Entre los actos programados con motivo de la Feria de Lorca, la imagen de Santa María la Real de las Huertas permanecerá hasta el domingo en este templo.
El penúltimo domingo de septiembre, mes durante el que en Lorca celebran los días grandes en honor a su patrona, es tradición que la imagen de la Virgen de las Huertas sea trasladada desde su santuario a una de las diez parroquias de la ciudad y ese templo no vuelve a recibir de nuevo esta visita hasta pasados diez años.
En esta ocasión, la Parroquia Santiago Apóstol es la encargada de acoger a la imagen de Santa María la Real de las Huertas, donde permanecerá hasta el 27 de septiembre. La llegada de patrona se produjo el pasado domingo entre vivas y flores. «Fue maravilloso poder compartir con los fieles ese momento, vivir el fervor de Lorca por primera vez como párroco en este templo, así como la preparación de la parroquia para esta visita», asegura el párroco. José Manuel Martínez Rosique.
Desde la parroquia invitan a los fieles a participar en los actos organizados en honor a la patrona: «Será una semana intensa de cariño y oración por todas las necesidades de la Iglesia y del mundo». Días de fiesta, alegría y gozo compartido durante los que habrá todas las mañanas misa a las 11:30 horas. Por las tardes, rezo del Rosario; tiempo para la confesión; y Eucaristía, a las 20:00 horas, tras la que cada día se hará una ofrenda floral a Santa María la Real de las Huertas. El viernes, además, los niños, los jóvenes y las familias podrán pasar por el manto de la patrona «para pedirle su intercesión y protección». El próximo domingo, después de la misa de la mañana, la imagen será portada en procesión de regreso hasta su santuario.
En la mañana del martes 22 de septiembre, los nuevos delegados diocesanos han hecho profesión de fe y jurado sus cargos ante el Sr. Obispo, D. José Antonio Satué, con la presencia del Secretario General, Francisco García Villalobos.
Los nuevos delegados diocesanos, junto a Mons. Satué, tras la firma
En la sala de juntas del Obispado de Málaga, acompañados por familiares y compañeros de trabajo pastoral, han jurado sus cargos José Carlos Moreno Luque, delegado para Asuntos Jurídicos de Hermandades y Cofradías; Antonio Muñoz Varo, delegado episcopal de Apostolado Seglar; Aaron Benzaquen Vera, vice-delegado episcopal para el Patrimonio Cultural de la Iglesia; Fernando Ortega Durán, delegado episcopal de Medios de Comunicación; Miguel Ángel Gamero Pérez, delegado episcopal para el Patrimonio Cultural de la Iglesia; Antonio Fernández López, delegado episcopal para la Causa de los Santos; José Emilio Cabra Meléndez, delegado para el Clero; y Samuel Medina Claros, delegado episcopal de Pastoral Universitaria.
Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en el domingo XXV del Tiempo Ordinario, el 20 de septiembre de 2026, en la S.A.I Catedral.
Queridos sacerdotes concelebrantes y diácono,
Queridos seminaristas,
Queridos hermanos y hermanas en el Señor,
¿Qué nos trae la Palabra de Dios en este domingo XXV del Tiempo Ordinario? ¿Qué nos trae? El libro de Isaía, nos ha invitado a buscar al Señor mientras se deja encontrar. A invocarlo mientras está cerca. Y el Señor está siempre cerca de nosotros. Vamos a invocarlo, pidiéndole desde el fondo de nuestro corazón que nos dé luces para comprender esta palabra que nos pone como manjar en esta mesa de la Palabra. En esta primera parte, en la Liturgia de la Palabra.
El Señor nos invita a que adquiramos su lógica. Ciertamente, el Evangelio tiene muchas cosas que no entran en la lógica humana. Nos presenta un Dios que se ha hecho esclavo de todos. Nos presenta un Dios que no es el que viene con la fuerza para dominar, sino que viene para servir.
Nos presenta un Dios que habla de amor, de perdón, de generosidad, de comprensión. Nos presenta a un Dios que dice que los últimos son los primeros y los primeros son los últimos. Nos presenta un Dios que, en su enseñanza, andando por nuestros caminos en Palestina, nos invita a estar desprendidos, a ser pacíficos, a vivir con limpieza de corazón, a buscar la justicia.
Nos presenta a un Dios que trae otra lógica, otra manera de entender la vida. Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, la palabra que se ha encarnado. Nos muestra el rostro de Dios, que es un Padre de misericordia. Que es el Padre que sale a buscar al hijo pródigo.
Esta es la lógica de Dios, la de los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. Esta enseñanza de la parábola que acabamos de escuchar. Ahora nos toca, queridos amigos, contrastar nuestra vida y nuestra lógica con la lógica de Dios, con la lógica de Jesús, que es la lógica de la cruz.
Ya san Pablo, en el comienzo de la primera Corintios habla de que es locura, de que es necedad, pero es la sabiduría de Dios, de un Dios que se ha hecho niño. Un Dios que ha pasado por el destierro. Un Dios que ha vivido vida oculta en el trabajo sencillo de Nazaret. Un Dios que sale a predicar por nuestros caminos y sabe de nuestros cansancios. Un Dios que ha asumido nuestra humanidad menos en el pecado. Un Dios que se ha dejado coser en una cruz, llevando sobre sí, siendo él puro y el inocente, los pecados del mundo. Que como el grano de trigo que cae en tierra y muere, da fruto.
