir como hombres y mujeres nuevos, testigos de la esperanza que no defrauda, portadores de la alegría que produce el encuentro con el Resucitado, constructores de fraternidad y paz en un mundo atemorizado por las guerras.

Amar y morir con Cristo para resucitar con Él es el dinamismo de la Semana Santa y de la vida cristiana. Dejemos que el ritmo de la liturgia, de las procesiones y de la oración personal, vivido con devoción, abrase nuestro corazón, sane nuestras heridas y renueve nuestra vida con el “amor”, la “cruz” y la “vida” de Cristo.

Un saludo muy cordial en el Señor.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Comenzar de nuevo

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El final, es el verdadero principio. Deja que me explique. En la noche del jueves santo un acto de amor en la mesa del cordero degollado. La noche termina en una traición, con la pantomima de un beso, que siempre ha sido un regalo, una manifestación de amor. Y luego los juicios cicateros, el escarmiento arrancado a latigazos, los gritos de un pueblo manipulado, la impotencia de la madre y las mujeres que le siguen tras la cruz, la mujer valiente que sale para enjugarle el rostro, el suplicio de la cruz, entre dos ladrones. Uno demostró ser el mejor, el mayor robo de su vida, conseguir el reino de los cielos en el último momento. Pero, no nosotros, Señor.

Terminaremos las procesiones en la noche, derramando cera, perfumando con incienso el dolor y la muerte, arrastrando nuestra penitencia, todos somos reos y verdugos, todos –aunque muchos no lo sepamos– buscadores de Dios en la noche de este largo sábado santo que es la vida. Y la humanidad, tozuda en sus quehaceres, recreando guerras, martirizando inocentes, reventando la poca paz, la poca luz, la poca justicia, la poca verdad, que a veces arañamos y que como cachorros sedientos nos empeñamos en sacar la última gota, empujando insistentemente la ubre de la felicidad, cuando ya no queda nada.  Pero, no nosotros, Señor.

Y mientras, los poderes de este mundo muestran el martirio del inocente, injustamente condenado, televisado en directo para todos, así como tantas guerras e injusticias, y sin darnos cuenta, a veces, nos hemos puesto al margen del sufrimiento ajeno, inconscientes de que los próximos podemos ser nosotros.

Pero, cuando estalla la primavera, los que provocaron tan insistentemente la muerte, sólo se encontrarán con el sepulcro vacío.  Es curioso, cuando todos estaban desolados por la pérdida, Cristo se presenta en medio de ellos como Luz y Paz, nunca se ha podido decir tanto en dos monosílabos. Y ellos, ciegos como muchas veces también nosotros, se empeñaban en que la resurrección eran fábulas de mujeres o que habían visto un fantasma. ¿Por qué, cuando estamos tan necesitados de luz cerramos, como ellos, todas las puertas y ventanas? ¿Por qué nos negamos a dar crédito de lo que vemos, como ellos? Por miedo, por prejuicios, por falta de espíritu… como ellos. Pero, no nosotros, Señor.

Los creyentes en Cristo Resucitado, nos debemos de ocupar y preocupar por la cultura de la Vida, es lo nuestro. Los creyentes en la resurrección debemos superar las angustias, las soledades, los abandonos, las huidas, las traiciones… después de tanto sufrimiento. ¿Quién se atreve a dar la cara?

El domingo, la mañana del día primero, todos los cristianos debemos manifestar públicamente la alegría de nuestra fe. Porque no somos cristianos por la noche del huerto, ni por el prendimiento, ni por los azotes, ni por el despojo, ni por la piedad o soledad de la madre, ni por la corona de espinas, los clavos o la cruz… todo eso está de paso. Somos cristianos por la resurrección de Cristo, como el primero en vencer a la muerte y nosotros en él. El resto, sino es preparación para lo fundamental, que es comenzar de nuevo, rozaría el entretenimiento. Gracias hermandades y cofradías por mantener la fe en nuestras parroquias y procesionarla por nuestras calles. ¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Ánimo y adelante!

Antonio Gómez Cantero

Obispo de Almería

“Cine con valores” con D. Francisco Varela nos propone dos películas para vivir la Semana Santa

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“Cine con valores” con D. Francisco Varela nos propone dos películas para vivir la Semana Santa

Continuamos ofreciendo el espacio “Cine con valores”, una sección conducida por el sacerdote diocesano D. Francisco Varela, que en esta ocasión propone dos películas para profundizar en el sentido de la Semana Santa desde una perspectiva distinta.

VÍDEO COMPLETO DE LAS RECOMENDACIONES DE D. FRANCISCO VARELA

Tras las recomendaciones realizadas durante la Cuaresma, este nuevo episodio invita a mirar la fe desde ángulos menos habituales, alejándose de los títulos clásicos para adentrarse en historias que conectan la experiencia cristiana con la realidad humana.

TRÁILER DE LA PELÍCULA «LA APARICIÓN»

En primer lugar, D. Francisco Varela recomienda la película “La aparición” (2018), un film que narra la historia de un periodista no creyente que recibe el encargo del Vaticano de investigar una supuesta aparición mariana. A través de esta trama, la película plantea el diálogo entre fe y razón, mostrando cómo la Iglesia aborda con rigor y prudencia estos acontecimientos, integrando también el conocimiento científico.

TRÁILER DE LA PELÍCULA «LA PROFESORA DE HISTORIA»

Junto a esta propuesta, el sacerdote presenta la película “La profesora de historia” (2014), basada en hechos reales, que traslada al espectador a un aula marcada por la diversidad y las dificultades sociales. En ella, una docente acompaña a sus alumnos en un proceso de descubrimiento de la dignidad humana, poniendo en el centro el valor de cada persona y la necesidad de construir una sociedad basada en el respeto y la verdad.

Ambas recomendaciones invitan a vivir la Semana Santa no solo como un tiempo de contemplación, sino también como una llamada a encarnar la fe en la vida cotidiana, recordando que el encuentro con Cristo lleva necesariamente al encuentro con el prójimo.

La entrada “Cine con valores” con D. Francisco Varela nos propone dos películas para vivir la Semana Santa se publicó primero en Diócesis Asidonia – Jerez.

Ver este artículo en la web de la diócesis

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