El paso fue ejecutado por Antonio Martín entre 1997 y 2000, concluyéndose su dorado unos años después. Su programa iconográfico se articula en torno a tres ejes: el carácter sacramental de la cofradía, la Realeza de Cristo y la vinculación con la Orden de la Merced
La Hermandad Sacramental de la Merced, cuyo título completo es Venerable, Ilustre y Mercedaria Hermandad del Santísimo Sacramento y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas, Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced y San Antonio de Padua, fue fundada en 1955 en Córdoba, en la parroquia del Buen Pastor y San Antonio de Padua, donde mantiene su sede. Nació por iniciativa de D. Manuel Márquez, entonces párroco de San Antonio de Padua, bajo el impulso pastoral del obispo Fray Albino. La cercanía de la antigua Prisión Provincial y la presencia de fundadores catalanes vinculados a la fábrica Cepansa influyeron en la advocación mercedaria de la titular mariana.
La cofradía realiza Estación de Penitencia desde 1958, habitualmente el Lunes Santo, aunque entre 1992 y 1997 lo hizo en la Madrugada del Viernes Santo. Sus actuales imágenes titulares son obra del imaginero carmonense Francisco Buiza: Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas (1978) y Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced (1976).
El paso de misterio representa la Coronación de Espinas de Nuestro Señor Jesucristo. Las figuras secundarias —dos romanos y un sayón— fueron realizadas por el imaginero jerezano Francisco Pinto entre 1984 y 1985. El paso fue ejecutado por Antonio Martín entre 1997 y 2000, concluyéndose su dorado unos años después. Su programa iconográfico se articula en torno a tres ejes: el carácter sacramental de la cofradía, la Realeza de Cristo y la vinculación con la Orden de la Merced, con la que la corporación mantiene Carta de Hermandad desde 2021.
Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced, dolorosa de gran devoción popular, preside durante todo el año el altar mayor parroquial. Procesiona bajo palio diseñado por fray Ricardo de Córdoba, figura clave en la llegada de las actuales imágenes titulares y guía espiritual y artístico de la corporación hasta su fallecimiento en 2019. Fue bordado por Piedad Muñoz y Antonio Villar entre 1985 y 2007. El conjunto, de gran belleza, está experimentando una profunda renovación, iniciada hace pocos años con los nuevos respiraderos, diseño de Javier Sánchez de los Reyes y ejecución de Ramón León, en los cuales puede leerse el Himno de la Virgen de la Libertad, dedicado a Santa María de la Merced y compuesto por internos del Centro Penitenciario de Córdoba. En los últimos meses se ha llevado a cabo el traslado de los bordados de las bambalinas y del techo a un nuevo soporte blanco, recuperando así el color original del primitivo paso de palio, por lo que esta intervención será uno de los grandes estrenos de esta Semana Santa.
El hábito nazareno consiste en túnica ceñida con cinturón de cuero, escapulario, capa y antifaz color marfil, diseñado por Miguel Ángel de Abajo e inspirado en el hábito de la Orden de la Merced.
La Hermandad desarrolla una intensa labor social y pastoral, especialmente en el Centro Penitenciario de Córdoba, en colaboración con la Pastoral Penitenciaria, organizando actividades y celebraciones a lo largo del año. Con motivo del cincuentenario de Santa María de la Merced, está prevista su visita al centro penitenciario en el mes de junio.
En la actualidad supera el millar de hermanos, siendo una de las cofradías más pujantes de la Semana Santa cordobesa.
“¡Santa y feliz Pascua de Resurrección! Esta es la noche santa, la noche en que todo adquiere una luz nueva porque Cristo, el Crucificado, ha resucitado”. De esta manera ha anunciado el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, la gran noticia, la que hace que esta noche “la Iglesia entera se llene de gozo, de alabanza y esperanza”.
El trascoro de la Catedral de Sevilla se ha llenado de fieles que han participado en la vigilia, culminación del triduo pascual y anuncio central de la fe cristiana. De forma especial, han participado miembros de las Comunidades Neocatecumenales, que esta noche han renovado solemnemente las promesas bautismales como culminación de su itinerario catecumenal. La vigilia ha podido seguirse, igualmente, a través de TRECE y del canal del Cabildo Catedral en youtube.