Un Dios que se ha encarnado. Un Dios que ha pasado por la Cruz. Ese es el Dios cristiano. Y esa es la lógica cristiana, que no es la del poder del dinero, la de las grandes manifestaciones, la del espectáculo, sino que es un Dios de los sencillos, de los pobres. Precisamente Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, alaba al Padre porque se ha revelado a los pequeños y a los sencillos, y no a los sabios y entendidos.
Luego, queridos amigos, ¿en qué lógica estamos nosotros? Como dirían desde el punto de vista informático, ¿qué sistema operativo tenemos nosotros en nuestro corazón? En es la lógica del mundo, que el Papa Francisco llamaba la mundanidad o la lógica de Dios, que es la del perdón, la de la misericordia, la de la generosidad. Esa es la pregunta que tenemos que hacernos. Porque nuestra vida, que ha sido conformada con Cristo, por los sacramentos, por el bautismo, nuestro ser… Hemos sido cristificados. Exige que haya en consecuencia, una vida que responda precisamente a lo que somos.
El obrar sigue al ser. Y aquí, queridos hermanos, la distancia entre los buenos propósitos y las acciones es mucho trecho. Aquí es una cosa lo que decimos y otra es la que hacemos. Aquí la coherencia… Quizás el peor pecado, muchas veces, de los cristianos, está presente. Incluso nos hemos inventado hasta un tipo de cristiano, creyente, pero no practicante.
En el cristianismo no hay discípulos online o discípulos teóricos. O se sigue a Jesús o no se sigue. Quien me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Es una fe que se tiene que mostrar en las obras, no en las buenas intenciones. No podemos ser cristianos solo de cabeza, como si el resto de nuestra existencia estuviera al margen.
El cristianismo no es una ideología, es seguir a Jesucristo. Y es lo que nos muestra San Pablo en la segunda lectura. Hasta el punto de que Cristo es lo central en su vida, prefiere estar incluso con Cristo. Dice que es lo más bueno. Su vida es Cristo, como tiene que ser la nuestra. Opta por permanecer de manera necesaria para los cristianos, pero su deseo es estar con Cristo para siempre.
¿Y eso por qué? Porque piensa según Cristo y no según el criterio humano de “comamos y bebamos”. No el de que todo se acaba. No el del dinero, no el del poder. Pensemos esto y saquemos las consecuencias para nuestra vida. Dejémonos iluminar y el Señor a todos ha salido a buscarnos. El Señor no quiere nadie ocioso en su viña.
La viña es una imagen bíblica del pueblo de Dios, es una imagen bíblica de la Iglesia. Los ejemplos tomados del mundo de la agricultura suelen estar presente en la predicación de Jesús. Acordaros la del sembrador. Pero siempre busca que demos fruto. Incluso maldice aquella higuera a la que va a buscar fruto y no lo encuentra, a pesar de la frondosidad que tiene.
El Señor viene a buscar fruto en nosotros, como viene a buscar a su viña. Jesús no quiere cristianos ociosos, cristianos de brazos cruzados. En el cristianismo no hay clases pasivas. Lo que tenemos que buscar y tenemos que responder en la hora en la que el Señor nos viene a buscar y llamar. Y nos dará a todos lo que nace de su generosidad y de su misericordia.
Porque la justicia de Dios es muy distinta a la nuestra. Es una justicia de perdón, de misericordia. Queridos amigos, ¿cómo está nuestra viña? O, mejor dicho, ¿somos de la clase pasiva, estamos en paro en la Iglesia? Todos estamos llamados a responder y a ser llamados por el Señor, a trabajar. El Papa Benedicto XVI, cuando salió al balcón de la Logia de San Pedro el día de su elección, dijo precisamente esto: “Soy un humilde servidor en la viña del Señor”.
Nosotros somos, realmente, ¿trabajadores en la viña del Señor? Todas estas preguntas, que me las hago a mí también, os las hago a vosotros. Vivamos con la lógica de Dios. Respondamos con generosidad, demos fruto. No seamos de la cofradía de creyentes y no practicantes, porque esa no está en el Evangelio. Y de una vez, pongámonos, aunque nos cueste, aunque es difícil, aunque parece que es imposible, a seguir a Jesús en serio. Lo hemos hecho muchas veces, seguro que sí. Retomémoslo y veréis cómo cambiamos y cambia nuestro mundo.
Vamos a mirar a la Virgen. La Virgen también en una lógica muy especial. Cuando en el Magníficat dice Dios derriba el trono de los poderosos y a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Luego, esa lógica del Evangelio es nuestra lógica. También, en términos informáticos, habrá que resetear el disco y volver al original cristiano, que es lo que nace de nuestro bautismo. Que se llama santidad. Vamos a trabajar en la viña del Señor y veréis como daremos fruto con su ayuda.
Que la Virgen nos ayude y adelante en el comienzo de este curso, con el amparo de la Santísima Virgen de las Angustias, que seguro nos está ayudando, nos ha ayudado, nos ayudará.
Ahora que es tiempo de poner en marcha los planes pastorales o las programaciones parroquiales, ahora que comienza la maquinaria comunitaria a calentar motores, me topo con el comienzo de la primera carta de Pablo a los Corintios. Estaba citada en un texto, sobre el plan pastoral, que no es un conjunto de actividades, iniciativas o propuestas de trabajo, sino una invitación a caminar juntos, a renovar nuestra vida cristiana y a seguir creciendo como Iglesia llamada a vivir la comunión, celebrar la fe, servir a los hermanos y anunciar el Evangelio.
