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Hermandad del Calvario. Puente Genil

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La Hermandad posee además como titular la reliquia del Lignum Crucis, venerada en los cultos y portada por un hermano en la procesión del Martes Santo

El Cristo del Calvario es una talla realizada en 1642 por Sebastián de Venegas para la antigua ermita del Calvario, situada en la parte alta del pueblo. La imagen, que poseía los brazos articulados para el Auto del Descendimiento en la tarde del Viernes Santo, procesionaba originalmente como crucificado y recibía culto como yacente en dicha ermita.

A lo largo del siglo XIX fue trasladada a la Parroquia de Nuestra Señora de la Purificación, donde ocupó distintos altares: la capilla bautismal, la ermita del Dulce Nombre y el retablo de Ntra. Sra. de las Angustias (antiguo retablo de Ntra. Sra. del Rosario). Actualmente se venera en la capilla del Sagrario.

En 1942 se refunda la Hermandad y, en 1948, se acomete una profunda remodelación del paso, incorporando la antigua imagen de San Dimas y encargando la hechura del mal ladrón a Federico Coullaut Valera. El nuevo conjunto se estrenó en la Semana Santa de 1949, procesionando hasta 1975 en la noche del Viernes Santo.

En 1976 se incorpora la imagen de Ntra. Sra. del Consuelo, donada a la Hermandad y bendecida el 26 de febrero, Jueves Lardero de ese mismo año. Desde entonces, la cofradía pasa a realizar su estación de penitencia en la tarde-noche del Martes Santo, consolidando una nueva jornada en la Semana Santa local.

La Hermandad posee además como titular la reliquia del Lignum Crucis, venerada en los cultos y portada por un hermano en la procesión del Martes Santo.

Los cultos principales se celebran en la semana previa a la Cuaresma, comenzando el Jueves Lardero y culminando con la Función Principal el Domingo de Carnaval, destacando el altar de cultos en el altar mayor y la participación de la Schola Cantorum Santa Cecilia. Asimismo, el domingo posterior a la festividad de Todos los Santos se celebra la Función de Ntra. Sra. del Consuelo, con solemne besamanos en la capilla del Sagrario.

El carácter serio y recogido del Martes Santo constituye su principal seña de identidad. Destaca el Vía Crucis del Viernes de Dolores para el traslado de las imágenes a la Casa Hermandad, acto de profundo recogimiento. El Cristo es portado a hombros por sus hermanos, mientras la Virgen procesiona en un paso de palio de inspiración clásica, iluminado por varales con tulipas.

También desde hace unos años tiene de titular gloriosa a la Virgen del Carmen, Imagen que se venera en la capilla de Animas, actualmente capilla del Santo Sepulcro, en su propio retablo. El 16 de Julio se celebra la Función de Ntra. Sra. del Carmen, en el altar mayor, donde se coloca la Imagen en los días previos a su festividad.

Desde mediados de los años ochenta, la Hermandad ha experimentado un notable crecimiento, incrementando el número de hermanos y enriqueciendo su patrimonio. Sus pasos procesionales, portados por treinta costaleros cada uno, van acompañados por un amplio cortejo de nazarenos e insignias de gran valor artístico y devocional.

 

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Carta Pastoral de Pascua: “Renacidos a la vida”

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«Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).

Queridos fieles diocesanos:
Cada año la Iglesia vuelve a la aurora del primer día de la semana. Las mujeres caminan hacia el sepulcro todavía con el corazón herido por la cruz, llevando aromas para un cuerpo que creen vencido por la muerte. Sin embargo, lo que encuentran no es un cadáver que venerar, sino una tumba abierta y una palabra que cambia el destino del mundo: «Ha resucitado. No está aquí». Jesucristo, el Crucificado, vive para siempre, y su Resurrección inaugura para el mundo una vida nueva; con Él ha nacido para la humanidad una paz que el mundo no puede dar ni arrebatar, la paz del sepulcro vacío, que nos abre a todos el horizonte como renacidos para la Vida.

En la Vigilia Pascual, la liturgia nos invita al más profundo gozo porque, por la resurrección de Jesucristo, «se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino». Cristo resucitado, «como lucero matinal, brilla sereno para el linaje humano, y vive glorioso por los siglos de los siglos». «Goce, pues, la tierra inundada de tanta claridad y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero» (Pregón Pascual de la Vigilia de Resurrección); así, todo queda transfigurado por la luz pascual, iluminados y recreados como hijos llamados a la Vida.

Como bien conocéis, Pascua significa «paso». Se trata del paso del Señor de la muerte a la vida; se trata, también, del paso del Señor entre nosotros rompiendo las ataduras del pecado y de la muerte: «Si por un hombre vino la muerte, Adán; por un hombre-Cristo Jesús ha venido la resurrección; si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida» (1Cor 15,22); se trata, en definitiva, de la vida de Cristo que se desborda sobre todos aquellos que se acercan con fe al Crucificado-Resucitado acogiéndolo en su vidas como su Señor y Maestro. Este tiempo es una invitación a vivir en plenitud; a sembrar vida en nuestro alrededor; a defender la vida como don precioso del Creador, llamados a ser sembradores de Vida.

Por todos lados se nos habla de bienestar, de progreso, de calidad de vida; sin embargo, al mismo tiempo, crece silenciosamente un fenómeno inquietante como es la soledad, la confusión o la falta de sentido. Son innumerables las personas que, aun teniéndolo casi todo, en lo material, experimentan un vacío profundo como si les faltara aquello que plenifica su vida. Porque, en el fondo, lo que escasea no son los bienes ni las oportunidades, sino una razón sólida y concreta para vivir, un fundamento que sostenga el alma en medio de las tormentas. Así, el hombre contemporáneo corre el riesgo de tenerlo todo al alcance de la mano y, sin embargo, caminar sin rumbo, como quien avanza sin saber hacia dónde, con el alma sedienta de algo que ni el consumo ni el éxito logran saciar. Queremos felicidad y progreso, pero la cultura de la muerte pone en cuestión el derecho fundamental a existir precisamente de quienes encarnan la esperanza del mañana. Reclamamos comprensión, respeto y tolerancia, pero, cuando descendemos al terreno concreto de la vida diaria, surge una contradicción dolorosa: el valor de la persona parece medirse por su utilidad. Aquellos que no encajan en nuestros planes, que no aportan según nuestros criterios o que simplemente incomodan, corren el riesgo de ser relegados, ignorados o descartados, como si no fueran dignos de la Vida.