La primera parte de la vigilia se ha desarrollado en la puerta de San Miguel de la seo hispalense, con el lucernario (rito de la luz). “En medio de esa oscuridad brilla el Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado, luz del mundo”, ha destacado el arzobispo. Ya en al trascoro, se ha entonado el pregón pascual, “gloria de esta noche verdaderamente dichosa”.
«Síntesis de toda la economía de la salvación»
A través de las lecturas se han contemplado los momentos esenciales de la historia de la salvación: la creación, la fe de Abrahán, el paso del mar Rojo y las promesas de los profetas. “La vigilia pascual, por tanto, no es sólo la celebración más solemne: es la síntesis de toda la economía de la salvación”, ha explicado el arzobispo en su homilía.
Posteriormente, y tras escuchar la Palabra de Dios, se ha entonado el Gloria, momento que ha dado paso a la entrada de la luz en las naves del interior del templo metropolitano. Monseñor Saiz Maneses ha aprovechado para destacar la necesidad de la alegría y del anuncio pascual en “un mundo herido por guerras, violencias, soledades, cansancios espirituales, pérdida del sentido de Dios y de la dignidad humana”. Precisamente en este contexto “resuena esta noche la noticia decisiva: Cristo ha resucitado y nos ofrece una nueva vida”.
Con la liturgia bautismal, que se ha desarrollado en la capilla de San Antonio, se ha bendecido el agua, sumergiendo el cirio en la pila bautismal, lo que ha dado pie al arzobispo a afirmar que “la noche pascual es también la noche de nuestro renacimiento”.
«Hay que vivir pascualmente”
Seguidamente, los fieles participantes en la vigilia han renovado su renuncia al pecado y su fe en Dios padre, Hijo y Espíritu Santo. En este momento, el prelado ha destacado que “no basta con asistir a la celebración de la Pascua, hay que vivir pascualmente”. Monseñor Saiz meneses ha felicitado de forma especial a los miembros de las Comunidades Neocatecumenales, “por vuestra presencia, por vuestro camino de fe, por vuestro amor a la Iglesia y por vuestro deseo de vivir con radicalidad las exigencias del Evangelio”. Les ha pedido que permanezcan siempre “en comunión con la Iglesia diocesana, con vuestras parroquias y con sus pastores”.
En la parte final de su homilía, el arzobispo ha afirmado que “Sevilla, España, el mundo entero, necesitan testigos de la Resurrección”. “La Catedral de Sevilla, en esta noche santa, no es sólo un lugar de celebración, es un signo visible de la Iglesia que vela y espera, que cree y canta, que recibe la luz y la transmite. De aquí hemos de salir con alma pascual”, ha añadido.
Monseñor José Ángel Saiz Meneses ha concluido pidiendo que la Resurrección del Señor sea para nosotros “principio de vida nueva”. Y, en alusión a los alejados, ha recordado que “la Pascua de Cristo es para todos; nadie queda excluido de la llamada del Resucitado”.
Comentario bíblico al Evangelio del Domingo de Pascua de Resurrección, el 5 de abril de 2026, realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica.
La luz de la mañana de Pascua se abre ante nosotros. La búsqueda del Resucitado nos hace ponernos en camino, como María Magdalena, o hacen Pedro y el discípulo amado. La Resurrección de Jesús no nos deja quietos. Toda nuestra vida ya será una búsqueda de su presencia viva. La muerte ya no tiene poder sobre él.
PASÓ HACIENDO EL BIEN (Hch 10, 34 a, 37-43) El texto nos relata cómo la actividad misionera de Pedro, hasta ahora centrada en el mundo judío, se abre al mundo de los gentiles, a través del encuentro con Cornelio, centurión romano. En casa del centurión, Pedro toma la palabra y hace un discurso con tres secciones:
En la primera, se presenta la vida y la misión de Jesús de Nazaret. (37-39ª). Nada define tan bien y a la vez de manera tan sencilla la misión de Jesús como “pasar haciendo el bien”.
En la segunda, se narra su muerte en cruz y cómo Dios lo resucitó y le dio la gracia de manifestarse a los testigos designados por Él (39b-41).
En la tercera, se relata el envío a la misión, el encargo a los que han sido testigos de lo anterior para que lo transmitan a todo el pueblo (42-43).