Pero nuestra fragilidad nos hace equivocarnos y debemos revisarnos, cambiar y volver a empezar. Estar abiertos a la conversión es la consecuencia lógica de dejar que sea el Espíritu, y no cada uno de nosotros, quien dirija la historia de la Iglesia. Las cosas van bien, pero a veces los de Cloe nos avisan que algunos quieren ir por libre. Parece ser que Cloe era una afamada comerciante de Corinto, y sus empleados, algunos cristianos, viajaban de un lado para otro comerciando y llevando noticias.
En el primer capítulo de la carta, ¡escrita unos 20 años después de Pentecostés!, Pablo recrimina y corrige a aquella Iglesia naciente porque se estaba dividiendo en diversas facciones o partidos religiosos basados en las simpatías a los distintos guías. La división interna estaba produciendo sectarismos y fanatismos: ¿acaso está dividido Cristo?, gritaba Pablo.
Los estudiosos de la Biblia dicen que los que seguían a Pablo reivindicaban a su fundador local. Los de Apolo, judío de Alejandría, lo preferían porque era un orador elocuente y muy brillante, ya lo habíamos descubierto en el libro de los Hechos. Los de Pedro, porque era el apóstol original. Y los de Cristo, curiosamente, utilizaban en vano su nombre para ponerse por encima de los demás. El problema, dice Pablo, está en esos que andan diciendo… no eran todos.
Un camino en la unidad
Antes de iniciar el año pastoral, deberíamos meditar 1 Cor 1, 10-17, nos ayudaría a comprender el porqué de este esfuerzo de trazar un camino en la unidad. Vivimos en una sociedad que cambia profundamente y nos plantea preguntas nuevas. Pero también hay en ella personas que buscan sentido, verdad, esperanza y una comunidad donde sentirse acogidas.
Pablo dice que le han informado de divisiones, por eso pide, también a nosotros, que haya concordia, que desterremos cuanto signifique división y recuperemos la armonía, pensando y sintiendo lo mismo. Todo el capítulo 1 es programático y, si de algo hay que presumir, dice, que sea de lo que ha hecho el Señor. Pocas palabras son suficientes. ¡Ánimo y adelante!
«Incluso uno solo de estos pequeños» (Mt 18, 5)
112ª Jornada Mundial del Migrante y refugiado 2026
El domingo 27 de septiembre, la Iglesia celebra la 112ª Jornada Mundial del Migrante y Refugiado; lo hace bajo el lema evangélico: “Incluso uno solo de estos pequeños” (cf. Mt 18, 5), en un contexto señalado por la movilidad humana a gran escala. En este caso, el Papa León XIV nos invita a centrar la mirada en los niños y adolescentes.
No nos hallamos ante una realidad aislada. Aun admitiendo que el hecho producido a finales de julio en la ciudad autónoma de Ceuta sobrepasa el ámbito migratorio, el hecho en sí certifica la migración de los menores como un fenómeno estructural. Estos niños y adolescentes tienen derecho a gozar del cariño y el cuidado de su propia familia, sin embargo, por razones de todo tipo, se ven forzados a emprender viajes peligrosos viéndose expuestos, de esta manera, a la trata y otro tipo de violencias. Es más, con frecuencia, los que llegan al lugar soñado se encuentran con barreras legales, sociales e ideológicas, viviendo experiencias que marcan para siempre su desarrollo integral.
El fenómeno migratorio puede ser contemplado desde distintos puntos de vista y observado con varias miradas. Una de ellas, sumamente peligrosa y contagiosa, es la cuantitativa que reduce a un número a cada migrante. Es la mirada mayoritaria entre los gestores de la vida pública, los sociólogos, los responsables de los estudios estadísticos, preocupados de calcular cuántos llegan, cuánto nos cuestan, qué beneficio nos pueden aportar…
El lema nos invita a superar este reduccionismo y a descubrir el valor único e irrepetible de cada niño y adolescente migrante. Acabemos con la mirada pragmática que valora lo cuantitativo, la eficiencia. Como dice el Papa León XIV, “cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión” (MH 112). Trabajemos, pues, por recuperar la dimensión de la dignidad humana que es propia de cada hombre y mujer, “simplemente por el hecho de existir” (MH 52-53). Esforcémonos también por atender a la dimensión personal: cada pequeño migrante es un ser único, con capacidades y aspiraciones, como cualquier niño o adolescente de nuestra propia familia.
A esta mirada cercana, familiar, incluso emotiva, hemos de añadir otra que movilice nuestra responsabilidad ética y, sobre todo, la que adopta la perspectiva evangélica. Efectivamente, el Evangelio nos desvela que acoger a uno de estos pequeños no es solo un acto generoso y filantrópico, sino también un encuentro con el mismo Jesucristo (cf. Mt 18, 5).
En el mundo judío, aunque los hijos eran considerados una bendición divina, socialmente entraban en la categoría de los desvalidos y marginados. En desacuerdo con esta práctica, cuando Jesús descubre la inquietud de sus discípulos por saber quién es el más grande en el reino de los cielos, se esfuerza en hacer ver que la verdadera grandeza no está en el poder, sino en el abajamiento. Al mismo tiempo, pide a la comunidad una doble acción: ponerse en las manos de Dios como niños y acoger a los más débiles.