Como nos ha recordado el papa León XIV, en el inicio de su pontificado: «en nuestro tiempo, vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres» (Inicio del ministerio petrino, 18 de mayo de 2025). ¿Nos queda alguna esperanza que no nos defraude? La respuesta es sí, y se llama Jesús de Nazaret. Su resurrección nos enseña la verdadera dignidad del hombre: no somos pura materia, somos hijos de Dios que encierran la semilla de la eternidad en el alma, conseguida con su pasión y muerte. No hemos sido creados para yacer postrados, sino para hacer, hacer obras grandes y comprometidas, transidas por el amor, llamadas a engendrar Vida.
Esta vida nueva que anhelamos no es una ilusión ni un ideal reservado para unos pocos. Es una realidad viva, concreta, que ya ha comenzado a ser derramada sobre nosotros. No estamos condenados a esperar pasivamente; podemos participar de ella aquí y ahora, porque Dios mismo se nos comunica sin cesar a través de los sacramentos. En ellos, y de manera eminente en la Eucaristía, esa vida divina no solo se promete, sino que se nos entrega verdaderamente. «Aquesta eterna fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo; aunque es de noche», como cantó San Juan de la Cruz. En este misterio aprendemos a beber de la fuente y a vivir como quienes se alimentan de la Vida.

Por nuestra parte, ante tanta grandeza y misericordia recibidas, no cabe una respuesta tibia ni superficial, sino una adhesión firme, visible y constante, coherente con la fe que profesamos y confesamos con los labios. La vida cristiana no puede quedar reducida a un puro sentimentalismo o a una intimidad sin fruto; está llamada, por su propia naturaleza, a irradiar luz. Como nos exhorta el Señor: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Esa luz no es otra cosa que el testimonio concreto de una fe encarnada en la vida diaria, hecha obras de caridad, justicia y verdad; que nos convierte en reflejos de la Vida.
Ser cristiano implica, por tanto, asumir con responsabilidad y determinación la promoción de una auténtica cultura de la vida. La dignidad de la persona «es un valor intrínseco que exige ser reconocido, protegido y promovido en toda circunstancia. Por ello, la respuesta verdaderamente humana ante el sufrimiento no puede ser provocar la muerte, sino ofrecer cercanía, acompañamiento, cuidados adecuados y apoyo integral» (Nota de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida, 26 de marzo de 2026). Se trata de un compromiso real y exigente: defender la vida humana en todas sus etapas, custodiar su dignidad en cada circunstancia, y alzar la voz —con caridad y claridad— allí donde esta se vea amenazada o despreciada, comprometiéndonos sin reservas como defensores y custodios de la Vida.
El apóstol nos lo recuerda con fuerza: «Arrimemos nuestro hombro a las cargas de los demás» (Gál 6,2). Este mandato adquiere hoy una urgencia particular ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la incertidumbre que pesan sobre tantos de nuestros hermanos. No podemos permanecer indiferentes ni refugiarnos en una cómoda pasividad; el amor cristiano es siempre activo, creativo y sacrificado. No sería coherente llamarnos cristianos si, ante las heridas de nuestro tiempo, optáramos por cruzarnos de brazos o mirar hacia otro lado. La fe verdadera nos inquieta, nos saca de la comodidad y nos envía al encuentro del otro, especialmente del más frágil, haciéndonos cirineos de la Vida.

La Virgen María, nuestra Madre, es para el mundo entero «fuente de vida» porque nos dio a Jesús, el verdadero y único pan de vida con el que los fieles nos alimentamos. En nuestra geografía diocesana, casi todas las imágenes que la representan sostienen en su regazo la imagen del Niño Jesús ofreciéndonoslo como único «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6) Acojamos su don e imitemos su actitud de apertura a la vida de Dios y al deseo de felicidad de los demás (cf. Lc 1,39), aprendiendo de ella a ser centinelas de la Vida.

Que al contemplarla e imitarla en su coherencia con el evangelio, seamos testigos del Dios vivo, del Dios de la vida, para «decirle al mundo, con humildad y alegría: ¡mirad a Cristo! ¡Acercaos a Él! ¡Acoged su Palabra que ilumina y consuela! Escuchad su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno» (León XIV, 18 de mayo de 2025), para que seáis «irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como antorchas en el mundo» (Flp 2,15), como testigos fieles de la Vida.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

Jaén, 25 de marzo de 2026
Solemnidad de la Anunciación del Señor

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“Seamos hijos de la Resurrección y no del sepulcro”: Mons. Orozco, obispo de Guadix, en la Misa del Domingo de Resurrección

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“Seamos hijos de la Resurrección y no del sepulcro”: Mons. Orozco, obispo de Guadix, en la Misa del Domingo de Resurrección

Con una Misa Pontifical con bendición apostólica e indulgencia plenaria terminó la Semana Santa en la Catedral de Guadix. Y lo hizo con alegría y con una procesión claustral con la custodia y la imagen del Facundillo, que representa la Resurrección del Señor. La imagen del hombre nuevo resucitado se expresa, como en tantos lugares de la diócesis, con la imagen de un Niño Jesús, signo de la nueva vida de Cristo tras su resurrección.