En realidad, Pedro realiza aquí en casa de Cornelio, la proclamación del Kerigma, el primer anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Para ello comienza con el relato del bautismo, en el que Jesús es Ungido, continua con la misión del profeta de Nazaret y culmina con su muerte y resurrección. Pedro se sabe portador de una misión, de una tarea. A él se le ha manifestado Jesús resucitado y le ha encargado dar testimonio de los acontecimientos que ha visto y oído. Él no ha sido mero espectador, sino que es testigo, junto a otros, de lo que ha experimentado.
VIO Y CREYÓ (Jn 20,1-9) Estos días de Pascua nos iremos encontrando dos tipos de relatos en torno a la Resurrección: unos en relación al sepulcro vacío, otros en torno a las apariciones del Resucitado. El de este domingo, como vemos, está entre los del primer grupo. Son tres los personajes que encontramos en este relato de Juan: una mujer, María Magdalena, y dos de los discípulos de Jesús: Pedro y el discípulo amado.
La primera que se acerca al sepulcro es la mujer. Aún no ha amanecido y está oscuro. Lo que ve, es que la piedra está quitada. Ese signo la pone en movimiento y va corriendo a donde están Pedro y el discípulo amado. Lo que ella visto no le lleva a pensar que Jesús ha resucitado, sino que alguien se ha llevado al Señor. Su desconcierto la conduce a acudir a la comunidad. Ante la noticia de la mujer, Pedro y el discípulo amado también se ponen en movimiento, pero esta vez en dirección al sepulcro. Llega primero el más joven y ve las vendas, pero no entra. Da prioridad a la autoridad. Pedro llega y sí entra. Ve las vendas en el suelo y el sudario que cubre la cabeza.
Ahora sí entra el discípulo amado. Dice el relato que “vio y creyó”. Ante el signo del sepulcro vacío, al único que se atribuye la fe es al discípulo amado. Aquel que había estado a los pies de la cruz (Jn 19,26-27) es el único que cree. El evangelista aclara que “hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”. La Resurrección de Jesús, lleva a los discípulos a entender la Palabra de Dios. Tenemos ahora 50 días para ir escudriñando esa Palabra que el Señor de la vida va a dirigirnos.
LA PALABRA HOY María Magdalena es símbolo de los buscadores de Jesús, por ello se pone en camino hacia el sepulcro. Sin embargo, allí en el sepulcro vacío no descubre nada ni a nadie. El símbolo de que todavía estaba oscuro así lo refleja. Ante la noticia de la mujer, Pedro y el discípulo amado también se ponen en movimiento. Ante el signo del sepulcro vacío, al único que se atribuye la fe es al discípulo amado. El amor genera la fe. El cree porque ama.
Para abrirnos a la fe en la resurrección hemos de hacer nuestros propios recorridos, no podemos refugiarnos en los caminos que transitan otros. Pero hemos de hacerlos desde el amor. Solo el que ama es capaz de confiar, es capaz de fiarse.
La comunidad diocesana vivió la pasada noche, a las 22:00h, con gran intensidad la Vigilia Pascual, la noche santa por excelencia, considerada la madre de todas las vigilias en la Iglesia. En esta celebración tan especial, varios jóvenes y adultos, tras un tiempo de preparación, recibieron el sacramento del Bautismo, incorporándose plenamente a la Iglesia católica.
La celebración fue presidida por nuestro obispo, Antonio Gómez Cantero, quien acompañó a los neófitos en este momento decisivo de su vida cristiana. La liturgia, marcada por el profundo simbolismo del paso de la oscuridad a la luz, tuvo como centro el cirio pascual, signo de Cristo resucitado que ilumina a todos los creyentes.
Los bautizados estuvieron arropados por sus familiares y amigos, en un ambiente de alegría y recogimiento. En su homilía, el obispo les animó a ser sal y luz en el mundo, llevando a la vida cotidiana la luz de Cristo que han recibido en esta noche.
Fue, sin duda, una celebración hermosa y llena de significado, en la que toda la comunidad pudo renovar su fe y compartir la alegría de la Resurrección. Además, todos los asistentes renovaron también sus promesas bautismales, participando activamente en este momento central de la celebración.
Canal Sur emitirá la misa este 5 de abril, Domingo de Resurrección, desde la Parroquia de San Pedro Apóstol, de Coripe, a las diez de la mañana.
Una jornada marcada por la procesión del Resucitado y la emblemática Quema del Judas, Fiesta de Interés Turístico Nacional de Andalucía.