Somos conscientes de que nos encontramos ante una realidad muy compleja que ha de abordarse desde distintos ámbitos. A nivel personal, hemos de apoyar a la población receptora en la reclamación de sus derechos, barriendo al mismo tiempo de la mente los prejuicios y abriendo los ojos y el corazón para descubrir en el migrante, especialmente en el pequeño, un hijo de Dios, un hermano. Como comunidad creyente, acojamos y apoyemos su integración y promoción. Y, en fin, como ciudadanos, exijamos a los responsables un mayor compromiso en la ayuda internacional, que favorezcan el derecho a no inmigrar, que luchen contra las mafias evitando la inmigración irregular y, en definitiva, que lejos de un uso partidista, creen condiciones respetuosas con su dignidad.
Lecturas Is 55,3-9 Sal 144 Fil 1,20c-24.27a Mt 20,1-16
Hay palabras del Evangelio que conocemos desde siempre y que, precisamente por eso, corremos el riesgo de dejar de interrogarnos. Las escuchamos, las repetimos, las hemos incorporado a nuestra manera de pensar la fe. Pero el Evangelio no está para confirmar sin más nuestras ideas sobre Dios. Está para convertirnos a Dios
Quizá una de las mayores dificultades de nuestra vida de bautizados sea esta: que terminemos creyendo que ya sabemos quién es Dios. Nos hacemos una imagen de Él, construimos nuestros esquemas religiosos y, poco a poco, podemos llegar a defender nuestra idea de Dios más que dejarnos transformar por el Dios que nos revela su hijo Jesús. Santísimo Cristo de la Luz, ilumina nuestras oscuridades. Enséñanos a confiar en Dios, en el Padre al que entregaste tu vida, tu espíritu. Un Padre que acoge, que busca, que espera, que levanta al que cae y que nos llama a vivir desde el amor, incluso cuando ese amor alcanza a quienes nosotros consideraríamos nuestros enemigos.
La primera lectura de Isaías nos pone en la puerta del Evangelio: «Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos». Quizá sea esta la primera llamada que hoy nos hace el Señor, en Dalías: dejad que Dios sea Dios. No lo reduzcamos a nuestras medidas, no lo encerremos en nuestros criterios, no lo convirtamos en una justificación de lo que nosotros somos o pensamos.
¿Comprendéis por qué la parábola de los trabajadores de la viña nos resulta tan incómoda? Porque Jesús nos presenta a un Dios Padre cuya bondad desborda nuestras cuentas. Lo hemos proclamado en el salmo: «El Señor es clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas». Entonces, si Dios no se ajusta a nuestra manera de pensar, podemos sentirnos como los trabajadores de la primera hora: hemos trabajado, hemos cumplido, hemos estado ahí desde el principio… y nos cuesta aceptar que quien llegó al final reciba también lo necesario para vivir. Justamente antes de contar el Señor esta parábola acababa de decir: Mirad, «que muchos que ahora son primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros».
Pero fijémonos bien en lo que hace el dueño de la viña. No está calculando solamente el rendimiento de cada trabajador. Está mirando a la persona y a su necesidad. No paga únicamente según las horas trabajadas: da, a todos, el jornal completo que necesitan para vivir. Aquí está la novedad del Evangelio. Dios no funciona según una contabilidad de méritos. Dios no deja de ser justo, pero su justicia está atravesada por la misericordia. Dios no hace injusticia a nadie y, al mismo tiempo, es capaz de regalar aquello que nadie puede exigirle como un derecho.
Esta es una de las grandes dificultades de la fe: aceptar que la bondad de Dios no se puede administrar, repartir ni controlar desde nuestras categorías tan humanas. Nadie puede presentarse ante Él con una factura en la mano y decir: «Mira todo lo que he hecho; ahora me corresponde esto». Se nos tiene que quitar de la cabeza que no somos propietarios de derechos. Somos hijos que reciben. Y esto tiene consecuencias muy concretas para nuestra manera de vivir la fe. Debemos ensanchar el corazón.
Jesús cuestiona toda actitud religiosa que convierta la fe en una especie de contrato con Dios: yo cumplo, yo trabajo, yo rezo, yo sirvo, yo me sacrifico… y, por tanto, me debes algo Dios. Pero también cuestiona esa otra actitud, quizá todavía más peligrosa, que utiliza la propia fidelidad para mirar por encima del hombro a quien no vive como nosotros.
Lo vemos en tantas páginas del Evangelio. El hermano mayor, que siempre estuvo en casa, no comprende la alegría del padre por el regreso de su hermano. El samaritano, precisamente aquel a quien otros despreciaban, termina siendo quien se acerca y se hace prójimo. La oveja perdida provoca una alegría que deja desconcertadas a las noventa y nueve. Jesús vuelve una y otra vez sobre la misma pregunta: ¿quién crees que merece más el amor de Dios? El Evangelio nos descoloca: Dios no ama como nosotros clasificamos. No establece fronteras para su misericordia. No convierte a unos en propietarios de Dios y a otros en visitantes de segunda categoría.
Por eso tenemos que mirar también a nuestra comunidad cristiana, a nuestras hermandades, a nuestras parroquias, a nuestras familias y a nuestro propio corazón. Una hermandad no puede ser un lugar donde unos se sientan más cerca de Dios que otros. Una comunidad cristiana no puede convertirse en un espacio cerrado, reservado a quienes ya conocen las palabras, las costumbres y las maneras de hacer. La fe recibida durante muchos años no nos concede el derecho a juzgar la fe de los demás. Al contrario: cuanto más hemos recibido, más llamados estamos a servir.