En esta celebración, el obispo de Guadix invitó a vivir la alegría de la Resurrección del Señor. Monseñor Francisco Jesús Orozco, en la homilía, recordó que la Resurrección de Cristo es el anuncio central de la Pascua y destacó que la Resurrección no es una esperanza futura, sino un hecho ya cumplido, que cambia la vida de los creyentes. A partir de las lecturas, invitó a vivir la fe como un encuentro real con el Resucitado, especialmente en la Eucaristía, y a dar testimonio de ello con la palabra y con la vida.

También afirmó que la Resurrección de Jesús no es un mito, sino un acontecimiento histórico respaldado por los testimonios evangélicos, con María Magdalena como primera testigo. Recordó además que las apariciones del Resucitado transformaron a los discípulos, que pasaron del miedo a anunciar públicamente el Evangelio y a entregar su vida por Cristo.

Y animó a vivir desde la Resurrección del Señor: “Vivamos la vida resucitada desde ya; seamos hijos de la Resurrección y no del sepulcro. Vivamos en la gracia de Dios, gocemos de ser cristianos, de ser hijos de la Iglesia, de celebrar la Eucaristía, de vivir la vida de Cristo… Vivamos como resucitados, llevemos esperanza donde hay tanta muerte y tanta desesperanza: a las tumbas de nuestro tiempo, la guerra, los atentados contra la dignidad de la vida en el aborto, en la eutanasia, tantas familias rotas, tantos jóvenes en la droga, esclavos de la pornografía. Seamos luz en medio de la oscuridad”.

En la homilía, hizo alusión a la tradición del Facundillo, recuperada por la Hermandad de los Favores. Con esa imagen del Niño Jesús, procesionada el Domingo de Resurrección, se anuncia que Cristo ha resucitado, ha nacido a la vida nueva de la resurrección. Es así como se expresa la Resurrección del Señor en la mayor parte de los pueblos de la diócesis de Guadix, donde también se sacan imágenes del Niño Jesús en las procesiones del Encuentro. Se trata de una tradición que se recupera ahora en la ciudad accitana con la procesión del Facundillo al final de esta Misa.

La celebración terminó con la bendición apostólica con indulgencia plenaria y con la procesión del Facundillo y del Señor expuesto en la custodia, que recorrieron las naves laterales de la Catedral. Una bendición que invita a “ser signo de la mañana de Pascua en un mundo que a veces parece vivir en la noche”, como recordó el obispo.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de Medios de Comunicación Social. Guadix

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LUNES PASCUA: EL AMOR NO AMADO, por Lola Ruiz

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Se ha cumplido lo anunciado, Jesús resucitó de entre los muertos y venció al mundo. Él es el creador del cielo y de la tierra, y de todo lo que hay en ella. Creador de todo y no creado por nadie. Él se sacrificó para ofrecernos otro camino, para salvarnos del pecado y que podamos seguirlo a Él. Con su sacrificio, nos ofreció el camino de la Verdad y la Vida Eterna, y sembró con su misericordia un tesoro en nuestros corazones: el Amor verdadero. Podemos elegir ese amor, o no, podemos hacer que ese fuego siempre esté vivo en nuestros corazones, o no, podemos hacer que ese fuego nunca se apague e ilumine nuestra alma. El alma, es de Dios y necesita a Dios, necesita que el amor siempre lo mantengamos vivo; pues como nos enseñó San Agustín: “Nunca se es más libre que cuando se depende de Dios”; no podemos ser libres sin Él.

Ese amor infinito de Dios se encuentra en cada una de las almas sin excepción, porque el alma no entiende de status, de razas, de países, de riquezas o de pobrezas. El alma está libre de categorías, es lo más puro que existe. Dios está ahí, en esa morada, esperando pacientemente a ser amado, a que lo elijamos. De esta forma, Dios se hace presente en el prójimo, y amar al prójimo es por lo tanto amar a Dios; amar al Amor que reside en ese corazón, en esa alma.

A través del amor, Él nos enseñó la esencia de la vida, nos mostró el camino a seguir para hacer presente el Reino de Dios en medio de su pueblo; y para que llegado el día pueda decirnos al fin de nuestra vida terrena y al fin de los tiempos: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. (Mateo 25:34-46)

Todos somos uno. Si lo amamos con todo nuestro corazón y no deseamos nada más sino a Dios, nos atraerá hacia Él a través de la caridad. Cuando descartamos, juzgamos y categorizamos, estamos haciendo un acto muy mundano, pues si Dios es el Padre de todas las almas y está en cada uno de nosotros, estaríamos descartando al Dios mismo.

Resucitémoslo en nuestros corazones, porque el alma necesita a Dios para ser libre y el corazón necesita el amor de Dios para estar vivo. Hoy tenemos esa oportunidad; la oportunidad de evitar que Dios sea, el Amor no Amado.

Lola Ruiz, Directora de Cominicación de Cáritas Diocesana de Almería

-Imagen: Mur des Je t’aime (El muro de los te amo) en París. Obra de Fréderic Baron y Claire Kito.

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Un acontecimiento de gracia: volver al amor primero

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Del 19 al 22 de marzo, se ha celebrado en la Casa de Espiritualidad de San Juan de Ávila, en La Yedra, un nuevo Cursillo de Cristiandad, el número 340 de nuestra diócesis.

Este Cursillo, que lo hemos llamado de “San José“ cariñosamente, ha sido coordinado por Cefe Toril Rayo junto a un equipo de diez responsables y cuatro personas más como equipo doméstico. Acompañados por los sacerdotes, D. Sebastián Guerrero Fernández,  D. Carlos Moreno Galiano y D. Antonio Blanca.