Tras la ceremonia religiosa, la procesión del Resucitado recorrerá algunas de las calles del municipio, pasando por el Huerto, un espacio elaborado por los propios vecinos que constituye uno de los elementos más característicos de esta celebración.
Una vez finalizada la procesión, tendrá lugar la tradicional Quema del Judas, un evento declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional de Andalucía, que cada año congrega a numerosos visitantes y que simboliza el cierre de la Semana Santa en la localidad.
El niño no lograba entender cómo el elefante, capaz de arrancar de cuajo un árbol, era tan dócil en la arena del circo, sujeto apenas por una delgada y corta cadena en su pata, unida a una pequeña estaca clavada en el suelo.
«¿Por qué no huye?», se preguntaba. Algunos le decían que era porque estaba amaestrado. Pero, si estaba amaestrado, ¿por qué lo encadenaban? Y nadie le daba una respuesta convincente.
Unos años después descubrió a alguien que había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: el elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. El elefantito empujaba, tiraba y sudaba tratando de soltarse, y, a pesar de todo su esfuerzo, no podía. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. El elefante bebé se dormía agotado y, al día siguiente, volvía a intentarlo; y también al otro y al siguiente.
Hasta que, un día, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque cree que no puede. Tiene el recuerdo de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás intentó poner a prueba su fuerza otra vez.
Recorremos la vida atados a innumerables estacas que nos roban libertad: libertad para conocer, libertad para decidir, libertad para ser diferentes. Nacemos en una familia que guarda un silencio ensordecedor en lo que a la transmisión de la fe se refiere. Ahí comienzan a clavarnos la primera estaca en la tierra del olvido de Dios.
Esta ausencia de Dios no cambia mucho en el colegio, el grupo de amigos, la universidad o el trabajo, desde donde nos lanzan una mirada sospechosa si osamos posicionarnos a favor de lo que para algunos no es más que superchería o superstición para débiles.
Como hasta ese momento Dios no ha significado mucho en nuestra vida, elegimos a nuestra pareja en base a la atracción o al simple enamoramiento, y no como el complemento perfecto para construir una escuela de amor donde Jesús sea el centro. Y comienza de nuevo la historia con los hijos.
La estaca que nos retiene en una vida sin Dios es tan fuerte y nos condiciona tanto que, cuando somos adultos, ya no intentamos arrancarla ni rebelarnos contra ese estado de postración. Nos hemos acostumbrado a una vida donde Dios no pinta nada; nos conformamos con alimentarnos de sucedáneos, de migajas, de antinutrientes, confundiendo vivir con lo que en realidad es sobrevivir, abandonándonos a la consigna que otros muchos levantaron siglos atrás y que ha tenido autoridad para anestesiar conciencias al pretender recortar las alas al hambre de trascendencia: pan y circo. Consumo y entretenimiento. No hay más.
No es fácil revertir este drama que desertiza el espíritu humano. La Verdad no se abraza por imposición ni por obligación, sino por atracción. Y pocas cosas tienen tanto poder atrayente como el testimonio de una vida sencilla, coherente, anclada en la experiencia frondosa que ha recorrido las arterias de la historia de la salvación: que somos amados por Dios no porque seamos buenos, sino a pesar de que no lo somos.
El testimonio arraigado en la escucha de la Palabra de Dios, en la práctica sacramental, en la vida de oración y comprometido con el sufrimiento del otro es revolucionario. Ante una vida sin Dios, una vida en Dios nunca cae en saco roto: siempre cuestiona y abre grietas, tímidas o no, por las que la vida de Dios se cuela y destrona nuestros moldes preestablecidos, a su tiempo.
Las grandes transformaciones en la historia han sido obra de la gracia. Es justo y necesario suplicar al Dios viviente esta misma gracia que nos permite salir del sepulcro del que se considera inferior por la fe que profesa, recluido por miedo, como los discípulos, en el sótano de las puertas cerradas.
La maravilla que hoy celebramos es que Cristo ha resucitado; es decir, ha retirado de nuestras vidas la estaca que nos ataba irremediablemente a la muerte, a una vida de tristeza interior, de desesperanza, de vacío infinito, y nos ha abierto el camino para tener una relación de amor con Dios que nos hace libres. Libres para amar. Libres para no callarnos.