Y quizá hoy el Cristo de la Luz nos esté preguntando precisamente esto: ¿qué haces con la luz que has recibido? ¿La guardas para ti? ¿La utilizas para señalar las sombras de los otros? ¿O dejas que ilumine tus pasos para salir al encuentro de quien llega tarde, de quien se ha alejado, de quien se siente indigno, de quien está herido o de quien todavía no sabe cómo acercarse a Dios? Hoy, aquí, ante el Santísimo Cristo de la Luz, no necesitamos inventarnos un Dios a nuestra medida. Necesitamos dejarnos encontrar por este Hijo que ha muerto por todos. Esta es la clave, muere por todos. Por nosotros (la humanidad) y por nuestra salvación, que decimos en el Credo.
Nuestro Dios sale a todas las horas a buscar trabajadores para su viña. Nunca se cansa de seguir llamándonos. Nuestro Dios mira la necesidad antes que el mérito. Nunca humilla al último que llega. Nuestro Dios nos pide que nadie quede fuera de nuestra mesa, de nuestra comunidad y de nuestro corazón. Por eso, querida comunidad, quizá la pregunta de este día no sea solamente cuánto hemos trabajado, sino qué clase de viña estamos construyendo entre todos.
Que el Santísimo Cristo de la Luz nos conceda esa gracia: no apropiarnos de Dios, sino dejarnos poseer por su amor; no juzgar a quienes llegan a la viña en la última hora, sino alegrarnos porque también ellos han encontrado un lugar; no vivir pendientes de lo que creemos merecer, sino agradecidos por todo lo que recibimos. Y que esta devoción tan arraigada en Dalías, no sea solamente memoria de una tradición hermosa, sino una ocasión para volver al corazón del Evangelio.
Que el Cristo de la Luz ilumine a nuestros enfermos y a quienes sufren; sostenga a quienes están cansados; acompañe a quienes se sienten solos; fortalezca a nuestras familias; bendiga a nuestras hermandades y a quienes sirven a la comunidad; y haga de Dalías una tierra donde la fe se reconozca, sobre todo, en la capacidad de acoger, perdonar y amar. Que así sea.
Testimonios de distintas personas vinculadas a la Asociación Almanjáyar en familia (ALFA), de quien en todos estos años han recibido la ayuda para recuperar sus vidas y hoy expresan gratitud. La Asociación, que creó hace 8 años los Premios UnSol en Almanjáyar, nacida en 2004 y vinculada a la parroquia San José Obrero, ha presentado esta mañana en rueda de prensa estos galardones.
José Manuel Jiménez Ortiz es un usuario de la Fundación Cruz Blanca y todos los martes va al Economato de la Asociación Almanjáyar en Familia, con la parroquia San José Obrero, como voluntario, para ayudar a las familias a llenar su cesta de la compra con productos básicos en alimentación, higiene personal y limpieza. Este año, y como novedad en esta edición, recibirá un reconocimiento especial por este voluntariado con el que “pone en práctica el sentido responsable e íntegro de la labor” que hace en favor de los demás.
Es uno de los nombres vinculados a esta Asociación, nacida en el año 2004, como fruto de un consejo parroquial en San José Obrero para llevar una mano tendida y un oído abierto a la escucha de quienes necesitan ser acompañados y ayudados, participando en procesos socio-educativos de las personas del barrio, ubicado en la zona norte de la ciudad.
Noemí Mora es otro de esos nombres en la Asociación ALFA. Esta dominicana de 35 años encontró en esta Asociación una familia, lo que supuso un aliciente en un país que no es el tuyo y en el que necesitaba formación y trabajo. Con la Asociación ALFA está reciclándose como cocinera, en sus cursos de cocina, y además recibe ayuda psicológica con los profesionales con los que cuenta esta organización de la Iglesia. Por todo ello, afirma tajantemente estar muy agradecida.
Mª Carmen, vecina del barrio, es una madre de tres hijos, que han acudido a la Asociación para formarse, alguno de ellos como monitores, y donde han encontrado un lugar donde vivir en comunidad y familiaridad. Mª Carmen está también muy agradecida porque este lugar en el barrio ha sido una oportunidad para sus hijos adolescentes, para formarse y para aprender a trabajar. Un agradecimiento que ha llevado a una de sus hijas a ser voluntaria de la Asociación ALFA y ahora como maestra de colegio. Destaca “el ejemplo y la alegría” en la implicación del barrio “en algo tan importante y necesario”.
Y Juan, que comenzó con 7 años en la parroquia y tras pasar por la Asociación hoy es un trabajador de 33 años, a cuyo lugar sigue vinculado desde su faceta profesional, en una experiencia que califica de “gratificante” y agradecida.
Y también la situación tan delicada que vivía Jesica, madre de dos hijos, que llegó a la Asociación por un caso de violencia. Jesica expresaba su alegría y gratitud por haber recuperado su vida en este lugar al que llama “nuestra segunda casa” y en el que ha podido reconducir su vida personal y encontrando trabajo.
PREMIOS UNSOL EN ALMANJÁYAR Son algunos de los nombres que pueblan Almanjáyar en Familia, la Asociación que esta mañana ha presentado los nombres de los galardones Premios UnSol en Almanjáyar (Unidos en Solidaridad por Almanjáyar), que cumple este año su VIII edición y con el que reconocen a personas e instituciones “que, de una manera u otra, han participado en esta historia de vida y creen en los procesos de cambio de las personas, en especial, de nuestro barrio”.
Los premiados este año son: la parroquia San Gregorio Bético y la Fundación Unicaja, y como Menciones especiales dos vecinas del barrio -Dolores Ovalle Ávila y Francisca Sánchez Carrión. Además, como novedad este año, un voluntario del Economato de la Asociación ALFA-parroquia San José Obrero recibirá también un reconocimiento.