Vivir el Cursillo de Cristiandad 340 de Jaén como responsable ha sido, sin duda, un verdadero acontecimiento en mi vida. Y lo digo con todo el peso de esa palabra: acontecimiento. Porque cuando uno atraviesa un lugar del que sale transformado por dentro, ya no puede llamarlo simplemente experiencia. Aquí ha pasado algo. Algo que irrumpe, que sacude, que descoloca, que toca lo más hondo… y que deja una huella que ya no se puede borrar.

Llegaba a este cursillo desde un momento en el que pensaba, casi sin darme cuenta, que el Señor ya me había dicho todo. Que ya conocía su amor, que ya había escuchado ese “te quiero” que un día me sostuvo y me cambió la vida (en mi Cursillo 332). Y, sin embargo, Él (que hace nuevas todas las cosas) ha querido volver a sorprenderme. Ha salido a mi encuentro de una forma tan cercana y tan directa que ha atravesado todas mis corazas. Me ha hablado al corazón con una claridad que desarma… y me ha dado un verdadero “revolcón” interior. De esos que no eliges, pero que te despiertan, te rompen los esquemas y te recolocan la vida entera.

Nada de lo vivido ha sido casualidad. Todo han sido “diosidades”. Desde el primer momento he tenido la certeza de que el Señor tenía pensado hasta el último detalle. Incluso el tiempo en el que ha sucedido: vivir este cursillo en Cuaresma, con todo lo que significa para mí como persona cofrade, no ha sido algo al azar. Ha sido una llamada profunda a vivir ese tiempo con más verdad, a entrar más en el sentido de la entrega, de la conversión, de la mirada al corazón. Todo encajaba, todo hablaba, todo tenía un porqué.

Ser su instrumento en este Cursillo 340 ha sido como volver a mi propio cursillo, pero con más verdad, más conciencia, más profundidad. He vuelto a sentir ese abrazo del Señor… pero esta vez como si llegara más adentro, como si alcanzara rincones que aún estaban cerrados. Un abrazo que no sólo consuela, sino que ilumina, que confronta, que sana. Porque en ese encuentro, Él también me ha mostrado mis obstáculos, mis resistencias, mis miedos, esas partes de mí que aún necesitaban ser tocadas. Igual que el primer día, me ha hecho conocerme más. Me ha puesto delante de mí misma, pero siempre desde su amor. Un amor que no juzga, que no se cansa, que levanta y transforma desde dentro.

Durante la preparación del cursillo, en cada reunión con el equipo de responsables, ya se intuía que algo grande estaba pasando. No ha sido un camino fácil: había dificultades, cargas personales, momentos de fragilidad en cada uno… pero, precisamente ahí, ha brotado algo aún más fuerte: una respuesta de confianza. No eran simples reuniones organizativas. Había vida, había entrega, había una presencia real que lo sostenía todo. Muchas veces, al mirar a mis hermanos, al escucharles, sentía que el Señor me hablaba a través de ellos. Me sentía más cerca de Él precisamente al verles a ellos. Era una cercanía viva, concreta, que se experimenta sin necesidad de explicaciones.

Y en medio de mis propias luchas, he vivido de una forma muy real el sostén de la oración. Me he sentido sostenida por mis hermanos de cursillos como pocas veces. Como si el Señor me envolviera a través de ellos. En momentos concretos, especialmente cuando más lo necesitaba, era como si me regalara pequeñas “mariposas”: detalles, palabras, gestos, o incluso una paz inexplicable… que me levantaban cuando yo no podía más. Esa experiencia de saberse sostenida, de saberse parte de un cuerpo vivo, es algo que no se olvida.

Y llega el cursillo… y entonces sucede el milagro. Porque no hay otra palabra. Ver a los cursillistas llegar con sus historias, sus heridas, sus miedos… y contemplar cómo el Señor va entrando poco a poco en sus corazones es algo que sobrecoge. No es algo superficial ni inmediato: es un proceso real, profundo, delicado… pero cuando ocurre, se ve. Sus rostros cambian, sus miradas se iluminan, sus corazones se ensanchan. Algo nuevo nace en ellos.

Y en ellos, inevitablemente, me he vuelto a encontrar yo. He vuelto a ver mi historia, mi primer encuentro, aquel momento en el que Jesús salió a mi vida. Acompañar ese proceso en otros es un regalo inmenso… pero también una llamada fuerte: a no olvidar, a no acomodarme, a seguir dejándome transformar. A seguir diciéndole que SÍ cada día de mi vida, reconociendo en Él el verdadero ideal que conduce a la vida eterna.

Reencontrarme con mi comunidad de Cursillos de Cristiandad ha sido otro regalo inmenso. Sentirla viva, unida, fuerte. Y, sobre todo, verla crecer. Ver cómo los nuevos cursillistas se incorporan, cómo encuentran su lugar, cómo empiezan a caminar… es contemplar cómo el Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas, cómo sigue construyendo familia, cómo sigue llamando uno a uno.

Este Cursillo 340 de nuestra diócesis ha sido un salvavidas. Una sacudida de gracia. Una llamada urgente y amorosa a vivir con más intensidad, a dejarme tocar de verdad, a salir de la rutina y a “vivir más de colores”. Me ha recordado que la fe no es algo estático ni cerrado, sino un camino vivo, en el que Dios siempre tiene algo nuevo que decir, algo nuevo que sanar, algo nuevo que regalar… si uno se deja.

Me voy con el corazón lleno… y al mismo tiempo completamente removido. Con gratitud, con paz, pero también con una inquietud nueva, con un fuego que no quiero que se apague. Porque cuando uno vive algo así, ya no puede seguir igual. Ya no puede mirar su vida de la misma manera.

“Es Jesús a quién buscáis cuando soñáis la felicidad” S. Juan Pablo II

¡¡De Colores!!

Valeria Martos Lendínez
Equipo de   Responsables del MCC de Jaén

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“Resurrección: Cristo vence la muerte. ¡Feliz Pascua!”