Feliz Pascua de Resurrección.
José Antonio Díaz Alonso, Párroco de la Puebla de Vícar
La muerte de Jesús nos deja en el sepulcro, en la tristeza, sin un futuro y en la total derrota. Algo inesperado acontece y lo cambia todo, y llena de sentido todo lo sucedido días atrás.
Cristo ya no está en el sepulcro. Para unos será montaje y para otros, movidos por la fe, es la primera prueba de su resurrección.
A nosotros nos llega ese testimonio a partir de personas concreta y que fueron relevantes en la vida terrena de Jesús. Ellos se hacen testigos de lo que han experimentado y lo comparten, porque la fe nos hace descubrir tras realidades inexplicables pero ciertas.
Una mujer da el anuncio y Pedro y Juan, de gran influencia en la comunidad primitiva cristiana es a los que se les revela este misterio.
El amor a la vida es la forma que Dios deja en cada una de sus actuaciones, y el amor del Padre al Hijo lo demuestra la resurrección, porque el amor hace vencer a la muerte y convierte en alegría nuestra existencia, cambia nuestras vidas y llena nuestros corazones de un amor nuevo, el del Resucitado, que recupera a aquellos que la muerte les hizo alejarse.
DESARROLLO
La resurrección de Jesús es un misterio, y por lo tanto entra en el ámbito de la fe. Pero tenemos desde muy antiguo testimonios orales de aquellos que se encontraron la tumba vacía y varios de los encuentros con el Resucitado, con los que se expresa la fe en la resurrección.
El evangelista Juan destaca el estado en el que se encontraban las vendas y el sudario que envolvió al cuerpo de Jesús, para de esta manera desmontar el rumor de quienes en aquel momento afirmaban que todo había sido un montaje y un robo del cadáver.
El discípulo ideal para este evangelista es aquel que cree al fiarse del testimonio de la tumba vacía, sin embargo, otros, entre ellos Simón Pedro, necesitarán de las apariciones del Señor como la prueba irrefutable de su resurrección.
Es llamativo que el primer testigo de la tumba vacía y de la resurrección sea una mujer, María Magdalena. Esta mujer va al amanecer cuando todavía estaba oscuro, símbolo del comienzo de un nuevo día, de una nueva etapa, aunque la oscuridad por la falta de fe también está presente. Esta mujer, llevada por la tristeza que le ha dejado la muerte de Jesús también vive en una confusión por no entender lo sucedido.
La tumba vacía es la expresión de la victoria de la que es la Vida nueva y verdadera, porque el Padre lo ha resucitado a la vida eterna. El amor a la vida es la firma de Dios en sus grandes actuaciones, mientras que los seres humanos ponemos muerte, y usamos la muerte para dominar la vida.
El que fue días atrás crucificado como un malhechor y murió de esa manera tan horrible, como si el Padre lo hubiera rechazado y dado la espalda, hoy aparece devuelto a la vida por ese mismo Padre que se nos revela en su amor por Hijo y por todos sus hijos, pues la resurrección del Señor es nuestra resurrección.
La muerte supone un absurdo y un drama. Sin embargo, la resurrección es la que da sentido a esta vida terrena, pues no hemos nacido para morir sino para resucitar en una vida que se prolonga en la eternidad. Así, pues, la resurrección es alegría, la alegría de la fe y del amor, la alegría que pone esperanza en el dolor y sufrimiento que a diario también padecemos. Y esta es la buena noticia que no ha caducado: Cristo ha resucitado y desde entonces todo es diferente para quienes tenemos fe en él.
La Vigilia Pascual ha reunido en la noche santa a numerosos fieles en el primer templo diocesano, para celebrar, con gozo y esperanza, que la luz ha vencido a las tinieblas, que Cristo ha resucitado.
En el interior del templo de la Diócesis, junto a la Puerta del Perdón, se encontraba el brasero que contenía el fuego nuevo que bendecía el Obispo, Don Sebastián Chico Martínez. Posteriormente, tras la incisión de la cruz, del alfa y el omega y de los otros signos en el Cirio, ha incrustado los cinco granos de incienso, en recuerdo de las llagas del Señor. El rito ha terminado encendiendo el Cirio Pascual, símbolo de la vida y la resurrección.