Durante todo el año la Asociación trabaja para ayudar a estas personas a recuperar su dignidad y concibiéndose en una comunidad que es familia. También han estado activos durante el verano, cuando atendieron a 172 niños y 96 familias. El equipo lo integran 28 personas, con su párroco D. Juan Carlos Carrión. Por allí pasan unos cien menores.
Entre sus programas disponibles, además de educación para menores, está el acompañamiento para adultos, con talleres de cocina, informática, español para extranjeros, con procedencias de 22 nacionalidades, empleo y economato, aunque, como insiste el párroco de San José Obrero, “no es una casa de actividades”, sino un lugar que recupera la dignidad de la persona.
La Basílica de Teror acogió este domingo la Eucaristía y posterior subida de la imagen de Ntra. Sra. del Pino a su camarín, poniendo así fin a las celebraciones que durante las últimas semanas han reunido a numerosos fieles en torno a la patrona de la diócesis de Canarias.
La celebración estuvo presidida por Antonio Perera y contó con la participación de numerosos devotos que quisieron acompañar a la Virgen.
Tras la Eucaristía tuvo lugar la subida de la imagen desde el presbiterio hasta su camarín. Un momento vivido con emoción por los presentes, después de unos días en los que miles de personas se han acercado hasta la Basílica para rezar ante Ntra. Sra. del Pino.
La subida cierra unas semanas marcadas por las celebraciones del 8 de septiembre, solemnidad de la Natividad de la Virgen María, y el Día de las Marías, además de las numerosas muestras de devoción que cada año acompañan estas fechas.
Ntra. Sra. del Pino vuelve ahora a su camarín, desde donde continuará recibiendo a quienes, a lo largo de todo el año, llegan hasta Teror para encontrarse con María, presentar sus intenciones y poner ante ella sus alegrías, preocupaciones y esperanzas.
Vega de Río Palmas acogió este sábado, 19 de septiembre, la celebración de la festividad de Nuestra Señora de la Peña, patrona de Fuerteventura. Numerosos fieles participaron en la Eucaristía y acompañaron un año más a la Virgen en una de las celebraciones más arraigadas de la isla.
La Eucaristía estuvo presidida por el obispo de la diócesis de Canarias, Mons. José Mazuelos, y concelebrada por el obispo auxiliar, Mons. Cristóbal Déniz, junto a varios sacerdotes. La celebración volvió a reunir a personas llegadas desde distintos puntos de Fuerteventura en torno a la fe y a la devoción a su patrona.
Durante la homilía, Mons. Mazuelos recordó el mensaje dejado por la reciente visita del papa León XIV a Canarias y animó a continuar caminando hacia una Iglesia que salga al encuentro de las personas, especialmente de quienes atraviesan mayores dificultades.
El obispo habló de la necesidad de llevar esperanza a las familias, los jóvenes y las personas mayores, y tuvo también presentes a los migrantes que llegan a las costas de las islas. Una llamada a acoger, acompañar y defender siempre la dignidad de cada persona.
Al finalizar la Eucaristía llegó uno de los anuncios más significativos de la jornada. José Mazuelos comunicó la declaración del templo de Nuestra Señora de la Peña como santuario diocesano, reconociendo así un lugar profundamente unido a la fe y a la historia del pueblo majorero y al que, generación tras generación, siguen llegando numerosos peregrinos para encontrarse con la patrona de Fuerteventura.
Pasadas las cinco y media de la tarde, José Carlos Macías, Manuel Gallego y Ramón Fernández atravesaban el control de acceso de uno de los pantalanes del Puerto de Huelva. Llevaban sus correspondientes acreditaciones y un propósito sencillo: conocer a la tripulación del Stromboli M y hacerle saber que, durante su estancia en Huelva, podía contar con ellos.
El petrolero, de bandera italiana, tiene 184 metros de eslora y 27 de manga y está destinado al transporte de productos petrolíferos y químicos. Construido en 2011, recala con cierta frecuencia en el puerto onubense. Esta visita suponía, sin embargo, algo especial: era la primera que realizaban los voluntarios de Stella Maris Huelva a un buque en esta nueva etapa de la institución.
Subir a bordo
La visita comenzó necesariamente por los controles propios de una instalación portuaria internacional. En el marco del nivel 1 del Código PBIP (Código Internacional para la Protección de los Buques y de las Instalaciones Portuarias), los voluntarios accedieron al pantalán tras superar el correspondiente control.
Quedaba todavía entrar en el barco.
La subida se realizó a través de la plancha o gangway que comunica el pantalán con la cubierta. En su extremo aguardaban dos miembros de la tripulación encargados de comprobar nuevamente las acreditaciones.
Una vez a bordo, los tres voluntarios recorrieron buena parte de la cubierta del Stromboli M hasta la superestructura situada a popa. Allí accedieron inicialmente a una sala operacional en la que un técnico de la terminal supervisaba la operación que en esos momentos realizaba el buque.
Poco después apareció un oficial italiano. Tras saludar a los visitantes y conocer el motivo de la visita, los condujo hasta el salón de la tripulación, situado junto al comedor.
Y allí el enorme petrolero comenzó a adquirir otra dimensión.
Detrás de los 184 metros de acero, de los equipos, tuberías, motores y controles que permiten que un barco de estas características atraviese continuamente mares y océanos, existe algo mucho más sencillo: un grupo de personas para las que, durante semanas o meses, aquel barco es también su casa.