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Número de esta semana, correspondiente al 5 de abril de 2026, Domingo de Resurrección

Disponible el Semanario Fiesta de las Diócesis de Granada y Guadix, dedicado a la Pascua y al gozo que celebramos en este domingo de Resurrección. Ofrecemos las palabras de nuestro arzobispo D. José María en la Eucaristía de Resurrección, celebrada esta mañana en la catedral. Y recorremos brevemente lo vivido en el triduo pascual, desde el templo catedralicio, que, en el lunes de Pascua, bendice su órgano de la Epístola, del siglo XVIII, recién restaurado. 

Y más contenidos en el número del Semanario Fiesta disponible EN ESTE ENLACE  

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INSCRIPCIONES AL SEMANARIO FIESTA  

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La vigilia, que anuncia la Resurrección de Jesucristo

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Bendecido en la Plaza de las Pasiegas el cirio que anuncia la Pascua, en la celebración en la Catedral, donde siete catecúmenos recibieron los Sacramentos de iniciación cristiana.

A las puertas de la Catedral, en la Plaza de las Pasiegas, congregados en torno al fuego que después fue bendecido por el arzobispo Mons. José María Gil Tamayo, la comunidad de fieles, junto a los sacerdotes y seminaristas, se preparaban para celebrar el anuncio del día más glorioso de todos: la Resurrección de Jesucristo.

En esta vigilia pascual, todo el pueblo de Dios accedió desde la plaza al interior de la catedral, en la oscuridad alumbrada sólo por el cirio que acababa de ser bendecido y que después se prolongaría en las velas de toda la comunidad cristiana, sacerdotes y seminaristas, anunciando la Resurrección y a Cristo, luz del mundo.

La vigilia se caracterizó en su liturgia por las distintas lecturas, entre ellas el Génesis con la narración de la creación del mundo, hasta el Evangelio, anunciando el sepulcro vacío y la Resurrección gloriosa del Señor. A medida que se proclamaban las distintas lecturas, las luces de la catedral alumbraban el templo, como signo de la gran celebración gozosa en la noche de Pascua.

En esta noche de anuncio de Resurrección, siete catecúmenos adultos recibieron los Sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Comunión), profesando su renuncia al pecado y a Satanás, y la fe en Cristo Jesús.

Todas las comunidades cristianas en todo el mundo han celebrado esta vigilia pascual, anticipo del anuncio de la victoria de Cristo sobre la muerte, tras los días de pasión y muerte que hemos conmemorado en la Semana Santa con su entrega en la cruz de forma vicaria, para la salvación y perdón de los pecados de todos los hombres. La Resurrección es la buena noticia, que todos los días celebra la Iglesia universal, en el sacrificio de Cristo, en la mesa del altar.

VER VIDEO BENDICIÓN CIRIO

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El primer templo de la Diócesis vive el Triduo Pascual y el Domingo de Resurrección

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El primer templo de la Diócesis vive el Triduo Pascual y el Domingo de Resurrección

Fotografía: Monseñor José Rico Pavés junto a los nuevos neófitos que han recibido los Sacramentos de Iniciación Cristiana en la Vigilia Pascual.

Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, ha presidido en la Santa Iglesia Catedral las celebraciones del Triduo Pascual, centro del año litúrgico, culminando con la Eucaristía del Domingo de Resurrección en el primer templo de la Diócesis.

JUEVES SANTO, MISA CENA DEL SEÑOR

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El Jueves Santo la Santa Iglesia Catedral acogía el inicio del Triduo Santo con la celebración de la Cena del Señor, presidida por el Obispo de Asidonia-Jerez. Tras las distintas celebraciones litúrgicas previas, como la bendición de ramos y palmas y la Misa Crismal, el Pueblo de Dios se reunía junto a su pastor para conmemorar la Última Cena del Señor.

Monseñor José Rico Pavés centró su homilía en el mandamiento del amor como seña de identidad del cristiano, recordando las palabras de Cristo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. En este sentido, subrayó que lo que la Iglesia celebra en estos días no es solo un don recibido, sino a Jesucristo mismo convertido en don, cumpliendo la promesa de un “corazón nuevo”, capaz de amar con el mismo amor de Dios.

El Sr. Obispo explicó que la vocación del cristiano es aprender a amar como Cristo, un camino que ensancha el corazón, abre horizontes y permite anticipar la alegría eterna. Asimismo, destacó que la liturgia no se limita a recordar hechos pasados, sino que hace a los fieles partícipes del misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor, permitiéndoles ser contemporáneos de esos acontecimientos.

En esta línea, invitó a vivir el Triduo Santo con una fe viva, reconociendo que Cristo sigue pasando por la vida de cada persona. Recordó, a partir de san Agustín, la importancia de no dejar pasar esa presencia del Señor, acogiendo las ocasiones en las que se hace cercano como camino, verdad y vida.

Asimismo, destacó la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia, señalando que en ella se hace presente Cristo mismo como alimento para sostener el camino del cristiano. Subrayó que el amor de Cristo, tal como recoge el evangelista san Juan, es un amor “hasta el extremo”, es decir, sin límite, manifestado en toda su vida y especialmente en la pasión.

El prelado explicó que este amor se expresa en la entrega total de Cristo, que, siendo Señor, se hace siervo y se postra a los pies de sus discípulos, mostrando que no hay amor verdadero sin servicio. De este modo, señaló que el mandamiento del amor no es una carga, sino un don que encuentra su fundamento en la Eucaristía, sin la cual no es posible vivir la caridad.

En este contexto, recordó que esta jornada es también una ocasión para dar gracias por el ministerio sacerdotal, citando a san Juan María Vianney al afirmar que el sacerdote es “amor del corazón de Cristo”. Invitó a orar por los sacerdotes, para que en su vida, palabras y gestos se transparente ese amor, especialmente en el modo de acompañar el sufrimiento de los demás.