Ya con el Cirio encendido, el diácono permanente Francisco Javier López ha comenzado la procesión hasta el presbiterio, con el templo totalmente a oscuras. Lo han seguido un seminarista con el báculo, el Obispo, algunos Canónigos de la Catedral, los seminaristas, los ministros y las dos niñas que iban a recibir las aguas del bautismo, junto con sus padres y padrinos. Ha cerrado la comitiva los fieles reunidos en esta solemne celebración.
De camino hacia el altar mayor se ha entonado tres veces «Luz de Cristo», mientras se ha levantado el Cirio. En el primer canto, el Obispo ha encendido su candela. Tras entonar el segundo, uno a uno, todos los congregados han encendido las suyas. Una vez en el presbiterio, se ha pronunciado el tercer «Luz de Cristo», mientras se han encendido algunas luces del templo y el Cirio Pascual se ha instalado junto al ambón.
El seminarista Daniel Cano ha sido el encargado de cantar el pregón Pascual. Le han seguido siete lecturas, con sus salmos. A continuación, con el canto del Gloria, entonado por el grupo litúrgico musical EscuchArte, que ha participado con sus cantos en la celebración, se han encendido todas las luces del templo y los seminaristas han vestido la mesa del altar. Después, las campanas han volteado anunciando que Cristo ha resucitado. Tras la lectura de la Epístola, se ha entonado el Aleluya. Y, finalmente, el diácono permanente ha proclamado el Evangelio de San Mateo.
Homilía
El Obispo ha comenzado su homilía subrayando el carácter central de esta celebración. “Hemos llegado a la noche más santa de todo el año. La Iglesia, reunida en torno al fuego nuevo, a la luz del cirio pascual, a la Palabra que recorre toda la historia de la salvación y a la fuente bautismal, nos introduce en el corazón mismo de nuestra fe, en la que van a ser incorporados estos niños por el bautismo: ¡Jesucristo ha resucitado!”.
Asimismo, el Prelado jiennense ha subrayado el sentido de la Vigilia Pascual como culmen de la historia de la salvación. “Por eso esta Vigilia no puede parecernos larga. Esta noche la Iglesia nos hace recorrer las grandes obras de Dios: la creación, la alianza, la liberación del pueblo, la voz de los profetas, la promesa de un corazón nuevo, hasta llegar a la plenitud de los tiempos, cuando Dios nos entregó a su Hijo. Todo desemboca en esta noche. Todo queda iluminado por esta verdad: ¡el Crucificado ya no está en el sepulcro; ha resucitado!”.
En este sentido, Don Sebastián ha profundizado en el significado de la Resurrección para la vida del hombre, recordando que “la resurrección de Cristo significa que el mal no tiene la última palabra. Que el pecado no tiene la última palabra. Que el sufrimiento, la oscuridad y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y la palabra definitiva de Dios sobre el hombre no es la muerte, sino la Vida”.
Además, ha querido poner el acento en la dimensión bautismal propia de esta noche: “San Pablo nos lo ha recordado con fuerza: por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, para resucitar con Él a una vida nueva. Esta es nuestra identidad más profunda ¡Hemos sido incorporados a Cristo! Llevamos ya en nosotros la semilla de la vida eterna”. Y ha añadido: “Esta noche santa nos recuerda con fuerza que somos de verdad peregrinos de esperanza. No caminamos solos ni hacia una meta incierta ¡Caminamos con Cristo vivo!”
Finalmente, el Obispo ha exhortado a los fieles a anunciar la alegría pascual y a ser testigos de la Resurrección. “Queridos sacerdotes, seminaristas, personas consagradas, catequistas, agentes de pastoral, familias, jóvenes, mayores, cofrades y fieles de nuestras parroquias: id a comunicar a los hermanos esta noticia. Nuestro mundo necesita escucharla. Necesita testigos más que discursos, creyentes con rostro iluminado por la Pascua, cristianos que vivan con paz, con alegría serena, con caridad concreta y con esperanza firme”. Para terminar: “que Cristo resucitado nos conceda vivir ya desde ahora como hombres y mujeres nuevos, testigos humildes y valientes de su victoria”.
Sacramento del Bautismo
Al término de las palabras del Prelado, el diácono permanente ha portado el Cirio Pascual, mientras se entonaban las letanías, hasta la pila bautismal, donde Don Sebastián ha bendecido el agua. Allí se ha bautizado a las dos pequeñas: Julieta y Nazaret Mary.