Una tripulación internacional
Eran aproximadamente las seis de la tarde y algunos miembros de la tripulación estaban cenando. Puede resultar temprano para las costumbres españolas, pero a bordo los horarios responden a otra lógica. Las guardias, los turnos de trabajo y los periodos de descanso determinan también las horas de las comidas.
La tripulación del Stromboli M es mayoritariamente filipina, mientras que una parte de su oficialidad procede de Italia, país cuya bandera enarbola el buque. El inglés fue, por ello, el idioma habitual durante buena parte del encuentro.
Aunque hubo una excepción.
En la cocina esperaba Rudolf San Juan, el encargado de una tarea que adquiere una importancia especial cuando se vive durante meses en un barco: alimentar cada día a toda la tripulación.
Rudolf es filipino, pero habla algo de español. Pronto explicó el motivo: su abuelo paterno era español.
Simpático y cercano, mostró a los visitantes su particular territorio dentro del Stromboli M: la cocina. También enseñó los platos que había preparado aquella jornada, confirmando que comer bien tampoco está reñido con encontrarse a muchas millas de casa.
Entre conversación y conversación fueron apareciendo pequeñas historias personales, esas que difícilmente figuran en las fichas técnicas de los barcos, pero que cuentan mucho más sobre quienes navegan en ellos.
Vivir y trabajar en un barco
En el salón descansaba también Marc Dave Amancio, natural de Cebú, en Filipinas, y segundo oficial de Puente.
Le quedaba poco para incorporarse nuevamente a su turno, pero hubo tiempo para conversar sobre las peculiaridades de la vida embarcada: el trabajo, las largas temporadas lejos de casa y también las motivaciones, ilusiones y expectativas de quienes han elegido desarrollar su carrera profesional en la marina mercante.
Porque un buque como el Stromboli M nunca duerme completamente. Mientras unos trabajan, otros descansan; mientras unos comen, otros se encuentran de guardia. Y así durante las veinticuatro horas del día.
También se encontraba descansando José Romero, igualmente filipino y primer oficial de Máquinas. Con él se mantuvo otra breve conversación antes de que las obligaciones de cada uno fueran devolviendo progresivamente a los tripulantes a sus puestos.
Pero aquellas conversaciones eran, precisamente, buena parte de lo que los voluntarios habían ido a buscar.
No había ninguna emergencia que resolver. Tampoco una situación extraordinaria. Ni siquiera existía una de las necesidades que tradicionalmente han llevado a los marinos hasta los centros Stella Maris de los puertos: encontrar un medio para comunicarse con sus familias. El buque dispone de conexión wifi permanente.
Y, sin embargo, la acogida de los tripulantes puso de manifiesto que una visita puede tener valor por sí misma.
Charlar durante un rato con personas ajenas al barco, encontrarse con gente del lugar al que acaban de llegar, preguntar, contar alguna historia o simplemente romper durante unos minutos una rutina desarrollada siempre entre las mismas paredes y las mismas caras también forma parte del bienestar de quien pasa buena parte de su vida en el mar.
«Estamos aquí para lo que necesitéis»
Ese fue, en definitiva, el mensaje que los tres voluntarios llevaron al Stromboli M.
Stella Maris Huelva dispone ahora de unas instalaciones en el Puerto Exterior gracias al acuerdo alcanzado entre la Diócesis de Huelva y la Autoridad Portuaria. Son espacios pensados para que los marinos puedan encontrar durante sus escalas un lugar de acogida y recreo, además de una capilla y medios de comunicación para quienes los necesiten.
Los voluntarios explicaron también a los tripulantes que Stella Maris pretende disponer, a partir de noviembre, de un vehículo que facilite sus desplazamientos. La intención es que aquellos marinos que dispongan de unas horas libres durante una escala puedan acercarse a Huelva o incluso conocer otros lugares de la provincia.
Algo aparentemente tan sencillo como visitar la ciudad puede resultar complicado para quien se encuentra dentro de un gran recinto portuario, sometido además a horarios de trabajo y a los tiempos, muchas veces reducidos, durante los que un barco permanece atracado.
Pero el ofrecimiento iba más allá de unas instalaciones o de un futuro medio de transporte. Los voluntarios pusieron también su disponibilidad a disposición de la tripulación para colaborar ante cualquier gestión o necesidad particular que pudiera presentarse durante su estancia en Huelva.
Antes de marcharse dejaron a bordo varios trípticos con toda la información sobre Stella Maris Huelva, sus instalaciones, servicios y posibilidades de ayuda. Cuando los visitantes ya no estuvieran allí, quedaría de este modo en el barco una forma de encontrarlos.
Una red extendida por los puertos del mundo
Lo ocurrido a bordo del Stromboli M es la expresión local de una realidad mucho mayor. Stella Maris constituye una red internacional dedicada a la atención de la gente del mar y está presente en más de 300 puertos del mundo.
Su misión combina la dimensión pastoral con una importante labor humana y social. Sus centros sirven como lugares de acogida para marinos mercantes, pescadores y otros profesionales del mar, independientemente de su nacionalidad o religión.
En unos casos, la necesidad será simplemente encontrar un lugar donde descansar o hablar con alguien diferente. En otros puede consistir en comunicarse con la familia, desplazarse hasta una ciudad desconocida o realizar alguna gestión. Y existen situaciones mucho más graves en las que la red presta acompañamiento ante enfermedades, accidentes, problemas laborales, impagos de salarios o incluso abandonos de tripulaciones.
Es la traducción actual de una advocación antiquísima. Stella Maris, Estrella del Mar, es uno de los nombres tradicionales dados a la Virgen María: la estrella que orienta al navegante y le ayuda a encontrar el rumbo.