Finalmente, animó a aprovechar la celebración del Triduo Santo para dejarse amar por Cristo y aprender de Él el servicio, la humildad y la entrega a los demás. Encomendó a todos a la protección de la Virgen María, invitando a confiar la vida a su intercesión para crecer en la configuración con su Hijo.

La celebración estuvo marcada por los gestos propios de este día, especialmente la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, así como el mandamiento del amor fraterno. Al término de la Eucaristía, el Santísimo Sacramento fue trasladado a la Capilla de la reserva, donde permaneció para la adoración de los fieles.

VIERNES SANTO, CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

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El Viernes Santo tuvo lugar la celebración de la Pasión del Señor, también presidida por Monseñor José Rico Pavés, en la que el signo de la cruz y su adoración ocuparon un lugar central.

En esta celebración, la Iglesia contempló la entrega total de Cristo en la cruz, recordando su pasión y muerte, en un clima de recogimiento y oración. Los fieles participaron en la adoración de la cruz, signo del amor redentor de Cristo, y en la comunión eucarística.

Durante la homilía, el Monseñor Rico Pavés recordó que la liturgia no es una simple evocación de hechos del pasado, sino una participación real en el misterio de la salvación, en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En este sentido, subrayó que la celebración permite a los fieles hacerse contemporáneos de estos acontecimientos y vivirlos desde la fe.

El prelado explicó que el Triduo Santo se abre con el mandamiento del amor, invitando a los discípulos a amarse unos a otros como Cristo ha amado, un amor que —señaló— se manifiesta «hasta el extremo». Destacó que Jesucristo responde con amor a todas las situaciones de sufrimiento, desprecio y humillación, y que ese mismo amor es el que ofrece a los fieles para que puedan vivirlo en su propia vida.

Asimismo, indicó que este amor se hace presente en la Eucaristía, donde el Señor se entrega para que quien comulga viva por Él, recordando que el verdadero amor se expresa en el servicio, en ponerse a los pies de los demás y en anteponer el bien de los otros al propio.

A continuación, el Sr. Obispo explicó el sentido de la celebración de la Pasión del Señor, señalando sus partes principales: la escucha de la Palabra de Dios, la oración universal, la adoración de la cruz y la comunión. Subrayó que sin la escucha de la Palabra no se alimenta la fe y que estos días invitan a acoger interiormente lo que el Señor comunica.

En relación con la adoración de la cruz, destacó que la Iglesia invita a reconocer en ella el misterio de la redención, mediante el gesto de veneración que expresa la fe en Cristo. Invitó a abrazarse a la cruz para comprender el sentido de la vida como don y descubrir en ella la esperanza, incluso en medio de las dificultades.

El prelado animó también a vivir este tiempo como una oportunidad para amar como Cristo, llevando paz donde hay conflicto, comunión donde hay división y esperanza donde otros no la encuentran.

Finalmente, señaló que la celebración culmina en la comunión con Cristo, invitando a dejarse amar por Él para poder amar a los demás, y puso como ejemplo a la Virgen María, que permanece fiel al pie de la cruz.

SÁBADO SANTO, VIGILIA PASCUAL

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La noche del Sábado Santo, la Santa Iglesia Catedral acogió la solemne Vigilia Pascual, la celebración más importante del año litúrgico, presidida por el Sr. Obispo.

La celebración comenzó en el exterior del templo con la bendición del fuego nuevo y el encendido del Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado. Posteriormente, los fieles entraron en la Catedral para continuar con la liturgia de la Palabra, la liturgia bautismal y la liturgia eucarística.

El prelado inició su homilía recordando que las primeras palabras de Cristo resucitado en el Evangelio son una invitación a la alegría: “Alegraos”. Subrayó que la Resurrección es el fundamento de una alegría que va más allá de cualquier dificultad personal, ya que Cristo vive para siempre.

El Sr. Obispo explicó que, a lo largo del Triduo Santo, la Iglesia ha permitido contemplar el amor de Cristo, un amor que se manifiesta en la entrega total, sin reservarse nada, cargando con el pecado, ofreciendo el perdón y poniéndose al servicio de los demás. En esta Vigilia Pascual, indicó, la liturgia introduce a los fieles en ese misterio a través de signos que ayudan a comprender cómo ama el Señor.

En este sentido, destacó el paso de la oscuridad a la luz como uno de los signos centrales de la celebración, afirmando que Cristo es la luz que guía la vida del cristiano. Invitó a abandonar la tiniebla del pecado y a dejarse conducir por la luz de Cristo, que permite orientarse, conocerse a uno mismo y reconocer a los demás.

Asimismo, señaló que la escucha de la Palabra de Dios en esta noche permite pasar de la ignorancia al conocimiento, ayudando a responder a las preguntas fundamentales sobre el origen y el sentido de la vida. Recordó que la vida es un don y que sólo desde Cristo se puede comprender plenamente su significado.

Dirigiéndose especialmente a los catecúmenos, destacó que, a través de los sacramentos de la iniciación cristiana, iban a pasar de la muerte a la vida, recibiendo una vida nueva como hijos de Dios. Añadió que este momento no sólo afecta a quienes reciben los sacramentos, sino que también invita a los ya bautizados a renovar su propia vida cristiana.

Monseñor Rico Pavés subrayó también la importancia de la Eucaristía como alimento para la vida cristiana, especialmente en medio de las dificultades del mundo actual. Invitó a vivir cada día lo que la Iglesia propone en la Vigilia Pascual: pasar con Cristo de la oscuridad a la luz, de la ignorancia al conocimiento, de la muerte a la vida y de la soledad a la comunión.

En su mensaje a los nuevos miembros de la Iglesia, les animó a preguntarse por su lugar en ella y a responder a la llamada del Señor, ya sea a través del servicio, la catequesis o la participación activa en la vida parroquial y en las hermandades. Recordó que en el plan de Dios nadie se salva solo y que el testimonio de cada cristiano es fundamental para que otros puedan conocer a Cristo.