A continuación, los fieles que estaban participando en la Vigilia Pascual han renovado las promesas bautismales. Y, con las candelas encendidas, al igual que el día de su Bautismo, el Obispo ha asperjado a todos los presentes.
Posteriormente, en la oración de los fieles se ha pedido, de manera especial, por Julieta y Nazaret Mary que acababan de recibir el Bautismo, y por sus padres y padrinos. Las ofrendas han sido presentadas ante el Obispo por las familias de los neófitos.
Tras la bendición final, el Obispo ha querido desear una feliz Pascua de Resurrección a los fieles y felicitar a las familias de las dos niñas, por el sacramento recibido.
La celebración ha culminado cantando el Regina Coeli y unas fotos de familia. Finalmente, y ya en la Sacristía, todos los fieles han podido compartir un chocolate caliente.
Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Vigilia Pascual. Catedral de Sevilla. Sábado Santo, 4 de abril de 2026
Queridos hermanos y hermanas: ¡Santa y feliz Pascua de resurrección! Esta es la noche santa, la noche en que todo adquiere una luz nueva porque Cristo, el Crucificado, ha resucitado. Cristo ha resucitado, y por eso esta noche la Iglesia entera se llena de gozo, de alabanza y esperanza. Saludo con afecto a todos los hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Sr. Deán y Cabildo Catedral, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado. Saludo también a cuantos participáis desde vuestros hogares a través de TRECE TV. A todos deseo hacer llegar en esta noche santísima, el anuncio central de nuestra fe: Cristo ha resucitado.
La liturgia de esta Vigilia lo proclama con una fuerza incomparable. Hemos comenzado fuera, en la oscuridad, junto al fuego nuevo. La noche representa las tinieblas, el sufrimiento, la muerte, la confusión del mundo y también nuestras propias heridas. En medio de esa oscuridad brilla el Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado, luz del mundo. La Iglesia avanza tras esa luz. No caminamos detrás de una idea, ni de una moral, ni de un proyecto meramente humano. Caminamos detrás de Jesucristo vivo. Y al entrar en la Catedral con el cirio encendido, comprendemos que la Pascua no consiste sólo en afirmar que Cristo vive, sino en dejar que su luz penetre en nuestra vida, en nuestra casa, en nuestra diócesis, en nuestra ciudad. El Pregón Pascual canta con razón la gloria de esta noche verdaderamente dichosa.
Esta celebración está unida íntimamente al Triduo Pascual. En la tarde del Jueves Santo contemplábamos a Cristo que ama hasta el extremo, que se ciñe la toalla del siervo, que instituye la Eucaristía y el sacerdocio, que nos deja el mandamiento nuevo del amor. Ayer, Viernes Santo, adorábamos la cruz y nos postrábamos en silencio ante el Cordero inmolado por nuestra salvación. Y esta noche, finalmente, la Iglesia canta la victoria del mismo Cristo que se entregó en la Cena y se ofreció en la Cruz. La Pascua no borra la Cruz, la transfigura. La Resurrección manifiesta que el amor de Cristo es más fuerte que el pecado y que la muerte.
Hemos contemplado a través de las lecturas los momentos esenciales de la historia de la salvación: la creación, la fe de Abrahán, el paso del mar Rojo, las promesas de los profetas. Esta serie de textos nos enseña que la Resurrección de Cristo es la clave de toda la historia. Todo se orienta hacia esta noche. La primera creación apuntaba a la nueva creación; la liberación de Egipto prefiguraba la verdadera liberación del pecado y de la muerte; las profecías anunciaban que Dios no abandona a su pueblo. Todo converge en Cristo muerto y resucitado. La Vigilia Pascual, por tanto, no es sólo la celebración más solemne: es la síntesis de toda la economía de la salvación.
Después de escuchar la Palabra de Dios, la Iglesia canta el Gloria con una alegría incontenible. Es la alegría profunda del que sabe que el mal no tiene la última palabra, que la muerte no es el final, que el pecado puede ser perdonado, que la gracia es más poderosa que nuestra miseria y pecado. Por eso el anuncio pascual es hoy tan necesario. Vivimos en un mundo herido por guerras, violencias, soledades, cansancios espirituales, pérdida del sentido de Dios y de la dignidad humana. También nosotros llevamos dentro muchas heridas. Pues bien, precisamente ahí resuena esta noche la noticia decisiva: Cristo ha resucitado y nos ofrece una nueva vida.