Con el paso del tiempo, aquella advocación trascendió lo estrictamente religioso para convertirse también en un símbolo profundamente unido a las comunidades marítimas. Protección, acogida, compañía y solidaridad se reúnen bajo un nombre reconocible hoy por marinos de muy diferentes procedencias en numerosos puertos del planeta.
Una historia que Huelva ya conocía
Por eso, lo sucedido esta semana no representa exactamente la llegada de Stella Maris a Huelva. Es, en buena medida, un regreso.
Para encontrar sus antecedentes hay que viajar muy atrás en el tiempo, incluso antes de la creación del Stella Maris católico.
A finales del siglo XIX, cuando los vapores británicos llegaban continuamente al puerto para cargar los minerales procedentes de Riotinto, Huelva conoció ya una iniciativa destinada a ofrecer acogida a los hombres que llegaban por mar. En 1889 comenzó a construirse el Seamen’s Institute, impulsado en el entorno de la Rio Tinto Company Limited e inaugurado al año siguiente.
Estaba situado entre la actual Avenida de Italia y la calle Duque de la Victoria y disponía de biblioteca, sala de lectura, espacios de recreo, habitaciones, escuela y una capilla anglicana. Su objetivo incluía proporcionar un lugar de encuentro y descanso a los numerosos marinos británicos que pasaban por el puerto onubense.
No era todavía Stella Maris ni existía continuidad institucional entre ambas iniciativas, pero resulta inevitable observar el paralelismo: más de un siglo atrás, Huelva ya comprendió que quienes llegaban a su puerto después de semanas de navegación necesitaban encontrar algo en tierra firme además de muelles en los que cargar y descargar sus barcos.
Décadas después, aquel mismo espacio terminaría ligado a la historia de Stella Maris.
El Apostolado del Mar de Huelva comenzó a organizarse en 1954 por iniciativa del primer obispo de la recién creada diócesis, Pedro Cantero Cuadrado. Y el 14 de enero de 1962 se inauguraba el complejo Stella Maris, instalado precisamente en el antiguo edificio relacionado con el Seamen’s Institute.
Aquello fue mucho más que una capilla. Stella Maris contó con residencia, cafetería, salas de estar, biblioteca y servicios de asistencia a los marineros. Junto a esa vertiente nació además la Escuela de Formación Profesional Marítimo-Pesquera Stella Maris, de la que se hicieron inicialmente cargo los Salesianos y que forma parte también de la historia de su presencia educativa en Huelva.
Durante aquellos años, el Apostolado del Mar llegó a mantener una intensa relación con el mundo pesquero onubense. Eran tiempos en los que Huelva vivía todavía mucho más volcada hacia una actividad pesquera que llevaba a sus hombres a faenar a caladeros muy alejados y a permanecer largas temporadas fuera de casa.
Con el paso de los años aquella etapa terminó. El viejo Stella Maris desapareció y aquel edificio acabó teniendo otro destino. Pero la idea permaneció.
Stella Maris vuelve al puerto
En los últimos años, la Diócesis de Huelva comenzó a trabajar en la recuperación de la Pastoral del Mar y en la posibilidad de contar nuevamente con un lugar de atención a las tripulaciones que llegan al puerto.
Actualmente, el Apostolado del Mar está dirigido por Juan Romero Domínguez, quien, junto al obispo de Huelva, decidió impulsar hace unos meses el renacimiento de Stella Maris en Huelva.
El proyecto tomó forma en 2025 con el acuerdo entre el Obispado y la Autoridad Portuaria de Huelva para la cesión de unas instalaciones en el Puerto Exterior destinadas a Stella Maris. El objetivo volvía a ser extraordinariamente parecido al de otras épocas: ofrecer a la gente del mar un lugar de acogida y personas a las que recurrir durante su estancia en Huelva.
Ha cambiado radicalmente el mundo marítimo. Han cambiado los barcos, las comunicaciones, las condiciones de navegación y hasta las nacionalidades de quienes llegan al puerto. Los marineros británicos que hace más de un siglo desembarcaban de los vapores que venían a cargar mineral han dejado paso a tripulaciones internacionales que atraviesan el planeta en enormes buques mercantes.
Pero algunas necesidades humanas cambian bastante menos.
Esta semana, conforme avanzaba la tarde en el Stromboli M, Rudolf volvió a su cocina, Marc Dave Amancio se preparó para incorporarse a su turno y los demás tripulantes fueron retomando sus obligaciones.
También había llegado la hora de marcharse.
Los tres voluntarios se despidieron. Por indicación del oficial de guardia, un marinero de cubierta los acompañó nuevamente a través del barco hasta la plancha por la que habían subido. Descendieron al pantalán y volvieron a tierra.
A bordo quedaban los trípticos de Stella Maris y, sobre todo, la certeza de que durante aquella escala había unas instalaciones y unas personas en Huelva a las que podían acudir.
No había ocurrido nada excepcional. No había habido una emergencia que atender ni un problema que solucionar. Habían compartido conversación durante un rato con unos hombres cuyos hogares se encuentran a miles de kilómetros.
Cuando José Carlos Macías, Manuel Gallego y Ramón Fernández bajaron por la plancha del Stromboli M, terminaba así un encuentro entre unos marinos y tres personas del puerto al que acababan de llegar.
Pero también comenzaba una nueva etapa de una historia con profundas raíces en Huelva. Stella Maris había vuelto a subir a los barcos.