Finalmente, encomendó a todos a la protección de la Virgen María, pidiendo que la gracia recibida crezca y prepare para el encuentro definitivo con el Señor.

Por último, cabe destacar que esta Vigilia Pascual ha estado marcada por la alegría de la Resurrección y por celebración de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana de varios catecúmenos, que han sido incorporados plenamente a la vida de la Iglesia.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Tras la celebración de la Vigilia Pascual, la Santa Iglesia Catedral acogió en la mañana del Domingo de Resurrección la solemne Eucaristía presidida por Monseñor José Rico Pavés.

La Iglesia celebraba así el triunfo de Cristo sobre la muerte, entrando de lleno en la alegría pascual. Esta celebración, que ha contado como preludio con la salida de la Hermandad del Resucitado, ha permitido a los fieles profundizar en el misterio central de la fe cristiana: la Resurrección del Señor.

De este modo, la Iglesia Asidonense ha vivido intensamente el Triduo Pascual, corazón del año litúrgico, renovando su fe en Cristo muerto y resucitado, fuente de vida y esperanza para el mundo.

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El arzobispo de Sevilla el Domingo de Resurrección: «La Pascua nos pide una fe viva»

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La Catedral de Sevilla acogió la mañana de hoy la misa del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor. La Eucaristía fue presidida por el arzobispo hispalense, monseñor José Ángel Saiz Meneses. “Este es el día en que actuó el Señor”. Hoy proclamamos con toda la fuerza de la fe de la Iglesia que Jesucristo ha resucitado verdaderamente. Cristo vive, ha vencido al pecado y a la muerte, ha abierto para siempre las puertas de la vida eterna”.

Monseñor Saiz destacó al inicio de su homilía que “la liturgia de este día tiene un tono gozoso, desbordante. Todo en ella canta victoria, luz, vida nueva, esperanza cierta”. En esta línea dijo que “la Iglesia no habla hoy con voz apagada ni con acentos dubitativos. La Iglesia canta. La Iglesia anuncia. La Iglesia exulta. La Iglesia proclama: Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

Sobre el acontecimiento de la Resurrección del Señor, el arzobispo de Sevilla dijo que no hay “otro más grande en la historia del mundo”. “Nuestra fe es encuentro con una Persona viva, con Jesucristo resucitado, Señor de la historia y Salvador del mundo”.

Sepulcro vacío

Don José Ángel subrayó que el Evangelio de este domingo nos conduce al sepulcro vacío. “María Magdalena va de madrugada, cuando aún está oscuro. Es un dato significativo. Muchas veces también nosotros caminamos entre penumbras, con preguntas, con lágrimas, con incertidumbres, con el corazón herido”. Y, sin embargo, “precisamente allí comienza a abrirse paso la luz de Pascua”.

“También a nosotros nos sucede algo parecido”, añadió. “La Pascua no se acoge solo con la lógica humana, sino con un corazón purificado, humilde, disponible a la acción de Dios. El Señor resucitado no se impone con estrépito. Se manifiesta a quien ama, a quien espera, a quien persevera, a quien se deja conducir por la Palabra”.

En este sentido, “esta solemnidad nos pide una fe viva. No una fe cansada. No una fe rutinaria. No una fe reducida a formas externas”.

La Pascua, continuó, “nos llama a reavivar la certeza de que Cristo está vivo y actúa en su Iglesia, en los sacramentos, en su Palabra, en la caridad de los santos, en el testimonio humilde de tantos fieles, en medio del mundo”.

 

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Homilía del arzobispo de Sevilla el Domingo de Pascua de Resurrección (2026)

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Homilía del arzobispo de Sevilla el Domingo de Pascua de Resurrección (2026)

 Catedral de Sevilla. Domingo de Pascua de Resurrección. 5 de abril de 2026

“Este es el día en que actuó el Señor”. Hoy proclamamos con toda la fuerza de la fe de la Iglesia, que Jesucristo ha resucitado verdaderamente. Cristo vive, ha vencido al pecado y a la muerte, ha abierto para siempre las puertas de la vida eterna. Por eso la liturgia de este día tiene un tono gozoso, desbordante. Todo en ella canta victoria, luz, vida nueva, esperanza cierta. La Iglesia no habla hoy con voz apagada ni con acentos dubitativos. La Iglesia canta. La Iglesia anuncia. La Iglesia exulta. La Iglesia proclama: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117,24).

Un saludo cordial al Sr. Deán y al Cabildo catedral, a los presbíteros y diáconos, a los miembros de la vida consagrada y del laicado; a las distinguidas autoridades presentes; queridos todos en el Señor. No hay acontecimiento más grande en la historia del mundo que la Resurrección del Señor. San Pablo lo afirma con claridad rotunda: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” (1Cor 15,17). Pero Cristo ha resucitado. Y porque ha resucitado, nuestra fe no es una ideología, ni una tradición cultural, ni un sentimiento religioso entre otros. Nuestra fe es encuentro con una Persona viva, con Jesucristo resucitado, Señor de la historia y Salvador del mundo.

El Evangelio de este domingo nos conduce al sepulcro vacío. María Magdalena va de madrugada, cuando aún está oscuro. Es un dato significativo. Muchas veces también nosotros caminamos entre penumbras, con preguntas, con lágrimas, con incertidumbres, con el corazón herido. Y, sin embargo, precisamente allí comienza a abrirse paso la luz de Pascua. María Magdalena ve la losa quitada del sepulcro. Pedro y el otro discípulo corren. En aquel correr hay inquietud, amor, búsqueda, deseo de comprender. Y el evangelista nos dice del discípulo amado: “vio y creyó” (Jn 20,8). Antes de comprenderlo todo, cree. Antes de tener todas las respuestas, se abre al misterio. Antes de ver al Resucitado, se deja alcanzar por los signos de Dios.