Esta nueva vida se expresa de modo particular en la liturgia bautismal. La Pascua está íntimamente unida al Bautismo. Morimos con Cristo para vivir con Él. Somos sumergidos en su muerte para resucitar con su Resurrección. Por eso la noche pascual es también la noche de nuestro renacimiento. Al bendecir el agua y renovar las promesas bautismales, la Iglesia nos llama a recordar quiénes somos: hijos de Dios, incorporados a Cristo, templos del Espíritu Santo. Esta noche hemos de renovar de verdad nuestra renuncia al pecado, a Satanás y a todas sus seducciones, y nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. No basta con asistir a la celebración de la Pascua, hay que vivir pascualmente.
Me dirijo con afecto a los miembros de las Comunidades Neocatecumenales aquí presentes. En esta noche santa renováis solemnemente, delante del pastor diocesano, las promesas bautismales como culminación de vuestro itinerario catecumenal. Es un momento de gran hondura espiritual y eclesial. Doy gracias a Dios por vuestra presencia, por vuestro camino de fe, por vuestro amor a la Iglesia y por vuestro deseo de vivir con radicalidad las exigencias del Evangelio. La renovación de las promesas bautismales no puede ser nunca un simple gesto exterior o emotivo; es una confesión pública de fe, una renuncia renovada al pecado, una adhesión más consciente a Jesucristo y una disponibilidad más plena para la misión. Permaneced siempre en comunión con la Iglesia diocesana, con vuestras parroquias y con sus pastores. Y vivid con humildad, con fidelidad y con verdadero ardor apostólico la gracia que esta noche el Señor vuelve a derramar sobre vosotros.
Queridos hermanos: Sevilla, España, el mundo entero, necesitan testigos de la Resurrección. La Catedral de Sevilla, en esta noche santa, no es sólo un lugar de celebración, es un signo visible de la Iglesia que vela y espera, que cree y canta, que recibe la luz y la transmite. De aquí hemos de salir con alma pascual. En nuestras parroquias, comunidades, hermandades, familias y ambientes de trabajo, hemos de llevar la certeza de que Cristo vive. No podemos seguir viviendo como si el sepulcro estuviera cerrado. El sepulcro está vacío. Cristo vive. Y cuando Cristo vive, renace la esperanza, se fortalece la caridad, se purifica la fe y se aviva la misión. Cristo resucitado es la respuesta a los grandes interrogantes del corazón humano y la fuente de la esperanza cristiana.
No olvidemos tampoco que la alegría pascual tiene siempre una consecuencia moral y espiritual. El Resucitado no nos autoriza a instalarnos cómodamente, sino que nos envía. Quien ha encontrado al Señor vivo no puede encerrarse en sí mismo. La Pascua nos pone en camino, nos hace más fieles a la oración, más generosos en la caridad, más firmes en la verdad, más valientes en el testimonio cristiano. La Resurrección es el centro vivo desde el que se renueva toda la existencia cristiana. En esta noche santa pidamos al Señor que nos conceda una verdadera conversión pascual. Que la Resurrección del Señor sea para nosotros principio de vida nueva. Que quienes lloran encuentren consuelo; quienes dudan, reciban la luz; quienes están heridos, hallen esperanza; quienes han caído, encuentren misericordia; quienes se han alejado, descubran el camino de retorno. La Pascua de Cristo es para todos; nadie queda excluido de la llamada del Resucitado.
Contemplemos también a María Santísima. La Madre del Señor permaneció firme en la noche de la pasión y esperó contra toda esperanza. Ella, la Virgen fiel, acompaña también el gozo de la Iglesia pascual. A Ella le pedimos que nos enseñe a vivir con fe el paso de la cruz a la gloria, del dolor a la esperanza, de la noche a la luz. Queridos hermanos: ésta es la noche de Cristo resucitado, ésta es la noche de la Iglesia, ésta es nuestra noche. Alegrémonos de verdad. Que resuene con fuerza en esta Santa Iglesia Catedral y en todo el mundo el anuncio que no envejece y que sostiene la esperanza: Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado. ¡Aleluya! ¡Santa y feliz Pascua de resurrección!