También a nosotros nos sucede algo parecido. La Pascua no se acoge sólo con la lógica humana, sino con un corazón purificado, humilde, disponible a la acción de Dios. El Señor resucitado no se impone con estrépito. Se manifiesta a quien ama, a quien espera, a quien persevera, a quien se deja conducir por la Palabra. Por eso esta solemnidad nos pide una fe viva. No una fe cansada. No una fe rutinaria. No una fe reducida a formas externas. La Pascua nos llama a reavivar la certeza de que Cristo está vivo y actúa en su Iglesia, en los sacramentos, en su Palabra, en la caridad de los santos, en el testimonio humilde de tantos fieles, en medio del mundo.

No podemos separar el Domingo de Pascua del camino que lo precede. La Resurrección sólo se entiende plenamente desde el Triduo Pascual. El Jueves Santo nos mostró el amor llevado hasta el extremo en la Eucaristía, en el sacerdocio y en el mandamiento nuevo de la caridad. El Viernes Santo nos puso ante la Cruz del Redentor, donde el amor de Dios se manifestó en toda su radicalidad. El Sábado Santo nos hizo guardar silencio junto al sepulcro, esperando contra toda esperanza. Y hoy, al tercer día, contemplamos la gloria del Crucificado. La Pascua, por tanto, no suprime la Cruz, sino que la ilumina. No elimina el sufrimiento, sino que lo transfigura. La Pascua proclama que el mal, el pecado, la injusticia, la muerte, no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios, y esa palabra es vida.

Hoy la Iglesia está alegre, pero no de una alegría superficial, ruidosa o vacía. No es la alegría fácil de quien se evade de la realidad. La alegría cristiana nace de una certeza mucho más profunda: Cristo ha vencido, Cristo está vivo, Cristo nos ama, Cristo camina con nosotros, Cristo nos precede en Galilea, Cristo nos espera en cada Eucaristía, Cristo volverá glorioso. Por eso la alegría pascual puede convivir incluso con las lágrimas, con las pruebas, con la enfermedad, con la pobreza, con las noches del alma. Porque no depende sólo de las circunstancias externas. Brota de una presencia: la presencia del Señor resucitado. La Pascua no nos saca de la historia, pero sí nos da una luz nueva para atravesarla. La tristeza, la desesperanza, el desaliento, el pesimismo, la resignación, no pueden ser las notas dominantes del corazón cristiano. El Resucitado no quiere discípulos apagados, encerrados, derrotados interiormente. Quiere testigos alegres, serenos, humildes, firmes en la fe y generosos en la caridad.

Este es un punto fundamental en este Domingo de Pascua: la alegría que celebramos en la liturgia ha de convertirse en una alegría irradiada, comunicada, testimoniada. Un cristiano pascual no puede vivir permanentemente instalado en la queja, la amargura o la desesperanza. Sería una contradicción. La liturgia de hoy no termina en el templo. Sale con nosotros a la calle, a la familia, al trabajo, a la parroquia, a las hermandades, a la vida ordinaria. El mundo necesita ver cristianos que, sin ingenuidad, sin frivolidad y sin perder el sentido de la cruz, viven sostenidos por una esperanza invencible.

¿Cómo irradiamos la alegría de la Pascua? Cuando perdonamos de verdad, cuando servimos sin buscar reconocimiento, cuando perseveramos en la oración, cuando acompañamos al que sufre, cuando defendemos la verdad sin agresividad, cuando amamos a la Iglesia, cuando participamos con fidelidad en la Eucaristía dominical, cuando no nos avergonzamos de nuestra fe, cuando damos razón de nuestra esperanza. En una sociedad con frecuencia cansada, herida y triste, la alegría cristiana se convierte en una verdadera forma de evangelización. El Santo Padre León XIV ha enseñado que la tristeza es una de las enfermedades de nuestro tiempo, y que la resurrección de Cristo puede curarla (cf. LEÓN XIV, Audiencia general, 22 de octubre de 2025). No se trata de repetir eslóganes piadosos, sino de vivir de tal modo unidos al Resucitado que nuestra misma vida sea un anuncio.

En esta santa Iglesia Catedral, madre y cabeza de la Archidiócesis, pedimos hoy al Señor que conceda a Sevilla una Pascua verdadera. No sólo una Pascua celebrada externamente, sino una Pascua vivida interiormente. Pascua en las familias, en las parroquias, en la vida consagrada, en los seminarios, en los jóvenes, en los enfermos, en quienes están cansados o alejados. Pascua también en nuestras hermandades y cofradías, llamadas a ser, con renovada autenticidad, escuelas de fe, de oración, de caridad y de vida cristiana. Necesitamos volver a lo esencial, dejarnos encontrar por Cristo vivo, que nuestra condición de bautizados resplandezca de nuevo con fuerza. Cristo ha resucitado y su Resurrección da respuesta a las crisis y necesidades personales y comunitarias. Esa convicción debe sostener también hoy nuestro camino diocesano.

Queridos hermanos, no tengamos miedo a la alegría, no tengamos miedo a creer de verdad en la Resurrección, no tengamos miedo a vivir como hombres y mujeres nuevos. Hoy la Iglesia nos invita a dejar atrás el sepulcro de la incredulidad, de la tibieza, del pecado consentido, de la mediocridad espiritual. Hoy Cristo nos llama a caminar en una vida nueva. Que María Santísima, la Virgen fiel, que permaneció firme en la noche de la Cruz y acogió con fe perfecta la victoria de su Hijo, nos enseñe a vivir una Pascua plena. Que ella nos alcance la gracia de ser discípulos alegres, firmes en la esperanza, fieles en la caridad y valientes en el testimonio. Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Y ésta, hermanos, es la fuente de nuestra alegría. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

 

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